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El delator de la FIFA

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La investigación se ha cobrado por ahora 14 detenidos, 9 de ellos miembros del organismo, y promete recorrido, en la que Chuck Blazer, un exmiembro de FIFA ha sido básico en la investigación abierta.

“Éste es el comienzo del esfuerzo, no el final”, advirtió Kelly T. Curry, fiscal del Distrito Este de Nueva York y uno de los artífices de la operación desplegada contra la FIFA. La investigación se ha cobrado por ahora 14 detenidos, 9 de ellos miembros del organismo, y promete recorrido. Además de los arrestados, 25 personas todavía desconocidas figuran como cómplices en la acusación.

 

No es para menos, dada la magnitud de los cargos: 21 años de fraude fiscal, lavado de dinero, chantaje, sobornos. Varios empresarios del márketing deportivo de América Latina y EEUU habrían pagado ilegalmente 150 millones de dólares a miembros de la FIFA para organizar todo tipo de eventos futbolísticos internacionales, desde retransmisiones a Mundiales y elecciones amañadas.

 

“Estos individuos y organizaciones se implicaron en sobornos para decidir quién televisaría los partidos, dónde se jugarían, y quién dirigiría la organización que controla el fútbol mundial”, ha dicho la fiscal general del Estado, Loretta Lynch. La policía suiza detuvo a 7 de ellos en un hotel de lujo de Zúrich; está previsto que sean extraditados a Estados Unidos. (Éstas son algunas claves para entender el caso de corrupción en la FIFA). 

 

La operación prueba, una vez más, la libertad que se toma Washington para actuar judicialmente en cualquier lugar del mundo. En este caso, la razón es que la mayoría de los delitos imputados se cometieron en territorio norteamericano y a través de bancos norteamericanos. Y de hecho fue aquí, en Nueva York, donde se hiló gran parte de la ofensiva legal contra la FIFA.

 
Desde 2013, cuatro personas relacionadas con la FIFA han sido declaradas culpables de corrupción en EEUU. Uno de ellos es Chuck Blazer, el miembro estadounidense más importante del organismo durante 20 años hasta que renunció en 2013, cuando estaba siendo investigado. Blazer, de 70 años y parecido a Papá Noel, barbudo, bonachón, con gafas de abuelo sabio, vivía en el lujo exagerado. 
 

A Blazer le gustaba pasearse con un loro en el hombro, comer en los sitios más caros, compartir jet privado con famosos y vivir en apartamentos de lujo, como los dos que tenía en la prestigiosa Trump Tower de Nueva York: uno para él y otro para sus gatos. Incluso llevaba un blog: “Viajes de Chuck Blazer y sus amigos“, donde aparece fotografiado con Nelson Mandela, Hillary Clinton, Muhammad Ali o Pelé. Blazer sale a veces disfrazado de pirata y de Papá Noel.

 

Blazer, el agente infiltrado


Eso es el pasado. En noviembre de 2013, Blazer se reconoció culpable de una decena de cargos similares a los que se achacan a los detenidos de Zúrich (dada su afición a las comisiones, Blazer se ganó el apodo de ‘Mister 10%’). Las autoridades anunciaron la confesión de Blazer un año y medio después: este miércoles por la mañana. ¿Por qué? ¿Qué ocurrió entre ambas fechas? 

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Según una investigación publicada por The New York Daily News el pasado noviembre (2), Blazer es un informante del FBI. Amarrado con varios cargos, entre ellos 10 años evadiendo impuestos, Chuck Blazer habría empezado a colaborar con la policía a principios de 2011, llegando, incluso, a llevar un micrófono escondido. Concretamente, dentro de un llavero que habría dejado encima de las mesas donde tenían lugar las conversaciones de la cúpula de la FIFA, a la que Blazer pertenecía. 

 

Primero, Blazer habría convocado por email los encuentros que los federales querían que grabase durante las Olimpiadas de Londres en 2012: reuniones con altos ejecutivos que poco a poco y sin saberlo, igual que en el final de una película de Martin Scorsese, irían cavando sus tumbas.

 

Una operación a largo plazo


La de este miércoles fue la guinda, por ahora, de una operación que lleva unos años en curso y cuyo objetivo, una trama de corrupción a escala global, nunca ha sido un secreto para la prensa. El propio texto de The New York Daily News resulta profético: “Las investigaciones aquí y por todo el mundo podrían llevar a cargos delictivos, sacudiendo los niveles más altos de la FIFA, (…) la asociación deportiva más poderosa y rica del planeta”. 

 

La semana anterior al Mundial de Brasil 2014, el presentador John Oliver dedicó uno de sus programas en HBO a vapulear a la FIFA, “una organización cómicamente grotesta”. Oliver recuperaba informaciones y testimonios sobre exenciones de impuestos, presiones para cambiar las leyes locales o estadios multimillonarios perdidos en el Amazonas. Sin ahorrar detalles pintorescos. 

 

Según el programa, el comité de la FIFA se llegó a construir en Zúrich una espectacular sala de reuniones inspirada en el clásico de Stanley Kubrick ‘¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú’. Un salón grave, profundo y wagneriano como un gabinete de crisis nuclear. La FIFA, recordaba Oliver, es una asociación sin ánimo de lucro.

 

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