El Nobel, una luz en la larga noche de Colombia

Por: Jaime Acosta Puertas / @acostajaime | Abril 20, 2014

Ni una queja por lo que hizo o no hizo. Hasta siempre y gracias maestro de la palabra. La paz será el mejor tributo a su memoria. Y algún día la educación, la ciencia, las artes y la cultura importarán en éste país para que locura jamás vuelva a visitarlo.

“Con estas palabras, le doy la cordial enhorabuena de la Academia Sueca y le ruego reciba el Premio Nobel de literatura de manos de su majestad el

rey” Profesor Lars Gyhersten.

Habrá que volver con serenidad y desprevención a la magia de su palabra, esa palabra con la cual hizo posible que estuviera Colombia en las palabras del mundo.

 

Pero los detractores, aun en su ausencia, se atreven a hablar de su indiferencia por éste país. Nada más equivocados están, porque su obra fue sobre Colombia y sus gestos políticos y reflexiones sobre América Latina. Eso es lo que se espera de un escritor. Lo que haga a partir de ahí, es un regalo.

 

La liviana memoria de un país obligado a olvidar tanta cosa terrible que ha sucedido en su suelo, hace que pocos recuerden lo que intentó por esta patria de la alegría pero también de silencios y tristezas regadas en todos sus rincones.

 

Acompañó los procesos de paz que sucedieron o se intentaron en los últimos 30 años. La paz fue una obsesión, y para fortuna de esta singular Colombia, no tomó el camino fácil y estrecho de nuestras ideologías dominantes, culpables de todos los atrasos, y germen de todas violencias, de los secuestros más largos del mundo, de todos los que fueron corridos de su tierra y de sus raíces, de todos los olvidados que viven en el pedazo de tierra que sombras viles no alcanzaron a robarse, y de los millones de olvidados que viven en los extramuros de las ciudades usufructuando su diario vivir en andenes, semáforos, en sórdidos hoteles, de la caridad arrancada en los destartalados buses del transporte público, o alimentando todas las delincuencias que asolan los días y las noches.

 

García Márquez tuvo una ideología de la conciencia por la vida, la justicia, la igualdad, el amor, la libertad, la cultura, las artes, el desarrollo, la democracia y la independencia de su país y de su país mayor, América Latina. Él estaba por encima del pueril debate de izquierda o de derecha, porque creía no en una sino en varias alternativas para su país mayor, y por eso andaba ligero, despierto y dispuesto a buscar la conciliación o a reivindicar los derechos de sus países, como lo hizo con el retorno del canal de Panamá a la soberanía de su pueblo.

 

Si la salud lo hubiera permitido, hubiera sido un baluarte de la paz de estos días, la más importante de todas, porque es la que cerrará el ciclo de la más larga violencia que sociedad alguna haya vivido en años que no son años sino siglos, porque la violencia entre liberales y conservadores comenzó en el siglo XIX y terminó a mediados del siglo XX, y la guerra insurgente comenzó en la segunda mitad del siglo XX y aún no termina en los primeros años del siglo XXI.

 

Si el Nobel hubiera sido parte de la premodernidad ideológica de ésta nación, si se hubiera quedado y no se hubiera ido, jamás hubiera sido el escritor que fue, jamás hubiera escrito lo que escribió, jamás se hubiera escrito en el mundo tanto sobre Colombia y sobre un colombiano, jamás hubiera sido en una noche fría de Estocolmo el personaje más importante del planeta, y el nombre de Colombia el más citado por algo bueno.

 

Pero en éste país de la inconciencia, en aquellos años donde el presidente Turbay dijo que él era el único preso político de un sórdido estatuto de seguridad, algunos desquiciados pensaron en llevarlo preso, pero López Michelsen lo llamó la noche anterior para decirle que al día siguiente irían por él.  Fue así como tomó un vuelo de Aeroméxico para refugiarse en el inmenso México Distrito Federal. ¿Se imaginan la vergüenza de Colombia ante el mundo si tamaña estupidez hubiera ocurrido por el simple hecho de que todos los aspirantes a ingresar al M-19 tenían que haber leído Cien años de soledad?  ¿Quién no leía por esos años ese maravilloso libro o el Otoño del Patriarca? No es posible imaginar a García Márquez injustamente preso y humillado. Al año siguiente lo galardonaron con el Premio Nobel. Más tarde los gringos le devolvieron el derecho de cruzar sus fronteras y el presidente Clinton lo invitaba a la Casa Blanca a conversar de su obra y de la obra de otros grandes. Ahora Obama también abraza su creación.  

 

Dicen también que nada más hizo por Colombia, pero se olvidan que escribió el ensayo “Colombia: al filo de la oportunidad”, con el cual se cerró el trabajo de la Misión de Sabios en el gobierno de Cesar Gaviria, que tenía como fin desarrollar la educación, la ciencia, la tecnología y la creatividad. Incluso, hay episodios de los intentos que hizo con algunos gobiernos para que la educación fuera importante. Hizo por el cine e hizo mucho por formar mejores periodistas. Pero la ceguera que genera la envidia, el fanatismo y la ignorancia, impide ver con gratitud y regocijo lo que fue y lo que será siempre.   

 

Gabriel García Márquez, hijo de Macondo, murió en México porque no podía morir en el país de las violencias perpetuas. Allá lo respetaron, lo acogieron, lo amaron, y allá le harán el primer gran homenaje póstumo en el monumental Palacio de las Bellas Artes. Pero, a pesar de todos los pesares, el país que siempre lo inspiró y que nunca olvidó y siempre amó, fue Colombia. Estoy seguro que sus cenizas reposarán en su Caribe, y su voz y sus palabras se escucharán y leerán siempre.

 

Ni una queja por lo que hizo o no hizo. Hasta siempre y gracias maestro de la palabra. La paz será el mejor tributo a su memoria. Y algún día la educación, la ciencia, las artes y la cultura, importarán en éste país para que locura jamás vuelva a visitarlo.     

       

“Las cosas nunca serán como antes en la Sala Azul del Ayuntamiento. No desde que Gabriel García Márquez y sus amigos colombianos nos mostraron como debe ser una fiesta Nobel” Dagers Nyheten 


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