Manejando un modelo 50 en el 2015

Por: Juan Antonio Pizarro | Abril 22, 2015

Excepto que viva en La Habana o en otra ciudad de Cuba ¿Se ha fijado cuantos carros modelo 50 circulan por las calles de su ciudad? Yo me propuse hacerlo en Bogotá y no me he topado ninguno. Que no los haya visto no significa que no lo estén haciendo, pero los pocos que subsisten deben estar circulando por la periferia o se limitan a hacerlo en desfiles especiales dedicados a carros antiguos y clásicos. 

Si hoy no manejamos ese modelo de carros, ¿Por qué seguimos manejando un contrato de trabajo diseñado en la década de los 50 del siglo pasado?

 

La respuesta de alguno puede ser que los carros cambian pero los seres humanos somos inmutables. Sin adentrarnos en temas teológicos o filosóficos, interesantes pero que no vienen al caso, y sin ser un experto en autos, puedo asegurarles que entre mis padres y mis hijos hay tantas o más diferencias que entre un Chevrolet Belair modelo 1954 y un Chevrolet Aveo modelo 2014.

 

Para nombrar unas pocas: nivel educativo, idiomas, recorrido internacional, expectativa de vida, movilidad, acceso a información, variedad de los alimentos, conocimiento científico, conciencia del entorno, tipo y variedad de deportes practicados, intereses, tipo de motivación, etc. El hombre actual se está diferenciando de nuestros antepasados a una velocidad tal que algunos autores  ya hablan de un Homo Evolutis[1], que va camino de reemplazar al Homo Sapiens.

 

La respuesta de otro puede ser que si bien los hombres han cambiado, la relación de trabajo sigue siendo la misma. Hoy como en los 50 persisten los dos mismos actores: patrones y trabajadores, el uno vendiendo su capacidad de trabajo y el otro comprando, mediante el salario, esa capacidad de trabajo. El uno, dueño de los medios de producción y, el otro, dueño de su esfuerzo para transformar en mercancías los medios de producción.

 

Nada, dirán, ha cambiado realmente desde que Carlos Marx escribió “Das Kapital”.

 

Creer eso es pensar que las relaciones entre los sexos siguen siendo iguales a las de  los años 50: que la revolución sexual de los sesenta, el cambio de la mentalidad y del rol tanto de mujeres como de hombres, la legalización de las uniones entre dos personas del mismo sexo, etc., no ocurrieron o no están ocurriendo y que el mundo sigue siendo un mundo de personas que llegan vírgenes al matrimonio, el que se consuma solo entre heterosexuales y que dura toda la vida por gracia de un vinculo sagrado e indestructible.

 

Bienvenidos al futuro. Ese mundo, afortunadamente, no existe, como no existe el mismo mundo en las relaciones laborales.

 

Los trabajadores han cambiado y las empresas también, así como la forma como se relacionan entre sí. Las relaciones son más equilibradas pues los trabajadores actuales tienen un elemento que tiene un efecto igualador: su conocimiento. Conocimiento que es capital intangible. El uso adecuado de este conocimiento para diferenciar, innovar, crecer, etc. es lo que más genera valor hoy en día, desplazando  de ese papel al capital tangible.

 

Estos y otros cambios (por ejemplo: alineación estratégica, trabajo con sentido, mayor participación en decisiones) a los que tendré que aludir en otro escrito por falta de espacio en este, no hacen parte del actual contrato de trabajo. Contrato que por no incluir esos elementos debería darnos la misma tranquilidad que manejar un auto Ford Fairlane 1957 que no ha sido mantenido ni actualizado: ¡ninguna!



[1] “Nos volveremos Homo Evolutis” Juan Enriquez & Steve Gullans


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