¡Abajo Robledo! ¡Viva la estirpe de los Urrutia!

Ahora que los bastardos del POLO, comunistas y lobos como Robledo y Wilson Arias lograron tumbar a un hombre de los quilates de Carlos Urrutia de la embajada en Washington, ha sonado la hora de gritar con más fuerza que nunca ¡que viva la sangre azul! 

La que corre por las venas de la gente-gente, orgullo de Colombia como lo dijera el propio renegado del Santos, y el azul color de nuestro estandarte conservador, en el que se envuelve arrobada Martha Lucía Ramírez, la gran goda.

 

Antes de entrar en la defensa del maravilloso mundo de los abolengos bogotanos, debo poner en contexto la atroz persecución contra Urrutia. Le tocó irse porque Santos lo traicionó y no lo sostuvo en la embajada donde nuestros benefactores del norte y, supuestamente, por haber ayudado a adquirir 40.000 hectáreas de tierras baldías en el Vichada, para prestantes inversionistas vernáculos como los de Riopaila y la linda multinacional Carlgill

 

¿Qué tiene de malo ser hábil, jodido y mañoso como abogado, como lo son Brigard y Urrutia? Todo lo del rico es robado, y si no… ¿cómo?

 

Las transacciones esas, podrán ser prohibidas por la ley, pero permitidas por las buenas costumbres y de esas hay certificaciones para Urrutia provenientes de los clubes Country y Jockey donde se ha jugado al póker el país entero y no unos terrenitos, unos morichales y algún resguardo de la indiamenta.

 

Por esa nimiedad cayó Urrutia. Le tocó irse de la cómoda embajada en Washington, a un hombre que si representa al país. ¿O se imaginan ustedes allá a un embajador de apellido Tinjacá o Quilcué? ¡Qué oso, que falta de gusto y de maneras! Le tocó irse por serle fiel a sus principios. Por quitarle la tierra adjudicada a la gleba uñi-sucia, que no sabe lo que es el neoliberalismo. Si uno no acapara ¿cuál es el negocio? ¡Huevones!

 

Les aseguro que de regreso a su bufete y a sus códigos, Urrutia hará temblar a todo el comunismo con la nueva Ley Urrutia, que garantizará que toda la tierra de la Altillanura esté debidamente sembrada de palma africana y de Bacrim nativa y en manos de la gente clasuda.

 

Ahora si mi tema de fondo. Yo no sé cuáles serán los orígenes genealógicos del doctor Urrutia. Pero basta verlo –blanco y gentleman- para saber que por sus venas corre el oro líquido. Se ve decente, huele a decente, camina decentemente. ¡Y tiene plata y elegancia! Seguramente es descendiente de algún prócer y si no, le sacamos parentesco con el general Maza, no el del pasado, sino con Miguel, buen muchacho por antonomasia.

 

La gente de bien de Bogotá, a la cual me refiero en general, desciende de los héroes de antaño que redujeron a mosquete a la indiada, la pusieron a trabajar, le quitaron el sol y la metieron a la iglesia. O sea, son empresarios herederos de la mayor empresa vista por estos lados, la Conquista y la Colonia. Y de paso una cierta parte de la Independencia que terminó beneficiando a la gente de postín que construyó este país a punta de sangre y pata. ¡Linaje carajo!

 

Afortunadamente las familias distinguidas son pocas. Empiezo por la mía: mi padre, Pantagruel Cínico, era descendiente ni más ni menos de un arzobispo y una monja, que lo engendraron bajo la mirada de Cristo, en un confesionario. Si, fruto del pecado, pero sabrosito. El me enseñó las artes de la doble moral y del procuradurismo. Mi Madre, María Conserva Caspa, viene de familia de notarios, que registraron en Sevilla durante largo tiempo todo lo que los blancos logramos pignorarles a los Wilson Arias de antaño. Larga experiencia en titulación bravía de tierras, haciendas, minas y demás. ¡Estirpe, caray!

 

En mi familia, como en la de los Brigard, Urrutia, Santamaría, Michelsen, por citar algunos, si sabemos de dónde descendemos. De los manteles, de los tapetes, de los gobelinos. El populacho lo único que sabe es que procede de un polvo en un camastro ¡Y quieren gobernar o ser embajadores! ¡Y quieren arrebatarnos el poder y la gloria! ¡Impíos!

