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Caca de palomas

La mente se comporta extraño cuando la dejamos suelta. Da saltos, conecta cosas. Por ejemplo, me acordaba esta mañana en la ducha, del  difunto Carl Sagan hablando en Cosmos a principios de los 80: “Imaginen ustedes un mundo donde todo es plano, no hay arriba ni abajo, solo ancho y largo. Un mundo llamado Terraplana”. Opinión.

“No vemos el mundo como es, sino como somos” El Talmud

 

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La mente se comporta extraño cuando la dejamos suelta. Da saltos, conecta cosas. Por ejemplo, me acordaba esta mañana en la ducha, del  difunto Carl Sagan hablando en Cosmos a principios de los 80: “Imaginen ustedes un mundo donde todo es plano, no hay arriba ni abajo, solo ancho y largo. Un mundo llamado Terraplana”. 

 

El jabón se me transformó en una manzana, un objeto tridimensional, que llegaba a Terraplana e intentaba infructuosamente hacer contacto con uno de sus habitantes planos, quien no lograba hacerse una idea de qué ente era ese que le hablaba, que se le aparecía, ni en qué consistía esa experiencia que tuvo al estar “arriba” tras un toque que le diera la manzana. Sagan usaba esta metáfora para explicarnos nuestra dificultad, casi imposibilidad, para imaginar (para hacer imagen) una cuarta dimensión viviendo en un mundo de solo tres dimensiones. 

 

De fondo en el baño sonaba la radio con las noticias del día, matizadas con la opinión de los funcionarios, los elegidos, los atacantes defensores y los oyentes, hablando de que aquella le dijo “amigote de paramilitares” al ex amigote de paramilitares que todos conocemos y que el compañero primo le contestó, como ofensa equivalente, “rica, gay y lagarta” a la rica, gay y lagarta. En otras noticias nos enteramos de que los revolucionarios hacen su revolución y buscan la paz volando oleoductos y matando soldados, mientras los defensores de los-buenos-somos-más matan de vuelta y les indigna que les recuerden que hicieron estadísticas a punta de matar civiles desarmados. 

 

Entre tanto nosotros, el público, pedimos que acaben a plomo a esas terroristas, porque sentimos que nuestra terrorismo es mejor que el de ellos, que nuestras balas tienen justicia y las de ellos odio puro. Todo lo malo queda por fuera de mi frontera ideológica, de mi esfera de intereses. El problema no es matar. Es si esa muerte me favorece o no. Punto.

 

Me viene a la memoria Monsters Inc. , la película animada que le contaba a los niños sobre un mundo de monstruos peludos que obtienen la energía eléctrica del miedo de los niños a los que asustan por las noches. De la fuerza de los gritos de terror de los niños que viven en el otro mundo atrás de la puerta del closet, consiguen ellos la fuerza que mueve su mundo. Hasta que un día una niña sin miedo a los monstruos pasa sin querer al mundo de estos y se ríe. Y su risa genera una sobrecarga de energía, porque la risa produce más fuerza que el llanto. Sin embargo su presencia es perseguida como plaga, como terrorista. Le temen a que la niña se ría. Le temen, como les han enseñado los poderes, a otro sistema, a otra forma de cosas. He visto eso en otra parte, estoy seguro.

 

¿Vivimos en una versión terraplanense de Monsters Inc? Tal vez sí. Es como si no tuviéramos cómo imaginar un mundo distinto a este en el que vivimos, a este que hemos creado en el sistema de cosas que nos han permitido. Creemos firmemente en la fuerza, en el poder, en la ofensa, en ganar, en lo sagrado, siempre y cuando sea MI fuerza, MI poder, MI ofensa, MI ganar, MI sagrado. Lo del otro, en cambio, debe ser eliminado. No importa si el otro es el Estado, la guerrilla, el vecino que parquea mal, el ladrón o el robado. Debe ser eliminado. 

 

Algunos seres alucinados escuchan voces y nos las cuentan: dicen que es el amor y no el odio, el que nos puede poner en un mejor lugar y los miramos, en el mejor de los casos, como idiotas, en el peor, como amigos del “enemigo”. 

 

¿Quién es el enemigo? Cualquiera menos la primera persona del singular o del plural.

 

Ni siquiera para buscar una solución ponemos al “yo” o al “nosotros”. Tu o ellos, son el problema. “Ella” o “él” la solución. “Yo” y “nosotros” lo inamovible, lo a defender, lo incorruptible, lo incuestionable. Somos lo fundamental. Y ponemos cara de prócer fundido aunque estemos cagados de palomas. ¿pueden moverse las estatuas?

 

Uno de esos tantos video virales que circulan por la neo realidad de las redes sociales me causó un profundo impacto hace unas semanas: un ingeniero recibe de regalo por parte de sus colegas bromistas una bicicleta muy particular que tiene un manubrio que al girarlo a la derecha tuerce la rueda a la izquierda. 

 

El tipo se pregunta qué tan difícil puede ser montarla, sabiendo cómo funciona. Al fin y al cabo es ingeniero y pues será solo cosa de girar el manubrio a la izquierda cuando quiera ir a la derecha y ya está.

 

Nada más lejos de la realidad. Sabe qué debe hacer pero su saber no se traduce en hacerlo. Su cerebro no lo entiende. Tarda 8 meses en montar , mejor dicho, en no caerse de la bici.

 

Para completar la paradoja, al intentar volver a montar su bicicleta normal, la que uno nunca olvida, descubre que ha olvidado cómo hacerlo. Su cerebro tarda solo unas horas en volver a entender la nueva vieja lógica del manubrio que girado a la izquierda hace girar la rueda a la izquierda, pero igual tarda. No es igual saber que entender, concluye el ingeniero.

 

Sabemos que los que estamos jugando a las estatuas debemos movernos, porque aquí donde estamos, entre lluvia y mierda de palomas, aparte de que no hacemos gran cosa, nos estamos corroyendo. Debemos movernos, pero aun no, que nadie se está moviendo ¿nos moveremos? Sabemos pero no entendemos. Que alguien lo haga primero, yo no.

 

Voy al Transmilenio y pienso que tal vez un conductor de esas busetas azules, esas mismas que hemos señalado porque no paran como las de antes, es decir, donde nos diera la gana; que tienen esas rutas extrañas escritas en un español que no entendemos; que se pagan ya no con nuestras conocidas monedas, madrazos y “¿me lleva en 1.000?”?, nos pueda dar una luz. No un excelentísimo y polemiquísimo doctor, sino un conductor. Alguien simple, que no solo sabe lo que tiene que hacer, sino que lo hace. Detiene su bus, atraviesa la calle con un pasajero anciano, para a otra buseta y embarca al anciano, instruyendo a su colega conductor sobre dónde dejar al abuelo que se pasó de estación. Y de encime, paga el pasaje. Y nosotros, los “estatuas” lloramos viendo que es simple y hasta contagioso hacer lo correcto. Pero no la logramos. Muchos ni siquiera nos atrevemos a trepar en la bicicleta. 

  

Plaza de Bolívar, cientos de palomas que levantan el vuelo porque una de ellas se asusta y levanta el vuelo a mi paso. Los etólogos dicen que este comportamiento grupal consiste en no hacer otra cosa que lo que hace quien tengo delante. La primera se levanta, las otras se levantan sin verificar. Es lo que hay que hacer. Sin embargo las palomas en la plaza han evolucionado y ya no todas levantan el vuelo cuando la primera asustadiza levanta vuelo, sino que hacen lado y siguen en sus vueltas. Nos llevan ventaja. No en vano nos cagan a los que estamos jugando a la “estatua”.