El fin de un grito valiente

Angélica Bello es otra víctima del conflicto armado. Murió el sábado pasado en su casa ubicada de Codazzi, Cesar, en extrañas circunstancias. Mientras versiones oficiales afirman que se quitó la vida, sus familiares y compañeros de lucha dicen que “la callaron”. Historia de una lideresa cuya muerte debe esclarecerse. 

La sala 1 de la funeraria La Candelaria, en el centro de Bogotá, está repleta. Al menos cincuenta personas ocupan el primero de dos espacios donde es velada la líder de víctimas Angélica Bello Agudelo, una mujer de 46 años que le entregó su vida a la lucha por reclamar los derechos que la guerra le quitó.

 

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El salón también está lleno de coronas. Unas son enviadas por la Defensoría del Pueblo, otras por asociaciones sindicales, organizaciones sociales y familiares. Las flores rodean un ataúd mate, frio. El cajón es la última parada de la guerrera que se recorrió el país de la mano de las mujeres víctimas de violencia sexual, y que utilizó su caso como un emblema de lucha, como una figura de poder.

Al fondo, al lado del cuerpo sin vida, una mujer le habla a Angélica. Es su madre, desconsolada. En las escaleras, sillones y asientos del primer piso de la funeraria se encuentran líderes de víctimas de todo el país, funcionarios de varias instituciones del Estado y sus seres más queridos.

 

Hay silencio y llanto; pero sobretodo, hay rabia. Los susurros de las conversaciones que se escuchan en el lugar tienen el mismo presentimiento y, algunos, la misma certeza: Angélica Bello no se quitó la vida. “Ahí hay algo raro”, dice entre las lágrimas su hermana menor, quien prefirió no dar su nombre.

 

El sábado pasado, 16 de febrero, las autoridades encontraron el cuerpo de Angélica Bello tirado en su casa en Codazzi, Cesar. Al lado, la pistola de uno de los miembros del esquema de seguridad. Según la policía, la lideresa se disparó en la boca y acabó con su vida.

 

“Angélica, presionada por su dolor o por amenazas, no sé por qué, no pudo más. Y todo parece indicar que se quitó la vida este fin de semana”, dijo Juan Manuel Santos el martes siguiente en la instalación de la alianza Colombia sin heridas, una iniciativa ciudadana para respaldar y empoderar a las víctimas del conflicto armado. Afectado, el mandatario recordó la valentía de la lideresa.

 

A pesar de las versiones oficiales, la rabia no se va. Angélica era, según sus amigos, un sinónimo de valentía, de temple y verraquera. “Pasó por cosas terribles en su vida y no se quitó la vida”, insisten. Más cuando estaba en su mejor momento, cuando veía cerca el sueño de ser escuchada y de que sus palabras se convirtieran, de una vez y para siempre, en una política de Estado.


Hija de la violencia

 

Angélica Bello Agudelo nació en Casanare, una de tantas zonas afectadas por el conflicto armado. Vivió en carne propia la época de la violencia y soportó la presencia de asesinos liberales y conservadores en su territorio.

 

Por eso, cuando tuvo la oportunidad de elegir y la “vena social” había ingresado a su corazón, como afirma su hermana, decidió unirse a las filas de la Unión Patriótica, el movimiento político que generó el proceso de paz entre la guerrilla de las Farc y el gobierno de Belisario Betancur a mediados de los años ochenta.

 

Allí organizó procesos de articulación política y se convirtió en una dirigente seria, hasta que el genocidio la obligó a esconderse y refugiarse en el hogar y el cuidado de sus hijos.

 

Fue en 1999 cuando la guerra tocó a su puerta y atacó sin compasión a lo más querido. Los paramilitares de las Autodefensas Campesinas del Casanare, el grupo de ultraderecha que operaba en esa zona del país, la buscaron para violarla y se llevaron a dos de sus cuatro hijos. El primer encuentro de Angélica con la guerra fue, como el de todos, aterrador.

 

El orgullo y el amor de madre la llevaron a emprender la búsqueda de sus hijas. A los 20 días, Angélica tenía de nuevo en casa a sus retoños y en su corazón una huella imborrable de violencia: se había convertido en una de las miles de mujeres abusadas sexualmente en el marco del conflicto armado.

