Privaciones de la infancia, génesis del buen vivir

Los antiguos chinos e indios, especialmente el pensador Confucio así lo enseñó en sus famosos libros que tanto auge tuvieron en varias dinastías, pregonaron, y aún todavía se aplican estas enseñanzas: a los niños se les debe educar con muchas restricciones y una disciplina severa.  Dicho de manera distinta:   si una familia quiere formar muy bien a una mujer u hombre para su vida adulta ha de criársele con muchas necesidades materiales y una  férrea disciplina.  Han transcurrido cerca de tres milenios y no ha habido para la humanidad una mejor fórmula de proporción adecuada para la vida adulta del ser  humano que el diseñado por los filósofos de estas potencias culturales y espirituales.

 

En el siglo XIII, ese gran santo de la cristiandad, San Francisco de Asís, comprendió la importancia de vivir una vida austera y con restricciones como base fundamental de una vida ejemplar. No cabe duda que las penurias y las restricciones son buenas muestras para el niño en su aprendizaje en su edad superior.  Basta mirar el entorno en el que vivimos y reflexionar acerca de lo acontecido en nuestros años infantiles y compararlos con los de nuestra madurez para llegar a la conclusión, los que nos criamos en un medio donde las estrecheces económicas y la falta de lujos, en nuestras vidas adultas nos enfrentamos con mayor facilidad a las adversidades y logramos dar valor a lo que adquirimos con esfuerzo y dedicación.

 

De otra parte, es regla general, y sólo se presentan casos excepcionales, de hijos de familias acomodadas que triunfan en sus vidas y logran vivir los años de existencia con felicidad, serenidad y alegría.  Se afirma por los expertos en el tema de la navegación marítima, que un buen marino es aquel curtido en las lides de enfrentamiento a los mares bravos y borrascosos.  Igual acontece en el decurso de nuestras vidas:   nos forjamos una excelente individualidad y personalidad cuando tuvimos la feliz oportunidad de tener una infancia y adolescencia plagadas de restricciones, necesidades y carencias.

 

He cavilado durante mis años mozos y de adultez que lo mejor que me puede haber pasado es haber nacido y crecido en una numerosa familia paisa rodeado de otros nueve hermanos, en la que el más mínimo objeto y los elementos necesarios para una vida digna, se alcanzaba solo mediante el consenso en el que nuestros padres siempre pensaban en cada uno de los miembros del hogar, y así los útiles, cuadernos y demás elementos para ir  a la escuela debían ser compartidos entre nosotros, o que genera valores tan primordiales en la vida como la solidaridad, la hermandad y la gratitud, al tiempo que nos hace que seamos sensibles y poco egoístas con nuestros semejantes.  Ni qué decir de nuestros antepasados, que compartían sus prendas de vestir y muchas de ellas eran llevadas a un sastre para ser adaptadas de los hijos mayores a los menores.

 

Obsérvese y cáigase en la cuenta que las generaciones que fueron educadas en la infancia en los tiempos de la posguerra, son especialmente cultas, gratas y propensas a desarrollar capacidades empresariales y artísticas excepcionales.  Pongo de ejemplo a los españoles nacidos y criados en los años posteriores a la guerra civil de su país (de 1936 a 1939), con énfasis en los gallegos, que se vieron forzados a emigrar a tierras extrañas y que son una legión de  hombres prósperos hoy día en naciones como Argentina, particularmente en su bella capital, Buenos Aires, urbe moderna que en su hermosa calle, Avenida de Mayo, alberga numerosos restaurantes y hoteles de españoles, preferentemente gallegos.  Miles de andaluces, vascos, castellanos y catalanes emigraron a otros países europeos acosados por el hambre y las penurias de la guerra civil ibérica.  No menos dignos de admiración fueron los italianos, que huyeron de su hermosa península aupados por las dos guerras mundiales y que con tesón, disciplina y férrea voluntad creativa, se asentaron en Argentina donde son mayoría en su calidad de migrantes, y también en Venezuela, naciones donde dejaron hondas huellas en varios sectores de la economía, la industria y la cultura suramericana.   Joan Manuel Serrat, el más grande cantautor de habla hispana, nos habla a menudo de lo que implicó en su carrera artística y en su vida personal el haber nacido en una España pobre y atrasada posterior a la guerra civil, liderada por el general Francisco Franco.  La madre de Miguel Bosé, este excelente cantante hispano-panameño-colombiano, Lucía Bosé, dejó consignado en un libro que narra pasajes de su vida, lo que significó para ella ser una mujer italiana, el haber tenido una niñez que se desarrolló en la segunda guerra mundial.  Y no quiero terminar sin mencionar otro ejemplo de vida de mis paisanos y contemporáneos, los santuarianos, que se criaron en medio de adversidades económicas y restricciones grandes durante su niñez y que hoy  son considerados en el mundo entero como potentes y acaudalados mercaderes.  Mi apreciada y vecina familia liderada por un gran patriarca que fuera don Carlos Gómez Gómez, apodado cariñosamente “cacao”, es un modelo digno de emular.   Con férrea disciplina, junto con su esposa, doña Margarita, educaron cerca de una docena de hijos, entre los que destacan actualmente como grandes comerciantes Gustavo, Uriel, Jaime, Jesús María, Carlos Hernán, Luis y también algunas mujeres, entre ellas, Ana, en el ámbito nacional.  Los poderosos hoy propietarios de los supermercados el “Euro” y de varios centros comerciales en El Hueco en Medellín, los hermanos William y Humberto Duque Serna, tuvieron una infancia de carencias en nuestro natal El Santuario.  Otro ejemplo es la lección de vida de mi gran amigo, Hernán Aristizábal Agudelo, hoy destacado comerciante nacional e internacional, cuya niñez, en el hogar de don Carlos y doña Margarita, fue de pobreza económica y carencia de lujos.

