El mapa político de la Paz

Cuando se acentúan los rumores sobre el comienzo de una negociación entre el gobierno Santos y la guerrilla de las Farc, los sectores políticos, económicos y sociales definen su postura frente a la paz dialogada.

Ni la guerrilla ni Santos han confirmado que haya acercamientos, diálogos preliminares o preacuerdos. El hermetismo de los actores se rompió esta semana, cuando el senador Juan Carlos Vélez, en declaraciones a la prensa, sostuvo que las conversaciones ya comenzaron en La Habana, Cuba, desde marzo.

 

El día jueves, distintos medios de comunicación publicaron informaciones según las cuales en los supuestos diálogos participan un general retirado, miembros del gabinete y personas cercanas al ámbito privado del presidente Santos. Por parte de la guerrilla participarían Rodrigo Granda e Iván Márquez.

 

Muchos dieron como ciertos los rumores una vez se conoció el pronunciamiento de las comisiones de paz de Cámara y Senado en el cual le dicen a Santos “usted no está solo en la búsqueda de la paz”.

 

Tantos comentarios, informaciones cruzadas y supuestas reuniones obligaron a diversos sectores a tomar posiciones frente a una eventual negociación.

 

Los que se montan al bus


Todos los intentos de paz han contado con la presencia de la iglesia católica.  Pasando por los fallidos diálogos de  Casa Verde, en La Uribe; Tlaxcala y Caracas, e incluso, en el Caguán, el clero ha sido protagonista.

 

Sin embargo,  el papel de la curia no cuenta con la caracterización que las partes antes hacían de ella. El Gobierno la ve con buenos ojos, pero su contraparte, las Farc, generaron cierta desconfianza frente a la Iglesia luego del papel mediador que tuvo la iglesia en la larga etapa del secuestro político.  De alguna manera, la insurgencia ve a los curas más cerca de la institucionalidad que en un papel neutral.

 

Luego de dos años buscando un lugar en el espectro político, Marcha Patriótica será fundamental. No solo se hace indispensable por la presencia de Piedad Córdoba, que es vista con buenos ojos por las Farc como mediadora y no tiene una trascendental reticencia de Santos; sino que, públicamente, sus líderes se han comprometido con ser “la pista de aterrizaje” de la guerrilla una vez deje las armas. Esto, sumado a la sugerente evocación que hace el movimiento a la Unión Patriótica, un capítulo imborrable en la historia del conflicto.

 

Los liberales van. Durante todo el gobierno Santos han luchado por consolidarse como el partido de gobierno. Todas sus fichas, a excepción de Izquierda liberal, son incondicionales con el Presidente, ahora no lo dejarán solo. Y, para la lógica de negociación de la guerrilla, es fundamental que sus principales figuras estén presentes en la mesa, así sabrán con qué sectores de la dirigencia política están hablando y qué tan en serio va la cosa.

 

Lo mismo pasa con los sectores de la U que lideran Roy Barreras y Armando Benedetti. Promocionaron el pronunciamiento de las comisiones de paz del Congreso y fueron los impulsadores del Marco Legal para la Paz. Hace falta ver qué tan adecuado es este último para las pretensiones de los rebeldes.

 

Por otro lado, están los sectores sociales que históricamente le han apostado a la paz negociada. Los campesinos, las minorías étnicas, los estudiantes y los sindicatos de izquierda serán fundamentales a la hora de ejercer presión en medio de las discusiones que, muy seguramente, se verán truncadas por momentos.

 

A ellos se suma la izquierda democrática. El Polo, Progresistas y parte de los Verdes, a pesar de ejercer oposición frente al Gobierno, han estado de acuerdo con una mesa de diálogo. Incluso, serán fundamentales a la hora de ejercer control sobre un eventual margen de impunidad en el que desemboquen las negociaciones. 

 

Los reticentes


Liderados por el expresidente Uribe, representantes de la U como Juan Carlos Vélez y la porción del conservatismo cercana a quienes fueron miembros del gabinete entre 2002 y 2010, se han opuesto enfáticamente a la salida negociada. Para ellos, la vía militar es la opción.

 

Una de las mayores preocupaciones de Santos y de la sociedad es cómo van a asumir unos eventuales diálogos los militares. No es un secreto que dentro de los uniformados, incluyendo a los retirados, el “cuentico” de “las llaves de la paz” es una forma de bajarle la moral a la tropa. La preeminencia de lo militar durante el gobierno de Uribe acostumbró a las Fuerzas Armadas a ser uno de los sostenes de las políticas trazadas por el Ejecutivo.

 

Su inconformidad con unos diálogos se puede ver traducida en una baja en los niveles de seguridad y, muchos dicen, un sector que se ha vinculado con actores ilegales o a la ultraderecha, defenderá a “sangre y fuego” la pacificación mediante la guerra. Es por eso que, en secreto, el Gobierno ha coqueteado con la idea de vincular militares a la mesa de negociación.

 

Dentro de los temas obligados de las eventuales negociaciones está el agro. Una de las condiciones históricas del desarrollo nacional ha sido la concentración de la tierra y las Farc, por su parte, representan la colonización campesina. Los terratenientes, que ya se han opuesto a políticas como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, no serán un hueso fácil de roer.  

 

Los gremios no pasarán de agache. Ya los ganaderos, representados en Fedegan, han dicho que no le halan. Hace falta ver qué pasa con los industriales de la Andi y con los tres personajes más poderosos de la economía, Ardila Lule, Santodomingo y Sarmiento. No hay muchas esperanzas sobre su participación.

 

Las cartas no se han puesto sobre la mesa y ya los sectores se van alineando. Lo claro es que para llegar a la Paz todo el mundo debe ceder. Todos deberán aportar.

 

El comodín, el periodismo


Desde los medios, el reto está en contribuir al éxito de las negociaciones y no en entorpecerlas. Hay varias lecciones que dejó El Caguán. Por ejemplo, la carrera por “la chiva” a pesar de que ésta estropee el curso de las negociaciones, la presentación de informaciones inconexas, la promoción de las posiciones de alguna de las partes, son ejemplos de lo que, por el bien de la paz, no debemos hacer.

 

No debemos olvidar que, si las negociaciones fracasan, “la chiva” pasa y la guerra queda.