Cosmorama, Opinión

Añoranza por la comunicación epistolar

Julio Iglesias en los años setenta, en pleno apogeo de su carrera artística, cantaba un tema musical que no parece apropiado para estos tiempos mecanicistas, autómatas y de ciberadicción, A veces llegan cartas. Esta bella composición musical, probablemente con autoría de letra del más grande creador de verdaderos poemas que eran las canciones de los maravillosos años sesenta y setenta. En una época en que cada día más aparecen hombres y mujeres “máquina”, desolados, desespiritualizados, poco sensuales y nada sensibles, rememorar las cartas amorosas, amistosas o simplemente familiares y comerciales es grato para el alma. Parte esencial del buen vivir, sencillo y simple de nuestros antepasados, lo constituía el envío y recibimiento de cartas; el cartero hacía parte del paisaje urbano, citadino o aldeano y era un amigo que nos entregaba telegramas urgentes, cartas esperadas con ansiedad y otros mensajes comunicativos que hacían las vidas más dichosas. El correo fue y es un sistema de comunicación que une a las familias, acerca las naciones y mantiene un acercamiento con individuos lejanos; el placer de escribir cartas es inmenso; la dicha de recibirlas, más cuando son amorosas, es enorme.

Recordemos que los textos de enseñanza del inglés, el llamado Practice your english, traía en sus primeras lecciones una que era la preferida de mi tío Carlos Pineda Giraldo, quien solía repetirla de memoria, la que aludía a una carta enviada desde Virginia a un pariente. Ni qué decir tiene que la teoría del cristianismo en sus primeros años fue edificada a base de cartas a los Hebreos, a San Pablo, etc.

Cursi y fatigoso le puede parecer a las nuevas generaciones el género epistolar, el uso de las cartas, la creación de escritos para ser enviados a otros lugares, algunos lejanos y extranjeros. Me declaro amante de las cartas como medio de comunicación con nuestros semejantes. Pueden existir todavía personas que conservan cartas, telegramas, esquelas y tarjetas de su época adolescencial y amorosa.

Los telegramas fueron otro medio por el que nos comunicábamos quienes tuvimos el privilegio y la dicha de utilizar el sistema de comunicación inventado por el italiano Marconi. Recuerdo aún los distintos sonidos que emanaban de unos aparatos eléctricos que tenían las viejas oficinas de correos en ciudades y pueblos. Muchas tardes pude ver a don Octavio Giraldo, el telegrafista de mi pueblo El Santuario, traducir lo que recibía por medio de ese mecanismo que solo descifraban y entendían expertos empleados de Telecom o periodistas que utilizaban los viejos teletipos. Cierto es que es más rápido, menos costoso y mas accesible el sistema WhatsApp, pero jamás tendrá un mensaje cibernético el sabor espiritual y sensual de las cartas y los telegramas de otros tiempos.

El romanticismo y la poesía epistolar desapareció de las oficinas de correos, las postales que el viajero enviaba a sus familiares y amigos y que a veces llegaban al destino con posterioridad a quien las depositaba en el buzón en un acto matizado de ternura y soñaba que llegaría con alegría al destinatario, son cosas del pasado. Más explícitas, tal vez bellas y oportunamente llegadas al destinatario, son las fotos de los móviles de hoy, pero carecen de ese hálito mágico que tenían las tomadas con cámaras fotográficas y luego colocadas en los álbumes para ser vistas por amigos y parientes y recordadas por sus protagonistas en momentos de nostalgia y recordación de los episodios del pasado.

En Colombia desapareció Telecom y se creó 472 en donde se tramitan, reciben y entregan telegramas, pero solo al servicio de la rama judicial y algunos bancos.

La vida sería menos bella sin esa exquisita literatura francesa, italiana, rusa, española, que aglutina miles de cartas escritas por las más destacadas plumas del bello arte epistolar.

Arte pequeño era redactar un telegrama pues ellos eran cobrados teniendo en cuenta las palabras que el texto contenía. Espérote y Ámote, eran vocablos que ayudaban a economizar a quien concurría a enviar un telegrama amoroso. El método Morse, que era el que servía para traducir los enviados a un destinatario, era conocido por pocos y además protegía la intimidad de su contenido frente quienes concurrían a la vieja oficina de correos.

Los amores de lejos y las cartas que los alimentaban fueron placeres exquisitos que los nacidos en este siglo pueden considerar propio de otros tiempos. Con la pérdida del uso del teléfono convencional, el correo, las cartas, las postales, se ha contribuido a una desintegración espiritual que ya anticipó hace casi un siglo el insigne escritor Giovanni Papini.

La era atómica ha sido la amenaza suprema para la humanidad en el último siglo; la era cibernética es otra bomba contra la humanidad; la primera desaparece físicamente a hombres y mujeres; la segunda, aniquila y mata el espíritu humano. Corea del Norte chantajea al mundo con la diseñada e ideada por Albert Einstein; Estados Unidos y China bombardean la humanidad con su a veces servicial y cómoda bomba cibernética. Las explosiones mentales, lo dijo Papini, han matado más personas que las bombas de Hiroshima y Nagasaki. La desaparición del teléfono de casa, de las cartas, esquelas, tarjetas y postales nos está matando el alma.

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