¿Dónde mete Europa a los refugiados?

Por: El Confidencial | Octubre 18, 2015

Mientras Grecia utiliza las instalaciones abandonadas de los Juegos Olímpicos de 2004 para alojarlos, Hungría trata de cerrar el único centro de refugiados del país



Mientras Bruselas decide y los Veintiocho se ponen de acuerdo, países como Grecia, Hungría y Alemania tienen que improvisar estrategias para lidiar con la crisis de refugiados. Grecia, con su falta manifiesta de medios para la cantidad de personas que llegan a sus costas; Hungría, con su rechazo a todo lo que suene a refugiado, y Alemania, con su generosidad hasta ahora sin fisuras -ayudada por su buena situación económica-, son tres ejemplos palmarios de que Europa funciona, no solo económicamente, a diferentes velocidades.


Quién hubiera pensado que las ruinosas instalaciones olímpicas de los Juegos de 2004 podrían servir para alguna otra cosa aparte de para la especulación. Ahora se han convertido en centros improvisados para acoger a los centenares de migrantes que dormían en las calles y plazas de Atenas.

 

El artífice de esta idea nada ortodoxa ha sido el viceministro del Interior y encargado de política migratoria, Yannis Mouzalas, que empezó en el cargo cuando la situación de los refugiados era más desesperada y con todo en contra, y se ha convertido en un caso único en Europa, tratando con eficiencia -con los medios con los que cuenta- y realismo la situación de los refugiados. Mouzalas fue nombrado interinamente mientras se celebraban las elecciones en las que volvió a ganar Tsipras, y en medio de la refriega de ese periodo de inestabilidad su labor fue tan encomiable que el líder izquierdista decidió mantenerle ahí para que se encargara de la titánica tarea.

 


Miembro fundador de la rama griega de Médicos del Mundo, este ginecólogo de profesión se desplazó hace pocas fechas a la plaza Victoria, en el centro de Atenas, en la que malvivían muchos de los refugiados recién llegados. Desde allí denunció del criterio “racista” de algunos de los países de la Unión Europea (aunque no los citó, naciones como Eslovaquia o la aliada Chipre, que han expresado su deseo de que sean “cristianos” los realojados en su territorio) que está haciendo más complicada la situación. Y también denunció la inacción de Europa.

 

El ministro anunció que el complejo “fantasma” de la Villa Olímpica será ahora residencia temporal de decenas de ellos. Tras los juegos, muchos griegos se apuntaron a la lotería para ganar una vivienda a precio de ganga, y estaba destinada a acoger a 10.000 personas. Hoy hay apenas unas decenas de familias, puesto que la crisis se ensañó con todos aquellos que esperaban hacerse propietarios. En el polideportivo de Galatsi, al norte de la ciudad, se han instalado entre 400 y 500 refugiados, y en el estadio de hockey, al sur, un número parecido. Aun en condiciones precarias, están a salvo de la intemperie y de los posibles ataques racistas, destaca el ministerio.

 

Mouzalas ha descartado crear patrullas marítimas -”equivaldría a tener que hundir barcas”, ha aseverado- como le piden, entre otros, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea. En cambio pide a Europa más dinero, aparte de los 33 millones de euros que ya se han otorgado, para crear cinco centros de registro en los que procesar a todos los refugiados que llegan: los ‘puntos calientes’ de Lesbos, Kos, Quíos, Leros y Samos son los candidatos. Además, ha pedido más funcionarios para tramitar la burocracia. El primero de ellos se instalará en Lesbos, donde la ONG Human Rights Watch ya ha dicho que la falta de medios está creando inseguridad por la tensión entre los refugiados y las autoridades, principalmente la policía.

 

Con estas medidas, Grecia espera realojar a 10.000 personas en dos meses, ha dicho Mouzalas, y 70.000 en un año. El país ha recibido a 466.000 inmigrantes en este 2015.

 

 

 

La alergia húngara a los refugiados

 

La alergia del Gobierno de Hungría por los refugiados tiene números y letra. Tres centros de detención (Békéscsaba, Nyírbátor Kiskunhalas y Aeropuerto de Budapest) y uno solo de refugiados: el de Debrecen. Y este último está en el punto de mira del ejecutivo del partido derechista Fidesz. Quieren cerrarlo a finales de noviembre, un paso más en su restrictiva política de migración.

 

Lajos Kosa, líder del grupo parlamentario del partido gubernamental, ha dicho que el plan del ministro del Interior es cerrar este campo, con una capacidad para unas 950 personas -el mayor centro de acogida del país, según la Cruz Roja-, antes de que acabe el año en todo caso… para construir una comisaría de policía. Entre las justificaciones está que su existencia afecta a la reputación de la ciudad de Debrecen, una localidad de corte universitario a la que acuden cada año unos 3.500 estudiantes extranjeros.

 

Una explicación poco convincente: más relevante para entenderlo es la deriva criminalizadora que ha emprendido la Administración de Víktor Orbán con los refugiados.

 

Un ejemplo lo encontramos en la ciudad fronteriza de Szeged. Allí Laila, mujer kurda de 60 años, se ha visto obligada a declarar ante un tribunal por el hecho de haber cruzado la frontera con tres de sus hijos con el objetivo de llegar a Alemania. La nueva ley húngara trata de convertir el problema humano en un problema de código penal: “Por favor, no tengo otra elección. Estoy enferma y no he hecho nada tan malo para merecer esto. Solo quiero reunirme con mi marido y mis hijos en Alemania. He huido de las bombas que destruyeron mi casa”, relataba la mujer a HRW, un testimonio entre tantos de los que se pueden recoger entre los exiliados sirios.

 

 

¿Decae el espíritu alemán de buen samaritano?

 

Nils Muiznieks, comisionado de derechos humanos del Consejo de Europa, ha dicho que Alemania es “un ejemplo para el mundo”. Miles de ciudadanos germanos han ayudado a los sirios a su llegada a tierra teutona. El Gobierno de Angela Merkel ha sorprendido a propios y extraños con su política de puertas abiertas, pero ¿qué limitaciones tiene?

 

La primera es el resurgir de la extrema derecha. Ya se empiezan a escuchar las primeras voces en contra de las medidas del Gobierno de la CDU, sobre todo por parte del ala derechista del partido, y desde movimientos como Pegida, que podrían recobrar la fuerza perdida en los últimos meses, temen algunos analistas. Una parte de estos grupúsculos han vuelto a las calles y crecen los temores de que se vuelvan a repetir ataques contra centros de refugiados o a los voluntarios que les ayudan. Un cambio de tendencia que empieza a afectar a la acción del Gobierno. Empezando por los jugosos beneficios sociales.

 

Influida por las protestas dentro de su propia base electoral, Merkel ha empezado a adoptar paquetes legislativos que buscan cortar los beneficios a los recién llegados. Y también expulsar a aquellos que no puedan demostrar ser 'refugiados' en el sentido legal de la palabra.


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