La vida es más que tener dinero

Por: Gustavo Salazar Pineda | Octubre 10, 2017

“El día que la muerte llame a tu puerta, ¿qué le ofrecerás?, yo depositaré delante de mi invitada la jarra llena de mi vida.  Yo jamás la dejaré partir con las manos vacías”.  Bienaventuradas son sin duda las palabras del gran místico y poeta oriental, Tagore, paradigma de espiritualidad y cultor insigne del arte de vivir armoniosa y sabiamente.  Palabras profundas acerca del saber vivir con plenitud que también las encontramos en un pasaje del gran William Shakespeare, quien en su cultísima pluma habló de saber saborear la belleza, los aromas como respuesta a un pueblo y a una época que centraba el éxito, y sigue pensando y actuando igual en el dinero.

 

Las personas desprovistas de recursos económicos desafortunadamente carecen de acceso a la cultura para aprender a vivir con intensidad y no dejarse deslumbrar por la plata, el poder y otras vanidades humanas.  Los ricos, casi siempre carecen del buen gusto, la sensibilidad y la inteligencia para convertir el dinero en su vasallo para que le sirva y no en el esclavista que subyuga su voluntad, su alma y su vida misma a conseguirlo, atesorarlo y no saberlo aprovechar como medio e instrumento para la autorrealización personal y el cumplimiento de la misión a la que vinimos al mundo, esto es, crecer, conocernos, conocer otros seres, y ayudar a quienes nos necesitan como guías o faros de sus existencias.  Los ha habido en la historia que jamás han claudicado ante la tentación suprema que la plata seduce y embriaga como la vanidad y el poder a casi todos a quienes conformamos el género humano.  Es muy notorio en el diario vivir darse cuenta quienes hacen cualquier cosa, ejecutan todo tipo de acciones y cometen las peores felonías y crímenes monstruosos impulsados por la codicia, la avaricia y el deseo compulsivo de hacer dinero.  Los sicarios hacen parte de una minoría para quienes el derecho sagrado a la vida está por debajo del lucro económico.

 

No hace falta aquí recordar lo que la humanidad ha hecho durante miles de años por la propiedad privada, la tenencia de tierras, de objeto de lujos y bienes superfluos.  Miles de millones de personas han pasado por la tierra y hoy especialmente existen con la única finalidad de subsistir y muchos para morir ricos y vivir como pobres.  La educación imperante nos ha enseñado que se debe estudiar para conseguir un buen puesto que nos de dinero, pero olvida este modelo educacional que la misión de hombres y mujeres en la tierra y el ejercicio de una profesión están en segundo plano y que es más importante vivir y hacerlo como los dioses.  Esta es la razón por la cual cumplo la promesa de exponer en estas líneas algunas palabras de elogio y reconocimiento a ese hombre de origen costeño pero de alma antioqueña que enseñó a vivir como un auténtico emperador inteligente en la atrasada, pobre y aldeana Antioquia de finales del siglo XIX y principios del XX.  Si el espíritu y el alma del ya brevemente biografiado, Pepe Sierra, tuvieran como móvil y ansia de hacer dinero, atesorarlo y comprar con él tierras por cientos de miles de hectáreas, los de Coroliano Amador, se centraron en algo más que ser un rico con extraordinario poder adquisitivo.  Al igual que los cultos y refinados ganaderos y ricos de la próspera Argentina de principios del siglo XX, que aprovecharon la bonanza de exportación de carne y otros productos agropecuarios para disfrutar las maravillas del París de la etapa dorada y copiar la maravillosa arquitectura de la ciudad luz para hacerse construir palacios y preciosas mansiones en lo que es hoy el barrio Recoleta de la capital gaucha, nuestro compatriota Amador igualó al menos a los sibaritas y refinados ricos del bello país austral.

 

Las lenguas viperinas y los espíritus envidiosos que por estas tierras los ha habido en abundancia, en la Medellín de antaño lo llamaron despectiva y equivocadamente el ternero de oro, lo que está lejos de reflejar la vida culta y exquisita que llevó Amador y los suyos cual rey de Aragón, el famoso Fernando que unió su reino con la joven y astuta Isabel la Católica. Coroliano Amador, rico en dinero y en gusto, se casó también con una mujer rica y con tendencia al buen gusto, propietaria ella y su familia de la famosísima mina de oro El zancudo, conformando una familia respetada y respetable, aun cuando con el sino de los ricos, víctima de la tragedia de haber perdido en plena juventud al varón estimadísimo esta celebre pareja de Antioquia la Grande.  Del buen gusto, del refinado espíritu, del amor por lo bello y lo sublime de don Coroliano,  han quedado palacios, edificios y mansiones todavía existentes en la actualidad que se han salvado de la vulgar y rampante destrucción de la bella arquitectura medellinense de estilo colonial y corte Europeo. Supo Amador conseguir dinero pero también gastarlo excelsa y confortablemente; modelo de rico de verdad, invirtió en calidad de vida para sí y para su prole, trajo mármoles de Italia, muebles hermosos de Paris, alfombras elegantísimas de Oriente y se dió el lujo de haber importado el primer automóvil que transitó por las callejuelas empedradas y solitarias del Medellín del ayer; pasaba más de la mitad de los meses del año con una comitiva familiar extensa en el París de su mejor época; antípoda de don Pepe Sierra, Amador tuvo una excelente inteligencia existencial y utilizó como pocos magnates su abundante riqueza en beneficio de lo que más puede gustar a un hombre: las mujeres.  En el pacato, conservador y católico Medellín de hace casi un siglo, se gozó los placeres sensuales más que sexuales y eróticos con bellas féminas en su famoso palacio Miraflores, vieja construcción que subsiste al oriente de la capital Antioqueña.  La energía, los deseos y las necesidades sexuales y eróticas negados a casi toda la población Medellinense de entonces lo supo disfrutar plenamente el admirado magnate que amó a una ciudad en la que no nació construyéndole una plaza de mercado más por compartir su dinero que con ánimo de lucro.  Las autoridades de la época le recuerdan lo grande y altruista que fue llamando una de sus calles con su apellido.

 


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