Hambrientos y agradecidos, miles de refugiados lloran de alegría

Por: Nuria Tesón y El Confidencial.com | Septiembre 5, 2015

Cientos de voluntarios austriacos los reciben en las estaciones con comida, bebida caliente, pasta de dientes, jabón, pañales, ropa... Ellos lloran de alegría al pisar el andén.

A muchos les ha costado un año, a otros unos meses y algunos emprendieron el viaje apenas hace dos semanas. Vienen de Siria, pero también de Afganistán y Pakistán. Huyen de guerras y conflictos que han destruído sus vidas y sus familias. Que les han quitado, en la mayoría de los casos, mucho más que la casa, el trabajo o el dinero. Han perdido familiares y amigos, que han perecido en mitad del conflicto, o en aguas del Mediterráneo. Otros no llegaron a salir porque no han tenido fuerza o salud para emprender el viaje.

 

Mustafa acaba de poner un pie en Viena y no puede dejar de sonreír. Lo hace con los ojos empañados en lágrimas al hablar de su familia. "Acerquémonos a donde están. A mi madre no le gusta que me quede atrás. Se preocupa". La pierde de vista por un momento y hace por buscarla entre las cabezas que van y viene como sombras con gruesas mantas marrones sobre los hombros, con los ojos abiertos, con rostros de sorpresa, cansancio, curiosidad, todo al mismo tiempo, abrumados. La encuentra y se explica. "Mi familia, es mi familia porque llevamos viajando juntos casi un mes. Pero no es mi familia de verdad. Es mi madre, pero no es mi madre. Y me cuida igual", señala echando atrás la mirada donde desde una manta que ha acomodado en el suelo ella está pendiente de él".

 

Mustafa y su familia llegan despistados y confusos a la estación de Westbhanhof, en Viena, desde Budapest, donde pensaban que terminaría su sueño de llegar a Alemania. Pero la decisión de este país y de Austria de abrir las puertas a los refugiados que Hungría contenía en sus fronteras devolvió anoche la esperanza a este joven estudiante de 23 años que sueña con volver a ver a sus padres en Idlib, en Siria, de donde salió huyendo "del Estado Islámico, del Frente al Nusra y del hambre". "No hay dinero ni forma de conseguirlo. Me encantaría acabar mis estudios de Derecho, volver a la universidad, recuperar mi vida. Sólo pido que acabe esta guerra y regresar a casa. Pero mi familia necesita dinero y por eso decidí marcharme".


De Viena a Munich

 

Su madre está pendiente de que Mustafa no se aleje demasiado, pronto anunciarán el tren que les llevará a Salzburgo primero y después a Munich y no quiere que se despiste. Reúne las posesiones que guardan en bolsas, las mantas marrones con las que se han abrigado en el viaje desde Budapest y la comida, bebida y ropa que los austriacos les dan al llegar. Mustafa sigue hablando con una sonrisa hasta que habla de la policía húngara. "Son como animales y nos trataron peor que si nosotros lo fuéramos. Usaron porras eléctricas, nos empujaron y nos forzaron a ser identificados con las huellas dactilares. Su historia es la de todos los que llegan, culpan al gobierno húngaro y defienden a los ciudadanos, que asegura, "se portaron muy bien con los refugiados".

 

Su amigo Khaled recuerda la noche en la que algunos extremistas les atacaron como una excepción y muestra los moretones en la boca, la espalda y los brazos. Tiene la tez cetrina y aspecto enfermizo, con los pómulos sobresaliendo dejando sus ojos hundidos y tristes bajo una gorra que oculta un pelo rizado rebelde pegado contra la cabeza. Lleva varios días sin comer y no es el único. Muestra el pantalón vaquero que le cuelga de la cintura como si fuera de otro, sucio en las perneras y descolorido; la camiseta blanca llena de verdín y barro, igual que sus zapatillas que fueron blanca una vez.

 

"Hemos caminado, mucho, por el campo, por el bosque, hemos cruzado el mar y nos han golpeado y marcado... como animales", señala volviendo la mirada hacia un nuevo torrente de recién llegados que termina por llenar el poco espacio libre que queda en el andén. Mustafa y Khaled son arrastrados por la multitud que trata de saber qué va a ser de ello. "¿Nos van a llevar a un campo?", pregunta un hombre moreno de frente regia ennegrecida y perlada de sudor bajo la cual unas cejas pobladas enmarcan unos ojos verde aceituna que interrogan y se redondean con desconfianza fijándose en el interlocutor.

