El buen vivir y el dinero

Quizá suene machacón lo que voy a decir: aparentemente para hacer la vida un festín se necesita mucho dinero, pero lo cierto es lo contrario, que los ricos por regla general olvidan el arte de saber vivir por andar inmersos en sus negocios y en la rentabilidad que puedan arrojar los mismos.

 

Aprovecho la oportunidad que por coincidencia nos ha dado el buen cronista del periódico El Colombiano, José Guillermo Palacio, quien nos recordara el 5 de junio de 2017, en una amena, documentada y aleccionadora crónica a cerca de la parábola de los ricos y millonarios santuarianos, marinillos y chinos, comerciantes de estirpe mundial, atesoradores de enormes capitales, pero que en definitiva se valen y sirven muy poco de los capitales adquiridos. Parece increíble que personas tan aptas y hábiles para hacer grandes fortunas, no tengan la más mínima capacidad para disfrutarlas y convertir sus vidas en una auténtica fiesta. Parecido fenómeno ha acontecido con los varones de las drogas, malgastan sus vidas y las exponen, su tranquilidad y sus libertades para atiborrarse de dinero y cuando sus arcas están repletas de dólares no saben qué hacer con tan enormes fortunas y casando peleas con el estado, entre ellos mismos y sus bienes incautados por los Estados Unidos o el país de su orígen.  Colombianos y mexicanos han dado este triste espectáculo durante varias décadas.

 

Es inexplicable que un mafioso diga poseer o ser propietario de un caballo fino de paso cuyo valor es de varios millones de dólares y casi nunca puede montarlo porque tal actividad le está encomendada solamente a un adiestrador profesional.  En su ego el rico ostentoso no hace otra cosa que disfrutar el título de dueño de un ejemplar equino fuera de serie.  Lo contrario de un auténtico disfrutador de la vida, que lo poco que posee lo hace en beneficio propio, sin importar lo que otros piensen.   Las apropiadas palabras con las que cierra la crónica el excelente profesional de la comunicación social, Palacio, reflejan en esencia lo que son los ricos del mundo, que en un alto porcentaje no tienen la capacidad, goce y disfrute del dinero que es lo que hace apetecible la búsqueda del mismo. Sarcásticas líneas que sirven tanto para retratar los santuarianos, los chinos y otros nuevos ricos que olvidan que la plata es un medio para vivir bien y no un fin en sí mismo, pero por más centros comerciales que construyan, por más almacenes de dos metros de 400 millones que cada uno posea y por más mercados y países que conquisten para hacer dinero, el santuariano, en esencia, sigue siendo el mismo:  arracacho, con voz y dicho montañero a la espera que lleguen las fiestas del Retorno para volver a su pueblo para emborracharse con aguardiente en sus caballos de paso fino en los que invierte grandes fortunas en nombre del sagrado corazón de Jesús…

 

Su mundo en el comercio es tan breve que si bien los primeros regresaron para morir en el pueblo, la segunda generación morirá en algún gran pueblo o ciudad colombiana y la última, la que está en curso, convencida como muchos de sus ancestros que la plata es un fin y no un medio para vivir mejor, dejará sus huesos o cenizas en algún cementerio asiático, “donde  quien les lleve flores no sabrá siquiera cómo se pronuncian sus nombres”.

 

Pobres ricos del mundo actual, a cuya cabeza está el presidente de los Estados Unidos, emblemático hombre egocéntrico que no tiene nada más para dar que su abultada chequera y para mostrar sus poderosas empresas, que no tienen ni idea que hace miles de años el gran filósofo griego Diógenes de Sinope, en su inmensa sabiduría y sencillez increpara a Alejandro Magno, quien creíase un dios por haber conquistado medio mundo, cuando no se había conocido a sí mismo, necio e ignorante lo llamó aquel hombre del tonel y puso como ejemplo de buena vida a su perro que para ser feliz  no requería siquiera de un recipiente para beber con alegría agua.

 

Muchos humanos carentes de dinero son tan felices, al menos, como el gran sabio de Grecia.

 

Escenarios propicios para el buen vivir

Recomendables para una buena vida, para el desarrollo de la existencia plena y feliz, se tornan algunos lugares según se esté en edad infantil, juvenil o senil. Para quienes tuvimos el inmenso privilegio de haber disfrutado nuestra edad infantil en una aldea tranquila no es caro y amable el recordar aquellos polvorientos, tranquilos y sosegados poblachos de la Antioquia semirrural de la segunda mitad del pasado siglo. Afirmar que el niño que vivió su infancia en un ámbito rural, de adulto está mejor preparado para vivir una vida bienaventurada, no parece exagerado, en comparación con los desafortunados infantes que han nacido, crecido y desarrollado en las complicadas, ruidosas y peligrosas urbes de la modernidad. 

 

Obsérvese con detenimiento a los niños y adolescentes crecidos y criados en la aldea y podrá uno deducir que saben más de la vida y sus ojos destellan miradas de alegría y vivacidad; contrario a los taciturnos, tímidos y tristes que lucen muchos de los hijos cuya vida ha transcurrido en esos estrechos e incómodos apartamentos en los que se han convertido los habitáculos de las ciudades de estos tiempos.  Otro tanto puede decirse de la vida para el ser humano en su etapa de vejez.  Conviene a no dudar al adulto en edad avanzada un espacio rural, el campo es el mejor escenario para vivir los últimos años de la vejez o en su defecto un pueblo cercano a la montaña o al mar.  Y como término medio, puede pregonarse que una vida productiva y juvenil puede ser inmejorable en una ciudad, como quiera que por regla general los pueblos o las aldeas no ofrecen al joven y al adulto las oportunidades profesionales y personales que proporcionan las ciudades.

