Aprendices de la vida

Comparto opinión con muchos pensadores ilustres y no tan conocidos que cada día que nos hacemos mayores vamos percibiendo en nuestras mentes y conciencias un hecho irrefutable: los seres humanos no sabemos vivir, somos eternos alumnos en el bello pero difícil arte del saber vivir.  Cometemos errores en los principales y básicos conceptos de vivir, a todo pulmón, nuestras vidas.  Los problemas, insatisfacciones, desgracias, frustraciones y resentimientos emergen del no saber vivir y en ello somos campeones eternos hombres y mujeres. La soberbia y altanería de muchos individuos y su absoluta carencia de humildad nos impide aceptar que somos unos neófitos aprendices del arte de vivir. Ilustres pensadores han dicho que cuando comenzamos a comprender el arte de vivir bien, serenos, satisfechos y felices, ya estamos próximos a la muerte, esto respecto de los que son afortunados en tan difícil aprendizaje, ya que muchos mueren sin haber conocido los misterios hermosos del buen vivir.

 

La sabiduría como último logro del ser humano es muy difícil adquirirla, pues tiene contenidos sustanciales que son cualidades muy poco comunes en esta moderna sociedad: inteligencia, prudencia, sosiego, moderación, experiencia y sentido común.  Bien nos cae en estos tiempos la brillante sentencia del gran pensador francés, Michel de Montaigne: “Que la principal ocupación de la vida, a partir de hoy, consista en vivir lo mejor posible”.  Tan grande ideal parece ser cada día menos alcanzable si nos atenemos a la notable desatención de millones de personas respecto de sus vidas y su total concentración alienante frente a los medios modernos tecnológicos de comunicación (debería decirse mejor de incomunicación) y la enfermiza de todo lo exterior con olvido de nuestro interior.

 

Resulta contradictorio que un filósofo tenido por cínico, negativo y ácido como Arthur Schopenhauer, tenga entre sus obras más amenas y provechosas el texto titulado “Aforismos sobre el arte de saber vivir”.  Mayor es nuestro asombro el provenir las enseñanzas claras y sabias sobre el arte del buen vivir de un pensador alemán, tan cuadriculados y racionales como son, comparables apenas con los japoneses, ingleses y norteamericanos.

 

El arte de vivir o la búsqueda de la felicidad fue esbozado y desarrollado hace dos milenios por el pensador español afincado en Roma, el ilustre Séneca, en su pequeña obra sobre la vida feliz.  Aristóteles, Sócrates, Platón, Epicuro, entre otros en la antigua Grecia, no hicieron otra cosa que vivir para filosofar,  sus pensamientos tenían como tema central la obtención de la felicidad. 

 

Todos sabemos por experiencia que los humanos somos esencialmente iguales, que nos mueven los mismos motivos para vivir, nos gustan las mismas cosas, tenemos los mismos deseos y queremos los mismos logros, especialmente, vivir placentera y dichosamente, el cómo hacerlo es la dificultad que se nos ha presentado en toda la historia de la humanidad. 

 

En otros tiempos mujeres y hombres se complacían de llevar una vida intelectual, culta y lujosa en el plano del conocimiento.  Hubo aristócratas intelectuales por decenas que ya pocos podemos tener en esta frenética sociedad de hoy.  El disfrute de goces y placeres en esta época, mal llamada moderna, ha disminuido mucho y más parece que padecemos un agobio y un estrés en nuestro objetivo de vivir.

 

El anhelo de Aristóteles de que nuestro destino no sea simplemente vivir, sino vivir bien, está cada día más lejano.  Mi admirado filósofo Epicuro, gestor de la vida sibarita, gozosa y placentera, dijo con mucho tino:   “Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre, porque así como no es útil la medicina si no suprime enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía sino suprime los sufrimientos del alma”.

 

Los siete sabios de la Grecia antigua dejaron para la posteridad los mínimos requisitos que todo individuo debe tener si aspira a ser un buen viviente, un excelente gozador de la vida a la que le extrae lo mejor de ella.  “Conócete a ti mismo”, fue el letrero que colocó uno de los sabios antiguos en el templo de Delfos.  “Hazte tú mismo”, fue otra sentencia esculpida en lugares públicos como enseñanza básica del arte del buen vivir.   Ahora lo que hacemos es querer imitar a otros, dejar de ser nosotros mismos y pretender vivir copiando modelos o estilos de la vida de los llamados famosos.   Los placeres de la vida sencilla, aldeana y retirada, tan aclamados en tiempos anteriores, ya no parecen hacer parte de la vorágine que son las urbes y ciudades de nuestro tiempo.

