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Colombia en la OCDE, ahora toca cumplir

No cabía de felicidad el presidente Juan Manuel Santos al anunciar la aceptación de Colombia en el selecto grupo de países que integran la OCDE. Llevaba cinco largos años tratando de consolidar su política de lograr la aceptación por parte de los países más desarrollados.

Ser el miembro número 37 de ese club no es fácil. No es un privilegio, no es un regalo. Impone un riguroso cumplimiento de las estrictas normas que significan pertenecer a él.

El selecto grupo de países que lo conforman, los más desarrollados del mundo, marcan las diferencias en políticas públicas, sociales, económicas y financieras. Proponen buenas prácticas en la administración pública y son muy exigentes en el cumplimiento de las políticas que llevan a reducir las desigualdades sociales y el empleo.

La aceptación no es sinónimo de desarrollo inmediato. Otros países fracasaron en el cumplimiento de los requisitos y quedaron atrapados en una nebulosa que les hizo retrasar su crecimiento por largos años.  Colombia tiene ante sí el reto como Estado de cumplir y hacer cumplir la gran mayoría de las recomendaciones que se imponen. No vale como siempre poner como disculpa para no hacer los deberes, el famoso “management costeño”.

Atravesamos por un momento político delicado, con una segunda vuelta electoral donde los planteamientos son extremos en sus propuestas sociales y económicas. Las previsiones de crecimiento son halagüeñas, pero no suficientes para el despegue definitivo de la economía. Colombia sigue  teniendo un sistema productivo muy poco competitivo, basado en la exportación de petróleo y algunos productos mineros.

Una economía muy concentrada en manos de muy pocas empresas, donde los cárteles actúan de manera ‘mafiosa’ para controlar los competidores, así como los precios de los bienes y servicios. ¿Alguien va a empezar a pedir facturas de las transacciones que se hacen diariamente en efectivo en Corabastos en Bogotá?

¿Alguien va a transparentar alguna parte de la economía sumergida que tiene el país de más del 35% de sus negocios? ¿Alguien le va a poner el ‘tate quieto’ a la contratación informal de empleo, las reparaciones de los autos, el trabajo doméstico, los vendedores callejeros, las tiendas, cigarrerías… etc?

¿Alguien va a presentar una reforma fiscal que termine con los beneficios de las fundaciones, que manejan el sistema educativo del país especialmente las universidades, para no pagar un sólo impuesto de semejante lucrativo negocio? ¿Alguien propondrá ampliar a la clase más desfavorecida sus obligaciones fiscales como lo hacen en todos los países de la OCDE?

Estas y otras muchas preguntas se podrían seguir haciendo por meses los responsables de hacer cumplir los compromisos del Club de los grandes. No son fáciles de responder por  qué forman parte del ADN de países que han vivido cómodamente en una informalidad beneficiosa para todos y que al final los hace poco competitivos en circunstancias normales.

Claro que pertenecer a la OCDE traerá mayor confianza institucional. También un posible aumento de la inversión financiera en el medio plazo. Quizás ayude a desarrollar políticas públicas que materialicen un mayor desarrollo y mejore la competitividad de las empresas.

Seguro que un mayor seguimiento de las agencias de rating traerá un acceso a la financiación de la deuda pública más barata y en mejores condiciones. Seguro que una administración pública más transparente, con una política de buenas prácticas, hará que la corrupción vaya disminuyendo progresivamente.

Pero desde luego lo que sí es seguro, es que pertenecer a este grupo de grandes y desarrollados países, no es un juego del que se pueda uno salir fácilmente. Si no se cumple, no lamentemos “bola negra” en el futuro.

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