Lujuria, lujo y buen vivir

Que los hombres, esencialmente, trabajamos para la lujuria, para el sexo y para el erotismo, parece ser una verdad que no admite discusión.   Freud basó su revolucionaria, por entonces, tesis de psicología, en la líbido como motor que impulsa la conducta humana, esencialmente la de los valores.

No es que no existan mujeres del nuevo y viejo mundo a quienes les encanta la lujuria, vida sibarita y placentera y hasta el más refinado erotismo; lo que acontece es que en la mujer los furores lujuriosos y los placeres carnales son el instrumento, el señuelo, el medio para satisfacer su enorme pasión de soberbia.

La envidia entre las mujeres constituye la más feroz y encarnizada disputa por conquistar al hombre, o mejor dicho, para acceder al poder económico social que ordinariamente ha sido detentado por el sexo masculino en la ya larga historia de la humanidad.  La hegemonía económica y el poder ejercidos por los hombres tienen como resultado inocultable la subordinación y la impotencia de las féminas, situación que las ubica como encarnizadas competidoras y enemigas entre sí, impulsando al ejército de mujeres que son mayoría del género humano a una guerra solapada, a veces, abierta, frentera y despiadada, en otras.

La historia de los mitos griegos se centra en redactar episodios de envidias, engaños, tramas y luchas entre hombres y mujeres en los que los celos, engaños y venganzas son por amores masculinos hacia bellas y apetecidas damas.   El argumento central de las más tiernas y bellas historias de amor es el de la bella apetecida por hombres que luchan para la conquista y el acceso al disfrute de la persona cortejada.

La reafirmación de la belleza de una mujer, de su atractivo físico, de su capital erótico frente a las relaciones con los hombres es el objetivo central de la lucha envidiosa competitiva, y a veces baja, de una mujer con otra u otras.  El complejo de Electra entre madre e hija es más común de lo que se puede pensar a primera vista.

Quien haya laborado en oficinas públicas o privadas y buena parte de su vida ha estado en puestos o cargos oficiales y en trabajos de empresas no estatales, sabe muy bien la despiadada rivalidad entre mujeres y la soberbia, altanería y arrogancia de una jefe sobre la subalterna de su mismo sexo. En la sociedad en general y en los lugares de trabajo en particular las mujeres demuestran su más grande deseo de sobresalir una por encima de la otra u otras.

La moda, los trucos del maquillaje y la utilización de decenas de artilugios para hacerse conquistable, apetecible y llamativa como el pavo real dentro de su especie, con la finalidad de obtener el éxito entre los hombres, que no es otro que hacerse al amor y cuidado de éstos, preferentemente por la vía del matrimonio, es el objetivo de muchas mujeres.

Es lo general que la mujer directamente no ame el poder. Es un tema tabú para las féminas el apetecer y ejercer el poder, casi siempre se resignan a ser poderosas a través de su hombre, de su protector, de su marido.

Son palabras de mujer, aplicables a sus congéneres, con las que remaba un interesante capítulo de la obra La envidia: pasión  triste, las que a continuación trascribo: “Mujeres con poder, desconfiamos de ellas, las padecemos, las envidiamos y para aplacar la turbación de nuestros sentimientos nos vemos con frecuencia empujadas y de buena gana a desprestigiarlas y destrozarlas”.

La envidia femenina tan evidente entre las mujeres, ocasionalmente por empatía o solidaridad suele disminuirse cuando existe una real amistad entre damas o surge una oportunidad en la una puede ayudar a otra con ferviente solidaridad.   Pero así como la envidia es la pasión por excelencia femenina y a veces masculina, la lujuria es el pecado capital que por vía de la soberbia practica el hombre y termina siendo en ocasiones un juguete de su desmedida ansia de concupiscencia y libido. El pecado supercapital del hombre es la soberbia, que no es más que en última instancia el impulso por conquistar y acceder a una mujer y lograr con ella satisfacer su instinto carnal desmedido, muchas veces su animalidad, pues nada hace más poderoso, soberbio y arrogante a un macho que conquistar mujeres y ponerlas al servicio de sus deseos carnales y caprichos placenteros.

Lo que sí parece cierto es que en algunas etapas del sexo masculino la lujuria y el apetito carnal de sus años mozos o juveniles puede elevarlos con disciplina, estudio y cultura a ser individuos de una especial condición humana, pongo de ejemplo las vidas licenciosas y libertinas y de arrebatos pasionales de cuatro santos ilustres y respetados del cristianismo:   San Pablo de Tarso, San Agustín de  Hipona, San Francisco de Asís y San Ignacio de Loyola.

Desde mi particular punto de vista lujuria es el exagerado ejercicio de la genitalidad, más que la sexualidad y el erotismo, en hombres y mujeres.  El exceso de un buen sexo, refinado, erótico y gratificante, debe y puede llamarse lujuria.   Lujuria y lujo son palabras casi sinónimas, empero el apetito desmedido y excesivo buscado neuróticamente es lo que debe entenderse por lujuria.  Es una avaricia del ansia exagerada de poseer un objeto sexual antes que una plena y doble satisfacción carnal espiritual.

El gran pensador de tendencia greco romana, Lucrecio, así lo entendió: “Sofocar la pasión de amar, sí; renunciar al placer erótico, no”.

Para vivir bien y llevar una vida de lujo hay que ser un buen erotista, no un lujurioso desmedido.  Los violadores de niños son adultos enfermos, presas del más repugnante delirio lujurioso, jamás erótico y juguetón de la satisfactoria sexualidad.

Cuando la lujuria es desbordante y exagerada conlleva a la disipación  y la perdición, cuando la animalidad y la carnalidad, propias de un instinto bestial humano, no logran ser sublimadas por el erotismo, el refinamiento, la cultura y los buenos modales, confluye en una dañina lujuria que es, supongo, a la que alude la religión cristiana en su catecismo y doctrina contenida en la biblia y otros libros santos.   El erotismo y el epicureísmo llevados con método y sin excesos es el que conduce al Edén de la felicidad humana.   Una mente caprichosa y enfermiza que busca poder a toda costa es lujuriosa y nociva.

El catedrático de la universidad de Milán, Giulio Giorello, afirma que los rasgos típicos del lujurioso son: poderoso, soberbio e inteligente, creo a mi modo, que los poderosos y soberbios son lujuriosos, pero cuando se es poderoso en cualquier sentido y no se es soberbio y se tiene inteligencia se puede cultivar el erotismo y el placer moderado y equilibrado.