 

En la Edad Media, el reconocimiento interior, la contemplación y la tranquilidad del alma, era no solo atributo de santos, monjes o eremitas.  Schopenhauer, que era un hombre muy ilustrado, aprovechó las enseñanzas del filósofo griego, Epícteto, de Montaigne, de Voltaire, entre otros, para enseñarnos el complicado arte del buen vivir.  Tres fueron los pilares donde edificó el filósofo alemán la teoría del buen vivir, las tres clases de bienes de la vida humana:   la personalidad del individuo, los bienes y posesiones materiales y el honor o concepto que de uno tienen los demás.  En ese orden coloca el buen camino para una existencia feliz, alegre y fructífera. 

 

Aprendices de la vida

Comparto opinión con muchos pensadores ilustres y no tan conocidos que cada día que nos hacemos mayores vamos percibiendo en nuestras mentes y conciencias un hecho irrefutable: los seres humanos no sabemos vivir, somos eternos alumnos en el bello pero difícil arte del saber vivir.  Cometemos errores en los principales y básicos conceptos de vivir, a todo pulmón, nuestras vidas.  Los problemas, insatisfacciones, desgracias, frustraciones y resentimientos emergen del no saber vivir y en ello somos campeones eternos hombres y mujeres. La soberbia y altanería de muchos individuos y su absoluta carencia de humildad nos impide aceptar que somos unos neófitos aprendices del arte de vivir. Ilustres pensadores han dicho que cuando comenzamos a comprender el arte de vivir bien, serenos, satisfechos y felices, ya estamos próximos a la muerte, esto respecto de los que son afortunados en tan difícil aprendizaje, ya que muchos mueren sin haber conocido los misterios hermosos del buen vivir.

 

La sabiduría como último logro del ser humano es muy difícil adquirirla, pues tiene contenidos sustanciales que son cualidades muy poco comunes en esta moderna sociedad: inteligencia, prudencia, sosiego, moderación, experiencia y sentido común.  Bien nos cae en estos tiempos la brillante sentencia del gran pensador francés, Michel de Montaigne: “Que la principal ocupación de la vida, a partir de hoy, consista en vivir lo mejor posible”.  Tan grande ideal parece ser cada día menos alcanzable si nos atenemos a la notable desatención de millones de personas respecto de sus vidas y su total concentración alienante frente a los medios modernos tecnológicos de comunicación (debería decirse mejor de incomunicación) y la enfermiza de todo lo exterior con olvido de nuestro interior.

 

Resulta contradictorio que un filósofo tenido por cínico, negativo y ácido como Arthur Schopenhauer, tenga entre sus obras más amenas y provechosas el texto titulado “Aforismos sobre el arte de saber vivir”.  Mayor es nuestro asombro el provenir las enseñanzas claras y sabias sobre el arte del buen vivir de un pensador alemán, tan cuadriculados y racionales como son, comparables apenas con los japoneses, ingleses y norteamericanos.

 

El arte de vivir o la búsqueda de la felicidad fue esbozado y desarrollado hace dos milenios por el pensador español afincado en Roma, el ilustre Séneca, en su pequeña obra sobre la vida feliz.  Aristóteles, Sócrates, Platón, Epicuro, entre otros en la antigua Grecia, no hicieron otra cosa que vivir para filosofar,  sus pensamientos tenían como tema central la obtención de la felicidad. 

 

Todos sabemos por experiencia que los humanos somos esencialmente iguales, que nos mueven los mismos motivos para vivir, nos gustan las mismas cosas, tenemos los mismos deseos y queremos los mismos logros, especialmente, vivir placentera y dichosamente, el cómo hacerlo es la dificultad que se nos ha presentado en toda la historia de la humanidad. 

 

En otros tiempos mujeres y hombres se complacían de llevar una vida intelectual, culta y lujosa en el plano del conocimiento.  Hubo aristócratas intelectuales por decenas que ya pocos podemos tener en esta frenética sociedad de hoy.  El disfrute de goces y placeres en esta época, mal llamada moderna, ha disminuido mucho y más parece que padecemos un agobio y un estrés en nuestro objetivo de vivir.

 

El anhelo de Aristóteles de que nuestro destino no sea simplemente vivir, sino vivir bien, está cada día más lejano.  Mi admirado filósofo Epicuro, gestor de la vida sibarita, gozosa y placentera, dijo con mucho tino:   “Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre, porque así como no es útil la medicina si no suprime enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía sino suprime los sufrimientos del alma”.