 

Dos motivos suficientes para dedicar su vida a la defensa de los derechos de los que, como ella, vivieron como nadie los rigores de la guerra.

 

Días después, debió salir desplazada a Villavicencio. Desde ese momento, emprendió una “batalla sin cuartel contra el reclutamiento de menores, junto a la defensa de las mujeres víctimas, que en Colombia, según ella, ascienden al sesenta por ciento”, según una crónica que realizó la Unidad de Víctimas días antes de su muerte.


De víctima a líder 

 

Angélica y Jesús Mario Corrales se conocieron en 2005. Ambos, luego de realizar procesos independientes de empoderamiento de víctimas, llegaron el mismo día a las oficinas del ministerio del Interior para solicitar esquemas de protección. Jesús trabajaba en el norte del Valle y ella hacía lo mismo en otros departamentos del país.

 

“Nos conocimos y nació una amistad. Comenzamos a articular procesos y a compartir información que benefició a muchas personas. Angélica se fue y yo me quedé ‘mocho’”, señala Corrales, sentado en la cafetería de la funeraria y perdido entre la impotencia, la desesperanza y la responsabilidad con la gente que representa.

 

Jesús se convirtió en el mejor amigo de Angélica. La incidencia de su labor llegó a Meta, Cauca, Nariño, Chocó, Risaralda, Tolima, Quindío, Caldas y Cundinamarca, donde lograron identificar un sinnúmero de mujeres agredidas y generaron la confianza para que pudieran hablar.

Fruto de este esfuerzo nació, en 2006, la Fundación Nacional Defensora de los Derechos Humanos de la Mujer (FUNDHEFEM), organización no gubernamental encargada de proteger los derechos de las mujeres. A la fecha, la ONG tiene en sus programas a 350 víctimas de la violencia.

 

Angélica también ayudó a forjar la fundación Nuevo Amanecer, que hoy dirige Jesús y que tiene incidencia en más de 17 departamentos del país. Una dupla que se empeñó por restablecer los derechos de las víctimas, aún bajo la estigmatización y el descrédito que tuvieron que sufrir en el gobierno anterior.

 

La atención psicosocial para los afectados por el conflicto era la obsesión de Angélica Bello. Hasta los últimos días luchó para que las mujeres abusadas en el marco de la guerra pudieran tener apoyo psicológico y lograran superar los traumas que dejan las barbaridades de la confrontación.

 

Pero ella misma se convirtió en testimonio, e hizo de su caso un emblema de lucha y un estandarte. A donde iba hablaba sin tapujos de la violencia sexual, recordaba su dolor para transmitir seguridad y fuerza a las afectadas por este flagelo. Angélica recibió, en un pequeño pueblo de Risaralda, una lección que la empujó al liderazgo.


“Angélica se atrevió a contar las agresiones sexuales de las que ha sido víctima porque alguna vez llegó conmigo a una asamblea en un pueblo de Risaralda llamado Pueblo Rico. Allí, de repente, una mujer se levantó de la silla y dijo llorando: “quiero hablar”. De inmediato contó la historia de cómo había sido violada tanto por guerrilleros como por paramilitares, ella no había hablado nunca de eso pero sintió la confianza para hacerlo.


Hasta un sargento que venía de Pereira, y que estaba encargado de nuestra seguridad, se congestionó tanto que se puso a llorar. Allí, en medio de la reunión, Angélica se me acercó y me dijo: “Jueputa, si ella se atrevió a hablar, nosotros también tenemos que hacerlo. Debemos dar ejemplo””, dice su amigo Jesús Mario Corrales.

 

La labor y la figura de Angélica Bello comenzó a hacerse cada vez más importante en el espectro de los líderes de víctimas en Colombia. “Las mujeres de varias zonas del país aprendieron a confiar en ella para hablarle y contar su caso”, dice entre las lágrimas su amigo, Jesús Mario.


Cerca del sueño

 

“Nunca me hubiera imaginado que el Presidente me iba a invitar a su casa”, dijo Angélica en enero de este año. Para ese entonces, había sido llamada junto a Débora Barros, líder indígena del norte del país, para participar en el tercer Comité Ejecutivo creado por la ley de víctimas.

