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¡A mostrar todos los cadáveres!

Me parece estupendo y delicioso que el Supremo Álvaro Uribe haya tenido la idea magistral de mostrar le al país vía güiter las fotos de los policías asesinados y desbaratados por la FARRRR… en la Guajira.  Ello es ni más ni menos que una manera de poner en evidencia de manera brutal la brutalidad y debe ser asumido como una estrategia inmejorable para el desprestigio y condena definitiva del tal “proceso de la paz” de La Habana.

Todo lo que sirva para que en este país jamás se dé la paz, bienvenido sea. Y  más  cuando viene del inmortal mariscal del Ubérrimo,  Guacharacas y El Aro. Si al país se le mostró el cuerpo graciosamente despanzurrado del Mono Jojoy por las bombas de la Fuerza Aérea  o la  inhumanidad del enano ese del Raúl Reyes convertido en  mondongo en el Ecuador de su cómplice Correa, ¿cómo así que está mal mostrar los cuerpos inertes de esos héroes de la patria?

 

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¡Hay tantos cadáveres que se deben mostrar! Para empezar, hace rato que estoy en desacuerdo con el sistema que han adoptado las fuerzas militares de ocultar sus victorias y empacar en bolsas de plástico los despojos de los terroristas que a diario damos de baja. ¡Qué lindo era cuando los cuerpos de los subversivos se alineaban al descubierto en campos de aviación o en unidades militares! Además de ser anti táctico porque la chusma le está perdiendo miedo hasta morirse, se le ha quitado al país el enorme placer de ver la eficacia de nuestras balas y misiles; en últimas se le está impidiendo a la gente regodearse con las imágenes reales de una guerra que ante todo, debe ser asumida como el espectáculo que es.

 

A ello hay que agregarle las ingentes pérdidas que ésta equivocada decisión le ha causado a los medios de comunicación que han  perdido lectores  y rating debido a esa manía de esconder las vainas. Y todo porque quien sabe a cual doble moralista se le ocurrió hacerle eco a los marxistas de los derechos humanos, alegando que ello ero violatorio de los mismos.  O a los idiotas útiles, como dice el gran Plinio, que consideraban la cosa como amarillismo. ¡Qué tal!  En este país el único amarillismo lo han producido los maoístas o los indios que se parecen a los chinos y vietnamitas que llenaron el mundo con sus ideas leninistas y sus jetas oji rasgadas.

 

Siendo la guerra antes que nada una de las artes mayores, sus expresiones fílmicas, fotográficas o aun en los relatos, han contenido históricamente toda la carga de realismo necesaria para engrandecerla y para que se siga repitiendo de manera incesante como condición gloriosa de la humana existencia. 

 

¿Qué sería de las guerras, de las batallas en la memoria de los hombres ( y no de las mujeres porque a mi esa vaina de tener que decir ellos, ellas ,hombres y mujeres y hasta señoras y señores, me parece una imposición inaceptable de las viejas feministas que son todas perversas y sediciosas) sin las imágenes por ejemplo de los sesos y los pulmones al aire, la sangre corriendo a chorros, las vísceras a la vista, las exquisitas amputaciones, los orificios de las balas, las explosiones craneanas o las puñaladas?

 

Soy partidario inclusive de que se muestre todo, hasta los empalamientos, que deben ser interesantísimos  a la vista. ¿Cómo es posible que de actos cotidianos en el país como las violaciones a mujeres y niños, no le quede a la gente una memoria en el imaginario colectivo?

 

Si algo fue importantísimo en las magnas batallas que libraron los soldados de las Autodefensas Unidas para meterle miedo a la gleba insurrecta y al campesinado colaborador, fue subir a Youtube los videos en los cuales de manera profesional mostraban grandes momentos de amputaciones de manos o de limpieza a punta de moto sierra.

 

Seguramente a los moralistas que quieren negar la realidad ejemplarizante de los combates, les va a dar ahora por no solo criticar cuando se muestran las cositas, sino por querer prohibir que nos regodeemos en las hipnóticas imágenes de la violencia.

 

¿Resulta que no tenemos derecho a ver lo que se graba de fusilamientos, masacres y demás? Mentecatos. Tratar de ocultar las cosas lo único que hace es favorecer un clima de paz que el país no está buscando, una aclimatación de la tolerancia que Colombia no quiere, y menos cuando estamos abocados a que al Santos y sus cómplices en La Habana le salgan bien esas vainas oscuras y traicioneras que llaman negociaciones.

 

Si en este país en mala hora se logra la paz, las sagradas corrientes de la derecha no tendrán una nueva oportunidad de gobernar en lo inmediato, y nos tomará mucho tiempo volver a desatar  guerras y confrontaciones. No nos va a ser fácil volver a construir épocas de violencia como las que hemos logrado, a punta de meter en cintura desde hace siglos a la indiada o a los mestizos.

 

Al paso que vamos van a querer prohibir las películas de guerra, las obras de arte. Ya los veo, paparotes, tratando de convencernos que una obra espléndida como “El Rapto de las Sabinas” de  Jacques Lous David, donde se ve gente empelota  dándose lanzazos mientras unos niños juegan en el campo de batalla, es anti ética e inconveniente. O nos dirán que el gran cuadro de Cornelis Cort la “Derrota de Cannas” donde se aprecia la delicia de las gentes y las bestias  trinchadas como tamales, no es arte.

 

Dirán, cabrones, ¿que el lienzo monumental de Francisco Domingo y Marqués  titulado “Últimos días de Sagunto” con sus decenas de cadáveres no es legítimo? ¿O hay que censurar “La batalla de Tolosa” de Van Halen? ¿Les parecen inconvenientes los “”Fusilamientos” de Goya?

 

Yo soy tan mangui ancho en este tema que hasta el inmundo cuadro de Delacroix  llamado “La libertad guiando al pueblo” donde aparece una puta revolucionaria francesa mostrando las tetas, me parece casi una obra de arte, a pesar de sus connotaciones típicamente subversivas.

 

Después dicen que somos nosotros los censuradores cuando no solo pretenden escondernos la realidad, sino negarnos los placeres de la confrontación que nos han acompañado por tantos años.

 

Conmino a todos los sectores implicados a que filmen, fotografíen y publiquen cuanto acto de violencia se cometa en Colombia. Desde los grandes despanzurramientos de terroristas hasta  el último navajazo. Negar que estemos en guerra es negar la guerra, y negar la guerra es negarnos el deleite de esta maravillosa sin salida, de esta estable violencia que es cultura y negocio.

 

Si lo que hizo Álvaro Uribe publicando las fotos de la Guajira no es arte ¿qué lo es? Plástica exquisita y arte de la guerra y del odio. Más cuando lo hizo de manera cerebral para meterle otro palo en la rueda a las componendas de La Habana.

 

¡Que se vea todo! ¡Sangre, sesos y llagas! Para que tiemblen, para que el miedo los embargue, para que el culillo les impida pensar en nada distinto a tener la cabeza gacha. Y de ese modo estén sujetos a nuestros designios que son los de nuestro dios, el dios de la guerra hecho carne molida, hecho bandeja paisa.