 

Diríase también, que el ideal de vida feliz y alegre es aquella en la que se alterna el trabajo citadino con el trabajo campestre, pero son pocos los que tienen el privilegio de acceder a tan apetecible modo de vivir. Son muchos los literatos y escritores que recomiendan el retorno a la naturaleza como remedio de los achaques y males de la vejez y que pregonan el encanto de la vida campestre y retirada. Sabios, poetas y filósofos durante cientos de años han expuesto las bondades y dulzuras de la vida contemplativa, durante la vejez de mujeres y hombres en edad de retiro laboral y en disfrute de su pensión de jubilación.

 

La inmersión en la naturaleza (sea montaña, valle o lugar ribereño de mar o río) renueva y fortifica el espíritu y llevan a quien disfruta de tan ambles lugares a tener un nivel de vida de alta calidad.  Senectudes sanas y lozanas al decir del gran médico y humanista español, Santiago Ramón y Cajal, se ven más a menudo en los sectores rurales y aldeanos que en las contaminadas y bulliciosas metrópolis del siglo XXI. El gran orador romano, Nerón, en su tratado sobre la senectud, alabó la vida campesina.

 

Ernesto Sábato, nacido en el pueblo bonaerense de Rojas, fue un gran defensor de la vida rural para la educación de los niños. Autores hubo en la Edad Media que hicieron apología de la vida aldeana y repudiaron el estilo vivencial de aquellos que preferían la cotidianidad en los palacios y cortes medievales.  El citado Ramón y Cajal, afirmó que la crisis de la ciudad y el ansia de naturaleza ataca a los intelectuales entre los sesenta y los setenta y cinco años, aun cuando agrega en el juicio que realiza, que no faltan los jóvenes o viejos idólatras de la urbe o aborrecedores del ruralismo.

 

La neurastenia, el cansancio  mental y la apatía personal, fenómenos propios de la vida agitada urbana, se curan con la vida contemplativa rural y campesina. Aconsejan los grandes pensadores vivir en lugares apartados de los centros urbanos para la edad madura y hacerse rodear de buenos amigos, leños y libros, lo que constituye una botica, curativa espiritual, al decir del médico citado.

 

He de recordar al gran rey español, Alonso de Aragón, quien solo pedía en su vejez leña vieja para quemar, vino viejo para beber, viejos libros que leer y viejos amigos para hablar.

 

Bienaventurada y dichosísima vida la del que después de haber vivido una vida campesina en su niñez, una buena vida urbana en su madurez, retorna a la salutífera vida aldeana en su vejez como la imaginaba el rey aragonés.

 

La vida placentera y lúdica

Cierto es que necesitamos hacer algo para sobrevivir, pero hacer del trabajo o la labor que se haga algo placentero y satisfactorio es el principio básico del buen vivir.  El trabajo como tal tiene la connotación de una tortura, de un sacrificio ajeno a la satisfacción. Trabajo es un vocablo que viene del latín que significa tripalium, que era en otros tiempos un instrumento de tortura. En el antiguo testamento  el trabajo es considerado una maldición divina.  En Grecia fue tenido como una actividad de esclavos.

 

El francés Charles Fourier fue uno de los precursores de la idea de tener un oficio poco penoso para el alma, concibió inteligentemente un modelo rotativo y poco rutinario del trabajo a fin de evitar el desagrado que conlleva realizar tareas mecánicas dentro de las industrias. No ha sido posible, sin embargo, ejecutar los nobles ideales laborales expuestos por Fourier y por el contrario las máquinas y los elementos cibernéticos lejos de haber aliviado la dura carga laboral de millones de obreros, lo que ha hecho es incrementar desmesuradamente el desempleo o el paro laboral.  Lo triste es que muchos obreros y empleados llevan el vacío existencial trabajando excesivamente durante muchas horas diarias.  Sigue siendo un karma que la humanidad luche a través de un oficio, tarea o labor por la mera subsistencia. Debería ser el lema de hombres y mujeres gozar, vivir y existir plenamente. Los políticos han preferido legarnos frases y sentencias inhumanas: trabajar, trabajar y trabajar, fue el ideal de un expresidente colombiano.  El inglés Winston Churchill no pensaba diferente y pidió a los trabajadores de su país durante la postguerra, sudor y lágrimas, no alegría. De nada sirvió al dirigente británico que sus paisanos del Reino Unido, especialmente ilustres irlandeses como Bernard Shaw y Oscar Wild, pregonaran una vida más serena en la que la amistad, el juego, el amor, el humor, la conversación y la lectura, y en general la diversión, sean el epicentro de ella.

 

Muchas de estas humanísimas, agradables y balsámicas actividades han desaparecido de la vida de millones de personas de este atareado siglo XXI. No olvidemos que muchas de estas ideas que hacen la vida mucho más agradable han sido las bases filosóficas de los sabios griegos, egipcios e indios durante varios milenios. Otro gran pensador, Blas Pascal, dijo en su momento lo que hoy día es una verdad incontrastable: “Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saben estar inactivos dentro de una habitación”.  

 

Sería una bendición para mucha gente no tener que trabajar solamente para satisfacer las mínimas necesidades de manutención y realización personal. Miro con aprecio a quienes ejercen profesiones liberales y principalmente aquellos que ejercen actividades que desarrollan a través del llamado free lance, esto es, quienes trabajan desde sus casas, sin horarios impuestos y no sometidos al implacable rigor de un jefe, el tedio de una oficina o la dictadura de un malgeniado gerente. Saben quienes trabajan en oficinas públicas, puestos oficiales o empresas privadas lo amargas que son las horas en esos fríos y sombríos lugares donde un capataz impone su disciplina. Existen compañeros de trabajo que se alían con éste y reina  muy a menudo un ambiente de envidia y competitividad feroces. El trabajo así llevado constituye un germen de desdicha y un abrevadero de enfermedades físicas y mentales.   La arrogancia y prepotencia de quienes ejercen como jefes, carentes a menudo de la hermosa virtud de la humildad, hacen de quienes allí trabajan lo hagan bajo la tiranía y ajenos a una satisfactoria actividad laboral. 

