Cosmorama, Opinión

La mágica belleza


Gustavo-Salazar-Pineda
Gustavo Salazar

A medida que nos volvemos adultos vamos perdiendo la capacidad de apreciar las cosas bellas de la vida y alrededor la podemos percibir de muchas maneras, sin que nos demos cuenta que ella se nos presenta de muchas maneras.   No solo hago referencia aquí a la belleza que con tanto empeño muchas mujeres viven pendientes de ella y creen reafirmarla mediante múltiples artificios, entre ellos, las cirugías plásticas y recurriendo a lo que ciertos gurúes dicen que ella representa.   Los cánones y estándares de belleza se imponen en las sociedades y en distintas épocas dependiendo quién o quiénes dictan las reglas y puntos de vista de su apreciación.

En este vertiginoso siglo XXI, como nunca antes en la historia de la humanidad, somos los humanos tan adictos y dependientes del físico; los metrosexuales hombres representan, según la dictadura de las plataformas sociales, la virilidad y la belleza masculina.   Los cuerpos femeninos hechos en gimnasios con una simetría entre rostro, glúteos, nariz y con prominentes y extravagantes senos indican, a su vez, que así son las mujeres que apetecemos, admiramos y amamos los hombres, y como todos no podemos ser los fornidos y musculosos hombres ni todas exuberantes y voluptuosas mujeres, son millones los que se frustran al no poder obtener el ideal de belleza que se ha impuesto en esta época; quizá, quienes se dedican a vender el supuesto paradigma de belleza femenina o masculina recurran a la nueva disciplina de la psicología, llamada emociones estéticas.   Nos hemos quedado en el mero plano físico y hemos creído que la imperfección no conduce a la belleza y si tiende hacia ella la supuesta perfección realizada en quirófanos, salas de cirugías estéticas y los cada día más expandidos centros de belleza, incluidos los gimnasios.

Las emociones estéticas son aquellas producidas por los estados derivados de la contemplación de algo que consideramos bello, siendo lo natural más importante que lo artificial.  Nadie puede refutar que la belleza natural es más encantadora que la hecha por el hombre; nada más hermoso que un rostro angelical con prominente nariz, estilo Cleopatra, pero cuánto se engañan las ingenuas mujeres que teniendo y habiendo nacido con una nariz sobresaliente, creen verse más atractivas recorriendo al médico estético para que le implante una respingada y diminuta nariz, el efecto no puede ser menos fatal:   muchas lucen con caras de perro chihuahua o pequinés y no faltan los hombres carentes de gusto que las prefieren convertidas en máscaras que pretenden ser rostros.  Y no faltan los señores que recurren al botox adquiriendo una fisonomía de momia egipcia y ni siquiera pueden adivinarse en sus caras la sonrisa natural o la expresión de las más elementales emociones de alegría, júbilo, tristeza o angustia.   Nada más hermoso que un rostro que exprese experiencias, años vividos y represente lo que ha sido la vida de quien la lleva.

La naturaleza es sabia y ha dictado sus leyes para que a cada edad tengamos la cara que forma el paso del tiempo; la vida es cambiante, dinámica, la transitoriedad y el cambio son leyes esenciales de todo lo que existe; la piel tersa y lozana le luce a una núbil mujer; la ajada y con arrugas es la cara de una mujer adulta, ambas, en su momento, son bellas y susceptibles de admiración.  La naturaleza, con sus días y sus noches, va y viene, del mismo modo ocurre con la belleza:   ella se trasmuta con el paso el tiempo, es cambiante, alterante y eso es producto del encanto de la imperfección, por lo que no deberían mujeres y hombres, más las primeras que los segundos, vivir con ansiedad cuando la belleza física empieza a declinar.   Quien no entienda tan elemental principio de la naturaleza está condenado a vivir mal y preocupado, a existir bajo presión y tensión y nada hay más fatal para la belleza natural que las emociones reprimidas, de allí que suele ser frecuente que las mujeres bellas que se aman a sí mismas y son esclavas de su físico, sean desgraciadas mientras las normalitas o menos bellas viven y lucen atractivas y admiradas.  

Nuevamente deben tomar nota de ello las ultra adictas a las redes sociales y demás escenarios virtuales de exhibición.

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