 

Los siete sabios de la Grecia antigua dejaron para la posteridad los mínimos requisitos que todo individuo debe tener si aspira a ser un buen viviente, un excelente gozador de la vida a la que le extrae lo mejor de ella.  “Conócete a ti mismo”, fue el letrero que colocó uno de los sabios antiguos en el templo de Delfos.  “Hazte tú mismo”, fue otra sentencia esculpida en lugares públicos como enseñanza básica del arte del buen vivir.   Ahora lo que hacemos es querer imitar a otros, dejar de ser nosotros mismos y pretender vivir copiando modelos o estilos de la vida de los llamados famosos.   Los placeres de la vida sencilla, aldeana y retirada, tan aclamados en tiempos anteriores, ya no parecen hacer parte de la vorágine que son las urbes y ciudades de nuestro tiempo.

 

En la Edad Media, el reconocimiento interior, la contemplación y la tranquilidad del alma, era no solo atributo de santos, monjes o eremitas.  Schopenhauer, que era un hombre muy ilustrado, aprovechó las enseñanzas del filósofo griego, Epícteto, de Montaigne, de Voltaire, entre otros, para enseñarnos el complicado arte del buen vivir.  Tres fueron los pilares donde edificó el filósofo alemán la teoría del buen vivir, las tres clases de bienes de la vida humana:   la personalidad del individuo, los bienes y posesiones materiales y el honor o concepto que de uno tienen los demás.  En ese orden coloca el buen camino para una existencia feliz, alegre y fructífera. 

 

Los placeres del buen vivir

Consciente he sido desde muy temprana edad que la importancia suprema que en el ser humano tiene valorar los sencillos pero grandes placeres, que además de hacernos felices, nos proporcionan la posibilidad de extraer lo mejor que la existencia nos brinda.

 

Probablemente algunos lectores den por sabido cuáles son las cosas, ideas, logros y metas que conducen a un buen vivir, y determinantes, en última instancia, de la felicidad humana.  También los puede haber que les parezca demasiado obvio exponer qué es lo que nos gusta en el diario luchar por la conquista del bienestar personal; y no faltan los que consideran demasiado obvio lo que pretendo exponer en esta columna.  Sin embargo, en mi concepto no es tan fácil concebir acertadamente cuáles son los temas neurálgicos de nuestras vidas que nos hacen felices y plenos en el arduo camino de la vida.  Si así no fuera no encontraríamos explicación a lo desbarajustado y caótico que andan el hombre y la mujer del tercer milenio, ni el   por qué se dan tantas guerras, ni millones de seres viven en la infelicidad y otros desesperados con sus existencias recurren al suicidio como único remedio de su tediosa forma de vivir.

 

Pertenecemos a una sociedad materialista, hedonista al extremo, egoísta, cuya meta principal es la consecución de dinero, la acumulación de bienes y en tiempos recientes la admiración de otros, lo que se ha dado en llamar fama o reconocimiento de nuestros congéneres.  Hastag, facebook y otras formas cibernéticas de exhibición, demuestran el hambre de presentarnos ante los demás como únicos, singulares, exitosos y dignos de tener una buena reputación social. En tiempos pasados casi nadie se interesaba por las vidas ajenas y pocos exhibían y mostraban su intimidad ante otros. En la actualidad, lo que pretenden los adictos a las redes sociales, es ser el centro de atracción a costa de feriar, ridículamente a veces, nuestra cotidianidad. Mostrar a otros que viajamos, que asistimos a los mejores eventos musicales, que cenamos en restaurantes de alta calidad y nos relacionamos con la gente más bella y famosa de nuestro entorno, es la tendencia moderna de comunicarnos con otros igualmente ávidos de contar lo mismo.

 

En síntesis, poco nos importa el ser interior, nuestro espíritu, lo que somos en esencia humanamente hablando; lo que interesa al hombre moderno, entendido también el género femenino, es la apariencia, el qué dirán, la imagen, con abandono total de nuestra verdadera individualidad e identidad. Todo ello constituye lo contrario del arte del buen vivir. De allí que muchos de nuestros políticos no se interesen por vendernos ideas buenas para mejorar nuestras vidas, sino que pretenden, por medio de publicistas y directores de imagen, mostrarnos una falsa simpatía alambicada con una mueca o sonrisa impostada; también muchos vanos y pretenciosos ejecutivos y burócratas de alto nivel pueden ser simpáticos en su intimidad, pero déspotas y superficiales en el ejercicio de su oficio profesional. También engloban tales conductas una forma incorrecta de ejercitar el buen vivir.

