Becerros y burros de oro

Por: Gustavo Salazar Pineda | Septiembre 27, 2017

Más de dos mil años hace que por medio de la literatura y la mitología nos vienen enseñando los inteligentes y muy agudos creadores de fábulas, historias y cuentos mitológicos, la forma en que ha de vivirse bien y la que no; por más que se repitan una y otra vez conductas y leyendas mitológicas los que vivimos muchísimos años después de aquellos atentos observadores de la realidad humana, no aprendemos del buen vivir.  Todavía creemos a estas alturas de la supuesta posmodernidad que se vive bien únicamente buscando fortuna a montones o atesorando bienes, preferiblemente el metal precioso apetecido del oro.  En la antigüedad existió un personaje que se hizo famoso por ser aficionado desmedido por el oro, fue rey de lidia y tuvo por nombre Creso, del que se dijo ostentó un imperio en el que abundaba más el preciado metal que granos de arena de mar; fue para aquella sociedad el paradigma del hombre rico; no sabemos, y suponemos que no, si fue un hombre feliz.  También se conoce la leyenda del Rey Midas, que anhelando ser un rey desmesuradamente rico, pidió mucho oro para sí; conocida fue su desgracia cuando se dió cuenta que tenía el don de convertir en oro todo aquello que tocaba.  Su  infortunio consistió en poder siquiera disfrutar de una buena comida, por cuanto todo manjar apetecible se transformaba en cuanto lo tocaba en el preciado metal. 

 

Tampoco los lectores o conocedores del relato bíblico, que en palabras de uno de los relatores del libro sagrado, hace un llamado para advertir que nada ganamos si accedemos a muchas riquezas si al final perdemos nuestra alma.   También hemos desaprovechado la obra del gran Goethe, en la que nos cuenta cómo un personaje le vende al malvado Mefistófeles, encarnación del mismo demonio, su alma.

 

Nuestra sociedad no ha conocido a profundidad los diferentes tipos de inteligencia o dones que tenemos las personas.  Se nos ha enseñado equivocadamente que quien posea la inteligencia lógica-matemática es inteligente, buen estudiante y promesa de un buen futuro; igualmente, que el conseguidor de dinero, el que posee una indudable inteligencia financiera, el que amase fortuna y dinero, con tal habilidad asegura su felicidad personal y logra la dicha terrenal.   Aquellos que saben utilizar otro tipo de inteligencia que comporta gozarse la sexualidad, los viajes, la lectura, la cultura y la naturaleza, no son considerados inteligentes y no pasan de ser unos románticos desadaptados o unos ilusos excesivos. 

 

La sociedad admira y rinde culto al hombre que atesora riquezas, tesoros, bienes y dinero en grandes proporciones o a la mujer que pertechada de belleza deslumbrante se labra una aparente vida de oropel y abundante felicidad.  Al detentador de más inteligencia existencial y filosófica al servicio de una buena vida basada en valores y principios que encaminen al individuo a una vida con calidad, se le considera vago, haragán o improductivo.  Olvidan que como lo enseñó el gran chamán boliviano, Chamalú, la inteligencia no es saber mucho, es saber vivir bien.  No en vano el gran y culto emperador romano, Marco Aurelio, nos dejó un pensamiento magistral para el arte de la buena vida:   “Vivir como los dioses.  Como los dioses todos aquellos que en cualquier ocasión les muestra un alma satisfecha con su destino y dócil a las aspiraciones del genio que júpiter nos ha dado a cada uno por dueño y guía”.   No es propiamente lo que han hecho conocidos multimillonarios que ha dado el mundo que pletóricos de dinero no han sabido darse una vida de lujo, incluído Henry Ford, el magnate de la industria automotriz, quien resumía de vivir sin grandes comodidades.

 

Por estas tierras tropicales, por nuestra amada Colombia y en concreto en la tierra andina antioqueña también han existido ejemplares de la raza humana cuya única finalidad y sentido que han dado a sus vidas es hacer fortunas descomunales.  Un pueblo antaño olvidado y no muy lejano de Medellín, Girardota, tuvo a uno de sus natales como insignia del arte de hacer dinero, pero pobre e inexperto en el arte de utilizarlo como medio para una vida digna y ejemplar, Pepe Sierra fue su nombre y a fuerza de trabajo desmedido, ambición extrema, sagacidad inocultable y falta de escrúpulos para acaparar tierras por miles de hectáreas y dinero en exceso, pasó a ser considerado en el siglo XIX como el típico avaro, el atesorador compulsivo de dinero, por lo que sus contemporáneos lo llamaron el becerro de oro.  Hizo este personaje de la Antioquia rural uso de la frase de Francisco de Quevedo y Villegas, poderoso caballero es don dinero, así se hizo llamar don Pepe aun cuando era un iletrado al que se le adjudicaban leyendas sobre su supina ignorancia, como aquella que escribía hacienda sin h y recriminaba a otros por no tener ninguna con la letra muda que llama un lingüista castellano a esta letra del abecedario.  A base de conocer las necesidades de pobres campesinos adquirió extensiones desmesuradas de tierra en Antioquia y Bogotá; fue prestamista usurero del estado; aprovechó su dinero para casar a su hija Clara con el hijo de un expresidente, el general Rafael Reyes; discutió y peleó con presidentes en ejercicio; despreció a los caficultores, porque decía que el café es un negocito de pobres, pero en cambio no se le conoció por llevar una buena vida, sino de un casi pordiosero. 

 

Se dijo que en su juventud trabajaba de noche y aprovechaba la luz de la luna para economizar aceite de lámparas de higuerilla; no dormía, contaba su criado, por andar apuntando en viejas libretas las ganancias de sus negocios y que fue conocido como un hombre inculto al que se le endilgó jamás haber leído un libro.  Cuenta el gran escritor antioqueño y buen biógrafo de Pepe Sánchez, Mario Escobar Velásquez, que en fotos exhibía unos labios amargos cerrados en un rictus de desprecio o hastío.  Cuando sus parientes quisieron compartir con el ricachón de Girardota un viaje por Europa, se les escapó de Puerto Berrío.  Sus hijos y parientes más cercanos gastaban la colosal fortuna en el viejo continente mientras él moría de esclerosis a la relativamente temprana edad de 73 años.  Por ahí algún día pude hojear una pequeña y bien ilustrada biografía escrita por un pariente suyo, la que cuesta un buen dinero adquirirla, pues se vendió con mucho éxito.

 

Supo crear riquezas don Pepe, pero su vida llena de millones no jamás en alegrías y felicidades.  Coroliano Amador fue su antípoda, de él escribiré más adelante.

 


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