Cosmorama, Opinión

Examinemos nuestras vidas

Decía el más sabio pensador de la Grecia antigua, Sócrates, que “una vida sin examinar no merece la pena ser vivida”. He de aprovechar este mes de marzo en el que se celebra y conmemora el día internacional de la mujer y el del hombre, tributo que la sociedad brinda a los varones para exaltar su presencia en el mundo, para preguntar cómo vivimos hombres y mujeres en el siglo XXI? A juzgar por los alocados y violentos hechos que azotan varios países, el panorama es desolador; esta es la era de las enfermedades del corazón, la presión arterial, las enfermedades mentales. Mentes frenéticas, asustadas, temerosas, desorientadas y perdidas en el bullicio y el vacío existencial son las de millones de seres humanos en la época en la que la tecnología tan avanzada debiera servir para llevar una vida sosegada, plácida y dichosa.

Políticos, deportistas y otras celebridades del Jet set internacional son inquilinos frecuentes de hospitales y casas de reposo y son habituales sus vivistas a psicólogos y psiquiatras, la razón es obvia:  donde no hay alegría interna sino combustión interna, el alma y el cuerpo se enferman.  El líder de la guerrilla más añeja del continente paga ahora sus desmanes juveniles del fragor de la guerra con una grave enfermedad del corazón. Otro de los candidatos a la presidencia en su acelere notable fue diagnosticado tiempo atrás de una enfermedad del cerebro. No disfrutan de la vida quienes se entregan con frenesí a la codicia del poder, el dinero y la vanidad. Claro es que estadistas, políticos, ejecutivos, empresarios pudieran darse una vida de lujo, paz y tranquilidad, pero son víctimas de las ansias infinitas e insaciables de reconocimiento social, otra forma de malograr la vida en el paso por el planeta.

Quieren ser ídolos, estrellas, íconos y solo encuentran al final de sus vidas tristezas, amarguras, desengaños y frustraciones.  Tiempos atrás primaban las ideas, la cultura en algunos hombres públicos; en estos presentes solo recurren al dudoso arte de la seducción de masas; entretanto, el pueblo se vuelve cada día más apático e incrédulo y no sabe por quién votar; el populismo se apodera más de nuestras republiquetas tropicales y sumisas ante las potencias mundiales.  Hoy más que en toda la historia de la humanidad vivimos dominados por la frivolidad, el declive cultural es apremiante y desilusionador, la cultura del espectáculo farandulero aniquila lo cultural.  En todas las sociedades ha existido el juego de la frivolidad, pero en la nuestra se ha generalizado y embrutecido a la gran masa.

Terminadas las dos guerras mundiales, hubo en muchas personas una sustitución por la avidez desbordada del dinero, las guerras recientes han sido por petróleo, el oro de las minas y los recursos naturales, o sea, por el poder de la riqueza.   Como lo dicen expertos:  subirse al pedestal de una fama tan absoluta como indiscutible y para conseguirlo no dudan en copiar los gestos y la apariencia de los respetables.  Lo que antes hacían los faranduleros ahora lo copian los altos dignatarios de los estados, los grandes ejecutivos, muchos miembros de la clase media y de las capas bajas de la población.

Los niños de hoy quieren imitar los deportistas consagrados, pocos quieren ser artistas, músicos o pensadores, son el espejo y el reflejo del  modo de ser y de pensar de sus padres.  De esa sociedad materialista y consumista que conforman más de 300 millones de habitantes, la de Estados Unidos, surge la voz cálida y espiritual del pastor Vincent Peale para recomendar que nuestra generación experta en poder tecnológico, es extrañamente inexperta en poder espiritual, muy aptos en el tratamiento de las ciencias naturales, pero muy novatos en el manejo de las fuerzas espirituales.  Varias décadas hace que escribía el gran pensador norteamericano, qué diría hoy de esta sociedad atrapada y devorada por la hiperconexión virtual.   Hay mucha tensión, demasiada preocupación y excesiva ansiedad en los espíritus de las nuevas generaciones.  Hollywood vendió en sus inicios sueños, ideas y distracción para el público amante del cine; vinieron luego las burdas películas violentas con actores, fueron dioses.  De la vieja calma de Los Angeles quedaron solo mitos de hombres y mujeres, vendidos como paradigmas para sus respectivos géneros.

La tecnología audiovisual ha transformado el concepto de prestigio, de celebridad, de figura pública.  Hace un siglo las clases sociales se distinguían por sus posesiones, actualmente es la fama y la notoriedad, conjuntamente con la riqueza, lo que apetecen hombres y mujeres. Los del sexo masculino buscamos afanosamente riqueza y poder; ellas, se contentan con su belleza y la sensualidad como capital erótico; piden reeducación de los sexos, menos fijación en ellas como objetos, pero cándidas e ingenuas, se ven compelidas a hacer de sus cuerpos monumentos de belleza, quieren ser atractivas y deseadas a la vez que temen a la sexualidad y el placer. Los hombres confundidos como hemos llegado al siglo XXI, no hemos superado todavía la división prejuiciosa y dañina de considerar a las damas santas o putas, dignas de ser madres de nuestros hijos o simplemente dispuestas a darnos placer.  Cosificadas ellas y desorientados y asustados nosotros cada vez nos entendemos menos.  Por qué extrañar entonces que los colombianos, como los mexicanos, peruanos, españoles y muchos más de otros países nos casemos menos y nos separemos más?

 

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