El proceso de paz en Colombia hoy

Ha sido para mí altamente estimulante la invitación que me formularon los doctores Héctor Elí Rojas, presidente del Parlamento Andino y Juan Carlos Martínez Gutiérrez, copresidente de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes, para presentar esta comunicación sobre el actual proceso de paz. La participación del Congreso de Colombia en la búsqueda de la paz es una garantía para que los esfuerzos por alcanzar la reconciliación nacional alcancen  una culminación feliz.

Quiero hilvanar en mi intervención unas observaciones sencillas sobre la paz, pensadas desde un lugar: mi condición de investigador y mi larga parábola de profesor en el campo de la Historia Contemporánea de Colombia. En efecto, el conflicto interno colombiano ha tenido una centralidad, en no despreciable medida, artificialmente construida, en la historia del país. Esto implica que no se pueda pensar la Historia de Colombia sin incorporar el estudio de la trayectoria  de avatares de sus violencias. Les propongo como nudos de esta exposición los siguientes:

 

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1.      La Paz en Colombia hoy: ¿Escepticismo u Optimismo?

2.      Los obstáculos para la Paz

3.      La Revuelta del Catatumbo: Un Test para la Paz

4.      Una Mesa en una Isla

 

1.     La Paz en Colombia hoy: Escepticismo u Optimismo?

 

Los Interrogantes que flotan sobre las conversaciones, las incertidumbres que se verbalizan o los vaticinios catastróficos que se escuchan y difunden en los medios de comunicación, se revisten de una fuerza que resulta imposible ignorar. Señalo sin embargo que me encuentro entre quienes alientan unas expectativas optimistas sobre las conversaciones.

 

Permítanme compartir con ustedes las razones que nutren el moderado optimismo: El 27 de Agosto de 2012 el gobierno Colombiano y las Farc-EP firmaron en La Habana el acuerdo para abrir un dialogo de paz. En mes y medio se cumplirá un aniversario de ese paso.  

 

Un hito que estuvo precedido de un período de contactos, conversaciones, sesiones de plenipotenciarios de las partes, que transcurrieron durante dos años, sin contar algunas tentativas significativas durante el segundo mandato de Álvaro Uribe Vélez. La reserva y discreción que rodearon esa etapa, por ambas partes, constituyen un buen indicador del proceso. Esa prudencia se aquilata si se atiende al hecho de que Paralelo a la secreta filigrana diplomática continuaba el avance cruento y ruidoso de la guerra.

 

Mojones muy sensibles de esa marcha letal lo constituyeron la muerte de Jorge Briceño, el 23 de Septiembre de 2010 y la muerte también como resultado de un operativo militar del comandante de las Farc, Alfonso Cano, el 4 de Noviembre de 2011. Esos hechos no disuadieron a las Farc sobre la continuación de las conversaciones. Algunos dirán que las abonaron. Tuvieron menos difusión las emboscadas y ataques con el infaltable saldo de víctimas, que de todos modos continuó produciendo la insurgencia.

 

Por un tiempo estuve persuadido de que la figura de Manuel Marulanda Vélez, con su control incuestionable de la organización y la garantía de unidad de ella, constituía un factor decisivo para un eventual acuerdo de paz. Desaparecido, el legendario comandante, se recompuso la constelación dirigente

 

De los antiguos marquetalianos, solo sobrevivía el sargento Pascuas. En la nueva composición del liderazgo Fariano no había ya lugar para una instancia inapelable, sino que ahora el comandante fungía como primum interpares. Forzosamente, las decisiones tendrían un componente de colegialidad hasta donde una organización militar lo permite. Las nuevas condiciones paradójicamente favorecieron el compromiso mayoritario con una salida de paz y el nuevo liderazgo mantuvo a la guerrilla la articulación nacional de la organización.