Desde la civilización antigua de Mesopotamia, el concepto de lujuria como vida sometida y sojuzgada por el apetito carnal sin limitaciones, nos lleva a concluir que lujo, erotismo, vida refinada, placentera y equilibrada no es sinónimo de lo que piensan los padres del cristianismo y sus predicadores a cerca de la vida lujuriosa.

 

 

 

 

La buena vida de ricos y pobres

En un tema tan complejo como es el buen vivir, el arte de vivir a plenitud, el darse buena vida, el darse calidad de vida, que daría para grandes volúmenes, puede reducirse el planteamiento a exponer si es indispensable mucho dinero para hacer de la existencia una ocasión para alcanzar la felicidad en nuestro planeta.  Ei rico más connotado que tuvo el siglo XX supo distinguir muy bien entre tener dinero y usarlo para vivir bien, Aristóteles Onassis, buscó, recolectó y disfrutó el dinero como pocos en la historia de la humanidad; entendió el poder y el privilegio que el dinero otorgan; acuñó una frase para la historia: “Solo los estúpidos y los necios desprecian el dinero”. A su manera, comprendió también que un elemento de cambio y de adquisición da a quien lo ostenta mayor libertad y posibilidad de darse una vida lujosa, pero los lujos y el confort no deben sobrepasar más allá de lo necesario para vivir bien.  

 

Pobres hay con sabiduría imponderable que advierten que es mejor tomarse una agua de panela en la intimidad familiar que tener muchos millones y tener problemas en cantidad.  Muchos de los comprometidos en el tema trasnacional de Odebrecht deben pensarlo así desde sus lúgubres y frías celdas de prisión en Brasil, Colombia, Estados Unidos o Perú. Ni qué decir de los antes barones electorales del país que en 2014 permitieron la reelección de Juan Manuel Santos; uno que rumia sus penas y tristezas desde un inhóspito cuarto presidiario al sur de Bogotá, y el otro, acorralado por los escándalos judiciales que lo comprometen y lo tienen ad portas de la cárcel, dió la cara, no para declararse culpable de los delitos que se le enrostran, sino para reclamar auxilio a instancias jurídicas internacionales, porque se estima y se autodefine como una víctima de la concusión, el chantaje y la coacción de depredadores económicos disfrazados de magistrados o defensores del orden legal en el ministerio fiscal o ente acusador.

 

Millonarios modernos también existen que saben bien que pasados ciertos topes de dinero, la plata no sirve sino para crear problemas. La revista Diners de agosto de 2017, nos trae varios ejemplos de multimillonarios en dólares, que a pesar de tener sus arcas repletas de dinero llevan una vida simple y sin excentricidades. Destaca este columnista al considerado segundo magnate más grande del mundo en la actualidad, el industrial, financiero y sensible Warren Buffet, próximo a ser nonagenario y cuya fortuna es de 74.000 millones de dólares, quien dedica gran parte de su dinero a obras sociales y benéficas.  Este San Francisco de Asís moderno posee un excelente buen vivir sin que su descomunal fortuna lo lleve a ser un exhibicionista o desaforado consumidor.   Su apellido sugiere una comida apetitosa y variada, un gran festín para ser un pecador con gula, sin embargo, vive por debajo de su capacidad adquisitiva, no tiene celular, lo cual comparto plenamente, pues yo también vivo sin ese útil pero aditivo aparato electrónico. 

 

Parece que reyes, magnates y poderosos hombres de estado delegan en sus súbditos de la comunicación y que sujetos de clase media creen ser poderosos por hacerse a móviles y celulares con última tecnología, u obreros o empleados bajos, colman sus frustraciones y ausencia de recursos haciéndose importantes con sus apéndices de comunicación en todo lado. “Tengo lo que necesito y no preciso nada más”, es el modo de vida sencillo que define Buffet para él y que acorde son las enseñanzas de los sabios antiguos y modernos es todo lo que se necesita para vivir bien.  El joven neoyorquino, Mark Zuckerberg, que se embolsilló en su treintena de años una multimillonaria suma de suma de dólares por fundar y vender Facebook, vive discretamente, maneja su automóvil gama media y viste como un universitario con precario presupuesto. Carlos Slim, perteneciente a la élite de multimillonarios modernos, ubicado dentro de los 10 más ricos del mundo en el siglo XXI, viaja en su viejo automóvil Mercedes Benz, no le gustan los jets privados ni los yates que parecen lujos de nuevos ricos o individuos que exceptuando jeques árabes y otros ricos, pretenden vivir de la apariencia.  Su casa, cuenta la revista Forbes, es la misma que tiene desde que era un ciudadano sin la posición económica y social de ahora.

 

De tacaña ha sido calificada la millonaria australiana Gina Rinehart, única mujer entre la decena de millonarios, quien se autoproclama víctima de la envidia de pobres y otras personas que la critican a los que invita a envidiar y charlar menos y trabajar más. Dos multimillonarios nos trae como ejemplo el órgano mensual de comunicación aludido para ilustrar cómo existen formas distintas de disfrutar las fortunas: Luis Carlos Sarmiento, un trabajador incansable y poco dado al despilfarro, y Arturo Calle, comerciante prudente y buen inversor, ambos dedicados más a conseguir dinero que a darse una buena vida con su colosal capital.

 

El más grande de los literatos antioqueños, don Tomás Carrasquilla, fustigó a los ricos antioqueños por su desmedida avaricia y su precaria calidad de vida.  El ilustre hombre de letras de la Antioquia grande, Emiro Kastos, en obra Julia, de mediados del siglo XIX, definió la sociedad de Medellín como monótona, avara, clasista, resentida y viciosa, es decir con muy bajo perfil de lo que representa el buen vivir.   El filósofo envigadeño, el inmenso y excelso escritor más valorado en Europa que en su tierra, Fernando González, no se quedó atrás al perfilar el rico antioqueño como un tosco y robusto pastor aldeano sin cultura, conciencia, gusto o distinción.  Del buen y mal vivir de los multimillonarios colombianos tenemos dos ejemplos paradigmáticos: Coroliano Amador y don Pepe Sierra.

 

La soberbia, la envidia y la avaricia; enemigos del buen vivir

Desde hace muchos años vengo cavilando sobre los principales factores que dan al traste con la felicidad humana y ahondando en textos y ensayos he podido advertir que en general la mayoría de los pecados capitales, pero especialmente los indicados en el título de este artículo, son los que de manera más notoria dan al traste con el arte del buen vivir; mujeres y hombres son víctimas de ellos y con especial énfasis algunas posiciones son más atenazantes entre los hombres, aun cuando en estos tiempos ellas atacan a unos y otras en condiciones similares.  La soberbia, pecado capital supremo conocido desde los albores del cristianismo por la postura arrogante de satanás que se reveló contra el Dios bíblico judío, ha sido el talón de Aquiles de miles de hombres que han gobernado el mundo.