 

Sabios eran nuestros abuelos y padres que nos educaron en ideales laborales en los que no se tuviera la necesidad de depender de un patrón y no mendigar puestos otorgados por los politiqueros de turno. “El puesto de hoy es hambre de mañana”, y “la felicidad consiste en ser patrón”, fueron y son adagios de  la sabiduría popular que deben ser aplicados y practicados por quien aspira al buen vivir.

 

Gozar sin autodestruirse, no comprar placeres al precio del dolor o trabajar con desgano y por un mísero salario, fueron prédicas filosóficas de eximios pensadores como como Montaigne, Epicuro y Séneca, actualmente difundidas por el excelente pensador español Fernando Savater.  Atendamos a sus enseñanzas.

 

Condiciones para una vida bienaventurada

Hombres y mujeres que aspiran a un buen vivir deben aprender desde niños que nada más apropiado ha de haber en sus vidas que toparse con dificultades, desavenencias o sucesos negativos. Lo dijo hace dos milenios el gran sabio Séneca: “Las cosas prósperas suceden a la plebe y a los ingenios viles y al contrario, las calamidades, terrores y la esclavitud de los mortales son propios del varón grande. El vivir siempre en felicidad y el pasar de la vida sin algún remordimiento, es ignorar una parte de la naturaleza”. Un ejemplo ilustra y patentiza lo dicho por el preceptor del malvado Nerón: en diciembre de 2016 un joven de clase alta cometió un horrendo crimen contra una indefensa niña, a la que violó y cegó la vida en la capital colombiana; el diagnóstico del psiquiatra forense fue contundente: el procesado tuvo una niñez y una pubertad en la que sus padres le colmaron todos sus caprichos y nada le fue negado.

 

Por el contrario, hubo un infante que nacido y criado en un populoso barrio de Medellín, en pleno auge del narcotráfico y rodeado de contemporáneos suyos convertidos en sicarios del cartel de Medellín, es hoy un excelente músico de fama internacional. Las vidas fascinantes son aquellas surcadas por tristezas, aventuras, derrotas e incertidumbres. Nadie exhibe mejor su personalidad y sus cualidades que en los eventos de la derrota; el éxito no es un gran maestro, lo es el fracaso. La calamidad da ocasión a la virtud y prepara el espíritu para enfrentar otros avatares de la vida. Los seres humanos, como los árboles, crecen fuertes cuando son vapuleados por los fuertes vientos. Condición especial para el buen vivir es llevar una vida singular sin importar el qué dirán o el concepto o juicio de los demás. Nada hay más dañino para la felicidad humana que depender de la evolución de la sociedad y aceptar las condiciones impuestas por el grupo social mediante costumbres restrictivas.

 

En días pasados tuve la oportunidad de ver una película de principio de los años sesenta en la España franquista, titulada El buen amor, en la que una joven pareja desea pasar un día alejada de la dictadura de sus conservadoras familias en la idílica ciudad de Toledo.  En tan edénico escenario se entrega a algunos escarceos, besuqueos y otras prácticas prohibidas en la rígida sociedad española de la dictadura del franquismo.

 

Epícteto, para quienes no lo sepan, fue un esclavo que liberado por su amo, decidió dedicarse a la filosofía, dejando a la humanidad el más grande legado fuente de felicidad: una vida dichosa ha de tener como condición que cada uno sea autónomo, único, singular y se aparte de los dictados de una sociedad gazmoña y represiva.

 

El control social ejercido por las autoridades civiles, eclesiásticas y otros sectores sociales fue en décadas pasadas la causa de infelicidad y desgracia de mujeres y no pocos hombres. Cuántos hubo en el pasado que marchitaron sus vidas al aceptar todas las prohibiciones e imposiciones que nuestros padres y sacerdotes dictaban como dogmas a seguir. 

 

La tiranía social ha variado pero no ha desaparecido, ahora los dictadores que imponen a mujeres y hombres cómo vivir, están enquistados en medios de comunicación o hacen parte de los gurúes de la moda que imponen caprichosa y arbitrariamente el modo de vida moderno. Estos torpes espíritus que en la actualidad enseñan cómo ha de vivirse y especialmente que venden falsas ideas acerca de la obtención del bienestar personal y la felicidad, al darle primacía al cuerpo (los llamados metrosexuales son una legión víctima de estos impostores del culto a la belleza corporal), sobre el espíritu.

 

Esto explica que cada vez abundan los gimnasios y se cierran librerías o centros dedicados al intelecto o la vida espiritual (en España en las últimas décadas se han cerrado múltiples monasterios y seminarios y se han convertido en hoteles de lujo).  No nos ha de asombrar, pues, que en estos tiempos modernos del tercer milenio abunden los insolentes, arrogantes, envidiosos, superficiales y altaneros y se extingan los benevolentes, gratos, serenos, gozosos, buenos conversadores y cultos que en tiempos pasados abundaban.