 

Una guerra recrudecida llevó a que el gobierno y las Farc pudieran medirse de manera mas o menos precisa. El conocimiento mutuo ha sido un factor específico en las actuales conversaciones. No había sido éste el caso del proceso de paz 1982-1985. El presidente Belisario Betancur y su ministro de gobierno, Rodrigo Escobar Navia, no conocían la etapa militar en que se encontraban las Farc y en general la insurgencia, que se aprestaban para el desarrollo de una nueva etapa estratégica de ofensiva, que en el caso de las Farc se sintetizó en la Séptima conferencia  celebrada justamente en 1982 y que el M-19 había puesto en marcha desde 1980.

 

Por los tiempos de la administración del presidente Gaviria sus asesores tuvieron distorsiones de Juicio provenientes de criterios equivocados sobre el impacto de la caída del socialismo en las FARC que los sumergió en un comportamiento errático en Caracas y Tlaxcala.

 

En diversos momentos el presidente Santos se ha permitido recordarle a las Farc que en este momento los astros están alineados a favor de la paz. Desde luego, el mandatario no se refiere a los cuerpos celestes, sino a otros de las próximas constelaciones humanas: Importantes gremios patronales, la jerarquía católica, la comunidad internacional, sectores de peso en las fuerzas armadas. La imagen no es del todo cierta en la medida en que no registra las poderosas corrientes políticas, que siguen asociando de manera crucial, su vigencia a la prolongación sin términos del conflicto interno y a la perpetuación, vital para ellos, de la guerra. Pero la densidad de poderes fácticos que están por la paz es consistente.

 

Los desarrollos de la situación política en América Latina, aportan una dimensión regional favorable al curso de búsqueda de la paz en Colombia. Un antecedente en este campo lo constituyó una duración breve que hoy nos puede parecer remota, comprendida entre el 25 de Agosto de 2007 y el 21 de Noviembre del mismo año, cuando el presidente Hugo Chávez, fungió como mediador en la búsqueda del intercambio humanitario entre las Farc y el gobierno Colombiano.

 

En esos tres meses fueron numerosas las ocasiones cuando el mandatario Venezolano, apremió a Marulanda y a las Farc, a colocarse en el camino de la paz. En el formato de su solidaridad con Chávez, a propósito del evento humanitario, se pronunciaron el favor de la paz en Colombia los gobiernos avanzados o de izquierda de América Latina, comenzando por Inácio Lula da Silva, continuando con Daniel Ortega, los Hermanos Castro y Evo Morales.

 

Dirigentes que representaban sistemas políticos sociales que suscitaban la indudable admiración de las Farc. El tono con el que el presidente Mújica se refirió a La Mesa de La Habana como uno de los procesos trascendentales de la actualidad latinoamericana prolonga las previsiones ya señaladas.

 

 Al pensar en la composición del equipo que representa al gobierno en la mesa de la Habana, constituye un registro positivo, la presencia de dos figuras, que como las de los generales, Mora Rangel y Naranjo, representan y expresan a sectores, seguramente decisivos de las instituciones armadas del estado. 

 

Esta conjetura, la formulo recordando la opinión que me expresara el general, Fernando Landazábal Reyes, Ministro de Guerra, por los tiempos del proceso de paz de Belisario Betancur, en el curso de dos entrevistas que me concedió poco tiempo antes de su execrable asesinato en febrero de 1998:

 

“Siempre he dicho que la paz se hará el día que el gobierno autorice al mando militar para hacer la paz o hacer la guerra, cuando la guerrilla sepa que la paz depende del mando militar. Entonces, cuando se converse, la guerrilla sabe que el mando militar no la traiciona y que lo propuesto y aceptado se le va a cumplir”. Y añadió: “Para eso está un estado mayor de las fuerzas militares que habla con la subversión. Si ésta pide diálogo, pues se oye… Hay dos situaciones muy claras: El mando militar jamás traicionará a la guerrilla y ella sabe que así será; y el Ejército sabe que lo prometido por la guerrilla se va a cumplir...Por esas propuestas de paz no se ha podido lograr nada, porque los dos elementos fundamentales, los alzados en armas y quienes los combaten , no han sido tenidos en cuenta en la forma debida”. (Febrero de 1998)[1]

 

Debo completar esa impresión con la importancia que le atribuían a un diálogo directo con generales de la República tanto Marulanda como Jacobo Arenas en opiniones que tuve oportunidad de escucharles en entrevistas que me concedieron en el curso de una visita a Casa Verde que se efectuó del 26 al 29 de febrero de 1986, manifestaciones que además están registradas en diversos documentos.