 

El control social, el consumismo y la comodidad o vivir con lujos, son en palabras del autor John Izzo, los enemigos de la felicidad que a juicio de quien este artículo escribe, aquejan más a las mujeres que a los hombres.  Para poder entender el desbarajuste social que aqueja a la sociedad moderna, debemos adentrarnos en el estudio de estas maléficas pasiones, que a decir verdad no son invento de las últimas generaciones. 

 

Hasta en la culta Grecia antigua hasta los Dioses eran presa favorita de la envidia, la soberbia y la codicia; las obras maestras de La Ilíada y La Odisea no son más que episodios producidos por estas malsanas pasiones humanas y divinas.  No es de extrañar que la avaricia, la altanería y la envidia de millones de personas de las capas medias y bajas padezcan tan tristes y monstruosas pasiones ruines y bajas; pero con igual rigor estas también atacan a mujeres y hombres poderosos y ello explica por qué un Hitler, un Mussolini, un Sadam Hussein, un Leonidas Trujillo, un Miguel Antonio Noriega y otros sátrapas fueran víctimas de sus ambiciones desmedidas, su excesiva arrogancia o su insana envidia por el poder y el dinero.

 

También podemos concluir que tales fenómenos psíquicos, profundamente de la condición humana, fueron las razones por las que banqueros multimillonarios, en otras épocas considerados ejecutivos exitosos, como Mario Conde en España y Jaime Michelsen en Colombia, fueron objeto de enjuiciamiento y condena por parte de las respectivas justicias.

 

En los últimos años dinastías políticas como los Kirchner en Argentina, han sufrido declive político y social a causa de su desmedida codicia económica y política.  En Latinoamérica, más  de la mitad de exmandatarios y presidentes en ejercicio están siendo enjuiciados y algunos se encuentran en prisión por las mismas razones.  Brasil, Perú, Honduras, Guatemala y Venezuela son apenas un muestrario de poderosos caídos en desgracia, debido a su voraz apetito de enriquecimiento rápido e injustificado. Y en Colombia, lo que era una conducta propia de los políticos, pasó a ser un vicio de altos dignatarios de la justicia, nunca antes se había judicializado y puestos en calidad de subjudice a jueces, magistrados y otros funcionarios del poder judicial como en el par de años últimos.  Lo que era un secreto a voces entre el círculo de la justicia penal colombiana y en los pasillos de algunos tribunales y cortes del país, se desdibujó definitivamente entre 2016 y 2017. 

 

La contratación indebida y remunerada a múltiples empleados de la burocracia estatal, que fue disimulada y hasta justificada por varias décadas, devino en la causa de persecución penal más desaforada en estos años, impulsada y puesta en evidencia por la justicia norteamericana.  Empero la venta ilícita de algunas sentencias de las altas cortes, existente de hace un cuarto de siglo, pero destapada apenas en los últimos meses, es la mayor causa de desestabilización del país, por cuanto la venalidad hizo su entrada en los templos sagrados de la justicia, que es lo peor que puede pasarle a una nación.

 

La pretendida igualdad de las democracias modernas lleva implícito el sello de la corrupción, fenómeno denominado por la filósofa italiana Elena Pulcini, las patologías de la democracia.  En una monarquía el pueblo raso y los ricos y los gobernantes no se igualan con los reyes y por ello es difícil que la envidia entre a las clases altas y la aristocracia monárquica, en tanto que dentro de la supuesta igualdad democrática moderna, tiende a confundirse la jerarquía clasista y quienes provienen de estratos bajos se igualan o tratan de superar a los antes poderosos y privilegiados detentadores del poder económico político y social.  Eso fue lo que ocurrió con algunos sectores del poder judicial colombiano, que desde que la carta política del 91 les entrego la función burocrática de elegir altos dignatarios, se igualaron con los políticos exigiéndoles canjes burocráticos a cambio de nombramientos de alta alcurnia. 

 

El antiguo manzanillo politiquero de pueblo que accedía al poder y a puestos a base de componendas de directorios políticos, se convirtió en el togado que de igual manera utilizó la capacidad nominadora en las cortes para hacer el erario público el botín burocrático de esposas, amigos y familiares.  Tal como lo pide el ilustre ex fiscal, ex procurador y ex ministro de justicia, Alfonso Gómez Méndez, hacen falta unidades investigativas del periodismo colombiano, como existían décadas atrás, para probar el grado de politización y clientelismo judicial de la rama jurisdiccional en las dos últimas décadas. El problema endémico que aqueja en el presente a la justicia colombiana, además de personal (que no puede reducirse a tres o cuatro nombres de altos dignatarios de la justicia), es Institucional, pues a la manera del escorpión, la Suprema Corte se inoculo el veneno de la codicia, la soberbia y la envidia, así existan togados probos y exentos de macula antiética, lo que supone un cambio sustancial del régimen de elección y nombramiento de los altos jerarcas de la Administración de Justicia y no meras reformas coyunturales y superficiales que no erradican el flagelo que azota a la antes respetabilísima tercera rama del poder público.

 

El mal vivir de los nuevos ricos

Caben es esa ya extensa logia de nuevos ricos que originariamente provienen en su mayoría de aldeas y ciudades medias emergentes de la economía precaria de la sociedad feudal decadente.  Venida a más en materia de dinero porque son sagaces y hasta inteligentes para hacerse a grandes fortunas o porque escogieran el camino rápido, pero sinuoso y peligroso, del enriquecimiento súbito; son sin embargo propensos a exhibir sus pertenencias o hacer gala del poder que tienen. Lucen altivos, altaneros, patanes y se empecinan en que su vecino conozca su automóvil último modelo, su suntuosa casa y otros haberes que le otorgan una aparente superioridad. 

 

Se hacen construir las moradas más vistosas en los barrios clasistas de las ciudades o en las provincias donde fueron conocidos como personas de escasos recursos; algunos gastan por cantidades millones en fiestas pueblerinas y dan la mano a los pobres y regalos a quienes tratan o conocen; pueden ser políticos mediocres que a base de artimañas se hacen al botín del erario público; también suelen dedicarse al negocio ilícito de las drogas, aun cuando ya parece que se alejan de esta actividad por cuanto aprendieron de un político de raza negra que una alcaldía da más que el narcotráfico; también se les puede encontrar en los puestos burocráticos de rango medio y no faltan los que se enquistan en los puestos de la élite del poder judicial. De poca cultura y de excesiva superficialidad los nuevos ricos desconocen por completo el hermoso arte del buen vivir, no tienen ni idea de lo que dijo Gandhi sobre los factores que destruyen al ser humano: “La plata sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, la creencia sin humanidad y la oración sin caridad”.

