Educar para el buen vivir

Por: Gustavo Salazar Pineda | Diciembre 26, 2017

Ha insistido, quizá demasiado, el cronista y articulista la importancia que ha de tener la educación en los niños especialmente adiestrados en el fomento del pensamiento independiente y autónomo, exento de la intromisión desmedida de los padres y docentes en sus decisiones y dejarlos que hagan lo que les venga en gana. Pasamos de una educación e instrucción autoritarias, represivas en las que no se tenían en cuenta las necesidades ni decisiones de los infantes a una permisividad extrema en la que son ellos los que exigen e imponen a sus padres lo que le plazca y dicte sus caprichos. La obediencia extrema, ovejuna y dócil de tiempos pasados hacía daño a la estructura y valoración personal de niños y niñas, pero también es contraproducente el que padres y maestros cedan a todas las exigencias de los menores o se les complazca en todo lo que demanden. La dignidad del niño no admite discusión alguna, pero que éste se convierta en el centro de atención de la familia pasa a ser una circunstancia negativa en la formación de la conciencia individual del niño.

 

La justicia, que en esencia es dar a cada cual lo suyo, debe ejercitarse en el hogar y en las aulas de clase y puede producir rechazo o aceptación en los menores según se ejerza en forma adecuada. No han de ser menospreciados, ni humillados, ni ridiculizados los aprendices y debe reconocérseles desde temprana edad sus cualidades y aptitudes sin caer en sobrevaloraciones desmedidas. La autoridad suprema es peligrosa porque se puede abusar de ella, afirmaba el buen rey Luis XIV de Francia, quien supo cómo se manejan correctamente los vasallos. Aconsejaba el hombre que acuñó la frase “el Estado soy yo”, no ser demasiado complaciente con los súbditos, lo que puede aplicarse a hijos y alumnos; tampoco recomendaba la excesiva severidad. Tratar bien a los demás sin caer en la concesión de demasiada familiaridad.
Sería de apreciar que los progenitores de hoy y los docentes actuales practicaran esta recomendación del célebre rey francés: “No os dejéis gobernar, sed siempre el señor”. Desde las edades más tiernas la familia y la sociedad crean las condiciones en los futuros adultos para triunfar como personas y profesionales o también son los que sientan las bases para el fracaso y el resentimiento de hombres y mujeres que no creen en las aptitudes de unos u otros o se van al extremo de considerarlos genios y demasiado sobrados en su formación personal. Hay que escuchar a madres en una conversación informal en un lugar público, las que en su mayoría les dan inmenso valor personal a sus hijos. Ellas creen haber parido nuevos Beethoven o Einstein aun cuando los varones se inclinan hoy en día por emular a las estrellas del fútbol y las mujeres a las divas del cine y la televisión. No podrán entender las ingenuas madres y los arrogantes padres que basta que sus descendientes hagan lo que les haga sentir bien o que estudien una disciplina en la que florezca su talento personal para acceder a la felicidad. No hace falta para vivir bien triunfar o sobresalir en un oficio, muchas personas de a pie ejercen actividades sencillas y nobles y son más alegres que los arrogantes ejecutivos modernos de las multinacionales bien remunerados.

 

Convencido estoy que se gozan más la vida ciertos individuos cultos, no necesariamente con cultura adquirida en las aulas, sino formados de manera autodidacta que los que buscan afanosamente acrecentar de manera desaforada sus posesiones y fortunas.

 

Felices fiestas a los lectores en esta navidad y año nuevo y hasta el 2018.


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