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Blanco multicolor

Uno de los velos más densos que las religiones le tienden a la humanidad, son los criterios morales frente al sexo. El oscurantismo papal que decretó que las relaciones sexuales solo deben existir con fines reproductivos, porque según ellos el sexo por placer es “antinatural”, ha sido adornado con supuestos valores de pureza, sacralidad, blancura nívea, una única manera admitida para el encuentro de los cuerpos, hembra y macho cobijados por un rito religioso previo.  

La sexualidad sublimada en el blanco manto mariano (mujer que sin pecado concibió), es una farsa contranatura que no permite entender de qué estamos hechos los humanos, ni prevenir las consecuencias del sexo inseguro y, mucho menos, respetar las decisiones de lo que cada quien decide hacer con su cuerpo. Las interacciones del placer, vedadas para el rebaño de ovejas que los pastores quieren en blanco inmaculado, son una realidad de a puño. Negarlo es negar la naturaleza humana, cerrarle la puerta a la única opción que todos tenemos a mano para distender el alma, descargar energías y darle placer al espíritu. El sexo blanco, esto es exclusivamente con fines reproductivos, no existe. Es una invención malsana y antinatural.

 

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Las leyes de la física así lo muestran. El “disco de Newton” es un experimento de colegio donde un circulo de colores (rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta) se hace girar para descubrir que el círculo se ve blanco con el movimiento. El segundo fenómeno lo vemos cada vez que la naturaleza nos lo regala después de un aguacero, y el arcoíris surca el cielo cuando la luz abre su espectro multicolor al atravesar el agua. En ambos casos aquello que creemos es una cosa, evidencia otra forma. El blanco contiene en su interior a todos los colores, y todos los colores están en la atmósfera, listos a aparecer ante nuestros ojos.

 

La ley federal que legalizó el matrimonio homosexual en los Estados Unidos fue un estupendo regalo para el gay pride de este año que se celebró, como cada último domingo de junio desde 1970, con especial resonancia. El arcoíris se instaló en la Casa Blanca, en la Cibeles, en la Puerta de Brandemburgo, en el Arco del Triunfo, en el castillo de Disney, en las redes sociales. La policromía sexual se apoderó del mundo.

 

Ya era hora. 45 años después de que los homosexuales instauraran un día para llenar las calles con el carnaval multicolor de la diversidad sexual, cada vez más países enmiendan sus legislaciones cerradas y discriminatorias para aceptar que las relaciones basadas en el amor son todas iguales, que las parejas que quieren casarse pueden hacerlo porque familia no es un concepto basado en la manera como se disfruta el sexo, sino en la forma como se establecen vínculos de solidaridad, camaradería, respeto y crecimiento mutuo.

 

Así, y a pesar de pastores, procuradores y moralistas, la comunidad gay ha logrado una revolución pacífica de dimensiones similares a las de la liberación femenina o la lucha contra la segregación racial. Los homosexuales nos han enseñado el orgullo de ser sexuales, una bandera que no solo atañe a las relaciones hombre – hombre o mujer – mujer. Lo que cada quien haga en la cama, y cómo lo haga, es un asunto que sólo compete a quienes se involucran bajo las sábanas. Ni al estado, ni a la iglesia, ni a quienes pregonan maneras únicas para el sexo y vetan la infinidad de caminos que hay para el logro del placer. Al gay pride se le agradece que es otra manera de recordarnos que la humanidad no es blanca monocromática, sino diversa, policromática, estridente si se quiere. Y que, como dice Jarabe de Palo en una canción, en lo puro no hay futuro, la riqueza está en la mezcla.