 

El nuevorriquismo como fenómeno social nuevo es el producto de una mala educación, de un modelo de enseñanza en el que se prepara al individuo para trabajar, para ser eficiente, para la supervivencia, no para ser, para autorrealizarse, ser cada día mejor persona y ciudadano ejemplar.

 

Detrás de todas las guerras, incluidas las electorales a las que se dedican los nuevos detentadores del poder judicial, desnudan el ansia de sobresalir, de acumular fortuna, la ambición desmedida, aun cuando estos personajes suelen disfrazar sus voraces apetitos dinerarios y soberbios deseos de acceder a las cumbres de los puestos burocráticos bajo doctrinas de patriotismo, servicio al país, ayuda de los necesitados o amor a la justicia.   Tal como lo escribiera el periodista ilustre antioqueño, Juan José Hoyos, a propósito de los 30 años del vil asesinato del humanista Héctor Abada Gómez y las cartas que legara a sus  hijos:   “Si los políticos amaran no serían tan corrompidos”.

 

Políticos hubo en la Colombia de otras épocas que con sus elocuentes discursos y sus cultas arengas semejaban a los oradores de las cultas Grecia y Roma.  Me acuerdo de los llamados Leopardos y los egregios caldenses Silvio Villegas, Fernando Londoño y Gilberto Alzate Avendaño, auténticos artistas de la palabra. Hoy, en el capitolio nacional, no quedan vestigios de aquella culta y aristocrática clase política, sino que abundan mediocres representantes y deslucidos senadores que en su mayoría tienen sus curules como una inversión millonaria de las que buscan obtener un provecho igual o superior a la inversión económica de la campaña electoral. Sin que en sus cabezas haya un cúmulo de ideas para exponer en el antes Salón Elíptico del Capitolio Nacional; en suma, mercaderes y mercachifles de la actividad política y nuevos ricos sin gracia, sin cultura y sin identidad, pues son meros apéndices del presidente de turno, quien suele comprarles sus conciencias, o lo queda de ellas, con cuotas millonarias del presupuesto.

 

El fenómeno de los Ñoños, caídos en desgracia en estos tiempos, es apenas botón de muestra del poder político nuestro y de otras naciones, incluidas España, Italia y muchas republiquetas centro y suramericanas.  Situación similar se ha vivido en el otrora respetado y amado Palacio de Justicia, hoy convertido en una guarida en la que se han escondido un puñado de vendedores de fallos judiciales, tal vez amparados en otros que sin ser venales, son al menos mercaderes de puestos, privilegios y puestos ostentosos.   Unas décadas atrás hombres eruditos, sabios y silenciosos ocuparon sus altas dignidades en la suprema corte, creando jurisprudencia que alumbraba el camino recto de la justicia y jamás se les vió en espectáculos tan degradantes como dedicarse por varios meses hasta por años a pelear por quién preside la corporación o a quién eligen fiscal u otros cargos llamados a proveer, como lo hemos visto en los últimos tiempos.

 

Jamás se conoció de un acto de indelicadeza de estas luminarias del derecho y un bonachón magistrado fue investigado hace algunos años por solo haber hecho una llamada inocente para recomendar a un pupilo suyo. Hoy existe la más descarada, abierta y desvergonzada práctica del cabildeo, clientelismo, intriga y demás formas repugnantes de hacerse elegir. Magistrados que han presidido la corte han sido políticos frustrados y empobrecidos abogados de mediocre trayectoria y auténticos malabaristas parecidos a políticos en campaña. De los actualmente cuestionados nuevos ricos, al juzgar por las millonarias sumas que presuntamente exigían por su actividad cohechadora, uno suele verse cual filósofo pensante, otro como un recién graduado que exhibe con orgullo su toga y otro con una falsa apariencia de solemnidad y respeto; los togados subjudice parecen más nuevos ricos que admirables juzgadores.

 

El buen vivir y los 7 pecados capitales

En mis reflexiones acerca del arte del buen vivir, de la buena vida y de la existencia opaca, gris, triste y monótona de millones de personas en este mundo presuntamente civilizado del siglo XXI y en competencia con la calidad de vida tranquila, serena y feliz, aun exenta la gente de lujos, confort y comodidades de las anteriores generaciones, he podido, con la ayuda de excelentes ensayistas, concluir que niños y niñas, hombres y mujeres adultos pueden tener un buen pasar de la vida a condición de manejar con prudencia y desistan de aplicar a sus existencias los temibles y famosos 7 pecados capitales. 

 

Las naciones judeocristianas han demostrado que no sirve ya para una buena convivencia entre connaturales y llevar vidas individuales felices el Código de Moisés, la famosa tabla del profeta que se condensa en los Diez Mandamientos.  Presuntos católicos fervientes los practican cada día menos y los no creyentes y supuestos ateos pueden llevar una buena vida sin tener en cuenta esta decena de preceptos religiosos, las obras de misericordia o las virtudes cardinales.  

 

Nadie ha podido pintar el alma, los más eximios poetas apenas si vislumbran aspectos esenciales de la belleza, la naturaleza, el espíritu y otras categorías psíquicas humanas.   Los más excelsos pintores de todos los tiempos no han podido jamás reflejar en el lienzo lo que es la anodina e inefable alma del hombre.   En un afán por tratar de conocer el enigma del alma del hombre, cuenta la leyenda que un rey, al parecer esloveno, llamó a su más reconocido sabio para que antes de morir le satisficiera su inquietud.   La misma leyenda se encarga de hacernos saber que pidió el sabio reunir ante Su Majestad a los hombres de su reinado más avariciosos y envidiosos; una vez en presencia de la máxima autoridad, ambos son advertidos que pueden pedir lo que deseen a condición que quien pida último obtendrá el doble del primero.   En su afán de codicia el ambicioso se rehúsa a pedir primero un número de acres de tierra, que es el premio ofrecido por el rey.   Su pasión de la avaricia lo lleva a pensar en el doble de acres que tendrá si pide primero.   El envidioso tampoco se decide a pedir en primer lugar porque lo atormenta que el otro pueda acceder un número duplicado de acres de tierra.  Cuenta el relator de la leyenda que el envidioso le espetó al supremo gobernante:   “Está bien Su Majestad, sacadme un ojo”.   Esa es la condición humana y podría decirse sin temor a equívocos que el mundo lo han movido los 7 pecados capitales y especialmente la envidia, la avaricia, la soberbia y la ira, cuatro elementos pasionales que han hecho de la humanidad un conjunto de belicosos, presumidos, prepotentes, ambiciosos, envidiosos e iracundos hombres y mujeres, que se han ocupado más en el decurso de la historia a pelear, avasallar al vecino, envidiarlo, acumular riquezas para ostentarlas, combatir en 5000 guerras, inventar títulos nobiliarios para humillar y menospreciar a otros y otras bellaquerías, necedades y perversidades inimaginables, tan propias de los humanos y tan ajenas en los animales. 

