Puede ocurrir: paz con FARC-EP y guerra con ELN

Por: Carlos Arturo Velandia Jagua | @carlosvelandiaj | Junio 1, 2016

La sociedad colombiana y el mundo avistan con expectación la llegada del día, no lejano, de la firma del acuerdo final del conflicto armado del Estado colombiano con la organización insurgente FARC-EP, habida cuenta del alto nivel de desarrollo y compromiso que ha alcanzado el proceso de diálogo y negociación, que se realiza en la ciudad de La Habana, y de la disponibilidad y voluntad política de las partes, para concluir las negociaciones a la mayor brevedad y así dar paso inmediato a la implementación de los acuerdos.

Transitan las partes por la recta final, en la que trabajan para poner a punto los textos de los acuerdos de fin del conflicto, relativos al cese el fuego bilateral y definitivo, los mecanismos que hagan posible implementar la verificación como la localización de las fuerzas farianas, mecanismos y garantías de seguridad para la vida y la acción política de los exinsurgentes, la refrendación de los acuerdos,  las garantías y condiciones para el tránsito de la lucha política con armas a la lucha política sin armas, la implementación de los acuerdos y la puesta en marcha dejación de armas; actividades de gran complejidad pero en la que vienen trabajando desde hace más de 18 meses, con ahínco y gran voluntad política.

 

El clima de optimismo y confianza de las partes es evidente, al punto que se cree que en breve plazo se producirán los anuncios que el país espera: el del fin del conflicto armado.

 

Pero lamentablemente sobre este panorama auspicioso, se cierne la nube gris de la incertidumbre que genera el proceso con el ELN, pues solo bastaron unos cuantos días después del anuncio en Caracas sobre la culminación de la fase secreta y del compromiso de las partes de avanzar hacia la Mesa formal en fase pública, para caer en una profunda crisis de muy difícil solución.

 

Si bien las partes pactaron realizar las conversaciones de paz en medio de la confrontación, como telón de fondo se registra en el país un desescalamiento del conflicto, por cuenta del cese unilateral del fuego por parte de FARC-EP, lo cual ha producido un alivio evidente en la sociedad y un cuasi “cese bilateral de facto”, habida cuenta que las Fuerzas Armadas del Estado han venido actuando recíprocamente a la disposición de la guerrilla fariana. Este desescalamiento, que ha reducido las acciones ofensivas a mínimos históricos, es un contraste frente al escalamiento entre el ELN y las Fuerzas Armadas del Estado, que ha elevado el nivel de confrontación a máximos históricos, abonando la antesala de la paz en Colombia con injustificadas e irracionales muertes de soldados, policías y guerrilleros; y de una carga humanitaria dolorosa sobre la sociedad por cuenta de los secuestros realizados por el ELN.

 

El pedido y exigencia del Gobierno al ELN, de liberar a todos los secuestrados en su poder y suspender definitivamente la práctica del secuestro, como requisito único para instalar la Mesa de diálogos, ha sido interpretada por el ELN como un condicionante unilateral inaceptable, por cuanto contradice el acuerdo de Caracas y la Agenda pactada, en la que presuntamente se tratará el tema de los secuestros al igual que todos los temas relacionados con el conflicto mismo; lo cual resulta equivocado porque no es posible saltar con garrocha sobre las circunstancias de dolor social generalizado frente a los secuestros, agrandado luego de los realizados a los tres periodistas en la región del Catatumbo, y la desaprobación de la sociedad frente a esta práctica, que se descarga más sobre la sociedad misma que sobre el Estado.

 

No hay duda alguna que los aspectos técnicos de los acuerdos deben ser respetados, pero tampoco hay la más mínima duda que son las condiciones políticas del país y de las partes, las que determinan la necesidad de mantener o no el rigor de lo que se ha acordado como marco para discutir.

 

Si por salvar el proceso, las partes optaran por instalar la Mesa, llegando el ELN con secuestrados a cuestas y con la posibilidad de seguir secuestrando, durante el tiempo que demoren los diálogos hasta llegar al punto N° 5 de la agenda, en la que se supone estaría ubicado el tema de los secuestros; la Mesa no soportará la presión de la sociedad, que exigirá al Gobierno proteger los derechos e intereses de la sociedad, so pena de quitarle el respaldo al proceso de paz y de que éste navegue en un mar de ilegitimidad y de oposición, que no solo provendrá de la derecha radical, sino desde todos los sectores sociales y políticos, incluida la izquierda; que sienten el hastío y repudio a una práctica que el ELN debió superar con mucha antelación. “Cuando lleguemos a una Mesa de diálogos, querremos llegar livianos” dijo en 2007 Pablo Beltrán, en el marco de los diálogos con el Gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez, pero parece que ahora pretenden llegar atiborrados de pesos y lastres, que muy seguramente no les permitirán moverse con solvencia en la Mesa misma.

 

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