El costo político de la venta de Isagén

Por: Oscar Montes / @leydelmontes Especial para Confidencial Colombia | Enero 17, 2016

La decisión del Gobierno, en contra de la inmensa mayoría de los colombianos, podría afectar el plebiscito por la paz y la suerte de varias candidaturas presidenciales. El controvertido negocio se ha convertido en un tanque de oxigeno para la izquierda. Oscar Montes / @leydelmontes Especial para Confidencial Colombia

Aunque el costo político que deberá pagar el gobierno de Juan Manuel Santos por la venta del 57.,6 por ciento de Isagén aún no está escrito, de lo que no hay dudas es que será muy alto. Y no es para menos. Isagén es la segunda generadora del país y la única con capacidad de evitar un apagón nacional, escenario que no puede descartarse dada la inclemencia del Fenómeno de El Niño, que tiene a las hidroeléctricas en sus niveles más bajos en los últimos años.

 

La empresa fue creada en 1995, luego de que el país padeciera el rigor del tristemente célebre “apagón de Gaviria”. Isagén transfiere a la Nación -por vía de repartición de utilidades- más de 200.000 millones de pesos anuales, tiene influencia en cuatro departamentos del país y es dueña de más de 23.000 hectáreas de bosques naturales y espejos de agua, cuyo valor también está por establecerse. Isagén era, pues, la verdadera joya de la corona.

 

Pero el Gobierno –contra la oposición del 90 por ciento de los colombianos- la vendió a la multinacional canadiense Brookfield Asset Managament– (BAM), por un precio de 6,48 billones de pesos, dinero que sería invertido en mejorar la infraestructura nacional y en la construcción de vías de Cuarta Generación (4G).

 

Aunque el presidente Santos y el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, consideran que vender la participación que tenía el Estado en la empresa (57,6 por ciento) en 6,48 billones de pesos es un buen negocio. La verdad es que –como negocio– es mucho más malo que bueno. Un solo ejemplo sirve para poner las cifras en sus justas proporciones: el gobierno de Santos se ha gastado en publicidad y eventos promocionales de la negociación con las Farc en La Habana más de 2 billones de pesos, es decir casi la mitad de lo que pagó  Brookfield por Isagén.

 

Para decirlo en plata blanca: Santos ha invertido en propaganda y publicidad casi la mitad de los recursos que él considera que servirán para construir miles de kilómetros en vías y puentes que le permitirán a Colombia alcanzar los niveles de infraestructura que hoy tienen otros países, como Chile o Brasil. ¿Quién garantiza que los recursos que recibirá por la venta de Isagén no serán utilizados como plata de bolsillo para seguir vendiéndonos a los colombianos las bondades de la negociación con las Farc en La Habana?

 

Pero, además, Isagén tiene un valor estratégico para el país, que no es un asunto menor, puesto que se trata de dejar en manos de particulares la soberanía energética nacional, en momentos en que el sector eléctrico atraviesa la peor crisis en los últimos años. Ello para no hablar de un eventual detrimento patrimonial de la Nación, al vender la empresa por un valor que estaría muy por debajo de su precio real, como lo anunció el procurador, Alejandro Ordóñez.

 

De manera que son muchas las preguntas sin respuestas en el caso de la venta de la participación del Gobierno en Isagén, empezando porque ni siquiera hubo subasta, puesto que la chilena Colbún –la única que quedaba, luego del retiro de la firma francesa Engie- también se marginó del negocio, dejando el camino expedito para Brookfield.

 

Al no haber puja, Isagén se vendió por el precio que había sido fijado con anterioridad (6,48 billones de pesos) y no por encima de este, como había anunciado previamente el ministro Cárdenas. ¿Por qué razón el Gobierno decidió vender Isagén en condiciones aparentemente desventajosas y sin una subasta, que hubiese permitido vender la empresa a un precio mayor? ¿Por qué la premura en vender?

 

La venta de Isagén tendrá, pues, consecuencias políticas para el Gobierno, que tienen que ver no solo con la suerte del plebiscito por la paz, sino con el futuro de posibles candidatos presidenciales de 2018, empezando por el vicepresidente, Germán Vargas Lleras, y el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas.

 

¿El plebiscito pagará los platos rotos de vender Isagén?
Es indudable que la venta de Isagén terminará afectando la suerte del plebiscito por la paz con las Farc. Al inconformismo y malestar generalizado por la venta de una de las empresas más rentables y mejor manejadas del país, se suma el pésimo manejo que Santos y Cárdenas dieron al delicado asunto, al imponer el argumento de fuerza de que “la venta de Isagén va porque va”. “Isagén se vende, aunque haya un solo comprador”, afirmó Cárdenas, en momentos en que millones de colombianos expresaban su disgusto en redes sociales y en manifestaciones en distintas ciudades del país. Santos tildó de “mentirosos” a quienes desde distintos escenarios cuestionaron la venta de la empresa, así como la destinación de los recursos, al considerar que el Gobierno no está en capacidad de demostrar que los mismos no se convertirán en “plata de bolsillo” para seguir vendiendo los diálogos de La Habana o servirán para tapar el enorme y creciente hueco fiscal. Punto. Lo peor que le podría pasar al Gobierno es que la cuenta de cobro de la venta de Isagén se la pasen los colombianos a Santos a la hora de votar el plebiscito por la paz.

 

Cuentas de cobro a futuras candidaturas presidenciales
La primera candidatura presidencial que quedó sepultada por cuenta de la venta de Isagén fue la del ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas. Si bien es cierto que por principio el ministro más odiado es el de Hacienda, en el caso de Cárdenas hay más de una razón para que los colombianos lo detesten. No solo es el cerebro de la reforma tributaria que nos pondrá a pagar más impuestos a los colombianos, sino que fue quien descartó todas las opciones distintas a la venta de Isagén que le fueron presentadas para buscar nuevos recursos y construir vías de 4G. El vicepresidente, Germán Vargas Lleras, también tendrá que pagar el costo político que se deriva del respaldo incondicional de su partido –Cambio Radical– a la venta de Isagén, puesto que buena parte de la plata que va a entrar servirá para que siga sacando pecho como el “mandamás” de las obras civiles y de infraestructura del país. A diferencia del liberalismo –por ejemplo– que inicialmente se mostró contrario a la venta de Isagén, pero que cambió de parecer con la llamada de Santos a Serpa, el partido del vicepresidente no ahorró elogios a la hora de respaldar la controvertida decisión del Gobierno.

 

Venta de Isagén, ¿papaya servida para la izquierda?
Mientras el Gobierno no ahorra esfuerzos para hacerse odiar de los colombianos por cuenta de la venta de Isagén y de anuncios de más impuestos, mediante una nueva reforma tributaria, hay quienes desde la orilla de la oposición empiezan a construir escenarios políticos viables con miras a las elecciones presidenciales de 2018. Es el caso –por ejemplo– de Jorge Enrique Robledo, quien desde el Senado no sólo ha construido una imagen de parlamentario serio, estudioso y coherente, sino que ha sabido explotar muy bien las “papayas” que Santos y sus amigos le han servido en la mesa. A diferencia de Gustavo Petro –que también ha querido capitalizar las decisiones erradas del Gobierno– Robledo no carga sobre sus hombros el desprestigio del exalcalde de Bogotá y por el contrario acaba de ser elegido por sus colegas como uno de los mejores parlamentarios del país. Dentro de la izquierda democrática, Robledo gana cada día más espacio y muy seguramente su nombre sonará con fuerza a la hora de buscar dentro de esa tendencia política al sucesor de Santos.


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