 

Las naciones no hacen más que reflejar la condición humana de personas que pueblan el planeta.   La soberbia, arrogancia y prepotencia de los ingleses, su frialdad glacial para el trato diario en las familias aristócratas, su posición económica y supuestamente cultural, hace que el Reino Unido esté dividido entre Lores y comunes del pueblo, lo que se refleja en el sistema bicameral parlamentario británico.    La soberbia y la gula también se ha dicho son propias el pueblo francés, en especial de los parisinos.   De los españoles, uno de ellos, el escritor Fernando Sánchez Plaja, define y describe a la nación ibérica como envidiosa y soberbia.  De los latinoamericanos se ha dicho que mucho del retraso económico, cultural y social de estas tierras tropicales se deben a la desmedida avaricia de sus élites y la patológica envidia de las otras capas sociales.   En cualquier caso ni los poderosos magnates y terratenientes de las naciones nórdicas de Europa y Norteamérica ni las masas de otras naciones tienen un buen vivir.

 

Es apenas una excelsa minoría, una culta estirpe aristócrata no de títulos nobiliarios y posesiones materiales, sino de un vasto nivel cultural, la que puede llevar una vida de lujos sin tener mucho dinero y de gran satisfacción por cuanto posee el gusto para acceder a una buena existencia sin tener que gastar enormes cantidades de dinero.   Esto explica por qué cultos hombres como Goethe gozaron sus vidas en el sur de Italia, compartiendo el buen arte y las bellezas históricas y culturales de la  bota itálica.   Bairon, Shelley, Mann, aristócratas cultos y refinados ingleses, agregaron a su educación británica lo que les enseño la mediterránea.   Un inteligente pensador del Reino Unido, el doctor Johnson, reconoció hace casi tres siglos:   “Todo lo que nos distingue de los salvajes viene del mediterráneo”.

 

Los gentleman ingleses constituyen apenas una minoría de la ramplona sociedad del Reino Unido, que no tienen nunca la calidad de vida de un nativo de la costa mediterránea, especialmente, de la región andaluza, si se tiene en cuenta que hace varios siglos Córdoba era el segundo califato del mundo después del de Bagdad.  Si aprendemos a manejar los siete demonios llamados pecados capitales, podremos darnos una excelente vida feliz y serena, exenta de pasiones turbulentas y dañinas, de esto me propongo escribir en futuras columnas. 

 

Progreso material vs felicidad personal

Durante los días de agosto de 2017 que la Medellín primaveral celebraba su fiesta anual de la Feria de  las Flores y miles de paisas y de extraños se entregaban a la ingesta de nuestra bebida alcohólica, el aguardiente, me fui en compañía de unos seres entrañables a la sala de cine independiente, Las Américas, para disfrutar una película curiosamente producida en Canadá, que lleva por título un nombre que sugiere una temática bastante sugestiva ya que apunta a la ilusión de vivir algo parecido al poema del gran poeta español, Calderón de la Barca, La vida es un sueño.  La trama central hace referencia al típico hombre de clase media con esposa y dos hijos; ella, gran consumista para llenar su aburrida vida matrimonial, y él, entregado frenéticamente a hacer dinero para tener una bella casa y confortable en la que concurre la tediosa existencia de la pareja, conformista con su rutina sexual y poco placentera.   El escenario en el que se rodó la película es extraordinariamente atractivo, pues nos muestra la hermosa y elegante Quebec, urbe por excelencia del Canadá franco parlante.   Cualquiera imaginaría viendo parajes, calles, monumentos y casas tan atractivos al ojo humano, que es el lugar ideal idílico para vivir a plenitud la felicidad personal y familiar.  Sin embargo, el gran mérito de la cinta consiste en tratar con maestría el tema fundamental en que se debate la sociedad moderna:   la tecnología como supuesto progreso material y el concepto de civilización.

 

Para muchos vivir en este doblemente frío país (en clima y en relaciones apáticas personales) presupone una condición de la cual derivan la felicidad sus habitantes; no obstante, al final la enseñanza y el mensaje que se extrae es que puede vivir mejor un campesino de la Antioquia rural o de la Andalucía española que los nativos de América del norte.

 

Con una vida frenética, colmada de gastos y facturas y una infelicidad conyugal manifiesta, en la que la sexualidad genital de los esposos es tan pobre y escasa de satisfacción, que el sexo solitario es la única forma de desfogue del atribulado cónyuge y padre de familia que termina arruinado y por supuesto, aplicando la frase de Máximo Gorki, según la cual cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana, que la antes supuestamente cariñosa y sumisa esposa termina mandándolo a dormir en lo que por estas tierras llamamos el cuarto de San Alejo.  La película es de una gran riqueza argumental, pues muestra crudamente la forma de vida del típico hombre de clase  media que vive de la apariencia y que a cambio de una casa confortable y unos muebles y enseres aparentemente bellos, renuncia a una satisfacción individual en el plano emocional, intelectual, cultural y sexual. 

 

El drama urbano cotidiano del hombre norteamericano que vende su alma al diablo del consumismo es magistralmente retratado en esta excelente cinta producida en un país que no tiene tradición en el arte cinematográfico.   Que los valores humanos es países como Canadá, Estados Unidos y otros nórdicos europeos están más retrasados que la tecnología, queda demostrado en el guion que dura casi dos horas.   Escenas y diálogos cargados de realismo y dramatismo conyugales hacen de la mencionada cinta una de las mejores que he visto en los últimos días.

 

La falta de civilización de América del norte y Europa nórdica se patentiza en este culebrón conmovedor que como el buen cine, se proyecta en pequeñas salas donde se degusta este bello arte y no en las grandes en las que la ficción exagerada aburre hasta el hartazgo.   Como niños confundidos padres e hijos juegan en los roles conocidos de la pareja típica pequeñoburguesa como un supuesto marco idílico de confort habitacional, pero con una pobreza emocional extrema.  Los juguetes de unos y otros son los mismos de nuestra familia clase media latinoamericana, que juegan a ir a otros planetas mientras olvidan disfrutar su única vida terrenal que tienen.

