Cosmorama, Opinión

Elogio del viejo teléfono de casa

Recuerdo aquel viejo, negro y hermoso teléfono instalado en la pared de aquella casona grande, con amplio zaguán, con muchas piezas, dormitorios de mis tíos Fernando Salazar Gómez y Bertha Serna Salazar, en el apacible barrio Buenos Aires del Medellín que ya se fue. Un disco contentivo de los números que al marcar demoraba en regresar al extremo dejando un sonido tenue y cansino que denotaba lentitud en la operación de interlocución. Los había convencionales, con el auricular que muchos conocimos, pero también hubo unos con bocina, en forma alargada o cónica que parecían de fechas anteriores a los más comunes.

En los pueblos, del que el mío no era la excepción, el teléfono era una consola enorme repleta de orificios por los que el telefonista, que era casi siempre mujer, introducía largos cables que conectaban a otras poblaciones haciendo enlaces para finalmente obtener la llamada. Casi no existían en esos tiempos teléfonos en las casas de las abuelas, por lo que la prestación del servicio en la zona urbana se hacía por parte del ministerio de Comunicaciones y los mensajes a zonas rurales era un servicio social de algunas emisoras durante sus noticieros regionales. Avance fue un informativo de Caracol Radio que prestó a muchos campesinos este valioso servicio comunitario. Los teléfonos de entonces reflejaban lo que era la vida en esas calendas ya idas y relativamente viejas: tranquilenta y sosegada.

Del uso del teléfono pocos habitantes de las casonas del siglo pasado abusaban y su utilización era para dar urgentes razones, noticias apremiantes u obtener alguna cita amorosa. Las matronas lo tenían como un medio de desahogo con sus amigas respecto de su vida familiar.

En cierto aire romántico, el hombre que era el que tomaba la iniciativa en una relación de amistad o con miras a entablar un amorío, le expresaba a su pretendida que la llamaría a cierta hora, la que por regla general no pasaba las 10 de la noche y si un atrevido o maleducado se pasaba de ese horario, la señora de la casa colgaba el auricular reprochando al intruso: “Estas no son horas de llamar a una casa, señor”.

Quien hasta aquí ha seguido el relato de lo que era la telefonía de hace medio siglo podría mentalmente establecer una clara y profunda diferencia con la moderna era de las comunicaciones digitales. De nostálgicos y atrasados podrían calificarnos a quienes echamos de menos las cartas, las esquelas, los viejos teléfonos caseros y las consolas que eran en última instancia el entramado romántico de la conquista y consolidación de relaciones amorosas y amistosas. Ha desaparecido el cartero, el viejo y apreciado hombre de la bicicleta que llevaba y entregaba mensajes de amor, de amistad y tal vez de negocios; el bonachón y sencillo caballero que fue protagonista de la famosa y romántica película IL Postino, del siglo pasado, que enlaza magistralmente la actividad de este ejemplar pueblerino con la vida poética del hijo egregio de Chile, Pablo Neruda.

Con el siglo pasado desapareció también el disco de vinilo y la consola, vitrola que tan de nuestros afectos fue en tiempos mozos y prejuveniles; el disco compacto, al igual que el teléfono celular hizo con el teléfono de antaño, desplazó al disco de 78, 45 y 33 revoluciones. Desde hace unos años millones de melómanos en el mundo nos dimos cuenta de que más que razones nostálgicas y románticas existen otras para volver a degustar la música no digitalizada sino impresa en vinilo.

En buena hora nuestro excelente y culto periodista antioqueño, Juan José Hoyos Naranjo, nos ha regalado un buen documentado artículo, publicado el domingo 23 de septiembre de 2018 en el periódico El Colombiano, en el que demuestra que probablemente volverá a imponerse el viejo disco que una vez fuera desplazado y olvidado por el compacto digital.

Los viejos artefactos de las comunicaciones de la música, del pensamiento, del espíritu, unían las personas, creaban lazos afectivos, intelectuales y sentimentales. Los teléfonos del ayer, las cartas, los libros, las consolas, las esquelas, las tarjetas, mantenían unidas personas, familias, ciudades y naciones. Los adminículos que los reemplazaran por más sofisticados, efectivos y rápidos que sean destruyen, anulan y aislan al mundo frenético, paranoico y esquizofrénico de hoy.

No tardará la humanidad en comprender la importancia que representa para la felicidad, el confort y el buen vivir de los aparatos y objetos que simplificaban las vidas haciéndolas sencillas y alegres.

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