Las fallas de la justicia en Colombia

De todos es sabido que la crisis de la justicia en Colombia es uno de los problemas más serios y complejos por resolver. Proyectos como el de la JEP, casos controversiales de parapolítica, falsos positivos o errores de congresistas o políticos encarcelados injustamente durante meses o años, no hacen sino sembrar de dudas la eficacia de la justicia y minan la confianza entre el pueblo, que al final, desencantado, o la ignora, o simplemente acaba por pensar: “todos los políticos son iguales”.

 

El último episodio que salpica a la alcaldía de Montería, cuanto menos arroja muchas dudas del proceso que se inició el viernes con la Operación de Cristal. Con un respaldo popular poco visto en Colombia, las alcaldías de Marcos Daniel Pineda y Carlos Eduardo Correa, ha sido modelo nacional e internacional de gestiòn y eficacia en una ciudad intermedia que pide paso entre las importantes del paìs. Pues bien, en los últimos días, se han visto salpicados por unas supuestas irregularidades que la Fiscalía imputa a ambos alcaldes por la obra del Coliseo Happy Lora, en la capital cordobesa. Nadie entiende que los mejores alcaldes en popularidad y gestión de los últimos años estén envueltos en este escándalo.

 

Cuando rascas un poco y comienzas a investigar, con documentos y testimonios, te das cuenta que en este país, especialmente para el político honrado, decente y que intenta hacer las cosas con la ley por delante, es muy difícil ejecutar, hacer, gobernar, en resumen. Sin entrar en el papel de juez o fiscal, y siguiendo con este caso, que nos ocupará los próximos meses, ¿me gustaría que se explicara a la opinión pública dónde está el delito? La obra de la discordia, es una de las pocas del país que el valor inicial es el mismo final y jamás tuvo una adición ni un sobrecosto,  A los alcaldes, hoy en día retenidos cinco días después sin imputación clara de cargos, no se les acusa de embolsillarse ni un peso, sino de “presunta corrupción” en el manejo del presupuesto, sin aclarar más.

 

Por si fuera poco el embrollo, dicha obra no era exclusivamente de la Alcaldía. En el proceso de contratación y adjudicación intervinieron MinCultura, DNP, Coldeportes y la Gobernación. Era el gobierno central y el DNP quien inyectaba plata de las regalías para la construcción, pero al haber retrasos porque hubo que cambiar los diseños iniciales por no cumplir la norma de sismorresistencia, levantó sospechas de los entes de control.

 

Lo más surrealista de todo es que la obra ya se entregó, con retraso, pero ahí está para el disfrute de los deportistas monterianos. Si un retraso es motivo de escarnio público de un servidor, en un país donde la burocracia mata al reloj, todos los regidores o cargos públicos deberían estar tras la rejas. De eso no creo que haya dudas.

 

Como muchos millones de ciudadanos, esperamos que se aclaren las circunstancias de estas detenciones, por el bien de Colombia, la dignidad de la justicia y la creencia de que no todos los cargos públicos y gente de bien se meten en política para robar. El país estaría muy enfermo si pensamos eso.

Los últimos días del madurismo

En pocos países del mundo (o ninguno) salvo Venezuela, una sociedad civil hubiera aguantado tanto tiempo sin rebelarse una situación económica y social tan grave, tan precaria, como la que atraviesa el país presidido antes por Chávez y ahora por Maduro. La idiosincrasia caribeña de los venezolanos, unido a ciertos factores de economía macrosubsidiada y corrupción, han sido en la última década el caldo de cultivo ideal para que el régimen chavista subsistiera día a día con más penurias que otra cosa. El tejido industrial, que es el que genera riqueza y empleo en una economía, se ha visto degradado poco a poco hasta prácticamente la inexistencia. Si a ello le unimos el derrumbe del precio del petróleo, el resultado es una estocada mortal para un régimen insostenible desde todo ángulo.

 

Mucho ha sufrido ya el pueblo. Desde el 4 de abril, una parte mayoritaria ya desesperada, sin comida ni medicinas, se viene echando a las calles del país todos los días para mostrarle al gobierno y al mundo entero que lo que pasa en Venezuela ya dejó de ser una crisis interna para convertirse en una situación humanitaria. Desde el comienzo de las manifestaciones, van 42 muertos, cientos de heridos y casi 2000 detenidos. Ante esta escalada de la violencia, uno se pregunta hasta cuando proseguirá esta sangría. ¿Cuántos muertos tienen que venir más para que las conciencias lleven la cordura al Gobierno? ¿En qué momento organismos internacionales como Naciones Unidas o Cruz Roja Internacional tendrán que intervenir?

 

La conversación que mantuve recientemente con Lilian Tintori, esposa del Leopoldo López, me dejó bien a las claras que en esta ocasión, a diferencia de 2014, el pueblo no se va a dejar del Gobierno y que seguirán tomando las calles hasta que el Gobierno convoque elecciones. En estos 3 años, el régimen ha entrado en una decadencia imposible de recomponer. La economía está completamente destruida y la deuda del país, especialmente con China, hace inviable el sistema de subsidios.

 

Sin embargo, discrepo de una cosa con Lilian. Ella está convencida de que la única salida a la crisis humanitaria es la salida de Maduro y la convocatoria de elecciones en diciembre de este año. Creo que es el mensaje que debe decir, pero es poco realista pensar que Maduro, precisamente ahora que está sacando su versión más violenta a las calles, deje el poder de forma voluntaria porque sí, sin más. Eso, lamentablemente no va a suceder. La solución está en el ejército. Ellos son los que tienen que hacer ver al gobierno que sí o sí, el sueño revolucionario chavista terminó. Mientras que eso no pase, seguirá corriendo sangre y miseria por las calles de Venezuela. Y el mundo, mientras tanto, mirando para otro lado.

