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Cambia, todo cambia…

Hago un respetuoso llamado a los adultos para que revisemos nuestra renuencia al cambio, la facilidad con la que se denigra de las nuevas generaciones siempre en defensa de “lo nuestro fue mejor”

Son muchos los preparativos, los planes y algunas realizaciones sobre el tema de una mejor calidad para la educación colombiana. Exámenes para poner a prueba la idoneidad de los maestros en sus respectivas áreas de enseñanza. Que se les promoverá para que alcancen maestría o doctorado. Que las instituciones educativas públicas se podrán equiparar con las privadas en lo que a infraestructura y dotación se refiere. Válidos propósitos en pos de mejores resultados. Sin embargo, en tanto no se vuelva la mirada hacia las aguas profundas de los paradigmas que conforman la actitud, seguiremos cabalgando sobre mejores estructuras pero con resultado parecidos.

 

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Educamos aun para la sumisión mental; la educación que se imparte, no tiene alas, invita a la repetición, a la memoria para conservar la mente dentro de las amarras de lo conocido, de lo descubierto, de lo patentado, sin darle a eso su lugar útil como piso para novedosas construcciones. Si así se hiciera, al final, y como en todo ensayo juicioso, resultarían unas propuestas más exitosas que otras, más útiles, más adecuadas para resolver problemas. Pero su importancia no puede ceñirse solamente a los resultados. Crear hipótesis es ya una aventura y un acto valioso que luego debe someterse a la verificación que lo aprueba o lo lleva a replantearse.

 

Las preguntas son inspiradoras, mueven la curiosidad, potencian la búsqueda. No tengo experiencia directa en la enseñanza escolar, pero aún así me llama la atención la frecuencia con que hoy los adultos (maestros y padres), mencionan la insolencia de los jóvenes. Cuando se me ha dado la oportunidad de ir un poco más lejos, casi sin excepción, encuentro comunes denominadores: el alumno ya no se sitúa a la distancia reverencial y gratuita de la que antes gozaban los profesores. Constantemente los mide, los provoca, les exige; si pasan la prueba, se ganan el respeto, la admiración y el interés de sus alumnos. Y estas pruebas que parcialmente se superan en virtud del conocimiento del profesor, pero este resultado no es suficiente; la medida más importante la da su sinceridad al contestar, su demostrado interés en construir conocimiento, cuando recibe con respeto la participación de los alumnos aun cuando muchas veces sea necesario demostrar a los alumnos que su planteamiento no es correcto o está equivocado.

 

El respeto se plantea como un ejercicio mutuo, y para mantenerlo, debe ser ganado por las dos partes. El aura sacra de los profesores, ya no es una concesión a priori. Hoy el reconocimiento y el respeto, se ganan en el terreno de la lucha diaria. Ya no son admirados los personajes solemnes; se prefieren las personas reales, genuinas, sencillas, con virtudes y defectos y con una sabiduría que se basa en la síntesis, en la experiencia, en la combinación creativa, en el constante ejercicio de seguir aprendiendo, y no en la defensa de posiciones de obstinación y privilegio.

 

Otro tanto ocurre con los padres. El gastado porque si, o porque yo soy tu papa o tu mamá y punto, cada día tiene menos eco. La solicitud por los motivos que sustentan sus posiciones se volvió indispensable. El lugar de la antigua aceptación, lo ocupa el debate, la transparencia en la formulación de la propuesta limpia o del reconocimiento del error. Las prédicas son menos importantes que el ejemplo. La retórica se desplaza por la relación coherente entre lo que se dice y se hace.

 

Hago un respetuoso llamado a los adultos para que revisemos nuestra renuencia al cambio, la facilidad con la que se denigra de las nuevas generaciones siempre en defensa de “lo nuestro fue mejor”. Esta es una nostalgia vacía y trasnochada. Los lugares que iluminan toman su luz de la renovación constante, en la disposición al crecimiento personal; la posición de que nada está del todo hecho, y cada día es posible su perfeccionamiento.

 

Quizá así se puedan resolver asuntos que impulsen a una vida mejor, con mayor solvencia y bienestar para todos y para cada individuo.