 

Entre los cuerpos adultos, las bolsas, los carros, se abre paso un muchacho que apenas levanta un metro del suelo. Sobre el hombro, apoyada en la cabeza lleva una bolsa con sus pertenencias. Hace equilibrios junto al borde de la vía repartiendo el peso mientras avanza con los pies enfundados en un par de zapatillas nuevas. El abrigo azul con capucha también parece nuevo y le viene un poco grande por lo que ha recogido las mangas hacia arriba, y en la bolsa que sostiene mientras mira de reojo a los que están en el suelo, asoma un peluche de color marrón y se adivinan algunas ropas más. Se llama Naher y tiene ocho años.

 

Su madre se ha quedado en Siria y él va camino de Suecia donde espera reunirse con su padre. Sonríe mostrando unos nuevos paletos diminutos que apenas han empezado a asomar y que forman una sonrisa desigual con el resto de dientes que parecer repartidos al azar. No suelta la bolsa y busca con la mirada a algunos de los sirios con los que viaja cuando un tropel de afganos siguiendo a un intérprete camina hacia el puesto de sopa caliente que se ha establecido en la entrada que da acceso a los andenes.

 

Fala y Amer se han sentado nada más coger su ración que huele a crema de legumbres y desprende un aroma apetecible y reconfortante. Son hermanos y viajan desde Aleppo desde hace un mes. "La última semana no hemos comido", apunta Amer mientras sorbe el denso líquido que casi borbotea y se calienta las manos con el cartón que lo contiene. Fala sonríe. Es guapa y se parece mucho a su hermano. Ambos son altos y delgados, con los ojos y el cabello negro y unas cejas finas y elegantes que contrastan con una nariz grande que le da personalidad a sus rostros.


Solidaridad austriaca

 

Amer habla despacio, como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano y Fala sólo sonríe y trata de acomodar los rizos que se le escapan detrás de la oreja. Tiene los labios gruesos y resecos y los días y las noches de ayuno pegados al cuerpo como una segunda piel que tardará en desaparecer. Por eso es tan importante la movilización de los austriacos que desde primera hora de la mañana llegan con carritos repletos de todo lo necesario: pasta de dientes, jabón, champús, comida, ropa...

 

Las madres desnudan a sus bebés y niños y les cambian los pañales, les ponen calcetines, zapatos y ropa de abrigo. La mañana se ha levantado nubosa y desapacible, al contrario que los vieneses que han acudido en masa a ofrecer su ayuda y dar la bienvenida a los refugiados. "En Facebook están haciendo listas de lo que más necesitan", explica Hana, una joven veinteañera con los ojos azules que vierte varias bolsas con cajas de dentrífico en un carrito de la compra en el que una jubilada recoge compresas, toallitas de bebé y pañales.

 

Los niños se cuentan por decenas. En brazos de sus padres o dormidos sobre mantas, exhaustos, o correteando entre el amasijo de cuerpos que se han derrumbado contra la pared o en el suelo del andén. El olor agrio del camino se mezcla con el de las toallas frescas y el azúcar y el chocolate que disfrutan, primero tímidamente y luego a manos llenas.


Abrumados

 

Sus miradas, a ratos perdidas, cuentan toda una historia del viaje que han recorrido. Mohamed salta sobre una colchoneta y, provocador, incita al que pasa a chillar y unirse a la diversión. Tiene dos años y medio y su madre, una joven de enormes ojos verdes, le observa con tranquilidad. "Queremos llegar a Hannover", dice en voz baja para no despertar a la otra pequeña que acuna en sus brazos.

 

Muchos se sienten sobrepasados por tanta amabilidad. Algunos hacen grandes esfuerzos por contener el llanto, otros no terminan de creerse que son libres para avanzar hacia Alemania. Un hombre bajito, con su esposa y dos niños a rastras trata de saber cuánto les costarán los billetes. "Nada". "Bibalesh (gratis)?", pregunta con incredulidad. "Hamdullillah! (alabado sea Dios)!", exclama volviendo su rostro al cielo.