 

Bienaventurados los que tienen una niñez marcada por la pobreza porque es la mejor escuela para el aprendizaje de una buena vida en la madurez, adultez y vejez.

 

Las riquezas y el buen vivir

En un mundo materialista y consumista como lo es el siglo XXI, podría pensar el lector que el título de este artículo apunta estrictamente a lo económico.  Ingenuo sería afirmar que cierta cantidad de dinero no hace falta para vivir bien y que el poder económico no conlleva a una vida satisfactoria si sabe administrar y degustar en sus justas proporciones.  Sin embargo, y creo haberlo afirmado en pretéritos escritos, soy de los que se inclinan por una vida personal en la que el ser es más importante que el tener.  La humanidad pareciera que fuera como muchos crustáceos que camina hacia atrás.  Desde hace miles de años el  hombre se preocupó por el cuerpo, por el alma y por la mente, las religiones han contribuido positivamente al cultivo también del espíritu, sin que pueda negarse que a veces se ha extralimitado en la importancia que se da a la salvación del alma, impidiendo que gocemos de esta vida terrenal.

 

Las cosas en la actualidad caminan por rumbos distintos: prestamos demasiada atención al cuerpo como se evidencia en la proliferación de gimnasios y centros de estética y desarrollo muscular en los que se entrenan muchos de los y las metrosexuales que salen a exhibir sus masas musculares y cuerpos formados a base de ejercicios, pero hemos olvidado igualmente el cultivo del espíritu, el intelecto y la mente, hecho que se refleja en el cierre progresivo de librerías y la apertura desmedida de lugares dedicados a juegos electrónicos, denominados casinos.

 

Es una perogrullada afirmar que la locura colectiva y el estado mental de buena parte de  la población afectada por neurosis es el reflejo de la manera equivocada como venimos enfrentado la vida.  Las aves raras o extrañas que somos los cultivadores de la lectura y otros practicantes de la espiritualidad son cada vez más escasos, en tanto que se acrecienta el número de individuos que se interesan más por su físico y su atractivo personal que por una personalidad matizada de encanto, jovialidad, alegría e interés por los temas culturales y del alma.

 

Cierto es que el buen vivir es una concepción distinta en cada individuo, sea mujer u hombre, aldeano o citadino y que lo que a uno le parece interesante a otro le puede parecer aburrido; no obstante, pueden concebirse reglas generales aplicables a ambos géneros.  La belleza o gusto por la moda son más del interés de las mujeres que del hombre y éste tiende más a obtener el poder económico, político e intelectual, sin que sea necesario excluir de este grupo a ciertas damas que piensan y actúan como los varones.  En uno u otro caso lo que cuenta es buscar el desarrollo personal y el crecimiento individual en los niveles indicados de lo corporal, mental, cultural y espiritual.  Cuerpo sano en mente sana decían los antiguos, constituye la base esencial de una buena personalidad, pero en este complejo y competitivo mundo moderno se requiere, además, buena cultura y los ejercicios espirituales que tanto gustaban al fundador de los jesuitas, el excelso español Ignacio de Loyola.   Un ejemplo digno de elogiar y de emular es el del ejecutivo antioqueño, otrora poderoso presidente del banco privado más importante del país, Bancolombia.  

 

Celebro con alegría y al alborozo que mi cuasi coterráneo, Carlos Raúl Yepes, nieto e hijo de la ilustre familia con origen granadino y santuariano, se haya atrevido a escribir y compartir su estilo de vida como persona y empleado de alto rango en el libro publicado en este año 2017, titulado “Por otro camino”, magistralmente prologado por otro excepcional ser humano, el argentino Jorge Valdano, tan buen futbolista que fuera como mejor buen ciudadano.  Quien quiera adentrarse en este pequeño pero ameno y excelente ensayo, encontrará que muchas de las ideas acerca del buen vivir coinciden con las que he venido pregonando y exponiendo desde hace varios meses en estos artículos.  Es más importante la búsqueda de la felicidad personal, el ser que el tener, nos lo recuerda Carlos Raúl en su bien escrito libro, que ha de servir de faro y de ejemplo a muchos de los descarriados jóvenes y adultos que andan perdidos por el mundo.  Que los goces físicos, espirituales, culturales y mentales superan la avariciosa conducta de acumular riquezas materiales, queda demostrado en las balsámicas palabras de ese ilustre nieto de quien fuera un distinguido mercader santuariano, don Jesús Antonio Yepes.

