Cataluña, el día de la marmota

Por: Jaime Polanco - @jaimepolancos | Diciembre 1, 2017

Recordemos esa magnífica película del director Harold Ramis en la que un soberbio Bill Murray trató por todos los medios de cambiar su vida cotidiana, aunque sus especiales circunstancias se repetían una y otra vez cada día igual al anterior y estaba condenado a vivir los mismos momentos al despertar de cada mañana. Así pasa en la película catalana. ¿Será que después del 21 de diciembre, volverán las cosas a estar como estaban antes de los despropósitos que siguieron al primero de octubre?.

En estos días vemos el arrepentimiento de los líderes del 'proces' ante las autoridades judiciales españolas, con el único objetivo de salir de la cárcel para proceder otra vez a liderar ese sinfín de medias verdades sobre la conveniencia de una Cataluña independiente de España y ahora, también de Europa. Lideres que han aceptado el 155 con los dedos cruzados para demostrar a la militancia rabiosa que ellos siguen teniendo una inquebrantable lealtad al concepto independentista.

Casi todas las encuestas realizadas en estas últimas semanas siguen arrojando unos datos muy similares. Ganan con diferentes procesos aritméticos los independentistas, apoyados por el populismo de Podemos en Cataluña, y mejoran pero no lo suficiente, los partidos de la oposición con claras subidas para el PSC y Ciudadanos . La suma de diputados podría dar otra vez la mayoría en el Parlament a estas formaciones y no necesariamente el número total de votos, que quedaría otra vez por debajo del 50%. Ósea, otra vez la misma historia.

A nadie se le escapa que la convocatoria de elecciones para el 21 de diciembre, ha sido precipitada y mal manejada por el gobierno en su afán de proceder con la aplicación del articulo 155. Tampoco se le escapa a nadie que las heridas abiertas en la sociedad por los despropósitos del gobierno del ya ex president Puigdemont , no se curan con dos meses de olvido institucional. Ni un mal remedio casero ha sido aplicado por el gobierno central a esos heridos en su orgullo y en sus dudas, para mejorar su estado de ánimo y repensar las posibilidades de un nuevo fracaso después de la cita electoral de diciembre.

Dos meses es muy poco tiempo para cicatrizar heridas que llevan décadas supurando en los corazones de tantos catalanes, entre quienes aun buscan fórmulas de consenso y quienes intuyen la mala fe de quienes los han gobernado.

Dos meses no cambian la lluvia fina del nacionalismo de Convergencia que terminó atrapado en su propia inconsistencia y sus problemas éticos que le llevaron a caer en brazos de los partidos independentistas de siempre.

Dos meses no son suficientes para que los catalanes de toda la vida, nacionalistas y españolistas, pero desapegados del futuro de su región, cambien su cómoda postura y dejen de ser testigos anónimos de lo que acontece en su autonomía.
Muchos de ellos, empresarios de éxito, vendieron sus empresas en la España saudita a compañías extranjeras que son las que en la actualidad deciden sobre el futuro industrial de Cataluña. Ellos los que vendieron, viven cómodamente con los ingresos de sus desinversiones y desapegados de los necesidades y los compromisos con sus conciudadanos.

Otros, los que compraron, están más preocupados en mantener la competitividad de sus empresas, que en entender el daño que estas medidas pueden producir en la rentabilidad de sus inversiones en el medio y largo plazo.

Pero al final “unos por otros y la casa sin barrer”.

Lo que deberían ser estrategias que ayuden a movilizar a aquella población silenciosa e indiferente políticamente hablando, solo encuentran desconfianzas y antiguos resentimientos personales. La inoculación del virus ya es una realidad.

Lo que deberían ser complicidades en el objetivo común de devolver a Cataluña una gestión sería de sus recursos y replanteamientos en sus competencias frente al estado central, vuelven una y otra vez al cortoplacismo electoral que convoca a fuerzas políticas que ya no se diferencian en nada desde el punto de vista ideológico. Al final lo mismo de siempre, cada día amanece igual, con la desilusión de no poder cambiar nada, porque pensamos que todo está previamente arreglado. Pues señores, espabilen, que hay en juego la vida y el bienestar de millones catalanes, que quieren vivir en paz y tranquilidad, en busca de un futuro mejor para los suyos.


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