Los últimos días del madurismo

En pocos países del mundo (o ninguno) salvo Venezuela, una sociedad civil hubiera aguantado tanto tiempo sin rebelarse una situación económica y social tan grave, tan precaria, como la que atraviesa el país presidido antes por Chávez y ahora por Maduro. La idiosincrasia caribeña de los venezolanos, unido a ciertos factores de economía macrosubsidiada y corrupción, han sido en la última década el caldo de cultivo ideal para que el régimen chavista subsistiera día a día con más penurias que otra cosa. El tejido industrial, que es el que genera riqueza y empleo en una economía, se ha visto degradado poco a poco hasta prácticamente la inexistencia. Si a ello le unimos el derrumbe del precio del petróleo, el resultado es una estocada mortal para un régimen insostenible desde todo ángulo.

 

Mucho ha sufrido ya el pueblo. Desde el 4 de abril, una parte mayoritaria ya desesperada, sin comida ni medicinas, se viene echando a las calles del país todos los días para mostrarle al gobierno y al mundo entero que lo que pasa en Venezuela ya dejó de ser una crisis interna para convertirse en una situación humanitaria. Desde el comienzo de las manifestaciones, van 42 muertos, cientos de heridos y casi 2000 detenidos. Ante esta escalada de la violencia, uno se pregunta hasta cuando proseguirá esta sangría. ¿Cuántos muertos tienen que venir más para que las conciencias lleven la cordura al Gobierno? ¿En qué momento organismos internacionales como Naciones Unidas o Cruz Roja Internacional tendrán que intervenir?

 

La conversación que mantuve recientemente con Lilian Tintori, esposa del Leopoldo López, me dejó bien a las claras que en esta ocasión, a diferencia de 2014, el pueblo no se va a dejar del Gobierno y que seguirán tomando las calles hasta que el Gobierno convoque elecciones. En estos 3 años, el régimen ha entrado en una decadencia imposible de recomponer. La economía está completamente destruida y la deuda del país, especialmente con China, hace inviable el sistema de subsidios.

 

Sin embargo, discrepo de una cosa con Lilian. Ella está convencida de que la única salida a la crisis humanitaria es la salida de Maduro y la convocatoria de elecciones en diciembre de este año. Creo que es el mensaje que debe decir, pero es poco realista pensar que Maduro, precisamente ahora que está sacando su versión más violenta a las calles, deje el poder de forma voluntaria porque sí, sin más. Eso, lamentablemente no va a suceder. La solución está en el ejército. Ellos son los que tienen que hacer ver al gobierno que sí o sí, el sueño revolucionario chavista terminó. Mientras que eso no pase, seguirá corriendo sangre y miseria por las calles de Venezuela. Y el mundo, mientras tanto, mirando para otro lado.

El por qué del éxito de Trump

Después de dos meses de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos, muchos se preguntan por las razones del éxito de Donald Trump. El mundo ya se ha dado cuenta que el magnate con cara cowboy perdonavidas no iba en broma.


Su tono arrogante, su mal genio, sus cuestionables modales, no sólo molestan al mundo, sino que llenan de desconcierto la diplomacia internacional, pero al mismo tiempo sus correligionarios o votantes están encantados de saber que este tipo sí va a mirar por sus intereses (en teoría).

 

Su mensaje claro, directo, sin rodeos, absolutamente políticamente incorrecto llegó al corazón (y al hígado) del votante medio norteamericano desencantado, golpeado por la crisis económica internacional y sin mucho que perder. Parte del éxito de Trump es decir las cosas sin complejos, de una manera que entiende todo el mundo. La mayoría de políticos se afanan en hablar con palabras elegantes y rebuscadas que el común del pueblo no entiende.

 

La mayoría de políticos quiere quedar bien con todo el mundo. Esa dictadura de lo políticamente correcto, aumentado en la última década, de intentar contentar a sectores minoritarios de la sociedad a costa de castigar o ignorar a la mayoría, aburre a la mayoría de los votantes. Un hombre, un voto.

 

Trump es un excéntrico (los millonarios no son locos, sino excéntricos) bien audaz. Supo ver los puntos débiles de sus rivales para vencerlos uno a uno sin compasión, primero a sus ‘compañeros’ republicanos y luego a Hillary Clinton, que tampoco levantaba mucho entusiasmo entre los suyos… y todo con el 99% de los periodistas en contra. Precisamente, creo que esa ha sido una de las tácticas más inteligentes del nuevo presidente.

 

Acercarse al pueblo de una manera directa, en su twitter, pasando por encima de la prensa. Los periodistas casi siempre nos creemos muy importantes e influyentes, lo cierto es que cada vez lo somos menos.

 

El poder y la cercanía de las redes sociales ha desbaratado el mundo de la prensa tradicional y en general la prepotencia de muchos compañeros periodistas. Esa prepotencia, falta de rigor y afán de protagonismo de muchos de nosotros no le gusta a la gente. En general a casi nadie, que ve a los periodistas como personas manipuladoras, amarillistas e interesadas. Y así estamos. En un mundo en el que las noticias mentirosas se mezclan con las reales, un escenario ideal para los populistas como Trump. Y ojo a Reino Unido o Francia, que pueden ser los siguientes.

 

El que Trump ponga a los medios en el punto de mira continuamente no es un capricho de excéntrico que se siente el rey del mundo, simplemente sabe que los periodistas en general caemos mal a la gente y se alinea con la masa de esa manera. Audaz sí es.