Corrupción, la destrucción de la nación

Por: Jaime Acosta Puertas / @acostajaime | Febrero 10, 2017

La corrupción una pandemia mundial y Colombia un epicentro. Hace cuarenta años el presidente Turbay Ayala, dijo: “hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”. Justas proporciones significaba un techo del 10% en las coimas de un contrato público. La corrupción había superado ese umbral porque el narcotráfico empezó a dominar espacios en la sociedad, la economía y el estado. Hoy la corrupción llega en casos al 100% o más, porque se roban todo el contrato, y cubrir el robo con recursos adicionales puede elevar al doble o más el costo de una obra o de un servicio, como ha ocurrido con el deprimido de la calle 94 en Bogotá, o el desfalco diario en el sector salud.  

Odebrecht, La corrupción es un sistema infinito que se sabe dónde y cuándo empieza pero no cuando y donde termina. 

Los treinta y tres mil millones de pesos para sobornos salieron de la multinacional a las oficinas de García y de Bula, y de ahí a varias agencias del estado. Esos recursos apalancaron otros recursos a través del sistema financiero e inversiones en nuevos negocios. Así empieza una cadena de corrupción.

 

En el caso de Odebrecht, cuando su presidente ya llevaba seis meses en la cárcel, en Colombia, el Banco Agrario le presta 120 mil millones de pesos. Esos recursos también se perdieron y de pronto en su aprobación contaminaron a directivos y miembros de la junta directiva.

 

Ese préstamo solo se aplicó en mínima porción en la obra de la Ruta del Sol, porque la multinacional estaba contra las cuerdas. Entonces, con desfachatez indignante el presidente del Banco (que sigue en su cargo porque no tiene dignidad para renunciar pero tampoco la junta directiva ni el presidente de la republica le pasan la carta), dice: “esos recursos están protegidos” porque están asegurados por otros recursos públicos. De esta manera, los 33 mil millones iniciales se convierten en 273 mil millones y más, que equivalen al 4.0% de la reforma tributaria para este 2017, sin contar los recursos adicionales que la ANI deberá desembolsar a la empresa que terminará las obras. Esta cifra parecerá pequeña a muchos, porque los “sobrecostos” de Reficar equivalem a una o dos reformas tributarias, y los de Bionergy al 7% de la tributaria de este año.

 

El Fiscal general anuncia que la cadena de corrupción con Odebrecht va más allá, porque extendió tentáculos en otras obras, y también en alcaldías y gobernaciones.


Una cultura

La corrupción viene de hace seis o más décadas, de pronto, siglos. Sin embargo, en años recientes se incuba en el denso sistema judicial derivado de la constitución de 1991, en un país que mostraba una estructura pública politizada, clientelista, corrupta, legitimada por los llamados cupos indicativos regionales, más conocidos como “mermelada”, y en casos recientes por las regalías minero energéticas.

 

La corrupción transita agazapada en códigos que son una maraña de sofisticados y deliberados cabos sueltos, o con vacíos normativos por los llamados “micos” parlamentarios que el ejecutivo “tampoco ve”, y por lobistas que entregan maletines negros en los pasillos del congreso para tener leyes a favor de terceros. Entonces, desde la parte alta de la pirámide del estado baja la corrupción a copar toda la geometría social.

 

El tronco de esta cultura de la corrupción está en el modelo de economía de mercado de la constitución del 91. Se hizo para que todo el estado y toda la sociedad girara en torno a los agentes del mercado, porque este hace todo y todo lo hace bien, pues no tiene fallas, y si las tiene, debe corregirlas el estado.

 

El estado colombiano, a diferencia de los países desarrollados y de los emergentes dinámicos, no toma iniciativas, no emprender, no innova, no crea, no hace ciencia, no hace alianzas de iguales con los privados para desarrollar la nación a  través de proyectos estratégicos que requieren de ambos actores, no hace políticas de estado, solo planes de gobierno. Está para obedecer y cumplir con lo que el mercado le diga que debe hacer. No puede pensar ni proponer ni impulsar un proyecto nacional de desarrollo, construir instituciones propias y políticas de largo alcance. Por eso la burocracia se volvió más perezosa, nada creativa, emprendedora e innovadora, y es empujada a la corrupción por tecnócratas efímeros.

 

El modelo de crecimiento de Colombia no corresponde con la historia del desarrollo de los países más avanzados en los últimos quinientos años, ni con la historia de los emergentes de los recientes setenta. Colombia salió de su condición de los estados más fallidos para ingresar a la categoría de estados emergentes fallidos, gracia a la corrupción y al modelo de crecimiento que hace 10 años no tiene una nueva reforma.

 

Ojalá la campaña de Santos salga bien librada de las denuncias de un delincuente. Si sale sin tacha, saldrá fortalecido y podrá culminar su gestión cerrando la paz y cerrando varias fuentes de descomposición. Si no es así, Colombia quedará en el peor de los mundos, aunque ya existe una vertiente política y ciudadana que crece día a día contra la corrupción y la violencia, y que dibuja una nueva idea de desarrollo para esta tierra del olvido donde la maldad algún día se enquistó.


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