 

Una buena individualidad, fragua del buen vivir

No se vive mejor porque se tenga mucho dinero. Un dicho popular se repite a menudo: hay muchos ricos pobres y muchos pobres ricos; y otro agrega: es tan pobre que solo tiene plata.  Quien anda por el mundo prestando atención y con plena conciencia de su vida, sabe que las anteriores máximas producto de la sabiduría popular, son incuestionables.  Una vida feliz y placentera no depende de una cuenta corriente, ni de las muchas propiedades que se tengan. Hace menos de diez años fue asesinado en una céntrica calle de Medellín un millonario comerciante y empresario del oriente antioqueño, y habiendo conocido un poco su vida y oficiado como su abogado, puedo afirmar que murió sin saber lo que tenía, y lo peor, sin haber disfrutado de su descomunal fortuna. La falta de una riqueza individual, de una excelente personalidad y de una cultura media, le impidió a este sagaz mercader disfrutar de los miles de millones de pesos que ahora gastan sus herederos, e incluso, personas ajenas a su familia.

 

Otro millonario natal del frío pueblo de Santa Rosa de Osos (Antioquia), también del cultísimo y bonachón hombre conocedor de música, Bernardo Hoyos,  amasó en vida mucho dinero y fue tenido como primero en el mundo de las finanzas y los negocios internacionales en dólares, acabó sus días recluido en una solitaria casa del altiplano oriental medellinense sin haber degustado sus abundantes cuentas bancarias.

 

Ejemplo antípoda de vida fue Álvaro Castaño Castillo, tolimense de nacimiento, pero bogotanísimo de costumbres y estilo de vida, quien con su esposa, Gloria Valencia, fueron ricos en cultura y calidad de vida. Quiero significar lo anterior siguiendo las enseñanzas de Schopenhauer, que contribuye más al buen vivir y a la felicidad, lo que uno es, que lo que uno tiene.   Los goces materiales, culturales y espirituales van ligados, indiscutiblemente, a una excelente individualidad, a una forma de ser que se aparta de la personalidad masificada, autómata y aparentarista de quienes viven para ser vistos y admirados, no para ser felices.  Una personalidad arrogante, altanera, egoísta y pretenciosa no saborea las mieles de la dicha, sino que percibe el amargo sabor de la hiel. 

 

El bienestar personal es el fruto de una carismática y jovial forma de ser y de comportarse, jamás de una superficial e impostada personalidad.  Eso bien lo saben hombres y mujeres enquistados en la burocracia estatal y lo padecen sus abnegados subalternos o usuarios de sus oficios.  Nada más encantador que una mujer sencilla y noble o que un hombre espontáneo y jovial, estas últimas cualidades es la mejor riqueza de un varón o de una hembra.  De modo que lo que más contribuye al buen vivir es el encanto personal antes que la adquisición de bienes.  Se goza de la belleza del mundo a través de una mente abierta, receptiva y grata. La buena salud no es consecuencia de una abundante alimentación o de la ingesta de medicamentos, sino de la predisposición de ánimo fiestero y mente abierta a todo lo que percibimos.

 

Disfrutar de los placeres sin exceso y conservar un ánimo sereno y tranquilo proporcionan salud, alegría y felicidad, sin que sea necesario tener mucho dinero.  Mentes agresivas y exacerbadas llevan a que el individuo perciba deterioro en su salud, que es la causa principal de la infelicidad. Espíritus alegres, fiesteros y amables son propios de aquellos que rezuman salud.  No se equivocan quienes dicen que los gordos son simpáticos.  Los argentinos nos legaron en los años sesenta un tema musical que alude al gordito alegre y simpaticón, como lo son muchos de esa nación suramericana.  

 

Bien lo advirtió Schopenhauer: “Es una locura sacrificar salud por dinero”. Recuerdo haber compartido con los lectores un bello soneto español que retrata a Romero, el caballero que gastó su vida buscando dinero y gastó éste en busca de salud, sin haberlo logrado. Si Schopenhauer viviera en estos tiempos se sorprendería con las caras vinagres y tristes de jóvenes y adultos en esta deshumanizada sociedad del siglo XXI.  El dolor, el aburrimiento y la tristeza parece ser la faz del hombre y la mujer modernos, enquistados en los altos puestos burocráticos. El mejor antídoto contra estas enfermedades del alma son la riqueza espiritual, la cultura y la buena disposición de ánimo. 

 

Una sensibilidad humana es el signo de los seres superiores; la insensibilidad lo es de los seres mezquinos y bajos. La vida retirada de la sociedad, tranquila y serena era el ideal de los grandes hombres del pasado; la de la algarabía y el ruido es la de muchísimos jóvenes de las nuevas generaciones. Muchos hombres y mujeres de tiempos actuales esconden sus miserias y mediocridades purpurados y brillantes, son seres de apariencia, pero carentes de esencia y contenido humanos. Nadie ha superado a Aristóteles en el pensamiento según el cual “la felicidad es de quienes se bastan a sí mismos”. Una vejez alegre solo puede serlo de quien ha cultivado durante su vida el crecimiento individual en los planos cultural, espiritual e intelectual. De ahí que en el ocaso de sus vidas muchos políticos, deportistas y hombres de la farándula luzcan abatidos y sus muertes son relativamente prematuras debido a que no fueron cultores de una riqueza individual.

 

En Colombia hubo un hombre dedicado a la música, cuya vida  fue de excesos y poco crecimiento personal, lo triste es que un canal nos vendió su existencia como si fuera digna de imitar. El mundo al revés. 

Privaciones de la infancia, génesis del buen vivir

Los antiguos chinos e indios, especialmente el pensador Confucio así lo enseñó en sus famosos libros que tanto auge tuvieron en varias dinastías, pregonaron, y aún todavía se aplican estas enseñanzas: a los niños se les debe educar con muchas restricciones y una disciplina severa.  Dicho de manera distinta:   si una familia quiere formar muy bien a una mujer u hombre para su vida adulta ha de criársele con muchas necesidades materiales y una  férrea disciplina.  Han transcurrido cerca de tres milenios y no ha habido para la humanidad una mejor fórmula de proporción adecuada para la vida adulta del ser  humano que el diseñado por los filósofos de estas potencias culturales y espirituales.

