Reflexiones decembrinas

Por: Gustavo Salazar Pineda | Diciembre 4, 2017

Para casi todo el mundo diciembre ha sido desde su niñez el mes de la alegría y de las celebraciones religiosas y laicas más importante. Los 31 días del último mes del año suelen ser los más intensos en todo sentido; es el mes de las primas, los aguinaldos, algunos grados, de matrimonios, de primeras comuniones. Es sabido, también por tradición es el mes de las reflexiones, de las novenas y del jolgorio frente al pesebre, esa bella institución creada hace más de siete siglos por el santo carismático, el buen San Francisco de Asís.

 

Para quien esto escribe es importante seguir la senda que me he propuesto hace algunos meses: polemizar y ofrecer ideas al lector a cerca de la esencia de la vida, del buen vivir como camino hacia la felicidad y la alegría existenciales. Es posible que en ocasiones me torne repetitivo cuando no machacón y demasiado reiterativo, lo hago porque a ello me impulsa la vida que es fugaz y efímera y que solo la valoramos cuando la vemos en peligro o nos diagnostican una enfermedad grave. ¡Qué poco sabemos vivir! La vida se nos pasa y a menudo nos quejamos de que ella es muy corta y que el tiempo no alcanza, qué rápido se fue este año, solemos decir con frecuencia.

 

Pensamos que la única vida que parecía eterna era la de la niñez, las razones son muchas para pensar así, la más importante es que matamos y asesinamos el tiempo en actividades muy poco productivas espiritual, intelectual y culturalmente. Quien lee temas interesantes vive muchas vidas y cada vez es menos la gente que se dedica a la lectura de elevación y contemplación. Nada más hace pocos días, en un reconocido restaurante de la ciudad que habito, la muy convulsionada y pretenciosa de moderna, Medellín, pude observar la típica familia modélica de lo que es la vida moderna. Un padre que a pesar de tener al frente su pedido para su almuerzo no se despega de su celular ejercitando una de las más imbéciles actividades del hombre y la mujer de estos tiempos, la mirada fija en el WhatsApp, presumiendo de hombre interesante cuando no pasa de ser un adicto más a la maldita droga de la tecnología virtual. Al frente, su hija con cara de adolescente y con ínfulas de hija típica de clase media, haciendo la mismo de su papá. La mamá por algunos momentos pasaba cariñosamente sus manos por la cabeza de su distraído marido, sin que este se diera por enterado, pues daba muestras de ser más importante el pequeño aparato rectangular y la basura que las redes arrojan a muchos de sus usuarios. A final los tres apenas si saborean los platos solicitados, pues absortos estaban en sus navegaciones de internet como tres idiotas irredimibles. Al lado de ellos una madre padecía la ausencia de sus hijos que muy ataviada de regalos y vestida a la última moda compartía una especie de video conferencia. Con algunos compañeros de trabajo, como sus vecinos, otra joven descuidó por muchos minutos su comida por andar dando y recibiendo tácticas laborales. Pero eso se ve por centenares cada día. Hace apenas unos días en el corazón del barrio más aristocrático de Medellín, divisé un grupo de al menos 10 jóvenes reunidos y ninguno compenetrado con el otro, por cuanto andaban haciendo lo que hacen ahora niños, jóvenes, adultos y hasta octogenarios con su infaltable celular. Entretanto su vidas se les va de las manos, sus existencias pasan, no se dan cuenta, no tienen conciencia cómo viven, son los candidatos futuros al suicidio, es más, ya se están suicidando y de esto tampoco se han enterado estas generaciones mudas que abandonan cada día la conversación, el diálogo, la charla y la tertulia, que son las actividades más humanas que hoy creen vivir, cuando apenas aparentan existir. Clamamos contra las drogas, los medios de comunicación insisten en que hay que combatir la adicción a la cocaína, a los ácidos, a la marihuana, en tanto hacen propaganda a la peor y más dañina droga, cual es el apego enfermizo y horrorizante a las redes sociales.

 

Aprender a vivir bien, como vivían los antepasados de culturas extraordinariamente avanzadas como la quechua que ama la tierra, para no nombrar la egipcia o la mesopotámica de las que debemos tomar muchas enseñanzas. Por eso el mundo anda mal. El Tiempo, en su edición dominical última de noviembre de 2017, nos reseñó que son los daneses quienes mejor viven en el mundo; si embargo de la nota periodística solo alcanza uno a vislumbrar un país confortable y satisfecho; los animales no son felices, solo viven satisfechos, una dehesa o manada de bovinos existe en la satisfacción, no en la felicidad, luego no es fenómeno de felicidad la comodidad y el tener cierta seguridad, empleo, educación y salud garantizados.

 

De los colombianos se he dicho lo mismo en varias ocasiones, es una farsa que seamos una nación de gentes felices, quienes viven en guerra y matándose, con desempleo e inequidad social no pueden ser felices.

 

La universidad más elitista de Colombia, la de los Andes, ha reventado y sus alumnos se quejan de los costos elevados de las matrículas y algunas deficiencias académicas. Esto refrenda lo que he escrito varias veces: la humanidad sabe vivir menos en la medida que la tecnología avanza a estadios superiores.

 


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