 

El deleite y goce de vivir grecorromano de la Europa y África mediterráneas no aparecen en el paradigma de existencia de la América y Europa Nórdicas.

 

Ejecutivos agresivos, competitivos e infelices abundan en los países llamados desarrollados, pero sus vidas son desconcertadas e insatisfechas, lo que demuestra que las mencionadas naciones  conocieran primero la tecnología pero no han podido aun conocer un grado de civilización que les permita a sus nativos vivir alegre y placenteramente.  Este último modo de vida es el que los griegos llamaban bárbaro y es el que impera en nuestras Colombia y España de estos tiempos así muchos crean vivir civilizadamente.

 

El negocio de vivir bien

En esta sociedad postindustrial, financiera y altamente virtual, muchos son los que desean hacer buenos negocios.  A la escuela, a la universidad, a los colegios se va a aprender, que se supone nos han de servir para la edad adulta tener un buen empleo y darnos una vida digna y si se puede, lujosa, de alta calidad.  En este frenesí diario por la conquista del pan nuestro y de nuestros seres amados, olvidamos que la única empresa que vale la pena cuidar, la que ha de ser objeto de atención y mimo, es nuestra existencia.  Nada más importante que nuestro cuerpo, nuestro espíritu, nuestra alma, y el mejor negocio es invertir en ella y hacer de nuestra existencia el objetivo principal y primordial de nuestro paso transitorio por la tierra. 

 

Quien invierte a sí mismo, quien se mima con buena comida, buenos vestidos, un hogar bien constituido, una vivienda cómoda y regocijante, con buenas lecturas, buenas compañías, buenos viajes, hace el mejor negocio de su vida, es un bon vivanti, un gran vividor, un auténtico existencialista pleno y gozón. Malgastar nuestra preciosa vida en trabajar incansablemente, atesorar dinero y no dejar tiempo para la holganza, el descanso y la relajación, constituye un gran pecado, un atentado contra nuestra dignidad humana; de hecho, el hombre es el único animal que trabaja para sobrevivir, los  animales y las plantas no se preocupan por trabajar para la manutención y sin embargo viven con alegría y se exhiben bellamente ante nuestros ojos.

 

En nombre de la mal llamada civilización nos volvemos cada día más trabajadores, más tensos, más preocupados y menos relajados.  Las responsabilidades laborales, domésticas y académicas, roban la mayor parte de nuestro tiempo, sin dejarnos la oportunidad de vivir exentos de temores, preocupaciones y ambiciones que al final de la vida vamos aprendiendo que son auténticos enemigos de la felicidad y la buena vida.

 

En ese afán de aprender a vivir sin prisas y en forma relajada, adoptamos mascotas, especialmente perros y/o gatos, pero poco es lo que aprendemos de estas criaturas que enseñan a vivir despreocupadamente.  Nada hay más independiente y autónomo que un gato, animal que vive juguetona y animadamente y para quien el tiempo no cuenta.  Un gato puede jugar a capturar un animal de su predilección, un ratón, varios días y cuando lo apresa juega con él algún tiempo; si observáramos su modo de vida, viviríamos más distendidamente.

 

Un perro, además de compañía, es un guardián hogareño, pero no le impide jugar casi todo el tiempo; solo el amo vive con preocupaciones reales o imaginarias sin aprender de tan noble animal.  Al contrario, nosotros los humanos gastamos y mal empleamos el 90% de nuestro tiempo y energías en adquirir los medios de subsistencia, el otro 10% lo utilizamos mal, casi siempre en ver televisión, entretenernos en las redes sociales y muy poco es lo que dedicamos a gozar la vida con alegría y plena consciencia.  Nos creemos civilizados porque utilizamos aparatos electrónicos para una supuesta comunicación con el prójimo o porque creemos que ellos nos harán más inteligentes, creativos y mejores productores, cuando ocurre algo diferente: nos perdemos de vivir a plenitud por andar inmersos en esta tecno adicción.

 

Las preocupaciones financieras, las complicaciones emocionales, personales, familiares y sociales se encargan de arrebatarnos la paz interior, de allí que enfermedades graves, como las del corazón aumenten vertiginosamente en esta sociedad autómata, conflictiva y neurótica.  Las enfermedades intestinales, cerebrales y coronarias, el cansancio, la neurosis, están al orden del día en una etapa del género humano que debiera padecer menos y gozar más.  Tenemos más bellos espacios para vivir, pero en nuestras almas y espíritus hay menos tranquilidad, más agobio, más penas.  En palabras del gran pensador y ensayista chino, Lin Yutang:   “Tenemos esta laboriosa humanidad sola, enjaulada, domesticada”.  Vivimos cotidianamente con menos optimismo y entusiasmo y nuestros rostros reflejan tensión, angustia, insatisfacción, pesadez de vivir.  La vitalidad y energía que destilaban nuestros antepasados hasta hace apenas dos generaciones han desaparecido para dar paso a personas apáticas, cansinas, tristes y lúgubres, todo en nombre de una falsa y dañina civilización.  La alegría y el sentido del humor, la creatividad, la vida holgana, juguetona y alegre  están desapareciendo de la faz de la tierra, nos está avasallando una vida sin entusiasmo, sin alegría, gris, monótona y tediosa.

 

A manera de plegaria, hago mías las palabras del sabio chino, Lin Yutang:   “¡Oh, sabia humanidad, terriblemente sabia humanidad, a ti canto, cuán inescrutable es la civilización en que los hombres laboran y trabajan y se preocupan hasta encanecer por conseguir el sustento y se olvidan de jugar!”. 

 

El banquete de la vida

La naturaleza, el mundo y los seres humanos nos brindan la oportunidad de encontrar belleza, alegría y sensualidad en el goce de vivir.  Servido está el festín vivencial, pero a menudo lo  malogramos con una educación equivocada, unos deseos desbordados, unas metas exageradas y otras concepciones erradas sobre lo que es vivir bien.

 

En este tiempo moderno las mujeres parecen en su mayoría no desear más que tener un cuerpo escultural, una figura exuberante y una belleza física espectacular, las modelos son sus paradigmas de vida y sus profesiones preferidas aquellas que exaltan y magnifican una existencia superficial, banal y frívola, no obstante que la belleza, ideal de las pasarelas, es un imposible de alcanzar por millones de mujeres; las féminas siguen patrones impuestos por modistas o los gurús de la moda.  La frustración de una gran masa de mujeres es el producto de creerse la falsa vida ideal, armónica supuestamente, de las profesionales del modelaje.  Quien conozca el modo de vida estresado y generante de permanente angustia de las maniquíes humanas podrá deducir que es una existencia aparente y carente de felicidad.