 

En el siglo XIII, ese gran santo de la cristiandad, San Francisco de Asís, comprendió la importancia de vivir una vida austera y con restricciones como base fundamental de una vida ejemplar. No cabe duda que las penurias y las restricciones son buenas muestras para el niño en su aprendizaje en su edad superior.  Basta mirar el entorno en el que vivimos y reflexionar acerca de lo acontecido en nuestros años infantiles y compararlos con los de nuestra madurez para llegar a la conclusión, los que nos criamos en un medio donde las estrecheces económicas y la falta de lujos, en nuestras vidas adultas nos enfrentamos con mayor facilidad a las adversidades y logramos dar valor a lo que adquirimos con esfuerzo y dedicación.

 

De otra parte, es regla general, y sólo se presentan casos excepcionales, de hijos de familias acomodadas que triunfan en sus vidas y logran vivir los años de existencia con felicidad, serenidad y alegría.  Se afirma por los expertos en el tema de la navegación marítima, que un buen marino es aquel curtido en las lides de enfrentamiento a los mares bravos y borrascosos.  Igual acontece en el decurso de nuestras vidas:   nos forjamos una excelente individualidad y personalidad cuando tuvimos la feliz oportunidad de tener una infancia y adolescencia plagadas de restricciones, necesidades y carencias.

 

He cavilado durante mis años mozos y de adultez que lo mejor que me puede haber pasado es haber nacido y crecido en una numerosa familia paisa rodeado de otros nueve hermanos, en la que el más mínimo objeto y los elementos necesarios para una vida digna, se alcanzaba solo mediante el consenso en el que nuestros padres siempre pensaban en cada uno de los miembros del hogar, y así los útiles, cuadernos y demás elementos para ir  a la escuela debían ser compartidos entre nosotros, o que genera valores tan primordiales en la vida como la solidaridad, la hermandad y la gratitud, al tiempo que nos hace que seamos sensibles y poco egoístas con nuestros semejantes.  Ni qué decir de nuestros antepasados, que compartían sus prendas de vestir y muchas de ellas eran llevadas a un sastre para ser adaptadas de los hijos mayores a los menores.

 

Obsérvese y cáigase en la cuenta que las generaciones que fueron educadas en la infancia en los tiempos de la posguerra, son especialmente cultas, gratas y propensas a desarrollar capacidades empresariales y artísticas excepcionales.  Pongo de ejemplo a los españoles nacidos y criados en los años posteriores a la guerra civil de su país (de 1936 a 1939), con énfasis en los gallegos, que se vieron forzados a emigrar a tierras extrañas y que son una legión de  hombres prósperos hoy día en naciones como Argentina, particularmente en su bella capital, Buenos Aires, urbe moderna que en su hermosa calle, Avenida de Mayo, alberga numerosos restaurantes y hoteles de españoles, preferentemente gallegos.  Miles de andaluces, vascos, castellanos y catalanes emigraron a otros países europeos acosados por el hambre y las penurias de la guerra civil ibérica.  No menos dignos de admiración fueron los italianos, que huyeron de su hermosa península aupados por las dos guerras mundiales y que con tesón, disciplina y férrea voluntad creativa, se asentaron en Argentina donde son mayoría en su calidad de migrantes, y también en Venezuela, naciones donde dejaron hondas huellas en varios sectores de la economía, la industria y la cultura suramericana.   Joan Manuel Serrat, el más grande cantautor de habla hispana, nos habla a menudo de lo que implicó en su carrera artística y en su vida personal el haber nacido en una España pobre y atrasada posterior a la guerra civil, liderada por el general Francisco Franco.  La madre de Miguel Bosé, este excelente cantante hispano-panameño-colombiano, Lucía Bosé, dejó consignado en un libro que narra pasajes de su vida, lo que significó para ella ser una mujer italiana, el haber tenido una niñez que se desarrolló en la segunda guerra mundial.  Y no quiero terminar sin mencionar otro ejemplo de vida de mis paisanos y contemporáneos, los santuarianos, que se criaron en medio de adversidades económicas y restricciones grandes durante su niñez y que hoy  son considerados en el mundo entero como potentes y acaudalados mercaderes.  Mi apreciada y vecina familia liderada por un gran patriarca que fuera don Carlos Gómez Gómez, apodado cariñosamente “cacao”, es un modelo digno de emular.   Con férrea disciplina, junto con su esposa, doña Margarita, educaron cerca de una docena de hijos, entre los que destacan actualmente como grandes comerciantes Gustavo, Uriel, Jaime, Jesús María, Carlos Hernán, Luis y también algunas mujeres, entre ellas, Ana, en el ámbito nacional.  Los poderosos hoy propietarios de los supermercados el “Euro” y de varios centros comerciales en El Hueco en Medellín, los hermanos William y Humberto Duque Serna, tuvieron una infancia de carencias en nuestro natal El Santuario.  Otro ejemplo es la lección de vida de mi gran amigo, Hernán Aristizábal Agudelo, hoy destacado comerciante nacional e internacional, cuya niñez, en el hogar de don Carlos y doña Margarita, fue de pobreza económica y carencia de lujos.

 

Bienaventurados los que tienen una niñez marcada por la pobreza porque es la mejor escuela para el aprendizaje de una buena vida en la madurez, adultez y vejez.

