Entre tintas y superhéroes

Pasos desesperados corren por los pasillos de la embajada de la India en la calle 116 con carrera séptima, en la ciudad de Bogotá. Hombres con corbatas y zapatos de cuero caminan imponentes por los pasillos y las calles de esta costosa y presumida zona de la ciudad.

Pero a pocas cuadras de allí, subiendo por la 116, el ruido y los gritos se detienen; el silencio y las caminatas pensativas se toman estas calles de ladrillo y mármol. El ambiente se llena de lujos, joyas y restaurantes costosos, los hombres caminan con camisas de seda de refinadas marcas. Entre estos dos caminos de vida, se encuentra uno de los artistas callejeros de Usaquén, alguien llamado Nicolás Arévalo.

Es un hombre de chaqueta de jean, con la mirada perdida y al mismo tiempo atrapada en unas gafas un poco sucias y descuadradas. Al escucharlo hablar de su pasión por el cómic su voz se vuelve tan cautivadora que da la impresión que esas conversaciones podrían durar horas o incluso un día entero.

El placer de vivir en las expresiones artísticas para manifestar su deseo crítico se da desde la universidad. Su carrera comenzó en la Universidad Nacional de Colombia, donde estudió Artes Plásticas y Diseño Gráfico. Pero decidió emprender una vitrina ambulante de su trabajo desde hace dos meses.

“Elegí el cómic porque es una imagen que tiene que ver con el color, son íconos muy modernos”, dice Arévalo, mientras observa los dos cuadros que le ofrece al público caminante de las calles de Usaquén.

Pasa sus días de 11 de la mañana a 6 de la tarde en esa intersección de la calle 116 con carrera 6A, esperando, observando y ofreciendo sus cuadros, cuyos precios oscilan entre 130 y 270 mil pesos. Con el pasar de la gente, se sienta a esperar que el día transcurra y que la gente se detenga a apreciar los colores del cómic.    

Truenos y capas, miradas de superhéroes destrozados y la rabia de las batallas, todo se esconde detrás de los personajes heroicos que nacieron a mitad del siglo XX, aunque el cómic como tal se dio a conocer el 17 de febrero de 1895 en el diario New York Journal de la ciudad de New York. “Me encanta este tipo de arte, porque detrás de cada imagen siempre hay un motivo, una pregunta”.

 

“Mi superhéroe favorito es Batman, porque es humano, sin poderes especiales, sino que puede incluso sobrepasar esos límites del humano”. Este aspecto de humanidad, algo que resalta el ser cada uno, cada ser complejo que identifica y seduce a cada persona.

Arévalo considera que “el arte post-moderno está en una crisis, donde los nuevos medios y el mundo han venido evolucionando, es por esto que el arte se ha venido valiendo de cosas que antes no eran consideradas arte, como el diseño y otras grandes herramientas”.

Cientos de carros se detienen en el trancón habitual de la séptima. Todos estos seres humanos corren impacientes y se establecen en la rutina y el vértigo desesperante del trabajo.

 

Los colores llevados a tal extremo se confunden entre sí, al igual que las proezas de superhéroes empacados en revistas de treinta páginas, donde se relatan múltiples historias siempre llevadas al máximo. “Encontrar esos matices y llevarlos al óleo, al máximo del color, eso es lo que me gusta del cómic”.

Entre el pasar de la gente, Nicolás encontró en el pavimento y las atmósferas callejeras la mejor vitrina para plasmar estas historias llenas de movimiento y acción. “Están acá para que la gente las observe, las sienta”. Es por esto que, según su autor, están tan cerca del pavimento.

Su charla se detiene un par de segundos entre idea e idea para contemplar esos dos cuadros en lienzo que tiene apoyados contra la pared de esa cuadra, adornando este camino de venta de manifestaciones culturales ambulantes. “Usaquén sin esto, simplemente perdería su magia”, comenta Nicolás.

Mientras los carros, la velocidad, el trabajo y el dinero se apoderan del hombre actual, este maestro en bellas artes se ha sentado cada día de estos últimos dos meses a contemplar el costoso mundo que lo rodea con sus ojos perdidos, pero comenta que todo vale la pena porque “trabajar con los superhéroes es como estar en un acto de fe, creer que hay algo más de lo que se ve. Ser humano pero llegar al máximo como personaje”.

Al despedirse de Arévalo no se puede dejar de pensar en el contraste de los dos mundos separados por la carrera séptima: la velocidad y la calma, los negocios y la bohemia; aunque al final todo se une.

En el último vistazo a la cuadra donde Arévalo tiene sus pinturas un par de enamorados caminan lentamente abrazados y se detienen durante unos segundos a observar aquellas representaciones del cómic, en la mitad del camino que conduce al centro comercial de la zona. Sin decir una palabra, siguieron su camino, pero se abrazaron más fuerte.

El arte y la cultura son aquellos elementos que nos recuerdan que estamos vivos, que reflejan la complejidad de lo que cada persona es. Un mundo de confusos conceptos que nos devuelve la vida perdida en la rutina de todos los atardeceres.

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