La medicina del bienestar y la felicidad

En 2017 empecé mis columnas advirtiendo, o mejor, insistiendo en la locura en la que se encuentra el planeta a causa del uso desmedido de las llamadas redes sociales. Como una pandemia que afecta la mente de millones de personas, califiqué la adicción a las mismas. 2018 comienza con una advertencia de la Organización Mundial de la Salud, ente universal que va a incluir la adicción a los videojuegos como una enfermedad que trastorna la psiquis, la mente y el comportamiento de quienes abusan de las tecnologías virtual y digital modernas. Un S. O. S. de la O. M. S. a los adultos en el mundo que vienen haciendo un desmedido uso de las redes sociales dando un mal ejemplo a los niños y adolescentes, actitud intergeneracional que tiene enganchados a millones de mujeres y hombres a sus móviles, computadores, tabletas y demás aparatos electrónicos, que además de generar ansiedad y depresión, impiden que sus usuarios lleven una vida armoniosa, plena y placentera. La falta de control sobre la frecuencia e intensidad en el manejo de las redes afecta a una elevada tasa de ciberadictos en el planeta. Además, los grupos de WhatsApp se han convertido en una pesadilla y en un problema mayúsculo por el manejo desbordado del sistema generando conflictos sociales, rupturas de relaciones de pareja y otros fenómenos negativos de interactividad personal y social.

 

Las campañas electorales se convirtieron en guerras personalistas y en ofensas e insultos recíprocos de los candidatos; los colegios, con sus alumnos y padres de familia, han hecho de esta asombrosa y prodigiosa tecnología un escenario propicio para el llamado matoneo y ni qué decir del manejo de las relaciones de miles de parejas para destruir un nexo afectivo por un mensaje de texto o una pose con un tercero. No cesará este columnista de insistir en la parodia o farsa de vida de quienes creyéndose superiores y únicos se han desbocado exhibiendo egos supremos, publicando en estas redes aspectos y episodios de la vida de los que se creen estrellas posando ante las cámaras digitales e ingenuamente se auto engañan creyendo que sus miles de seguidores son sus admiradores reales, y peor aún, sus amigos. Fundamentalmente la alta tecnología de los computadores, celulares y tabletas provienen de los Estados Unidos, ya que en California, Seattle y otros estados tiene sus principales centros Apple. Los chinos han sido la competencia con la poderosa empresa Huawei, que ha tenido una gran fuerza en el mercado de la moderna tecnología digital. Irónica y paradójicamente las dos naciones que hoy son la mayor fuerza económica en el mundo, han producido al mismo tiempo los sabios y genios de la ciencia y la tecnología, pero también los más grandes pensadores del difícil arte del buen vivir. Ambas potencias, como es lógico, aprendieron de las insignes civilizaciones egipcia y griega. En la vieja China, emperadores, filósofos y artistas, pregonaron la vida sencilla, simple, aldeana, exenta del vértigo de la velocidad de la vida moderna. Hoy, la nueva China pos maoísta y excomunista, olvidó las enseñanzas de sus antepasados y se convirtió en feroz capitalista mundial. También la unión americana de hace cerca de dos siglos tenía entre los suyos a excelsos filósofos, sabios, pensadores y poetas pregoneros de la vida sosegada y simple, muy distintos a los ricos exhibicionistas y deshumanizados, entre los cuales su principal representante hoy es el primer mandatario, Donald Trump.

 

Emperadores de las viejas dinastías chinas jamás imaginaron que más de dos mil años después, su bella, campesina y tranquila tierra se convertiría en el asiento de centenares de negociantes y mercaderes ávidos de dinero y que colonizarían al mundo para enriquecerse y competirle a su rival de siempre, la potencia gringa. Igualmente, hombres epónimos y de un humanismo excelso como Walt Whitman, Ralph Emerson y Henry David Thoreau, entre los principales, nunca pensaron que sus grandes ideas en favor de una vida bienaventurada y feliz, aldeana, frugal y carente de lujos exóticos, desaparecieron y en su lugar se impusieron las de los ricos de nuevo cuño, vastos, materialistas, egoístas y mezquinos que enfrentados a los chinos pretenden apoderarse del mundo y sumir en la pobreza y el hambre a la mayor parte del mundo.

 

Emerson y Thoreau sentaron las bases de una vida feliz y simple hace más de 150 años. Amor al conocimiento, a la naturaleza como máxima expresión de Dios, la vida solariega, la confianza en uno mismo (conocerse y amarse), la contemplación de todo lo que existe como fuente de gozo y disfrute de la vida son en esencia los pilares del bienestar y la felicidad del ser humano. Principalmente el último de los pensadores, concibió la palabra eupéptica o generante del bienestar y felicidad, que combate y aleja la maldad y el dolor, factores que arruinan el buen vivir.