 

No poca gente de bien del altiplano viene en línea directa de barones, marqueses o condes, con una generosa mezcla de putas y maritornes. Pero nobles, por encima de todo. La llamada burguesía bogotana es borbónica por derecho, cuando no de la casa de Habsburgo  vía Federman o Alfinger, que le metieron genes rubios al cobrizo hispánico. O bien de la dinastía de los Cuchicutes. ¡Todos venimos de alguna manera de las gónadas de Carlomagno o de los óvulos de Isabel, la mozambique de Colón!

 

Lo nuestro ha sido la endogamia, el incesto, el endemismo, la negación de la mezcla, la pureza de la raza, como la del impecable nazi Pablo Victoria. Incesto no solo en materia genética, sino socialmente. Lo cual nos ha permitido hacer empresa, construir clanes y clubes, tener criadas, mayordomos y escoltas descendientes de los primeros sometidos.

 

Y aunque le hemos dado en forma al mete saca con propias y foráneas, hemos apenas sobrevivido en total minoría, genéticamente modesta – a veces oligofrénica-  cercados por la indiada, la negramenta y la mulatería, lista a arrebatarnos lo de uno. Nuestro esperma ha transmitido de generación en generación la hidalguía de un Urrutia y la dignidad de un Brigard, enfrentadas a la ignominiosa bastaría generalizada, aun la de la gente bien, pero de tierra caliente.

 

Son pues nuestros heráldicos apellidos, los que han gobernado y metido en cintura  este país hasta que San Juan agache el dedo.

 

El que no tenga apellido reconocido, por fortuna en este país no tiene derecho a las mieles ni a la pernada.  Es como el señor decente que se casa con una loba. ¡Se enloba mijito! Así nos lo decía en el Gimnasio Moderno monseñor Perdomo, quien encontrara en cada hacienda de la Sabana de Bogotá un genoma de gracia, gentileza y capacidad de dominio.

 

¡Honor, dignidad y gobierno para ellos y para los que vienen! Miren no más quienes somos…

 

Los Lozano, olfativos, sagaces; los Norzagary, sementales; los Pardo, ministeriables; los U-maña; los Holguín, majestuosos; los Mallarino, principescos; los Rivas, inefables; los Carrizosa, banqueros, bullonistas; los Lleras, elegidos; los Samper, chistositos, los Pombo, hermosos, salvo el Roberto el de El Tiempo que fue comunista y le queda mucho de eso; los Triana, predestinados;  los Jiménez, adelantados; los Venegas, arrechos; los Vergara, notables; los Ricaurte, barriales; los Sanz de Santamaría, con tan gran sonoridad fonética  para qué más; los Groot, patriotas; los Sorzano, juristas; los Espinosa, funcionarios, los Caballero, inteligentes, los Angueira, dóciles, los Arciniegas, americanos; los Escallón, gigantes, los Uricoechea, prostáticos; los Nariño, departamentales, los Caro siempre con las Cuervo; hasta los Brush londinenses, los Escobar palaciegos, los Ferro gimnasianos, los Luque cardenalicios, los Nieto educadores, Prietos, Sarmientos, Piñeros, Trujillos, Santos, Sarmiento, Vásquez, Villegas y toda la lista de mis compañeros de clase en el Gimnasio Moderno.

 

Sin olvidarse, faltaría más  y a todo señor todo honor, de los Santos de donde proviene el torcidísimo Juan Manuel, cuya única virtud en la vida ha sido sentarse a la mesa con cuatro tenedores con Carlos Urrutia.

 

¡Bogotanos si los hay! Raza, enjundia, generosidad, desprendimiento, patria…

 

PS: A propósito de la magna frase del Procurador Ordóñez refiriéndose al subversivo Marco para la Paz cuando dijo: “nos lo están metiendo con vaselina” debo decir que el conocido aceite de Petrolato, es de cuidado. Puede ser hasta ¡espermicida! ¡Cerremos círculos, filas y anillos en la ultra derecha para que no nos puedan penetrar por angosta vía!