 

Que el arte del buen vivir esté en decadencia lo prueba el hecho que cada vez conocemos menos hombres y mujeres joviales, simpáticos y tengan lo que en el idioma castellano se llama bonhomía. El hermoso vocablo que utilizara el poeta español, Antonio Machado, que representa al muy buen ciudadano y a una excelente persona.

 

A este columnista no le cabe duda alguna que la vieja China rural y la India menos tecnológica que la de hoy, de ambiente campestre y sin populosas como desiguales ciudades como Nueva Delhi, Bombay y otras, representan las sociedades más cercanas al ideal de la buena vida y pioneras en el arte del buen vivir. En contraste con nuestra cultura occidental, dentro de la cual cabe incluir nuestra sociedad iberoamericana.  Desde la educación infantil y hogareña nos enseñan a enfrentarnos a la vida para la subsistencia y la manutención propia y de la familia, con abandono total de todos los aspectos que conllevan al ser humano a ser una persona feliz y realizada. No nos enseñan a cambiar los temores, ansiedades, celos y envidias, sino que nos potencian para ser egoístamente competitivos.

 

Los placeres duraderos y dignos de ser tenidos como fuente de felicidad (la buena comida, el buen sexo, los viajes, la amistad, la buena convivencia, etc.), poco importa ya, lo que nos interesa es tener y no ser, atesorar no disfrutar, todo ello enemigo del buen vivir.

 

Los placeres del buen vivir

Consciente he sido desde muy temprana edad que la importancia suprema que en el ser humano tiene valorar los sencillos pero grandes placeres, que además de hacernos felices, nos proporcionan la posibilidad de extraer lo mejor que la existencia nos brinda.

 

Probablemente algunos lectores den por sabido cuáles son las cosas, ideas, logros y metas que conducen a un buen vivir, y determinantes, en última instancia, de la felicidad humana.  También los puede haber que les parezca demasiado obvio exponer qué es lo que nos gusta en el diario luchar por la conquista del bienestar personal; y no faltan los que consideran demasiado obvio lo que pretendo exponer en esta columna.  Sin embargo, en mi concepto no es tan fácil concebir acertadamente cuáles son los temas neurálgicos de nuestras vidas que nos hacen felices y plenos en el arduo camino de la vida.  Si así no fuera no encontraríamos explicación a lo desbarajustado y caótico que andan el hombre y la mujer del tercer milenio, ni el   por qué se dan tantas guerras, ni millones de seres viven en la infelicidad y otros desesperados con sus existencias recurren al suicidio como único remedio de su tediosa forma de vivir.

 

Pertenecemos a una sociedad materialista, hedonista al extremo, egoísta, cuya meta principal es la consecución de dinero, la acumulación de bienes y en tiempos recientes la admiración de otros, lo que se ha dado en llamar fama o reconocimiento de nuestros congéneres.  Hastag, facebook y otras formas cibernéticas de exhibición, demuestran el hambre de presentarnos ante los demás como únicos, singulares, exitosos y dignos de tener una buena reputación social. En tiempos pasados casi nadie se interesaba por las vidas ajenas y pocos exhibían y mostraban su intimidad ante otros. En la actualidad, lo que pretenden los adictos a las redes sociales, es ser el centro de atracción a costa de feriar, ridículamente a veces, nuestra cotidianidad. Mostrar a otros que viajamos, que asistimos a los mejores eventos musicales, que cenamos en restaurantes de alta calidad y nos relacionamos con la gente más bella y famosa de nuestro entorno, es la tendencia moderna de comunicarnos con otros igualmente ávidos de contar lo mismo.

 

En síntesis, poco nos importa el ser interior, nuestro espíritu, lo que somos en esencia humanamente hablando; lo que interesa al hombre moderno, entendido también el género femenino, es la apariencia, el qué dirán, la imagen, con abandono total de nuestra verdadera individualidad e identidad. Todo ello constituye lo contrario del arte del buen vivir. De allí que muchos de nuestros políticos no se interesen por vendernos ideas buenas para mejorar nuestras vidas, sino que pretenden, por medio de publicistas y directores de imagen, mostrarnos una falsa simpatía alambicada con una mueca o sonrisa impostada; también muchos vanos y pretenciosos ejecutivos y burócratas de alto nivel pueden ser simpáticos en su intimidad, pero déspotas y superficiales en el ejercicio de su oficio profesional. También engloban tales conductas una forma incorrecta de ejercitar el buen vivir.

 

Que el arte del buen vivir esté en decadencia lo prueba el hecho que cada vez conocemos menos hombres y mujeres joviales, simpáticos y tengan lo que en el idioma castellano se llama bonhomía. El hermoso vocablo que utilizara el poeta español, Antonio Machado, que representa al muy buen ciudadano y a una excelente persona.

