Independencia a medias

Hace un año se festejaban con bombos y platillos los 200 años de nuestra independencia. Urnas centenarias, desfiles y acrobacias acompañaban las glorias y vivas que conmemoraban cómo aquel florero roto había abierto el camino hacia la anhelada independencia del yugo español. 2011-07-19 Un momento de júbilo, que corría en paralelo al análisis que miles de colombianos hacían en tan memorable fecha: ¿de qué nos hemos independizado? Hoy son doscientos un años los que vivimos como nación independiente y la pregunta se mantiene en pie.

Para muchos, la liberación del yugo español no fue más que un traspaso de poder a manos de la oligarquía criolla, que inamovible en sus estructuras de poder, generó toda una cultura de clientelismo que hoy en día se mantiene enquistada en la sociedad y nos hace víctimas de desfalcos y escándalos de corrupción sin medida.

Del mismo modo, el servilismo, la concentración de la tierra en manos de unos pocos y la exacerbada estratificación social propia de la época del colonialismo español, no parece que hayan encontrado mayores cauces de evolución a lo largo de estos dos siglos: la desigualdad económica y social perviven en la sociedad colombiana, y el camino allanado en el reconocimiento de los derechos de las negritudes y las comunidades indígenas aun resulta pedregoso.

Pero no sólo la pobreza y la desigualdad condenan la historia colombiana, ni reproducen por sí solas los esquemas de destrucción social y violencia que nos atascan. Guerras, guerrillas y luchas intestinas han teñido desde antaño el panorama social y político, y se han perpetuado hasta nuestros días, alimentados por la cruel explotación de hombre y tierra a sangre y fuego, para mantener la ilegalidad de un negocio que resulta tan rentable como destructivo.

Y es que el fenómeno del narcotráfico destruye la economía y el tejido social, como casi ningún otro factor es capaz de hacerlo. El gran negocio de la droga, genera violencia, ambición y corrupción; arrasa los campos y desplaza a nuestros campesinos; envenena ríos para su fabricación y mata en vida a aquellos que trafican y consumen dentro y fuera de las fronteras colombianas.

Todo un drama que nos envuelve en el mayor negocio de economía ilegal sumergida del mundo, y que propicia una tenue pero visible dependencia política, militar y económica a otras potencias, esperanzados en que ahí está la salida para acabar con el flagelo del narcotráfico, dudosos de si no hay oscuros intereses que pugnan para que así se mantenga, a pesar del daño moral y económico que nos causa.

Coca, impunidad, conflicto y hambre son los nuevos fantasmas de nuestra independencia, que nos hacen recordar que aunque declarados libres de yugos y saqueos pasados, nos queda pendiente romper las cadenas del horror de una guerra que expolia a la par como hace 201 años.