El plebiscito de la esperanza

Por: Jaime Acosta Puertas | @acostajaime | Marzo 6, 2016

Opinión | La paz llega. El acuerdo final se firmará en pocas semanas. Así lo han decidido el gobierno, la guerrilla, los gringos y el resto de la comunidad internacional, hastiada de esta guerra sin fin y sin fines. Pero no todo termina ahí. 

El acuerdo deberá refrendarse a través de un plebiscito. La Corte Constitucional aprobará su realización, porque el instrumento ha sido confeccionado con cuidado y porque es también una decisión política para abrirle la puerta a un nuevo mundo.


La Paz hay que empoderarla en la ciudadanía, papel del gobierno y de muchos actores, usando masivamente mecanismos pedagógicos, ágiles, creativos, convincentes y claros, que complementen los programas de opinión, la “Conversación más larga del mundo”, y otras conversaciones. La gente en Colombia no lee y por eso no entiende el proceso, incluidos los medios, y de eso se aprovecha la oposición de Uribe, Pastrana y del Procurador, para mentir y difamar del proceso, acompañados de una cuota de seguidores que se niega a rechazar la barbarie y se resiste a abandonar la violencia como método de discernimiento político, social, cultural y económico. Entonces, el Estado debe emprender algo de más profundidad y alcance: una política de construcción de ciudadanía para la convivencia y la inspiración.


La ciudadanía también debe abrazar la reconciliación porque es la vida, como un sueño para que la esperanza y la razón dejen a un lado tantos años de inexplicable locura que convirtió a Colombia en una de las sociedades más fallidas y anormales de los últimos 70 años en mundo.


Ese acuerdo al que se sumará en unos meses el ELN, será el fin de una violencia selectiva, artera, macabra, cobarde, ruin, porque terminó siendo para el enriquecimiento ilícito de unos pocos llevándose por delante la vida de 500.000 colombianos, y de 6´000.000 puestos a la brava en las calles de las ciudades. Por eso fue que esta guerra terminó recurriendo a todo método ilícito contra la gente pacífica, indefensa y libre pensadora; contra la gente humilde, inocente y desprotegida; contra mujeres, niños, ancianos y jóvenes que eran el futuro de sus familias y de sus territorios, pero cuya maldición fue haber nacido en esta esquina del globo, la esquina del odio. Fue la maldad infinita contra todos los campesinos y contra la ciudadanía, contra la inteligencia, contra la cultura y contra todo buen valor de esta especie humana destinada a la autoeliminación.


Para salir de la anomalía, hay que hacer el plebiscito, con una sola pregunta: SI o NO a la PAZ, pues entraña todo lo que puede ser una sociedad, en ella se consigna la esperanza o la fatalidad, la inteligencia o la brutalidad, la bondad o la maldad, la corrupción o la honestidad, la bajeza o la decencia, la inequidad o la equidad, el empleo informal o el empleo de las oportunidades, el subdesarrollo o el desarrollo. Colgarle más preguntas es no entender el sentido de la paz, por lo tanto de la vida, en consecuencia, es perpetuar la sinrazón de la muerte violenta y la existencia en estado de perpetua demencia. Es no entender los fundamentos democráticos y políticos sobre las cuales se erige toda sociedad. Es no entender el amor, los abrazos, los besos, las risas, la mirada tranquila y cariñosa, el gesto amable, la caricia, y la confianza en el otro.


La paz iniciará su camino en un ambiente de disolución institucional y del fin de un modelo económico que terminó siendo funcional a los factores de violencia, a la conservación de una sociedad y de una economía extractiva y feudal que cometió el mayor error intelectual, político y teórico de una sociedad emergente en el último siglo: destruir la industrialización, y con ello dejar sin ideas, sin base y sin fuente de inspiración a la educación, a la ciencia y la tecnología, a la innovación, la creatividad y el emprendimiento. Al final, una cultura con escasas oportunidades para emprendedores, innovadores, investigadores, artistas, profesionales y trabajadores. Por eso es una sociedad individualista, egoísta, envidiosa, informal, éticamente resquebrajada, religiosa hasta el fanatismo, que gusta copiar y no crear.


Santos ha realizado de manera impecable el proceso de paz. Los errores cometidos, pocos, quedan de lejos superados por los aciertos. Y por ello habrá que diferenciar el Santos de la Paz del Santos de lo Demás, porque en lo demás pareciera como si recién fuéramos a la guerra y no saliendo de ella.


Las guerras terminan con una sociedad en disolución, por eso la reconstrucción comienza en medio del caos, porque si no fuera así, las guerras no germinan ni terminan. Algún sentido superior debe tener la paz, construir una nueva sociedad con una visión propia del país y del mundo, por eso en el posconflicto será necesaria una nueva constitución porque los problemas de Colombia son de lejos más allá de la guerrilla.


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