Cuando el amor no basta

Las enfermedades mentales son un flagelo sobre el que no existe mayor información y que de manera invisible se cobra miles de vidas al año. Abordar este tipo de dolencias sin que medien criterios de normalidad es uno de los retos grandes que existen. Opinión

Esta semana se lesionaron Ibarbo y James y todo el mundo opinó de tendones y terapias como si supieran del tema. Tenemos claro que por ser deportistas de alto rendimiento, deben recibir el tratamiento médico necesario para mantener su estado.

 

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Igual sucede si, por poner un ejemplo, alguien se fractura o se desmaya a su lado; puede ser que usted no tenga idea qué hacer en el momento, pero sabe que se necesita atención médica para evitar que la persona se muera, o sufra una afectación con graves secuelas.

 

Pero cuando se trata de la salud mental, las cosas son a otro precio. Ante unas enfermedades mental nos movemos entre la ignorancia, la desidia y el prejuicio. Creemos conocer, opinamos y hasta recetamos para un dolor de cabeza; pero no solo desconocemos los síntomas que indican una deficiencia en el cerebro, además intentamos negar su existencia.

 

Este desconocimiento consciente de la necesidad de atención médica a los problemas mentales, es como si no aceptáramos que se enyesen los huesos rotos, o que se formulen medicamentos para la presión, porque no entendemos lo que el tratamiento va a hacer en el paciente. Una cosa es ser lego en materias médicas, y otra es desconocer la necesidad de atención que tiene el otro.

 

Hay mil razones con las que darle explicación a la manera atípica como la gente se comporta, que está triste, que es colérico, ansiosa, perezoso, tímida, distraído, llorona; que es un desadaptado, que es muy vanidosa, que es así, ermitaño. Que estaba borracha, o drogado. Descreemos de la necesidad de intervenir en la mente, nos mentimos diciendo que son cosas que ya pasarán, y nos hacemos los locos frente al tema, en la casa, en el colegio, en la universidad y en las calles.

 

Creo que somos profundamente ignorantes frente a la salud mental porque nos cuesta imaginar la infinitud de conexiones eléctricas y químicas que cargamos en el disco duro, aquí detrás de los ojos; porque no es fácil procesar la relación entre comportamientos y conexiones cerebrales, Llinás apenas lo intenta exitosamente.

 

Porque como al de al lado no le sangra ni le duele, ni sale la depresión en un TAC, no podemos entender por qué las nubes que se le ven en el alma no se disipan por efecto del amor, con un abrazo, un paseo o una charla.  

 

Y al final, también somos ignorantes frente al manejo de la enfermedad mental porque el estigma pesa en las decisiones, añadiendo el peso social y moral con el que la sociedad rechaza todo lo que no corresponda a los parámetros de la “normalidad” que tanto se valoran.

 

Lo grave es que, a diferencia de lo que sucede con la enfermedad física, no son los pacientes sino las personas que están a su lado, quienes detectan la enfermedad mental; y si ellas remontan la ignorancia y los prejuicios, son las llamadas a buscar el apoyo profesional para su manejo.

 

Sin embargo, dudamos más para convertir al de al lado en paciente psiquiático, que para ponerlo en manos de la anestesia y el bisturí, como si ambas intervenciones no fueran indispensables para salvar la vida.

 

Según la Organización Mundial de la Salud, cerca de 3000 personas se suicidan cada día en el mundo (lo que equivale a una cada 30 segundos), y otras 60.000 intentan hacerlo pero no lo logran. En los países en desarrollo, el suicidio es la tercera causa de muerte en personas entre los 15 y los 34 años de edad.

 

Pero las cifras no parecen ser suficiente evidencia. Seguimos sin saber cómo actuar frente a los síntomas que alertan sobre la necesidad de atención en salud mental. Mientras los padres y madres se desgarran en Lo que no tiene nombre, como bautizó Piedad Bonnettt al dolor que sigue a la partida adelantada voluntariamente por un hijo, en los colegios y universidades se siguen haciendo los locos para asumir su cuota de responsabilidad, y la psiquiatría patina entre dosis químicas y terapias, en sus propios diagnósticos.

 

Cuánta ignorancia hay frente a este tema, y cuánta distorsión. Hay que empezar a hablarlo en voz alta para desmontar los prejuicios, estudiarlo para salir de la ignorancia y, lo más difícil, actuar coordinadamente con los entornos para tratar de prevenir su ocurrencia. Esta semana, el dolor inconmensurable de Antonio Navarro me recordó que falta mucho para que dejemos a un lado el miedo, y sepamos cómo mirar la mente de frente, a los ojos.