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Autoestima: antídoto contra el mal vivir

No obstante ser la autoestima una necesidad básica del ser humano, un derecho natural de toda criatura racional viviente, ella fue despreciada en épocas pretéritas y actualmente no se le da la importancia y muchos escritores creen que se adquiere mirándose en un espejo y repitiendo frases mecánicas nos alentamos a nosotros diciéndonos que somos bellos, inteligentes o grandes seres humanos. La autoestima es un corroborante de la mente y del espíritu que nos mueve a sentirnos únicos e irrepetibles, capaces de vivir una vida alegre y con gran sentido y cuando nos trazamos metas confiamos en obtener buenos resultados. Creerse ganador, sentirse entusiasta, no desfallecer ante obstáculos normales es la conducta de quien tiene buena autoestima. Confiar en nuestra capacidad de emprendimiento y enfrentarnos a los desafíos normales de la vida es el sello que caracteriza al entusiasta, al que tiene buena estima de sí mismo y se tiene la valía que todos debemos tener.

 

Difícil sí resulta tener altos niveles de autoestima en una sociedad que ha sido construida sobre la base de sentimientos de inferioridad, especialmente para las mujeres, pero que también afecta los varones. La religión católica, que es la que en su mayoría rige las conductas de millones de personas, menosprecia a cada individuo hasta el punto de convertirlo en un mero juguete monitoreado por el Dios del cristianismo, desfiguración y tergiversación de la doctrina de Jesús bien distinta a la concebida en la biblia y predicada a los feligreses por los sacerdotes, obispos y papas en todo el mundo. Pecadores y aspirantes al fuego eterno nos consideran el cristianismo, manchados del pecado original y criaturas tentadas por el demonio, es el concepto que la iglesia católica tiene de sus adeptos, lo que evidencia un desprecio enorme por la autoestima de hombres y mujeres.

 

Débiles de mente es lo que forman las religiones y en especial la cristiana. Neuróticos, psicópatas y candidatos al suicidio es lo que fabrican las diferentes concepciones religiosas, dentro de las cuales la musulmana sobresale sobre las demás. El sentimiento de inferioridad al que ha sometido el catolicismo a sus feligreses mujeres, es innegable; se les ha prohibido ejercer el sacerdocio, se les tiene como demonios tentadores con su carne del hombre. Cultura anti femenina pregonada en los púlpitos y altares, hogares y otras instituciones sociales; en suma, un arsenal utilizado contra las mujeres y en menor grado contra los hombres. Las mujeres de 30 ó 35 años eran consideradas antaño indignas del amor y de conseguir pareja, millones languidecieron y murieron por causa de una cultura patriarcal, machista y radicalmente misógina o enemiga de la mujer. Todavía, sobre todo en las áreas rurales, quedan rezagos de este sentimiento de inferioridad alimentado en el género femenino. El elogio y la crítica son los elementos que potencian o menguan la autoestima de las personas.

 

En épocas pasadas no existían los elogios ni el reconocimiento expreso para los hijos, no se daba el comportamiento tan necesario para el niño de recibir afecto, reconocimiento y elogio de sus padres. En los tiempos que vivimos del siglo XXI se pasó al extremo y el elogio, el refuerzo de la conducta y la motivación personal hacia los hijos, se sobrevalora, se dimensiona en exceso las cualidades de los mismos.

 

Cualquiera de los dos extremos es dañino y vicioso dado que, como lo enseñan los griegos, el término medio es la fórmula adecuada. Los psicólogos aconsejan no devaluar al infante, como lo hacían los padres de antes, ignorarlos y considerarlos ineptos y brutos, prédica repetida por educadores y propenden, al contrario, por elogiar mesuradamente a los párvulos. El elogio exagerado es inadecuado, el que aplican muchos padres modernos de considerar a sus hijos más sabios, unos bellos ejemplares de la raza humana, unos superdotados. Los niños de antes, para ser considerados buenos y modélicos, debían permanecer inmóviles y en silencio; actualmente se evalúan mejor los avispados, alegres y dinámicos.

La obediencia irracional al maestro o a los padres, la aceptación mecánica hacia el mandato de los superiores, es cosa del pasado, el hijo y el niño en general merece respeto y libertad de mente. El problema radica en que los papeles o roles se invirtieron y ellos, los menores o infantes, son los reyezuelos, los dictadores, los impositores de ideas, conceptos y actitudes dentro de la familias. Replantear la forma de elogiar y criticar a los hijos es un imperativo para adecuar las conductas de autoestima de las mujeres y hombres de hoy y del mañana.

 

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