 

También los hombres jóvenes de estas generaciones recientes pretenden imitar las estrellas rutilantes del fútbol, los ejecutivos millonarios de las grandes empresas trasnacionales, los profesionales exitosos de la tecnología cibernética, como en otros tiempos emulábamos o teníamos como nuestros ídolos a los actores de cine y otros ganadores de las empresas privadas o de las distintas profesiones liberales.

 

Seguir estos modelos de vida constituye una oportunidad de enfrentarse al fracaso y dejar pasar las bellas oportunidades con fruición y gran alegría.  No es necesario vivir con mucho dinero si se tiene gran sensibilidad para gozar de nuestra compañía, la de otros especiales seres, la vida hogareña, ya que lo que se tiene únicamente como refugio ante las dificultades de la vida son un buen hogar, unos buenos hermanos, unos comprensibles padres y unos amigos de verdad.   

 

Disfrutar de la poesía, la buena música, la amistad sincera, la lectura instructiva, una buena conversación, la buena mesa, los viajes, es gozarse el festín de la vida.   Los placeres materiales, espirituales y culturales son los que se gozan en el banquete de nuestra existencia terrenal. No está de más recordar que eso nos enseña el gran maestro griego, Platón, en su famosa obra El banquete. El gran filósofo de Atenas dijo que el camino correcto para vivir bien es empezar por las cosas bellas de este mundo (un amanecer, un atardecer, contemplar las montañas, los mares, por ejemplo) y de allí escalonar a gozarnos nuestro cuerpo y el de otras personas e ir ascendiendo hacia las bellas normas de conducta y llegar a la cúspide del conocimiento, cuyo pináculo supremo es la sabiduría, que es el ideal máximo del hombre en la tierra.  

 

El ideal de belleza de esta gran civilización no consistió en el culto excesivo al cuerpo y a las formas voluptuosas de esta sociedad, tan excesivamente idealizada en la televisión, el cine y las redes sociales.  Los extremados adornos artificiales de las mujeres de estos tiempos nada tienen que ver con los dictados de la cultura griega representados en la máxima exponente de la belleza de los helenos:   Afrodita. La armonía del cuerpo, sus formas y la dulzura valían más para estos avanzados de la humanidad que un cuerpo escultural.

 

La romana,  por el contrario, fue amante del acicalamiento exagerado con el propósito de prolongar la juventud, patrón cultural que vuelve a imponerse en la sociedad de los siglos XX y XXI.  Muchos de los hombres y mujeres de esta época sufren con el concepto machista que relega y discrimina a la mujer que va perdiendo lozanía y belleza física y no faltan los que piensan que una mujer que pasa la edad del cuarto siglo es vieja, como si perdurara aun el concepto medieval de juventud y vejez.  Quienes se dejan imponer estas caducas y desvencijadas ideas malogran la oportunidad de disfrutar plenamente el manjar o festín de la vida.  La tiranía cultural que reduce la mujer a un objeto, cosificable, lujurioso y de exhibición y a los hombres en exitosos, ganadores y ricos, impiden a unos y otros tener una vida plena y gozosa en extremo.

 

Aspirar a vivir bien, sin trabajar demasiado, en paz con uno y con el prójimo, disfrutar del ocio, del placer a veces de no hacer nada, il dolce far niente, como dicen los italianos, de poder disfrutar de buenos momentos para la tertulia, la lectura, los viajes y paseos por la naturaleza, de un buen comer y beber y de una erótica sexualidad (que no debe confundirse con la pobre y limitada genitalidad), ha de ser el ideal que oriente y guíe nuestras existencias, no el modo vivencial que la sociedad, los maestros, los periodistas y otros creadores de la opinión pública nos impongan.  Esto se aprende desde temprana edad y quien sea privilegiado y pueda practicarlo en su juventud, madurez y la vejez, es un elegido de los dioses.

 

La vida serena y apacible

El mundo moderno es demasiado tenso y por tanto los habitantes que poblamos la tierra en este siglo XXI nos tomamos la vida de una manera distinta a cómo ha de vivirse.  La teología cristiana nos ha enseñado a ver la vida terrena como un castigo por el pecado cometido por Adán y Eva y los sacerdotes predicadores de la fe, dos veces milenaria, nos invitan añorar una buena vida de ultratumba, aquella que ha de suceder a la muerte y de la que no sabemos a ciencia cierta si existe, a cambio de sacrificar la única que poseemos en este tránsito temporal por la tierra. 

 

El concepto pagano de los griegos, más pragmático y menos rígido, particularmente el segundo por la filosofía hedonista y epicureista, parece más acorde a la débil y frágil condición humana.

 

El budismo y el hinduismo, religiones aparentemente tristes, practicadas por millones en el mundo oriental, generan individuos al menos más resignados y menos exigentes que nosotros los habitantes de occidente, probablemente más felices y alegres dentro de su pobreza material, pero con una inmensa riqueza espiritual.

 

El cristiano ortodoxo quiere que seamos inocentes, tontos y poco educados, pues según sus enseñanzas extremas es la única manera de llegar al reino de los cielos sin habernos gastado la vida hasta el último segundo con mucha voracidad y alegría. Conocimiento y sabiduría son conceptos que para la religión judeo-cristiana no generan felicidad, cuando sabido es que una mujer y un hombre cultos, educados y sabios tienen mayor vocación de alcanzar una vida dichosa.  Algún pensador dijo con demasiado tino que quien leía tenía la posibilidad de vivir miles de vidas, en tanto que quien no lo hace vive una muy estrecha y deficiente.  

 

Desde la infancia ha de practicarse la afición por la lectura, no impuesta sino producto del deseo de superación y conquista del saber que hace de quienes adquieren tan noble y provechoso hábito una persona atractiva, singular y con carisma especial.  Si en la niñez los juegos han de ser el escenario primordial del infante, la tertulia, la charla compartida, de tienda, de plaza, lo ha de ser para el joven para quien se abre su vida a un futuro halagüeño y prometedor.  La gallada, la patota o la barra barrial y callejera de quienes vivimos la niñez hace algunos años han desaparecido.  Esa alegría bullanguera y esa amistad despreocupada y sana de otros tiempos no muy lejanos que no pueden vivir los jóvenes de ciudad de ahora, son propicios para formar adultos alegres y optimistas, tan escasos cada día más.