 

A este columnista no le cabe duda alguna que la vieja China rural y la India menos tecnológica que la de hoy, de ambiente campestre y sin populosas como desiguales ciudades como Nueva Delhi, Bombay y otras, representan las sociedades más cercanas al ideal de la buena vida y pioneras en el arte del buen vivir. En contraste con nuestra cultura occidental, dentro de la cual cabe incluir nuestra sociedad iberoamericana.  Desde la educación infantil y hogareña nos enseñan a enfrentarnos a la vida para la subsistencia y la manutención propia y de la familia, con abandono total de todos los aspectos que conllevan al ser humano a ser una persona feliz y realizada. No nos enseñan a cambiar los temores, ansiedades, celos y envidias, sino que nos potencian para ser egoístamente competitivos.

 

Los placeres duraderos y dignos de ser tenidos como fuente de felicidad (la buena comida, el buen sexo, los viajes, la amistad, la buena convivencia, etc.), poco importa ya, lo que nos interesa es tener y no ser, atesorar no disfrutar, todo ello enemigo del buen vivir.

 

Educar a los educadores

Si como viene de demostrarse por medio de varias columnas, que padres de familia, profesores, sacerdotes, orientadores en general de la sociedad, dentro de los cuales juegan en la actualidad un papel importante los poderosos medios de comunicación, con la televisión a la cabeza y en grado primordial algunos youtubers que utilizan las redes sociales para anunciar, vender o difundir ideas, se hace imperioso que estos privilegiados educadores tomen conciencia y adquieran conocimientos tendientes a tener una excelente formación humanística, que es lo que finalmente le hace falta a esta alocada, materialista y consumista agrupación social del siglo XXI.

 

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La dictadura del periodismo

Durante muchísimos años la gran prensa ha sostenido un repetido y monótono discurso según el cual la peor lacra social la constituyen las dictaduras, por cuanto en ellas se suprimen todas las libertades individuales y especialmente sufre mengua la llamada libertad de prensa, sujeta casi siempre, a una mordaza entre este tipo de regímenes.  Nada había o tal hay más despreciado por los periodistas que los gobiernos de facto y sus dictatoriales formas de ejercer el poder.  Sin embargo, lo que hacían antes los detentadores omnímodos del poder dictatorial pasó a ser una práctica cada vez mucho más extendida de muchos comunicadores de estos tiempos.

 

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Una sociedad sin maestros

Vengo de demostrar la decadencia y crisis sufridas en muchos países hace muchas décadas, este factor, ya se dijo, constituye   uno de los primordiales o principales problemas para entender lo que viene ocurriendo en la convulsionada sociedad desde mediados del siglo pasado y las dos décadas del presente.  La educación mal concebida y también en decadencia en los últimos tiempos, ha contribuido a la crisis aguda que vivimos como tejido social en esta llamada sociedad moderna.

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Repensar la familia

No tengo la vana pretensión de esbozar en estos comentarios o ideas aquí expresadas una tesis sociológica que exponga la necesidad de recomponer la vetusta y añeja familia tradicional, sencillamente diré que los modelos familiares comunitarios, existentes aún en algunos países africanos y que dan importancia al núcleo familiar amplio y extenso y no basado en la pareja como la conocemos en nuestra cultura, es un buen ejemplo de convivencia familiar. 

 

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El sistema familiar soporte de la sociedad

Antes que la sociología hiciera su aparición como ciencia al servicio de la comprensión de la sociedad, se había ya definido a la familia como base del estado y especialmente del conglomerado humano.  Federico Engels fue un estudioso de la familia y lo que nos legó es la enseñanza que el ser humano ha vivido siempre en familia y a distintas épocas corresponde un modelo familiar específico.  La nuestra es indudablemente la familia consanguínea patriarcal con predominio del varón frente a la mujer; en el matrimonio la igualdad pregonada de sexos es un tema de las últimas décadas, igualdad más teórica que práctica, dado que quedan todavía muchos vestigios del machismo extremo de nuestros antepasados.

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La familia atomizada

Los rasgos particulares de la actual sociedad neurótica, compulsiva en el consumo, ávida de amor, ternura y cariño de hombres y mujeres cada vez más vacíos, ligeros de pensamiento, de vidas sin rumbo y sin metas de autorrealización personal, entregada frenética y compulsivamente a la tecnología cibernética, a la Internet, a las redes sociales, no obedece principalmente, sino secundariamente a la quiebra de valores humanos.

 

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