 

Las riquezas y el buen vivir

En un mundo materialista y consumista como lo es el siglo XXI, podría pensar el lector que el título de este artículo apunta estrictamente a lo económico.  Ingenuo sería afirmar que cierta cantidad de dinero no hace falta para vivir bien y que el poder económico no conlleva a una vida satisfactoria si sabe administrar y degustar en sus justas proporciones.  Sin embargo, y creo haberlo afirmado en pretéritos escritos, soy de los que se inclinan por una vida personal en la que el ser es más importante que el tener.  La humanidad pareciera que fuera como muchos crustáceos que camina hacia atrás.  Desde hace miles de años el  hombre se preocupó por el cuerpo, por el alma y por la mente, las religiones han contribuido positivamente al cultivo también del espíritu, sin que pueda negarse que a veces se ha extralimitado en la importancia que se da a la salvación del alma, impidiendo que gocemos de esta vida terrenal.

 

Las cosas en la actualidad caminan por rumbos distintos: prestamos demasiada atención al cuerpo como se evidencia en la proliferación de gimnasios y centros de estética y desarrollo muscular en los que se entrenan muchos de los y las metrosexuales que salen a exhibir sus masas musculares y cuerpos formados a base de ejercicios, pero hemos olvidado igualmente el cultivo del espíritu, el intelecto y la mente, hecho que se refleja en el cierre progresivo de librerías y la apertura desmedida de lugares dedicados a juegos electrónicos, denominados casinos.

 

Es una perogrullada afirmar que la locura colectiva y el estado mental de buena parte de  la población afectada por neurosis es el reflejo de la manera equivocada como venimos enfrentado la vida.  Las aves raras o extrañas que somos los cultivadores de la lectura y otros practicantes de la espiritualidad son cada vez más escasos, en tanto que se acrecienta el número de individuos que se interesan más por su físico y su atractivo personal que por una personalidad matizada de encanto, jovialidad, alegría e interés por los temas culturales y del alma.

 

Cierto es que el buen vivir es una concepción distinta en cada individuo, sea mujer u hombre, aldeano o citadino y que lo que a uno le parece interesante a otro le puede parecer aburrido; no obstante, pueden concebirse reglas generales aplicables a ambos géneros.  La belleza o gusto por la moda son más del interés de las mujeres que del hombre y éste tiende más a obtener el poder económico, político e intelectual, sin que sea necesario excluir de este grupo a ciertas damas que piensan y actúan como los varones.  En uno u otro caso lo que cuenta es buscar el desarrollo personal y el crecimiento individual en los niveles indicados de lo corporal, mental, cultural y espiritual.  Cuerpo sano en mente sana decían los antiguos, constituye la base esencial de una buena personalidad, pero en este complejo y competitivo mundo moderno se requiere, además, buena cultura y los ejercicios espirituales que tanto gustaban al fundador de los jesuitas, el excelso español Ignacio de Loyola.   Un ejemplo digno de elogiar y de emular es el del ejecutivo antioqueño, otrora poderoso presidente del banco privado más importante del país, Bancolombia.  

 

Celebro con alegría y al alborozo que mi cuasi coterráneo, Carlos Raúl Yepes, nieto e hijo de la ilustre familia con origen granadino y santuariano, se haya atrevido a escribir y compartir su estilo de vida como persona y empleado de alto rango en el libro publicado en este año 2017, titulado “Por otro camino”, magistralmente prologado por otro excepcional ser humano, el argentino Jorge Valdano, tan buen futbolista que fuera como mejor buen ciudadano.  Quien quiera adentrarse en este pequeño pero ameno y excelente ensayo, encontrará que muchas de las ideas acerca del buen vivir coinciden con las que he venido pregonando y exponiendo desde hace varios meses en estos artículos.  Es más importante la búsqueda de la felicidad personal, el ser que el tener, nos lo recuerda Carlos Raúl en su bien escrito libro, que ha de servir de faro y de ejemplo a muchos de los descarriados jóvenes y adultos que andan perdidos por el mundo.  Que los goces físicos, espirituales, culturales y mentales superan la avariciosa conducta de acumular riquezas materiales, queda demostrado en las balsámicas palabras de ese ilustre nieto de quien fuera un distinguido mercader santuariano, don Jesús Antonio Yepes.

 

En mi modo de pensar me inclino por las personas de riqueza mental, intelectual, cultural y espiritual que por los multimillonarios que tanta importancia les dispensa la sociedad de hoy.

 

Las riquezas y el buen vivir

En un mundo materialista y consumista como lo es el siglo XXI, podría pensar el lector que el título de este artículo apunta estrictamente a lo económico.  Ingenuo sería afirmar que cierta cantidad de dinero no hace falta para vivir bien y que el poder económico no conlleva a una vida satisfactoria si sabe administrar y degustar en sus justas proporciones.  Sin embargo, y creo haberlo afirmado en pretéritos escritos, soy de los que se inclinan por una vida personal en la que el ser es más importante que el tener.  La humanidad pareciera que fuera como muchos crustáceos que camina hacia atrás.  Desde hace miles de años el  hombre se preocupó por el cuerpo, por el alma y por la mente, las religiones han contribuido positivamente al cultivo también del espíritu, sin que pueda negarse que a veces se ha extralimitado en la importancia que se da a la salvación del alma, impidiendo que gocemos de esta vida terrenal.

 

Las cosas en la actualidad caminan por rumbos distintos: prestamos demasiada atención al cuerpo como se evidencia en la proliferación de gimnasios y centros de estética y desarrollo muscular en los que se entrenan muchos de los y las metrosexuales que salen a exhibir sus masas musculares y cuerpos formados a base de ejercicios, pero hemos olvidado igualmente el cultivo del espíritu, el intelecto y la mente, hecho que se refleja en el cierre progresivo de librerías y la apertura desmedida de lugares dedicados a juegos electrónicos, denominados casinos.

