La condición de ser más de uno

No había entonces teléfonos celulares, ni computadores en cada casa, hasta los beeper (que ya parecen del siglo ante-pasado) estaban esperando por su cuarto de hora. Para hablar del movimiento estudiantil que impulsó la Séptima Papeleta es importante recordar que hablamos de la víspera de la última década del siglo pasado.

2011-07-06 La plataforma del movimiento no estaba en Facebook o en twitter, estaba en las mesas de las cafeterías de las universidades, en los rumores de corredor, en el tinto de greca y en la cerveza del viernes. Si nos hubieran preguntado entonces qué es y para qué sirve una Red Social, habríamos contestado que justamente en eso estábamos: sumando gente a una idea a punta de teléfono, marchas, asambleas y convocatorias.

Nadie sabe exactamente cómo corrió la voz, pero corrió, y el tema pasó del debate en las clases a las eternas asambleas de estudiantes y de ahí, sin que nos diéramos casi cuenta, a los mentideros políticos, a los rumores en las cortes y el congreso y a hacer parte de la agenda de los noticieros y de la Casa de Nariño.

Mientras en el país se discutía sobre cambiar la Constitución o no, nosotros seguíamos hablando por teléfono, reuniéndonos con periodistas y explicando, aquí y allá, el cómo hacerlo.

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Una y otra vez, en cualquier espacio, contábamos que se necesitaba esa séptima papeleta porqué solo una asamblea nacional constituyente podía hacer un cambio incluyente, podía aportar al país una carta donde entráramos todos y donde la democracia tuviera una oportunidad más allá del bipartidismo, más allá del régimen de privilegios del frente nacional bajo el cual habíamos nacido y más allá de las bombas de Pablo Escobar que estallaban entre clase y clase. No importó que no fuéramos abogados, ni estudiantes de derecho siquiera, necesitábamos una apertura al régimen, una vueltacanela al sistema, y le coreábamos al país cómo podía darla. Teníamos entre 18 y 25 años, y estábamos indignados.

La premisa suena hoy, más de 20 años después, demasiado simple y obvia; pero en los estertores frentenacionalistas no lo era en absoluto. El Estado somos todos, hay que abrir el sistema y ponernos de acuerdo en unas reglas de convivencia.

Ante la sola idea fueron apareciendo de a poco en el quehacer político, como si jamás hubiésemos coexistido, indígenas, afros, gays, feministas, ateos, mestizos, creyentes, exguerrilleros, aparecieron la diferencia, y la oposición. Los del Movimiento Estudiantil en el que milité con todas mis ganas, creíamos que sólo si la convocatoria a la constituyente era amplia, la Constitución podría ser realmente incluyente. No nos interesaba salvar a nadie, queríamos un país donde cupiéramos todos.

Y aunque a la camisa a veces le intentan cortar las mangas, y a los pantalones le recorten el doble por cada alargue, lo cierto es que el vestido que ayudamos coser tiene la medida de la inclusión que pedíamos. Nosotros, los muchachos “atembaos” (como nos llamara un ministro del interior alguna vez que la prensa lo encontró despierto), hemos dedicado estos 20 años a encarar públicamente las mezquindades que han pretendido arrebatar lo alcanzado. Igual que en el país, que las cosas fueron cambiando, las vidas de cada cual han ido adquiriendo la forma y el tono para defender, desde su propia esquina, la democracia, la diferencia, las libertades, los derechos.

Para nosotros, “los muchachitos esos que creían que jugaban a la revolución” (como nos han dicho todos los Godofredos Cínico de los últimos 20 años), la pluralidad es el eje transversal que llamó a votar por la papeleta de marras, que pidió amplitud en la convocatoria de la constituyente, que permite hoy trabajar por la igualdad de derechos; la pluralidad exige el reconocimiento de los mil colores con que está teñida la sociedad en la que vivimos y necesita que el Estado tenga la capacidad de respetar todas las creencias, todos los modos de vida.

Mientras la Constitución cumple 20 años, los ilusos de entonces (como nos decían en la casa, con conmiseración), ya pasamos los 40. Nos hemos casado, unido, arrejuntado, separado y hasta divorciado en varias ocasiones; hemos tenido hijos, hemos adoptado, hemos abortado; hemos salido del closet, permanecido en el closet, salido y vuelto a entrar, por circunstancias del destino; hemos cambiado de carrera, de profesión, de oficio; hemos sido regulares estudiantes y excelentes profesores; hemos sido independientes y asalariados, desempleados buscando caminos, funcionarios públicos destacados y congresistas de mediano desempeño.

Cada quien en su proceso, pero siempre nos encontramos en las tormentas que desatan quienes insisten en anteponer sus creencias a lo que ya habíamos acordado, hace 20 años, como normas básicas de convivencia. Así que, por lo visto, mientras haya quienes insistan en subvertir los acuerdos de pluralidad que nos amparan, o en corromper y amañar la democracia a sus bolsillos siniestros, o a romper el equilibrio de los poderes, o a censurar a la prensa, ahora sí por las redes sociales y no gracias a rumores de cafetería, seguiremos “atembaos”, defendiendo lo alcanzado.