 

2.     Los obstáculos para la Paz

 

Me refiero a esos obstáculos en la forma en que ellos se han manifestado en la Mesa de La Habana.  La convocatoria a una Constituyente como evento político de culminación política y jurídica de los acuerdos. La obsesión no corresponde únicamente a los negociadores de la Insurgencia quienes plantearon la exigencia sino también a los voceros del gobierno quienes respondieron con un NO inmediato y rotundo. Hoy se vive una cierta distensión con respecto al punto en virtud de las declaraciones de París que señalaron que la exigencia no sería un inamovible. 

 

Sin embargo no resulta ocioso analizar el tema dado que permite identificar un orden y estilo de argumentación que torna tortuoso el diálogo que transcurre en el contexto de una cultura política cruzada de un lado por la intransigencia y de otro por el formalismo.

Tomando parte en una controversia a propósito de la propuesta de una  reforma constitucional anotaba Alberto Lleras Camargo en 1945:

 

  Hemos cambiado el nombre de la patria en varias ocasiones. La inseguridad, la miseria, el desorden se traducen, de pronto en el anhelo de hacer vida nueva, arrasando lo anterior, comenzando una nueva página. Cien veces nuestros caudillos militares y civiles nos han dicho: al fin vamos a ser felices . A los pocos años todo está muy semejante, y entonces nos cambiamos el nombre, dictamos otro estatuto para nuestra asociacióny comienza el nuevo ensayo de la felicidad.

 

Lleras Camargo incrementaría su autoridad para sustentar el juicio anterior dado que bajo sus dos gobiernos el país no se haría ni más liberal, ni más democrático.

 

Lo que quiero destacar es el culto por el formalismo jurídico y la prolongación por distintas corrientes a lo largo de nuestra historia del fetichismo constitucional. Los dos han sido líneas siempre centelleantes de nuestra cultura política. Eso que para algunos juristas resulta exaltante, objetivamente da lugar más bien a una persuasión trágica al constatar en la marcha cotidiana de hoy y en la historia el foso que separa en aspectos centrales de la vida colectiva el mundo de las normas y doctrinas y el de las duras realidades.

 

En el siglo XIX cada una de las constituciones nació de una guerra, hizo posible una tregua entre los partidos pero no evitó la siguiente guerra.

No es el momento par intentar el análisis de los factores que han perpetuado esas pautas para escudriñar las razones para que en Colombia se haya prolongado con mayor fuerza que en otros países latinoamericanos aquel aforismo acuñado en la era colonial con respecto a las normas: Se obedece pero no se cumple.

 

Sólo mencionaré un factor. A Colombia no la alcanzó la corriente del positivismo que hubiera podido influir en las mentalidades bien por los caminos de la educación escolar o por la controversia pública. En el plano filosófico, académico y pedagógico la impronta de la escuela positiva fue muy significativa en México, Brasil, Argentina, Venezuela. En el campo constitucional en el que brillaron los análisis y el carisma intelectual de los positivistas,  estos distinguieron las Constituciones escritas de lo que llamaron la Constitución efectiva. 

 

Por esta última entendieron el talante de los pueblos para internalizar las normas y traducirlas en comportamiento y el compromiso o la renuncia de los gobernantes a ajustar sus acciones a la Constitución y a las leyes.

 

Por ello contribuiría positivamente a que las conversaciones en La Habana abordaran con mayor decisión puntos importantes de reformas políticas y sociales que hace tiempo han madurado y que no se han afrontado aunque figuren en el fondo dogmático de la Constitución de 1991 o se estipulen en el resto de su articulado. Estas observaciones no tienen solo importancia para la Mesa. Es conveniente que los colombianos y colombianas nos miremos como en un espejo en la mesa de La Habana.