 

Cada vez que nos volvemos más viejos, adultos, más maduros, dejamos atrás una época aventurera que le da a la vida un sabor especial, pues como dijo alguien, un anónimo: “una juventud sin travesura es una vejez prematura”.  Si queremos llevar una vida bienaventurada y dichosa durante la adultez y la vejez, debemos practicar el rito humano más exquisito y rejuvenecedor del espíritu: la conversación. Nada hay más inhumano que crear lazos afectivos, amistosos y solidarios con otros de nuestra especie a través del diálogo, de la conversación, de la charla, todas estas hermosas acciones que ha desplazado, primero la televisión, luego internet y ahora los teléfonos móviles y las redes sociales.

 

Si la humanidad supiera darle valor al arte de la palabra, el más grande y precioso de todos, no estaría en el presente inmersa en esa fatídica manía de comunicarse virtualmente, ejercicio que está debilitando el habla y promocionando seres autistas y mecánicos.  Las pasiones, los deseos, los miedos, los temores y toda una gama de sentimientos que nos hace profundamente humanos los estamos evitando cuando cada vez nos comunicamos menos en forma personal, cara a cara y lo hacemos por medio de una vida gélida y pantallera.

 

Si la cultura comprende el vivir las pasiones, las ambiciones, los deseos como el hambre, los dolores, el enojo, etc., la subcultura de la informática practicada como se hace ahora por muchos millones de personas en el mundo, pueden ser consideradas incultas en el arte del buen vivir.

 

Muchas gentes se quejan, se duelen que la vida es corta, pero no hacen nada para aprovechar los años que perduran en esta tierra y desperdician horas, días y meses en practicar actividades inocuas e improductivas para el espíritu como jugar cartas, beber alcohol o pasar noches enteras en recintos oscuros y bullosos, exhibiéndose, creyendo que están intimando con otros y cuando están en soledad se sienten vacíos y quieren repetir su existencia rutinaria y monótona de rumba y diversión exagerada.

 

Quienes aprovechan sus horas libres para leer o realizar una actividad manual o de otro orden que los enriquezca y viven la vida a plenitud pueden irse de este mundo con edades relativamente juveniles, pero conscientes de haberle sacado el mayor jugo y provecho al paso por el mismo.  Quien así ha vivido puede expresar al morir:   vaya viejecito tan agradable he tenido o que buena estuvo la función o no perdí mi tiempo y mi vida que es el mayor pecado que existe.

 

Si nos comparamos con una fruta que sabe mejor cuando madura o con el vino, no hemos de tener temor a vivir una niñez feliz, una juventud alocada y una vejez serena, ella será una buena vida exenta de preocupaciones innecesarias.

 

La vida hedonista, juguetona y alegre

A partir de mi experiencia personal y mis observaciones desde mis años infantiles, recibo la vida como una oportunidad única e irrepetible en la que se conjugan aspectos esenciales hoy olvidados y no practicados por esta automatizada y alienada sociedad mega digital.

 

Nos soy original en lo que antes he escrito ni lo seré en los futuros artículos,  pero sí tengo la firme convicción que la humanidad necesita volver a los tiempos de las sociedades viejas, aldeanas y campesinas en la que niños y adultos tenían la oportunidad de vivir lenta y regocijadamente en familia y en sociedad y había más tiempo para disfrutarnos a nosotros mismos, jugar, pensar y compartir momentos tranquilos con nuestros semejantes. La humanidad vivía mejor, pensaba profundamente y disfrutaba la existencia en aquellos tiempos en que la tecnología, la industria y el desarrollo desmedido de la ciencia no tenían las dimensiones de hoy.

 

Las generaciones anteriores a las más recientes conocíamos el hermoso arte de los juegos infantiles y una serie de diversiones simples pero balsámicas para el alma.  Correteábamos por callejuelas, calles, plazas, veredas y campos; jugábamos a la pelota, al fútbol, a las escondidas y las niñas a ser esposas; disfrutábamos con cometas, bicicletas, bolas o canicas y múltiples juegos infantiles; desde temprana edad nos preparábamos para vivir la vida a plenitud.

 

En esos pasados tiempos la máxima diversión tecnológica eran la radio y la televisión en sus primeros años de implementación y era común reunirse en familia a escuchar radionovelas, telenovelas o programas que entretenían o unían las familias.  Vino luego el atari, otros juegos electrónicos, aparición de internet y apareció para instalarse con una fuerza desmedida la nueva tecnología de los celulares. Con tal fenómeno se aceleró la desintegración familiar, la armonía y convivencia entre padres e hijos y se hizo trizas la comunicación, el afecto, las buenas relaciones parentales y muchos perdieron la alegría de vivir por andar anclados a sus apéndices electrónicos que como se ha dicho, los está destruyendo como seres humanos.

 

El estilo de vida de las sociedades anteriores a la nuestra puede haber sido lento, rutinario, monótono, pero en esencia fue profundamente humano, en el sentido que se vivía con mucha conciencia. Era una vida ociosa y productiva en muchos aspectos.  Filósofos, pintores, escultores y grandes hombres pensadores fueron los de otros tiempos; hoy apenas si existen unos cuantos que se salen del inmenso rebaño de seres que cada vez más se parecen clonados física, emocional e intelectualmente.

 

La vida mirada con amor y dulce ironía, con bondad, con dignidad y tolerancia como lo hicieron las viejas y sabias sociedades asiáticas, ha desaparecido para dar paso a una existencia globalizada, parecida cada vez más la una a la otra, en la que pueden percibirse miles, centenares, millones de personas  exhibiendo en sus manos en aparato electrónico al que se encuentran adictos, dependientes y que miran cada momento para enterarse de acontecimientos que nada aportan a sus existencias, a sus problemas, a su formación intelectual, cultural y menos emocional.

 

La vida de desapegos y desencantos que vivieron las viejas estructuras sociales china, india, europea y en menor medida latinoamericana, es hoy de enfermiza y obsesiva adicción a la tecnología digital, existencia en la que la noción juguetona y picaresca ha desaparecido, de allí que veamos a diario tantas desgracias personales y colectivas, tantos rostros y ojos tristes, desapacibles, tensos, que reflejan vidas estresadas, complicadas, neuróticas y hostiles.   La mente sensitiva, sensible, generosa del hombre de otras épocas está desapareciendo del entorno social y en su lugar se ha instalado una agresiva, competitiva, vanidosa, insensible y egoísta.  La cantidad de enfermedades coronarias que padecen millones de mujeres y de hombres en el mundo moderno y la tasa de infartos lo prueban.

 

Quien juega poco, quien ríe menos, quien se toma la vida en serio es un ser que se equivoca en su rumbo en el arte del saber vivir bien.