El barrio comunista

Más de 500 familias viven desde hace casi 40 años en el barrio Pablo Neruda, un terreno ubicado a las afueras de Bogotá y que es un símbolo de resistencia para los que creen en un modelo de desarrollo más incluyente que el “capitalista”. Crónica.

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El frío quema la cara. En la mitad de la mañana los estudiantes del “departamental” juegan fútbol sala en un coliseo improvisado. Es una cancha de cemento con graderías de ladrillo y una malla detrás del arco oriental. Es el primer descanso.

 

El viento sopla en medio del incipiente sol de clima frío, que tiñe de bronceado rosa los pómulos que lucen quienes viven en la sabana de Bogotá. Siete contra siete, los muchachos se disputan el balón e intentan llevarlo a la red contraria.

 

Como árbitros del juego, hay dos testigos inamovibles que los niños no tienen en cuenta; quizá hace tanto tiempo que están ahí que son parte del paisaje.

 

 

Uno se posa detrás del arco de malla, donde tapa un muchachito que apenas alcanza los  trece años. Se trata nada menos que del ícono de los revolucionarios del mundo entero. Un  letrero rojo bautiza este “estadio” como el: “Monumental Ernesto “Che” Guevara”.

 

Al otro lado, tras las varillas sin red que hacen las veces de portería, está la figura retratada del poeta chileno: Pablo Neruda, que da nombre al barrio. Junto a él están transcritos los versos de “Me gustas cuando callas ..” y “Puedo escribir los versos más tristes esta noche..”  Dos de sus grandes y mas recordadas obras.

 

Este es un barrio comunista.

 

El primer paso hacia Neruda

 

En los primeros años de la década del 60, varios miembros del Partido Comunista Colombiano, una corriente que comenzaba a tomar fuerza en las juventudes bogotanas, se acercaron a la asociación que había creado la organización para dar casa a los “camaradas”.

 

“Llegamos varios muchachos a la carrera 15 con calle 14, en Bogotá. En un segundo piso a hablar con la gente de Provivienda. Entre los que veníamos había gente desplazada, de otras partes del país”, afirma Rogelio Montero, presidente de la Junta de Acción Comunal del Pablo Neruda.

 

En medio de la necesidad, este grupo de militantes, apoyados por el Partido, decidió tomarse un terreno ubicado a algunas cuadras del centro de la capital. En 1961, una numerosa familia fue lanzada a la calle por no pagar el arriendo y decidió quedarse en el terreno construyendo una improvisada vivienda hecha de latas y pedazos de madera.

 

Poco a poco se fabricaron más y más ranchos, cuyas paredes daban contra el hospital de la Hortúa y quedaban pegados a un inmenso lote abandonado en la calle 1ra con carrera décima.

 

Mientras los invasores construían casas, la policía y el gobierno distrital se percataron de la estrategia y entraron en un combate que duró casi 20 días. Armados de palos, los “sin casa” defendieron su presencia en el territorio.

 

“Mientras la policía destruía una casa, nosotros fabricábamos diez”, señala Montero, un viejo que recuerda con risa irónica los tiempos en los que se burlaba de la autoridad.

 

Veinte días de muertos y heridos, veinte días de lucha que dieron origen al barrio Policarpa Salavarrieta, en honor a la prócer colombiana. El terreno estuvo a punto de ser bombardeado por el Estado pero el entonces ministro de defensa, Guillermo León Valencia, detuvo la acción por la cantidad de niños que habitaban el lugar.

 

Luego vino la batalla jurídica, la instalación de los servicios básicos y la construcción comunitaria del primer barrio bogotano con influencia abiertamente de izquierda. Un territorio comunista, construido entre todos y defendido a muerte.

 

 “El dueño del terreno”

 

La Institución Educativa Departamental Pablo Neruda ahora tiene tres sedes. Comenzó en 1972 como la habitación de una casa y hoy educa a más de mil niños de los grados cero a 11.

 

En la sede del centro, donde están los de primaria, una malla verde separa al colegio de la calle y un letrero gigante identifica a la institución. Ahí, en el patio, los niños juegan y corren, sin saber aún la historia que durante años han vivido los habitantes de estas 4.5 hectáreas de tierra.

 

Hacia las afueras del Neruda, en medio del segundo descanso de la sede de bachillerato, un grupo de estudiantes de 14 y 15 años se reúne a charlar. “Pablo Neruda es el señor que dio el terreno para que se hiciera el barrio”, dijo uno de los muchachos.

 

Sus amigos se ríen. Otro niño, el ‘nerdo’, afirma que Neruda era un poeta chileno y que el barrio se llama así en honor a él. Sus compañeros lo miran, incrédulos, y prefieren ir a jugar bolitas o fútbol, el deporte que más se practica en este y en tantos barrios del país.

 

 

Al colegio le faltan 680 millones de pesos para completar el sueño de ser una institución decente. “No es una gran construcción pero es muy bonito, ¿cierto?”, afirma la licenciada Vicky Rodríguez, rectora del Departamental.

