Opinión, Sociedad Superficial

El populismo de Petro y de la derecha

A Colombia le gusta creerse el ombligo del universo y por eso no entiende que la ola de populismo polarizante que vive en estos días responde a tendencias en el mundo y a factores propios.

La inestabilidad global se debe a una inflexión aguda de la globalización neoliberal, que no hará posible los sueños del bienestar para todos, pero sí ha suscitado una espiral de inequidad y de abusos del poder económico, derivando en un capitalismo autoritario, en un furioso populismo de derecha y en un ambiguo populismo de izquierda.

Las abrumadoras asimetrías económicas en países que no han logrado sumarse a la globalización del mercado, ha generado olas de emigración de países descolgados del desarrollo, despertado la xenofobia, la discriminación, una religiosidad fanática, y la defensa de las identidades culturales que la globalización ha pretendido borrar. Es decir, es una resistencia al cosmopolitismo y a la globalización neoliberal que no es una resistencia al capitalismo de mercado y del bien común, ni a la revolución digital, electrónica y ecológica, sino a la economía de la especulación, a la sociedad superficial, y su irresponsabilidad con el cambio climático.

Esto y más, ha conducido a la gente a buscar refugio en viejos fanatismos y a creer en todo aquello que sea respuesta al orden establecido. Los triunfos de la ultraderecha en Estados Unidos, Inglaterra con el brexit, en Polonia, Hungría, Italia, Turquía, India, Brasil, atenuados por la victoria de Macron, la concertación entre derecha y social democracia en Alemania, y de movimientos alternativos en otros países, muestran un incierto mapa político global en transición a lo desconocido, porque existe una nueva sociedad en construcción que la política no ha sabido leer y el neoliberalismo ha tratado de desconocer.

Entonces, son multicausalidades cruzadas que no caben en las categorías de izquierda y derecha, y de los partidos tradicionales. Sin embargo, muchas son respuestas contradictorias, efímeras y desesperadas de la gente, por eso el péndulo pasará de la derecha extrema a propuestas políticas alternativas e independientes. Con esta pincelada al mundo de hoy, veamos qué pasa con los populismos colombianos.

Los populistas de ultraderecha

Representan una obsesiva defensa de la Colombia rentista, feudal, violenta, discriminatoria, poco productiva y competitiva, amparada en un arsenal de posverdades contra la paz y la reconciliación, contra la propuesta independiente de la Coalición Colombia y de Fajardo, contra la paz de Humberto de la Calle, y la amenaza del castrochavismo, invento de ellos, porque Colombia solo llegaría a un modelo incierto por su culpa y de nadie más, como ocurrió en Venezuela a través de los conservadores del Copei y de los liberales de la Adecco.

Entonces, encarnan un populismo temerario. ¿Qué tiene que ver un reformador como Lleras Restrepo con un contrarreformador como su nieto Vargas? Nada.  ¿Qué tiene que ver el uribismo, como representante de una clase emergente que nació con la consolidación del narcotráfico, acorralado por columnas interminables de expedientes judiciales, con la construcción de una nueva sociedad? Nada.

Son expresión de la Colombia de la corrupción, del clientelismo y de la posverdad. De un neoliberalismo que en este país nació obsoleto pero consciente de que sería un proyecto para unos pocos a costa de la mayoría, y que acabaría con la posibilidad de construir un proyecto de nación más productiva y justa, porque destruyó la industrialización y la agricultura, y de esa manera no desarrollo la ciencia, la tecnología, la innovación, el emprendimiento, la cultura y la educación. Además, ha realizado una reforma tributaria cada año y medio, expresión de fracaso macroeconómico y freno a un crecimiento alto, sostenido y de oportunidades.

Un populismo que trata de solapar la crisis de los tres poderes y la destrucción institucional que tiene a Colombia relegada en el puesto 117, como uno de los países con peores instituciones del planeta, según el Foro Económico Mundial. Un populismo que rechaza a liberales y social demócratas decentes porque rechaza las libertades y por tanto la equidad.

No son la opción contra el castrochavismo, son el camino a el. Y Marta Lucía, más de lo mismo, ha estado en el frente de la idea de país que no es el que debería ser. Y si lo intenta, tendrá a Uribe a un lado, a Vargas en el otro, a Pastrana detrás, y a Ordóñez y a las iglesias más atrás.

Petro, el populista de izquierda

El personaje tiene dos problemas, un ego que lo sitúa por encima de Dios, y como tal, cree que todo se hace como le da la gana, y por tanto en su cabeza hay a veces buenas ideas pero su mesianismo hace que sea el supremo representante de la economía de la ineficiencia. Ego e ineficiencia destruyen lo bueno que puede tener, como no ser corrupto, porque si fuera, ya estaría desterrado en los confines del universo.

Medios y analistas han explicado las razones del fenómeno Petro en las últimas encuestas. No hizo un colegio, ni un jardín infantil, ni un hospital, ni una troncal de Transmilenio, ni alcanzó a terminar el cable de Ciudad Bolívar, ni la Cinemateca y menos hacer la sede de la Filarmónica de Bogotá, ni hizo nada en materia de competitividad, de innovación y emprendimiento, dejó un SITP mal diseñado y quebrado, aunque tampoco le dejaron hacer un POT sostenible, distinto al POT de concreto de Peñalosa.

Pero hizo algo que los pobres si recuerdan. Una batería de beneficios sociales. A la clase media y alta ni les interesa ni lo entienden, por ejemplo, una reducción de la tarifa de Transmilenio es una semana de comida o es la oportunidad para comprar una nueva muda de ropa. Subsidiar el mínimo de agua vital, más cupos en educación, más alimento para los más pobres y para los niños que van a escuelas y colegios públicos, dignificar a los recicladores, y sobre todo, sentir que alguien los quiere y representa, porque los populistas de la otra orilla hacen más promesas que realizaciones, cuando no los convierten en falsos positivos.

Entonces, desafía a todos, ataca a Fajardo y ataca a Uribe y a Vargas. Si neutraliza al primero, piensa que se gana a la izquierda alojada en los verdes. Y si le gana a Uribe, a Vargas y a Marta Lucía en la consulta del 11 de marzo, cree que habrá ganado la presidencia. Si le preguntan a Petro como sería la política industrial y de innovación para salir de la dependencia minero energética, dirá qué hacer pero no dirá cómo hacerlo. El otro día le volví a escuchar que haría hospitales públicos en cantidades, como cuando prometió decenas de nuevos colegios y mil hogares infantiles de paso.

Así las cosas, Colombia está frente al mayor peligro de los últimos sesenta años, amenazada de populismos que la dejarían a la puerta de una mayor crisis institucional y económica, una mayor fragmentación social, política y territorial, y ‘adportas’ de una nueva guerra, más urbana y también rural, porque los factores se han multiplicado, acumulado y desplazado, y a la paz la ultraderecha le ha hecho trampa.

No votaré en las consultas de marzo, mi razón y mi corazón no están con el populismo, tampoco con las FARC, pero no por ello estoy en contra de la reconciliación, porque la paz se nutre del carácter, de la consistencia, del humanismo y de la imaginación.

Próxima columna: Fajardo y la Coalición Colombia, la esperanza posible (3)     

Twitter: @acostajaime

Previous ArticleNext Article

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *