Guerra y Fútbol

Hace mucho en Colombia no se experimentaban simultáneamente los sentimientos contrarios de dolor y alegría; indignación y orgullo; muerte y esperanza que producen la crudeza de la guerra y el buen fútbol de la selección. 2011-07-11 El sábado mientras el “Bolillo Gómez” director técnico de la selección Colombia, anunciaba desde Argentina la alineación de su equipo para jugar contra Bolivia, en el Cauca, los habitantes de seis municipios eran atacados por un grupo de guerrilleros de las FARC con carros bomba, cilindros de dinamita, fusiles y francotiradores.

Seis muertos y mas de 50 heridos, la mayoría civiles que aprovechaban el sábado para hacer sus compras en el mercado, era la información que sobre Colombia que registraba en las agencias internacionales de noticias, seguidas de las expectativas de Radamel Falcao García para el nuevo encuentro ante Bolivia que aseguraría el paso a la segunda ronda en la Copa América, como evidentemente sucedió.

Esta bipolar, paradójica y neurótica realidad nacional la vivía en su propio pellejo el Presidente Juan Manuel Santos quién ofrecía declaraciones a los medios de comunicación desde la zona de los combates. Explicaba los detalles de la respuesta de las Fuerzas Armadas a la Guerrilla y acompañado por el Almirante Edgar Cely anunciaban juntos la creación de nuevos batallones en la Alta Montaña caucana de donde no han podido sacar a las FARC. Y a reglón seguido, felicitaban a la selección por sus goles y triunfos.

De tiempo atrás se ha hablado de fútbol y del conflicto, hasta el cine trató sin mucha suerte tocar los dos temas en una misma historia.

Sin embargo, había pasado mucho tiempo desde que, ni las FARC habían atacado tantos pueblos; ni la selección jugaba tan buen fútbol como lo ha hecho en Argentina.

Quizá se había perdido la costumbre de unir los dos sentimientos en un mismo día. Algo ha cambiado en la mentalidad de los colombianos quizá no queremos creer que las FARC aun pueden hacer mucho daño y que la selección puede darnos gratas sorpresas. Pero el fin de semana que acaba de pasar es la demostración de que podemos estar equivocados.