 

Angélicafue elegida el 16 de octubre de 2012 como delegada en la Mesa Nacional de Víctimas, y por un sorteo pudo asistir a la reunión en Casa de Nariño. “Ella nunca se guardaba las cosas, y seguramente le dijo sus verdades al Presidente”, dijo Rosalba, otra líder campesina. Así fue.

 

Le habló claro sobre la necesidad de que las mujeres sean más visibilizadas, de la atención psicosocial y se refirió, como siempre, a la tragedia que tuvo que pasar cuando fue abusada por miembros de grupos armados ilegales.

Según los asistentes a la reunión, el testimonio de Angélica fue tan impactante que el Presidente señaló: “Un aspecto que Angélica trajo a colación en la discusión que tuvimos: La necesidad de fortalecer todo el proceso de la ayuda psicosocial. Y vamos a buscar los mecanismos para ampliar en cantidad y en calidad esa ayuda. Ese es uno de los problemas subestimados y cuya solución también ha sido subestimada. Porque parte de la reparación en los casos de, por ejemplo, las mujeres que han sido víctimas de la violencia sexual, es esa ayuda”.

 

Su lucha por hacer de la atención psicológica a las víctimas una prioridad del Estado estaba a punto de ser realidad. “Su propuesta se convirtió en una decisión del Gobierno, en la que actualmente trabajan la Defensoría del Pueblo, organizaciones defensoras de derechos humanos y el Ministerio de Justicia”, aseguró ese día la directora de la Unidad para las Víctimas, Paula Gaviria.

 

“Angélica estaba en su mejor momento. Cuando terminó la reunión me llamó y me dijo que estaba contenta, que venían buenas cosas para el proceso de atención psicosocial”, suspiró Jesús Mario Corrales, todavía incrédulo.


Su muerte

 

“Las amenazas se habían incrementado al 90 por ciento”, dice Jesús Mario. “Mi hermana estaba muy asustada, le llegaban amenazas al correo, al celular y a la casa”, señala su hermana.

 

“En los últimos meses la defensora delegada para los derechos de la niñez, juventud y las mujeres, emitió alertas tempranas sobre la situación de riesgo que afrontaba Angélica Bello”, afirmaron en un comunicado los representantes a la Cámara Ángela Robledo e Iván Cepeda.

 

Rosalba, otra lideresa, contó que el martes anterior a su muerte, dos hombres de tes negra se acercaron a su casa y le dijeron que se tenía que ir de Codazzi o si no ya sabía lo que iba a pasar. También se refirieron a la reunión que sostuvo con el Presidente y le dijeron que no siguiera adelante.

 

Sin embargo, Rosalba dice que cuando habló con Angélica por teléfono, ella le dijo que había que reforzar la seguridad de las familias “para seguir adelante”. En ningún momento la escuchó flaquear.

 

Por eso nadie cree que Angélica se haya quitado la vida. Era demasiado fuerte para dejarse amedrentar por las amenazas, según dicen sus compañeros. “Su mamá vivió cosas terribles y salió adelante”, le dice Jesús Mario a Laura, una de las hijas de la lideresa, en la cafetería.

 

Algunos resaltan los enemigos que tenía no solo Angélica sino los cientos de líderes de víctimas en el país. Los grupos armados ilegales, la institucionalidad y el ‘ejército anti-restitución’ pudieron a ver acabado con la vida de la lideresa, según los asistentes a su despedida.

 

El defensor del pueblo, el Congreso y algunos representantes de ONG´s nacionales y mundiales le han pedido a la Fiscalía y a Medicina Legal que esclarezcan el caso y encuentren la verdad. Por ahora, la zozobra y el miedo seguirá rondando en la mente de los líderes, y estará acompañada de la responsabilidad y el sueño de avanzar hacia la reconciliación.

 

“Voy a tomar las banderas de mi mamá”, dijo entre lágrimas, sentada en una silla de plástico negra a pocos metros del féretro de su madre, una de las pequeñas de Angélica Bello Agudelo.