Aprendices de la vida

Por: Gustavo Salazar Pineda | Abril 17, 2017

Comparto opinión con muchos pensadores ilustres y no tan conocidos que cada día que nos hacemos mayores vamos percibiendo en nuestras mentes y conciencias un hecho irrefutable: los seres humanos no sabemos vivir, somos eternos alumnos en el bello pero difícil arte del saber vivir.  Cometemos errores en los principales y básicos conceptos de vivir, a todo pulmón, nuestras vidas.  Los problemas, insatisfacciones, desgracias, frustraciones y resentimientos emergen del no saber vivir y en ello somos campeones eternos hombres y mujeres. La soberbia y altanería de muchos individuos y su absoluta carencia de humildad nos impide aceptar que somos unos neófitos aprendices del arte de vivir. Ilustres pensadores han dicho que cuando comenzamos a comprender el arte de vivir bien, serenos, satisfechos y felices, ya estamos próximos a la muerte, esto respecto de los que son afortunados en tan difícil aprendizaje, ya que muchos mueren sin haber conocido los misterios hermosos del buen vivir.

 

La sabiduría como último logro del ser humano es muy difícil adquirirla, pues tiene contenidos sustanciales que son cualidades muy poco comunes en esta moderna sociedad: inteligencia, prudencia, sosiego, moderación, experiencia y sentido común.  Bien nos cae en estos tiempos la brillante sentencia del gran pensador francés, Michel de Montaigne: “Que la principal ocupación de la vida, a partir de hoy, consista en vivir lo mejor posible”.  Tan grande ideal parece ser cada día menos alcanzable si nos atenemos a la notable desatención de millones de personas respecto de sus vidas y su total concentración alienante frente a los medios modernos tecnológicos de comunicación (debería decirse mejor de incomunicación) y la enfermiza de todo lo exterior con olvido de nuestro interior.

 

Resulta contradictorio que un filósofo tenido por cínico, negativo y ácido como Arthur Schopenhauer, tenga entre sus obras más amenas y provechosas el texto titulado “Aforismos sobre el arte de saber vivir”.  Mayor es nuestro asombro el provenir las enseñanzas claras y sabias sobre el arte del buen vivir de un pensador alemán, tan cuadriculados y racionales como son, comparables apenas con los japoneses, ingleses y norteamericanos.

 

El arte de vivir o la búsqueda de la felicidad fue esbozado y desarrollado hace dos milenios por el pensador español afincado en Roma, el ilustre Séneca, en su pequeña obra sobre la vida feliz.  Aristóteles, Sócrates, Platón, Epicuro, entre otros en la antigua Grecia, no hicieron otra cosa que vivir para filosofar,  sus pensamientos tenían como tema central la obtención de la felicidad. 

 

Todos sabemos por experiencia que los humanos somos esencialmente iguales, que nos mueven los mismos motivos para vivir, nos gustan las mismas cosas, tenemos los mismos deseos y queremos los mismos logros, especialmente, vivir placentera y dichosamente, el cómo hacerlo es la dificultad que se nos ha presentado en toda la historia de la humanidad. 

 

En otros tiempos mujeres y hombres se complacían de llevar una vida intelectual, culta y lujosa en el plano del conocimiento.  Hubo aristócratas intelectuales por decenas que ya pocos podemos tener en esta frenética sociedad de hoy.  El disfrute de goces y placeres en esta época, mal llamada moderna, ha disminuido mucho y más parece que padecemos un agobio y un estrés en nuestro objetivo de vivir.

 

El anhelo de Aristóteles de que nuestro destino no sea simplemente vivir, sino vivir bien, está cada día más lejano.  Mi admirado filósofo Epicuro, gestor de la vida sibarita, gozosa y placentera, dijo con mucho tino:   “Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre, porque así como no es útil la medicina si no suprime enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía sino suprime los sufrimientos del alma”.

 

Los siete sabios de la Grecia antigua dejaron para la posteridad los mínimos requisitos que todo individuo debe tener si aspira a ser un buen viviente, un excelente gozador de la vida a la que le extrae lo mejor de ella.  “Conócete a ti mismo”, fue el letrero que colocó uno de los sabios antiguos en el templo de Delfos.  “Hazte tú mismo”, fue otra sentencia esculpida en lugares públicos como enseñanza básica del arte del buen vivir.   Ahora lo que hacemos es querer imitar a otros, dejar de ser nosotros mismos y pretender vivir copiando modelos o estilos de la vida de los llamados famosos.   Los placeres de la vida sencilla, aldeana y retirada, tan aclamados en tiempos anteriores, ya no parecen hacer parte de la vorágine que son las urbes y ciudades de nuestro tiempo.

 

En la Edad Media, el reconocimiento interior, la contemplación y la tranquilidad del alma, era no solo atributo de santos, monjes o eremitas.  Schopenhauer, que era un hombre muy ilustrado, aprovechó las enseñanzas del filósofo griego, Epícteto, de Montaigne, de Voltaire, entre otros, para enseñarnos el complicado arte del buen vivir.  Tres fueron los pilares donde edificó el filósofo alemán la teoría del buen vivir, las tres clases de bienes de la vida humana:   la personalidad del individuo, los bienes y posesiones materiales y el honor o concepto que de uno tienen los demás.  En ese orden coloca el buen camino para una existencia feliz, alegre y fructífera. 

 


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