 

Es una perogrullada afirmar que la locura colectiva y el estado mental de buena parte de  la población afectada por neurosis es el reflejo de la manera equivocada como venimos enfrentado la vida.  Las aves raras o extrañas que somos los cultivadores de la lectura y otros practicantes de la espiritualidad son cada vez más escasos, en tanto que se acrecienta el número de individuos que se interesan más por su físico y su atractivo personal que por una personalidad matizada de encanto, jovialidad, alegría e interés por los temas culturales y del alma.

 

Cierto es que el buen vivir es una concepción distinta en cada individuo, sea mujer u hombre, aldeano o citadino y que lo que a uno le parece interesante a otro le puede parecer aburrido; no obstante, pueden concebirse reglas generales aplicables a ambos géneros.  La belleza o gusto por la moda son más del interés de las mujeres que del hombre y éste tiende más a obtener el poder económico, político e intelectual, sin que sea necesario excluir de este grupo a ciertas damas que piensan y actúan como los varones.  En uno u otro caso lo que cuenta es buscar el desarrollo personal y el crecimiento individual en los niveles indicados de lo corporal, mental, cultural y espiritual.  Cuerpo sano en mente sana decían los antiguos, constituye la base esencial de una buena personalidad, pero en este complejo y competitivo mundo moderno se requiere, además, buena cultura y los ejercicios espirituales que tanto gustaban al fundador de los jesuitas, el excelso español Ignacio de Loyola.   Un ejemplo digno de elogiar y de emular es el del ejecutivo antioqueño, otrora poderoso presidente del banco privado más importante del país, Bancolombia.  

 

Celebro con alegría y al alborozo que mi cuasi coterráneo, Carlos Raúl Yepes, nieto e hijo de la ilustre familia con origen granadino y santuariano, se haya atrevido a escribir y compartir su estilo de vida como persona y empleado de alto rango en el libro publicado en este año 2017, titulado “Por otro camino”, magistralmente prologado por otro excepcional ser humano, el argentino Jorge Valdano, tan buen futbolista que fuera como mejor buen ciudadano.  Quien quiera adentrarse en este pequeño pero ameno y excelente ensayo, encontrará que muchas de las ideas acerca del buen vivir coinciden con las que he venido pregonando y exponiendo desde hace varios meses en estos artículos.  Es más importante la búsqueda de la felicidad personal, el ser que el tener, nos lo recuerda Carlos Raúl en su bien escrito libro, que ha de servir de faro y de ejemplo a muchos de los descarriados jóvenes y adultos que andan perdidos por el mundo.  Que los goces físicos, espirituales, culturales y mentales superan la avariciosa conducta de acumular riquezas materiales, queda demostrado en las balsámicas palabras de ese ilustre nieto de quien fuera un distinguido mercader santuariano, don Jesús Antonio Yepes.

 

En mi modo de pensar me inclino por las personas de riqueza mental, intelectual, cultural y espiritual que por los multimillonarios que tanta importancia les dispensa la sociedad de hoy.

 

Lo pilares del buen vivir

Amor, trabajo y cultura son las bases de una vida feliz, quien tenga estos tres elementos puede ser un gran candidato a la felicidad humana.  Sin embargo, pocos los afortunados que en este convulsionado como alocado mundo pueden preciarse de tener satisfecho el trípode de la dicha existencial.  Unos carecen de un adecuado, apetecido  y bien remunerado trabajo; otros son afortunados en tener excelente empleo, pero carecen de la cualidad de gozar del amor por la vida, por la naturaleza, por sí mismos y por los demás; y los hay que teniendo las dos anteriores carecen por completo de cultura.  Así que no es fácil de satisfacer la tríada que hace la vida más alegre y feliz.

 

Nuestra educación tiende a imponernos la manera de adquirir un buen trabajo con descuido del arte de amar y el cultivo de una adecuada cultura.  Nos mutila la sociedad y nuestros padres alguno o algunos de los ingredientes necesarios para ejercer el arte del buen vivir.  Son millares de seres en el planeta los que se esfuerzan por conseguir los recursos básicos para su manutención y la de sus familias, otros cuantos miles se ocupan de sus negocios desde la mañana hasta altas horas de la noche sin dejar un espacio en sus vidas para ganarse a sí mismos, a sus seres queridos y desplegar los pasatimepos que hacen más amable la existencia.  La inmensa mayoría termina indefectiblemente siendo triste, aburrida y vacía a casusa de dar todo de sí para ganarse el pan de cada día o para aumentar su fortuna y para ella los goces de la cultura, el intelecto y el espíritu no existen o les resulta inaccesibles.  Cuántos ricos se privan de una feliz vida por miedo, codicia o ignorancia.  En mi experiencia de vida he conocido ganaderos millonarios que no se dan un viaje, no van a un buen restaurante o no adquieren un buen libro a causa de su ignorancia y codicia supremas.   Algunos ganaderos son millonarios rodeados de pillos, bandidos y criminales que al realizar erogaciones, que no son más que inversiones para ellos mismos, piensan en determinadas cabezas de ganado (con lo que cuesta un viaje me compro diez vacas o novillas), que acumulan dinero para que sus esposas e hijos lo despilfarren cuando ellos mueren ricos pero que vivieron unan vida de privaciones.   Mueren como vivieron:   desdichados.  No son pocos los industriales y comerciantes en el mundo que siguen la misma desafortunada senda de estos hombres del agro.

