Bogotá es la ciudad menos predecible del planeta

#LaBogotáQueYoQuiero: por Juan Sebastián Bejarano Reyes. La ciudad es tan exótica y tan llena de valentía que vivir en ella nos enseña a redescubrimos cada día.

Cuando me invitaron a escribir estas letras, me dijeron: “la cosa es sencilla, debes escribir por qué quieres a Bogotá”. De inmediato se me vino a la cabeza mi diario vivir en esta urbe, recordé el sin fin de trancones, que en cualquier momento puede llover,  que sus habitantes pueden ser más fríos que el clima, que conseguir un taxi es imposible, que en TransMilenio te hacen masajes gratis y sobre todo recordé que anoche casi me atracan mientras pasaba por la macarena.

 

Después de esa larga lista de cosas que pasan en el día a día en una cualquier ciudad de más de ocho millones de habitantes, también recordé que hace unos años, en un café del centro, conocí a Camila, una morena alta, carismática, bonita y muy sensual. En ella vi lo que realmente es Bogotá.

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Camila nunca fue mi novia formal, pero durante varios meses sostuvimos un fuerte encontrón sentimental, lo cual en efectos prácticos me permite llamarla mi “ex”. Les hablo de ella porque yo amo a Bogotá así como ame a esa “ex fea” que siempre me dejaba plantado, que nunca me dio un regalo, que no se arregló para visitar mi casa, de hecho nunca me visitó. Esa chica que me dejaba de contestar los viernes a las 6:00 pm y aparecía los domingos en la noche, que siempre me presentaba como su mejor amigo y que en el Facebook nunca reconoció nuestro amor.

 

Un día en un bar sucio y escondido del centro me dijo: “bueno y usted, ¿por qué me quiere?”… le respondí: “porque tú me obligas a reinventarme cada día, porque no me la pones fácil, porque contigo aprendí que con cualquiera uno se emborracha, pero con pocos pasa el guayabo, porque tu sacas lo mejor de mí y me haces recordar que lo importante no es ganar la batalla sino la guerra y sobre todo porque me haces feliz”.

 

Cada mañana cuando me levanto en Bogotá y cojo mi bicicleta para ir a trabajar regreso a mi infancia (…) automáticamente los trancones desaparecen, las ciclorutas, aunque mal hechas y llenas de huecos, se convierten en sendas avenidas por las cuales circulamos de manera eficiente ‘yuppies’, estudiantes, trabajadores, patinadores y uno que otro peatón.

 

Todos los días juego a esquivar bolardos y a explorar nuevas rutas para en ellas descubrir nuevos grafitis, que parecen el sensual tatuaje de esta ciudad.

 

No he tenido la experiencia de vivir en otras grandes ciudades, a lo mucho he realizado viajes repentinos a una que otra urbe, pero al igual que Camila, para mi Bogotá significa  libertad,  diversidad, aventura. Esta ciudad que es de todos y de nadie, en la cual vivimos cachacos, paisas, boyacenses, costeños, gringos, europeos, africanos, judíos y negros.

 

En esta “metrópoli” mal diseñada y con todos los problemas se encuentra todo tipo de música y de culturas urbanas. Es tal la diversidad que en la misma cuadra pueden converger un cristiano para evangelizar y una pareja homosexual caminando tímidamente de la mano.

 

Bogotá no será la ciudad más culta y abierta del mundo, pero sí estoy seguro que es la urbe menos predecible del planeta.

 

Dicen que en Bogotá la gente es más fría que su clima, pero yo todos los días veo guerreros que quieren superarse y prefieren la libertad del anonimato sobre la calidez del reconocimiento. Veo ciudadanos dispuestos a superar la incertidumbre, que no le tienen miedo a la inseguridad o la agresividad, ni demás problemas que muchos pregonan de la capital. Veo personas que, aunque no tienen nada en común, viven juntos y aprenden las unas de las otras.

 

Pero lo cierto mis queridos lectores es que yo amo a Bogotá porque al igual que con Camila no importa que me da ella, sino que le aporto yo a ella y que debo hacer para que este feliz. Ella me hace feliz y me obliga cada día sacar el mejor guerrero, para que -como dice el refrán- poder todos los días “volver sin miedo a la batalla”.