Privaciones de la infancia, génesis del buen vivir

Por: Gustavo Salazar Pineda | Mayo 16, 2017

Los antiguos chinos e indios, especialmente el pensador Confucio así lo enseñó en sus famosos libros que tanto auge tuvieron en varias dinastías, pregonaron, y aún todavía se aplican estas enseñanzas: a los niños se les debe educar con muchas restricciones y una disciplina severa.  Dicho de manera distinta:   si una familia quiere formar muy bien a una mujer u hombre para su vida adulta ha de criársele con muchas necesidades materiales y una  férrea disciplina.  Han transcurrido cerca de tres milenios y no ha habido para la humanidad una mejor fórmula de proporción adecuada para la vida adulta del ser  humano que el diseñado por los filósofos de estas potencias culturales y espirituales.

 

En el siglo XIII, ese gran santo de la cristiandad, San Francisco de Asís, comprendió la importancia de vivir una vida austera y con restricciones como base fundamental de una vida ejemplar. No cabe duda que las penurias y las restricciones son buenas muestras para el niño en su aprendizaje en su edad superior.  Basta mirar el entorno en el que vivimos y reflexionar acerca de lo acontecido en nuestros años infantiles y compararlos con los de nuestra madurez para llegar a la conclusión, los que nos criamos en un medio donde las estrecheces económicas y la falta de lujos, en nuestras vidas adultas nos enfrentamos con mayor facilidad a las adversidades y logramos dar valor a lo que adquirimos con esfuerzo y dedicación.

 

De otra parte, es regla general, y sólo se presentan casos excepcionales, de hijos de familias acomodadas que triunfan en sus vidas y logran vivir los años de existencia con felicidad, serenidad y alegría.  Se afirma por los expertos en el tema de la navegación marítima, que un buen marino es aquel curtido en las lides de enfrentamiento a los mares bravos y borrascosos.  Igual acontece en el decurso de nuestras vidas:   nos forjamos una excelente individualidad y personalidad cuando tuvimos la feliz oportunidad de tener una infancia y adolescencia plagadas de restricciones, necesidades y carencias.

 

He cavilado durante mis años mozos y de adultez que lo mejor que me puede haber pasado es haber nacido y crecido en una numerosa familia paisa rodeado de otros nueve hermanos, en la que el más mínimo objeto y los elementos necesarios para una vida digna, se alcanzaba solo mediante el consenso en el que nuestros padres siempre pensaban en cada uno de los miembros del hogar, y así los útiles, cuadernos y demás elementos para ir  a la escuela debían ser compartidos entre nosotros, o que genera valores tan primordiales en la vida como la solidaridad, la hermandad y la gratitud, al tiempo que nos hace que seamos sensibles y poco egoístas con nuestros semejantes.  Ni qué decir de nuestros antepasados, que compartían sus prendas de vestir y muchas de ellas eran llevadas a un sastre para ser adaptadas de los hijos mayores a los menores.

 

Obsérvese y cáigase en la cuenta que las generaciones que fueron educadas en la infancia en los tiempos de la posguerra, son especialmente cultas, gratas y propensas a desarrollar capacidades empresariales y artísticas excepcionales.  Pongo de ejemplo a los españoles nacidos y criados en los años posteriores a la guerra civil de su país (de 1936 a 1939), con énfasis en los gallegos, que se vieron forzados a emigrar a tierras extrañas y que son una legión de  hombres prósperos hoy día en naciones como Argentina, particularmente en su bella capital, Buenos Aires, urbe moderna que en su hermosa calle, Avenida de Mayo, alberga numerosos restaurantes y hoteles de españoles, preferentemente gallegos.  Miles de andaluces, vascos, castellanos y catalanes emigraron a otros países europeos acosados por el hambre y las penurias de la guerra civil ibérica.  No menos dignos de admiración fueron los italianos, que huyeron de su hermosa península aupados por las dos guerras mundiales y que con tesón, disciplina y férrea voluntad creativa, se asentaron en Argentina donde son mayoría en su calidad de migrantes, y también en Venezuela, naciones donde dejaron hondas huellas en varios sectores de la economía, la industria y la cultura suramericana.   Joan Manuel Serrat, el más grande cantautor de habla hispana, nos habla a menudo de lo que implicó en su carrera artística y en su vida personal el haber nacido en una España pobre y atrasada posterior a la guerra civil, liderada por el general Francisco Franco.  La madre de Miguel Bosé, este excelente cantante hispano-panameño-colombiano, Lucía Bosé, dejó consignado en un libro que narra pasajes de su vida, lo que significó para ella ser una mujer italiana, el haber tenido una niñez que se desarrolló en la segunda guerra mundial.  Y no quiero terminar sin mencionar otro ejemplo de vida de mis paisanos y contemporáneos, los santuarianos, que se criaron en medio de adversidades económicas y restricciones grandes durante su niñez y que hoy  son considerados en el mundo entero como potentes y acaudalados mercaderes.  Mi apreciada y vecina familia liderada por un gran patriarca que fuera don Carlos Gómez Gómez, apodado cariñosamente “cacao”, es un modelo digno de emular.   Con férrea disciplina, junto con su esposa, doña Margarita, educaron cerca de una docena de hijos, entre los que destacan actualmente como grandes comerciantes Gustavo, Uriel, Jaime, Jesús María, Carlos Hernán, Luis y también algunas mujeres, entre ellas, Ana, en el ámbito nacional.  Los poderosos hoy propietarios de los supermercados el “Euro” y de varios centros comerciales en El Hueco en Medellín, los hermanos William y Humberto Duque Serna, tuvieron una infancia de carencias en nuestro natal El Santuario.  Otro ejemplo es la lección de vida de mi gran amigo, Hernán Aristizábal Agudelo, hoy destacado comerciante nacional e internacional, cuya niñez, en el hogar de don Carlos y doña Margarita, fue de pobreza económica y carencia de lujos.

 

Bienaventurados los que tienen una niñez marcada por la pobreza porque es la mejor escuela para el aprendizaje de una buena vida en la madurez, adultez y vejez.

 


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