Cosmorama, Opinión

Hambre de sed y fama

Infortunados estamos los colombianos que compartimos el dudoso privilegio, más bien la desventura, con Senegal, de tener los dos primeros puestos con personas que pasan pegados al celular.  Cuatro horas y media es el promedio que los adictos africanos y colombianos a las redes sociales gastan, no informándose, ni obteniendo un conocimiento que les pueda servir en su trabajo y su vida, si se tiene en cuenta que los conectados a la multimedia digital son trabajadores, quiere decir lo anterior que nada de tiempo les queda para realizar cualquier otra actividad personal, laboral o cultural.

Pudiera pensarse que con tanta información introducida a sus cerebros les pudiera servir para la formación profesional o para un buen vivir, pero debe decirse que casi todo es basura lo que consultan estos nuevos alienados sociales y no son noticias positivas ni lecturas formativas lo que extraen de sus celulares, los que además exhiben como trofeos cuando son lo último en tecnología. Pocos pueden imaginarse a reyes, presidentes de estados, ministros, hombres públicos y de negocios internacionales sometidos varias horas al día a la rutina de su adicción cotidiana.    Generalmente, son personas de clase media baja y populares las que con más ahínco se han vuelto móvil dependientes de estos magistrales pero mal utilizados adminículos tecnológicos.

Esto explica las altas cifras de individuos que desperdician una buena parte de sus vidas en una actividad embrutecedora o enfermiza.   Los de África pueden tener alguna atenuante en su favor en relación con su patológico aferramiento a sus celulares, pues el atraso económico y social los ha tenido sumidos durante muchos años a vivir unas existencias grises y desesperadas; esta es la razón por la que miles de senegaleses inmigrantes, ilegales casi todos, son vistos en calles y plazas principales de ciudades europeas vendiendo réplicas de célebres marcas mundiales de relojes, bolsos, perfumes y camisetas deportivas.   En el caso de los colombianos piensa uno que son víctimas del afán insaciable de fama, notoriedad y celebridad que han despertado en sus mentes y espíritus los medios de comunicación masificados desde hace medio siglo.

El fenómeno cada vez más extendido y visible en el mundo entero, promovido por sociedades económicamente adineradas, pero pobremente culturizadas en el arte y las buenas letras como Japón, China y Estados Unidos, tiene connotación especial y se observa más progresivamente, como quedó dicho líneas atrás, en la empobrecida Senegal y también en la injusta y desigual Colombia del siglo XXI.

Gilles Lipovestky es un intelectual, profesor de filosofía en Francia, entusiasta observador y analista de la sociedad moderna que vivió intensamente la revolución estudiantil en París hace medio siglo.  Varios son sus agudos análisis contenidos en varios ensayos en los que explica la frivolidad, el vacío existencial, lo efímero de nuestro mundo moderno.   La era del vacío, La tercera mujer y el Imperio de lo efímero, son tres títulos de sus más aleccionantes y sabios libros sobre el nuevo capitalismo y sus manifestaciones sociales.   Para entender lo que ocurre en este acelerado, superficial y alocado mundo del siglo XXI, es necesario retomar varias enseñanzas de los sabios libros del mencionado autor.

Nos dejó conceptos que nos ayudan a entender el por qué de las conductas adictivas y enfermizas de devotos a las redes sociales que sin duda alguna buscan obtener fama, dinero y reconocimiento universal, sin que estos ingenuos robots humanoides caigan en cuenta que son muchos de los llamados y pocos los elegidos en estas actividades mercantiles y publicitarias de moda en estos tiempos del tercer milenio.  “Vivimos en sociedades dominadas por la frivolidad, último eslabón de la aventura plurisecular capitalista democrática individualista”, “Aturdidos por goces privados del consumo, infantilizados por la cultura minuto, la publicidad, la política espectáculo.   El remo último de seducción, se dice, aniquila la cultura, conduce al embrutecimiento generalizado, al hundimiento del ciudadano libre y responsable”, afirma.

La subcultura mediática está acabando con la tradicional cultura construida durante milenios por los hombres más insignes y sabios de todas las generaciones, especialmente las de las míticas culturas de Oriente y Occidente.

Piensan equivocadamente quienes admiran a las nuevas generaciones que han vivido bajo el imperio de la internet, la multimedia y las redes sociales, en el entendido que son unos privilegiados individuos muy bien informados y por tanto cultos, competentes en sus trabajos y felices en sus vidas.   El pensador francés se encarga de desenmascarar estos falsos amantes de la información y la cultura:   “En conjunto, las personas están más informadas aunque más desestructuradas; son más adultas, pero más inestables; menos ideologizadas, pero más tributarias de moda; más abiertas, pero más influíbles; menos extremistas pero más dispersas; más realistas, pero más confusas; más críticas, pero más superficiales; más escépticas, pero menos meditativas”.

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