 

Este dinero lo está pidiendo hace años el colegio para hacer un sistema de mallado y encerrar el terreno. “No es por nuestros niños, es por los otros muchachos que vienen acá. Ojalá pudiéramos mantener esto abierto pero eso es exponer a los estudiantes a los vicios”, afirma Rodríguez.

 

Según ella, y varios habitantes del barrio, el mayor problema del Neruda es la delincuencia y la drogadicción. Por eso quieren proteger a los niños manteniéndolos en la escuela de 6 de la mañana a 5 y media de la tarde, ofreciéndoles una variedad de actividades.

 

“Este barrio es vulnerable, necesita la presencia activa del Estado. Los líderes de acá se preocupan por cuidar a los habitantes pero necesitamos mejorar las condiciones del lugar”, señala la rectora.

 

“No somos guerrilleros”

 

Luego de invadir varios territorios para construir barrios como el Salvador Allende, el Porvenir, el Ciudad Latina y otros lugares del sur de Bogotá, tanto Provivienda como el Partido Comunista decidieron juntar a sus asociados para comprar un terreno y construir una comunidad enteramente suya.

 

“Entre el año 70 y 71, tuvimos la idea de comprar una finca para construir un barrio que fuera nuestro, del Partido”, señala Montero, quien todavía vive en la misma casa de 70 por 10 que consiguió hace 39 años en este lugar.

 

La organización creó unas comisiones que se movieron hacia el sur de Bogotá por la salida a Soacha. Tomaron la vía que conduce a Sibaté y 15 minutos antes de llegar a ese pueblo voltearon a la izquierda. Allí se encontraron con un lote de 4.5 hectáreas.

 

 

Lo miraron, se devolvieron y le propusieron al Partido organizar un paseo para que todos los afiliados vieran el lote y decidieran si querían vivir ahí. “Por supuesto, la mayoría de los que fueron al lugar dijeron que sí”, señala Rogelio.

 

Con fichas en mano, y 3.800 pesos en el bolsillo, los miembros del partido llegaron a Provivienda y adquirieron los 528 lotes en los que se parceló la finca. La ficha tenía el número del territorio asignado, que a su vez se convirtió en la dirección de su nueva casa.

  

Sin embargo, la “burguesía sibateña”, como define Rogelio Montero a los dueños de la tierra en Sibaté, les pusieron toda clase de trabas para que los comunistas no se pudieran venir a vivir a ese lugar.

 

Les exigieron tener los servicios básicos instalados (agua, luz, teléfono, pavimento) para poder construir la vivienda. El modelo del Partido en la toma de los demás territorios fue el de levantar primero las casas y luego incorporar los servicios a las mismas.

 

El conflicto entre la “urbanización capitalista” y el poder comunista se planteó en el pueblo, y se resolvió de manera contundente. Mario Upegui, dirigente del Partido en ese entonces, recibió la queja de los compradores y ordenó enviar, de cada barrio tomado por la colectividad, un bus repleto de gente y de banderas al Neruda.

 

“Llenamos el parque de Sibaté de rojo y negro. Éramos más de 400 personas en ese lugar gritando que nos dejaran vivir en el terreno que habíamos comprado”, afirma Montero mientras suelta una carcajada recordando, seguramente, la cara de terror de los terratenientes.

 

El 3 de noviembre de 1972, luego de otra batalla, se creó el Pablo Neruda, un barrio comunista que hace parte de Sibaté.

 

Desde entonces, tanto el barrio como su gente se han ganado un espacio político en el pueblo. En la primera votación sacaron tres concejales y ahora, según el Presidente de la junta de acción comunal, son el “barrio decisorio” para el alcalde que quiera ganar la elección.

 

“Somos un barrio  formado desde los principios de la izquierda”, dice el concejal Wilson Linares. Si bien el lugar está ubicado en lo que alguna vez fue un corredor estratégico de las Farc para ir del Sumapaz y Bogotá y viceversa, “nunca ha estado metido con la guerrilla”, afirma Linares.

 

En medio de la estigmatización y de la “mala fama” se han mantenido, dicen ellos, como un centro de resistencia. Como un fortín ideológico en el que deciden en colectividad lo que quieren y establecen mecanismos comunitarios de protección y ayuda a los vecinos.

 

Varios de los fundadores del Neruda han sido amenazados, algunos desaparecidos y otros han tenido que irse del lugar. “A mí me han allanado 6 veces mi casa, y una vez me explotaron medio rancho de una granada. Pero no me voy a ir de acá”, señala Rogelio.

 

Son 528 casas, 528 familias que cumplieron el sueño de encontrar vivienda y “huir del yugo del arriendo”, como dicen los habitantes del Neruda. Además, tuvieron el poder de decidir a sus vecinos, a sus dirigentes y a sus “camaradas”.

 

Hoy viven en uno de los pocos barrios comunistas del país, y probablemente del mundo. Los dos testigos siguen intactos, el “Che” de un lado y Neruda del otro, observando a los niños jugar fútbol, al viento quemar la cara de los sabaneros y a los viejos recordar que un día se pelearon el derecho de vivir en esa tierra.