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De Kodak a Instagram

En 1974 la socióloga, fotógrafa y escritora Gisèle Freund (1908-2000) publicó un ensayo de referencia para entender las consecuencias de la llegada en masa de millones de aficionados a la foto: La fotografía como documento social (Gustavo Gili), donde apuntaba que cualquier rincón de nuestra existencia se convertía en materia documental al ser el procedimiento de reproducción más fiel e imparcial de la vida social. Cuatro décadas más tarde la revolución tecnológica, industrial y creativa ha corrido tanto, que han convertido a un libro cuarentón en uno de la tercera edad.

UNO. FOTOGRAFÍA SIN FOTÓGRAFOS


“En la vida contemporánea, la fotografía forma parte de la vida cotidiana. Apenas existe actividad humana que no la utilice de uno u otro modo. Se ha vuelto indispensable tanto para la ciencia como para la industria. Es punto de arranque de mass media tales como el cine, la televisión y las video-cassettes. Se desarrolla diariamente en los miles de periódicos y revistas”, escribe Freund. Lo que anticipa la socióloga alemana nacionalizada francesa se multiplica y desborda, con la llegada de Internet, el monopolio de los soportes y de la imagen. Cualquiera puede mostrar sus fotos en cualquier momento a cualquiera.

 

Conocer la técnica no legítima, esa fue la clave del triunfo de George Eastman, en 1888, cuando puso en el mercado la primera cámara Kodak. Entonces cobra verdadero impulso la foto de aficionado. El usuario sólo tenía que encuadrar, tirar de la cuerda que cargaba el obturador y pulsar el botón del disparo. El móvil ha simplificado mucho más el acto.

 

DOS. FOTOGRAFÍA SIN ACONTECIMIENTO

 

La nueva fotografía ha terminado por crear la realidad. Ya no la retrata, sino que la construye. Freund escribió al respecto: “Su poder de reproducir exactamente la realidad externa –poder inherente a su técnica- le presta un carácter documental y la presenta como el procedimiento de reproducir más fiel y más imparcial de la vida social”.

 

Sin embargo, la fotografía convencional ha muerto. Los valores fundacionales de la foto en el siglo XXI han sido mancillados. La memoria, el archivo y el documento han dejado paso a la conectividad, la banalidad y la inmediatez. No importa el acontecimiento o la imparcialidad, sino la marca biográfica. Ya no interesa lo extraño ni lo exótico, queremos documentarnos a nosotros.

 

Como dice el fotógrafo y teórico Joan Fontcuberta, ni siquiera pretendemos la fidelidad a la realidad, porque un disparo no es más que el primer paso: las imágenes son retocadas, mejoradas, modificadas y manipuladas. La credibilidad ha perdido, la creatividad ha ganado.

 

 

TRES. FOTOGRAFÍA SIN INTIMIDAD

 

“La imagen responde a la necesidad cada vez más urgente en el hombre de dar una expresión a su individualidad. Hoy el hombre se siente cada vez menos aludido por el juego de los acontecimientos y relegado a un papel cada vez más pasivo. Hacer fotos se le antoja como una exteriorización de sus sentimientos”, escribió nuestra protagonista hace cuarenta años. La actualidad le respeta, al menos parcialmente. Porque aseguraba que la foto poseía la capacidad de expresar los deseos “de las capas sociales dominantes” y estas condicionaban “a su manera los acontecimientos de la vida social”.

 

Si la socióloga veía en la burguesía la dictadora del dogma fotográfico, hoy esto ha saltado por los aires. Sólo en Facebook se suben al día 250.000.000 de fotos de personas que sólo necesitan una conexión a Internet para formar parte de la comunidad visual. Esta cantidad demuestra que la imagen está en todos los acontecimientos de nuestra existencia, no sólo públicos, sino privados. Es más, la nueva fotografía ha derribado la frontera de la intimidad. Como explicó Fontcuberta, “la intimidad es una reliquia del pasado”, porque la privacidad ha desaparecido. La transparencia sin límites.  

 

CUATRO. FOTOGRAFÍA SIN ORIGINALIDAD

 

“Los aparatos fotográficos construidos con ayuda de la electrónica son cada vez más refinados. Y sin embargo, hasta un niño puede aprender en pocos minutos cómo utilizarlo. Todo se halla ajustado técnicamente. Técnicamente, ya nadie puede fallar una foto”. Vemos que la tecnología ha mantenido la accesibilidad como prioridad.

 

Nadie puede fallar, nadie puede reclamar como propia una foto. Su uso la varía, la paternidad no existe, porque las imágenes se adoptan. Es el gran paso de la revolución humanista del analógico al digital. El usuario no es un sujeto pasivo que observa, sino uno activo que interviene sobre ellas. Sin importar quién las ha fabricado. El origen se respeta, la originalidad no. 

 

CINCO. FOTOGRAFÍA SIN MEMORIA

 

“En 1972, 191 millones de turistas recorrieron el mundo. Invadieron las grandes capitales, los parajes exóticos, las playas de los océanos, los bosques y las montañas […] Todos llevan una máquina fotográfica en la bandolera”. No parece que esto haya cambiado demasiado, basta un teléfono con cámara para captar. Sin embargo, lo exótico cada vez se diluye más ante el flujo constante de imágenes. Lo más cercano termina por convertirse en lo más extraño. 

 

De ahí que la imagen ya no se conserve. El deber de la perdurabilidad, de hacer memoria, ha desaparecido en la fotografía. Importa la intensidad impulsiva con la que se comparte la propia imagen. Atrás ha quedado la realidad que analizó Freund, en la que los aficionados “no dudan de la veracidad de la foto”, porque “para ellos una imagen fotográfica es una prueba irrefutable”. Valores fundacionales como la memoria han sido arrasados por la vertiginosa circulación de la producción masiva de la imagen, sin normas, sin identidad, sin historia, ni permanencia. Así se diluye la fotografía en la imagen. La paranoia del archivo y del recuerdo ha sido devorada por la emergencia. 

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Comunicador Social - Periodista del Politécnico Grancolombiano. Twitter: @esnegrete