La Jagua de Popayán

COLUMNA OPINIÓN “El Petronio se queda en el Cauca”, decía si mal no recuerdo el titular de un periódico regional. Chévere, pensé. Supuse que serían músicos de Guapi, de Robles, del Patía, de Timbiquí, de Puerto Tejada, de Villa Rica, otro de esos muchos magníficos grupos que han pasado por la tarima del Festival en los 18 años que lleva realizándose cada agosto en Cali. Músicas que traen rumor de aguas de boga, de canalete andando, de los pedacitos de tesoro que esconden las piedras del río. 

La sorpresa vino al saber que el grupo caucano que se llevó el premio del más importante festival de música del pacífico, en la modalidad libre, no viene de zona de libertos ni de esteros ni de minas, sino de la blanca ciudad de Popayán. Lejos de las palmas de chonta, en la montaña desde la que se adivinan costas ignotas al occidente.

 

Con esto en absoluto quiero decir que me sorprenda que salgan buenos músicos de Popayán, ni más faltaba, todo lo contrario. Mucha maestría en la guitarra, en el piano o en la composición se ha formado, por ejemplo, en el Conservatorio de la Universidad del Cauca, y a La Jagua se le nota que tiene formación musical. Es una puesta en escena de 12 músicos, con ambición de gran orquesta, compuesta por mujeres y hombres, blancos, mestizos y afros, que recrean los sonidos del mar y de los ríos en golpes de percusión y vientos, voces de cantaoras, ritmo de chirimías.

 

No podían haber escogido un mejor nombre, La Jagua, árbol tropical entre los tropicales, voluptuoso, de flores blancas aromosas y semillas abundantes cargadas de tinturas y canciones. Supongo ahora que además de encontrarse en el pacífico, donde tintura los rostros y los cuerpos embera, el árbol de Jagua debe florecer en valles cesarenses, por las tierras de Ibirico.

 

Será por eso que La Jagua de Popayán se mueve con la misma solvencia en los ritmos del Pacífico como en los del Caribe, pasa de la marimba al acordeón con sabrosura y maestría como se revela en los pocos videos que hay de ellos en tu-tube. Lo que me encanta de esta historia es que un ensamble del mestizaje de tan buena factura musical, policromático y multirrítmico, surja en una ciudad donde aun hay quienes creen que nos deberíamos segmentar por razas, dividir por colores, segregar por culturas, por “maneras de” entender la vida.

 

La Jagua, supongo yo, no debe ser el único grupo en Popayán que hace fusiones musicales de este tipo; la profusión de nueva música colombiana como ésta, es una señal de lo obsoletas e inútiles que resultan las ideas de segregación, las que quieren ponerle fronteras imaginarias al encuentro entre los seres humanos con cualquier excusa, la más impúdica y recurrente desde siempre, el color de la piel. Músicos como éstos vulneran las jerarquías raciales y los prejuicios territoriales como el que yo misma expresé arriba, al suponer de dónde vendría y quiénes conformarían el grupo caucano que se ganó el Petronio.  

 

Se les nota a los de La Jagua un oído atento a las raíces, la marcación de ritmos populares y muchas ganas en escena. Una buena interpretación o la reproducción de las músicas autóctonas requiere destrezas, pero innovar sin perder la esencia original es un reto alto, y este grupo parece tener todas las ganas y el sabor con qué enfrentarlo.

 

“Estamos haciendo una representación muy humilde, con mucho amor, con mucho corazón, de lo que es Colombia”, dice el joven director del grupo en el video que está en internet, con esa modestia tan payanesa como la empanada de pipián. Proyectos culturales como éste son los que evidencian que crecemos como sociedad, reconociéndonos en la diversidad, en la pluralidad, lejos de sectarismos y discriminaciones.