 

Antioquia, el siglo pasado, tuvo entre sus hijos a un zarrapastroso millonario que jamás conoció los goces de la cultura y el espíritu.  Nuestra cultura paisa ha estado fincada en el tener, en el acumular, en el ser rico y con excepción de algunos seres privilegiados, pertenecemos a un entorno de ávidos, avariciosos y codiciosos buscadores de fortuna.  El vacío interior y la pobreza espiritual de nuestros ricos contrastan con la abundancia cultural de hombres y mujeres como Fernando González, Gonzalo Arango, Débora Arango, para dar unos cuantos nombres.  La pobreza y vacuidad cultural y espiritual de nuestra comarca han sido objeto de múltiples críticas ácidas de plumas como la de los mencionados González, Arango y Fernando Vallejo.

 

Paisas hubo en la Antioquia de antaño con carrieles repletos de dinero pero carentes de sensualidad y sensibilidad por las artes y los goces mundanos.  Los hijos de los antioqueños colonizados en siglos pretéritos, los caldenses devenidos también quindianos y risaraldenses refinados y más cultos que sus ancestros, han dejado la llamada cultura grecoquimbaya en la que destacan figuras culturales como Silvio Villegas, Fernando Londoño y Londoño, Bernardo Arias Trujillo, Gilberto Alzate Avendaño y otros hijos ilustres de esa verde, bella y apreciada región central de Colombia.  Una fama de tal vale más que el rango de posesiones y riquezas materiales.

 

Jericó, en Antioquia, y Salamina, en Caldas, son cunas de mujeres y hombres ilustres por su cultura y espiritualidad, más valiosos que los orondos millonarios paisas, que exceptuados los Echavarría y unos pocos, han sido generalmente unos burros de oro, carentes del conocimiento del arte del buen vivir.

 

Lo pilares del buen vivir

Amor, trabajo y cultura son las bases de una vida feliz, quien tenga estos tres elementos puede ser un gran candidato a la felicidad humana.  Sin embargo, pocos los afortunados que en este convulsionado como alocado mundo pueden preciarse de tener satisfecho el trípode de la dicha existencial.  Unos carecen de un adecuado, apetecido  y bien remunerado trabajo; otros son afortunados en tener excelente empleo, pero carecen de la cualidad de gozar del amor por la vida, por la naturaleza, por sí mismos y por los demás; y los hay que teniendo las dos anteriores carecen por completo de cultura.  Así que no es fácil de satisfacer la tríada que hace la vida más alegre y feliz.

 

Nuestra educación tiende a imponernos la manera de adquirir un buen trabajo con descuido del arte de amar y el cultivo de una adecuada cultura.  Nos mutila la sociedad y nuestros padres alguno o algunos de los ingredientes necesarios para ejercer el arte del buen vivir.  Son millares de seres en el planeta los que se esfuerzan por conseguir los recursos básicos para su manutención y la de sus familias, otros cuantos miles se ocupan de sus negocios desde la mañana hasta altas horas de la noche sin dejar un espacio en sus vidas para ganarse a sí mismos, a sus seres queridos y desplegar los pasatimepos que hacen más amable la existencia.  La inmensa mayoría termina indefectiblemente siendo triste, aburrida y vacía a casusa de dar todo de sí para ganarse el pan de cada día o para aumentar su fortuna y para ella los goces de la cultura, el intelecto y el espíritu no existen o les resulta inaccesibles.  Cuántos ricos se privan de una feliz vida por miedo, codicia o ignorancia.  En mi experiencia de vida he conocido ganaderos millonarios que no se dan un viaje, no van a un buen restaurante o no adquieren un buen libro a causa de su ignorancia y codicia supremas.   Algunos ganaderos son millonarios rodeados de pillos, bandidos y criminales que al realizar erogaciones, que no son más que inversiones para ellos mismos, piensan en determinadas cabezas de ganado (con lo que cuesta un viaje me compro diez vacas o novillas), que acumulan dinero para que sus esposas e hijos lo despilfarren cuando ellos mueren ricos pero que vivieron unan vida de privaciones.   Mueren como vivieron:   desdichados.  No son pocos los industriales y comerciantes en el mundo que siguen la misma desafortunada senda de estos hombres del agro.

 

Antioquia, el siglo pasado, tuvo entre sus hijos a un zarrapastroso millonario que jamás conoció los goces de la cultura y el espíritu.  Nuestra cultura paisa ha estado fincada en el tener, en el acumular, en el ser rico y con excepción de algunos seres privilegiados, pertenecemos a un entorno de ávidos, avariciosos y codiciosos buscadores de fortuna.  El vacío interior y la pobreza espiritual de nuestros ricos contrastan con la abundancia cultural de hombres y mujeres como Fernando González, Gonzalo Arango, Débora Arango, para dar unos cuantos nombres.  La pobreza y vacuidad cultural y espiritual de nuestra comarca han sido objeto de múltiples críticas ácidas de plumas como la de los mencionados González, Arango y Fernando Vallejo.

 

Paisas hubo en la Antioquia de antaño con carrieles repletos de dinero pero carentes de sensualidad y sensibilidad por las artes y los goces mundanos.  Los hijos de los antioqueños colonizados en siglos pretéritos, los caldenses devenidos también quindianos y risaraldenses refinados y más cultos que sus ancestros, han dejado la llamada cultura grecoquimbaya en la que destacan figuras culturales como Silvio Villegas, Fernando Londoño y Londoño, Bernardo Arias Trujillo, Gilberto Alzate Avendaño y otros hijos ilustres de esa verde, bella y apreciada región central de Colombia.  Una fama de tal vale más que el rango de posesiones y riquezas materiales.

 

Jericó, en Antioquia, y Salamina, en Caldas, son cunas de mujeres y hombres ilustres por su cultura y espiritualidad, más valiosos que los orondos millonarios paisas, que exceptuados los Echavarría y unos pocos, han sido generalmente unos burros de oro, carentes del conocimiento del arte del buen vivir.