 

Aunque los trenes en los que van subiendo los refugiados van hacia Munich, muchos confían en que esa no será su última parada. Algunos han puesto los ojos en Suecia, otros en Noruega o Gran Bretaña. Maged acaba de decidir que se quedará en Austria. "Son buena gente y el país es bueno así que voy a intentarlo. Parado cerca de las vías ha dibujado un cartel en el que agradece a los austriacos su bienvenida. Cerca de él un operador de la compañía férrea intenta mantener a la multitud alejada de la línea blanca de seguridad que delimita la vía. Sin éxito ve como al sobrepasarle vuelven a caminar sobre ella y niega con la cabeza resoplando. 


Pegatinas con los idiomas

 

Todos ponen de su parte para mantener el orden entre los cientos de personas que llegan en oleadas. Se espera que el número de refugiados alcance los 3.000 a lo largo del día, pero en los andenes de las 9 primeras vías el número parece aún mayor. Van saliendo vagones en los que suben los que pueden, pero el número no decrece, más bien al contrario. En un momento dado se oye un pitido mientras una máquina con varios vagones entra en la estación. En todas las plataformas se oye un aplauso que recibe a los recién llegados y retumba en el interior de la estación, donde austriacos de todas clases sociales y edades, familias enteras, acuden a dejar sus donativos o a echar una mano.

 

Muchos se ponen pegatinas con los idiomas que hablan. Persa, farsi, árabe, alemán... y las sombras que descienden de los vagones parece cobrar vida al recibir tan calurosa acogida y preguntan lo mismo que los cientos que llegaron antes. Los voluntarios responden con paciencia y cariño y les orientan: a la derecha el baño, al fondo los médicos, aquí y allí comida y agua, ropa... los billetes son gratuitos, hay comida caliente y los niños pueden llevarse los juguetes, cuadernos, bolígrafos...

 

Mustafa y su familia adoptiva corren hacia la vía 8 en la que un tren que va a Salzburgo les espera. En la misma vía aguardan Bassem y Ayman, con sus cuatro hijos cada uno y sus esposas. Son palestinos de Haifa que vivían en Damasco. Bassem vivió en Libia también. Eternos refugiados, ponen al mal tiempo buena cara y narran las desventuras del viaje que han hecho juntos. Es como estar en casa.


Micromundos

 

En cada rincón donde esperan por unos minutos o quizá unas horas, cada familia es capaz de contruir un micromundo en el que todo parece rimar. Aquí la ropa, allí la comida, aquí y allí los niños. Hay lugar para la risa y para la esperanza. "Esperamos poder llegar a Noruega, pero ¡quién sabe! señala Bassem con una sonrisa, ollvidándose del tren que espera en la vía y presumiendo de Nur, su hija mayor. Una preciosidad de 12 años con el pelo negro recogido en una trenza gruesa; con los ojos almendrados y la nariz pecosa, muy parecida a la de su padre que tiene una cara redonda y cálida sonrisa.

 

Mientras Mustafa Yarkin y los suyos han tenido que dejar pasar este tren. "Está lleno, pero nos han prometido que saldremos en el siguiente". También esperan en el mismo andén una cincuentena de afganos. No reciben la atención mediática que los sirios y pasan más desapercibidos. Un joven escribe en la cara interior de sus antebrazos un número con bolígrafo azul.

 

Así puede contabilizar cuántos subirán al tren. Salek y su padre salieron de Herat hace dos meses. Habla un inglés roto y su padre, que le empuja a explicarse, lo entiende mejor que él. Así que Salek afina aún más unos ojos rasgados de color gris azulado y sonríe. "Si nos quedábamos íbamos a morir antes o después así que no teníamos más remedio que intentarlo. Mi padre es mayor pero tiene fuerzas para empezar otra vez, y así lo haremos", explica.

 

Un tren vuelve a hacer sonar el silbato y las señales de la vía muestran en letras amarillas que el próximo tren parte hacia Munich. Esta vez Mustafa y su familia se suben al vagón. Hay sitio para otras quinientas personas. Ayman y Bassem, los palestinos, aguardan la vía número ocho. "Nos han dicho que a las 12.30 sale otro tren. Hay mucha gente, mucha aglomeración y los niños son pequeños, podemos aguardar hasta el siguiente. Todavía hay tiempo", apunta el eterno refugiado.  


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