 

En mi modo de pensar me inclino por las personas de riqueza mental, intelectual, cultural y espiritual que por los multimillonarios que tanta importancia les dispensa la sociedad de hoy.

 

Las riquezas y el buen vivir

En un mundo materialista y consumista como lo es el siglo XXI, podría pensar el lector que el título de este artículo apunta estrictamente a lo económico.  Ingenuo sería afirmar que cierta cantidad de dinero no hace falta para vivir bien y que el poder económico no conlleva a una vida satisfactoria si sabe administrar y degustar en sus justas proporciones.  Sin embargo, y creo haberlo afirmado en pretéritos escritos, soy de los que se inclinan por una vida personal en la que el ser es más importante que el tener.  La humanidad pareciera que fuera como muchos crustáceos que camina hacia atrás.  Desde hace miles de años el  hombre se preocupó por el cuerpo, por el alma y por la mente, las religiones han contribuido positivamente al cultivo también del espíritu, sin que pueda negarse que a veces se ha extralimitado en la importancia que se da a la salvación del alma, impidiendo que gocemos de esta vida terrenal.

 

Las cosas en la actualidad caminan por rumbos distintos: prestamos demasiada atención al cuerpo como se evidencia en la proliferación de gimnasios y centros de estética y desarrollo muscular en los que se entrenan muchos de los y las metrosexuales que salen a exhibir sus masas musculares y cuerpos formados a base de ejercicios, pero hemos olvidado igualmente el cultivo del espíritu, el intelecto y la mente, hecho que se refleja en el cierre progresivo de librerías y la apertura desmedida de lugares dedicados a juegos electrónicos, denominados casinos.

 

Es una perogrullada afirmar que la locura colectiva y el estado mental de buena parte de  la población afectada por neurosis es el reflejo de la manera equivocada como venimos enfrentado la vida.  Las aves raras o extrañas que somos los cultivadores de la lectura y otros practicantes de la espiritualidad son cada vez más escasos, en tanto que se acrecienta el número de individuos que se interesan más por su físico y su atractivo personal que por una personalidad matizada de encanto, jovialidad, alegría e interés por los temas culturales y del alma.

 

Cierto es que el buen vivir es una concepción distinta en cada individuo, sea mujer u hombre, aldeano o citadino y que lo que a uno le parece interesante a otro le puede parecer aburrido; no obstante, pueden concebirse reglas generales aplicables a ambos géneros.  La belleza o gusto por la moda son más del interés de las mujeres que del hombre y éste tiende más a obtener el poder económico, político e intelectual, sin que sea necesario excluir de este grupo a ciertas damas que piensan y actúan como los varones.  En uno u otro caso lo que cuenta es buscar el desarrollo personal y el crecimiento individual en los niveles indicados de lo corporal, mental, cultural y espiritual.  Cuerpo sano en mente sana decían los antiguos, constituye la base esencial de una buena personalidad, pero en este complejo y competitivo mundo moderno se requiere, además, buena cultura y los ejercicios espirituales que tanto gustaban al fundador de los jesuitas, el excelso español Ignacio de Loyola.   Un ejemplo digno de elogiar y de emular es el del ejecutivo antioqueño, otrora poderoso presidente del banco privado más importante del país, Bancolombia.  

 

Celebro con alegría y al alborozo que mi cuasi coterráneo, Carlos Raúl Yepes, nieto e hijo de la ilustre familia con origen granadino y santuariano, se haya atrevido a escribir y compartir su estilo de vida como persona y empleado de alto rango en el libro publicado en este año 2017, titulado “Por otro camino”, magistralmente prologado por otro excepcional ser humano, el argentino Jorge Valdano, tan buen futbolista que fuera como mejor buen ciudadano.  Quien quiera adentrarse en este pequeño pero ameno y excelente ensayo, encontrará que muchas de las ideas acerca del buen vivir coinciden con las que he venido pregonando y exponiendo desde hace varios meses en estos artículos.  Es más importante la búsqueda de la felicidad personal, el ser que el tener, nos lo recuerda Carlos Raúl en su bien escrito libro, que ha de servir de faro y de ejemplo a muchos de los descarriados jóvenes y adultos que andan perdidos por el mundo.  Que los goces físicos, espirituales, culturales y mentales superan la avariciosa conducta de acumular riquezas materiales, queda demostrado en las balsámicas palabras de ese ilustre nieto de quien fuera un distinguido mercader santuariano, don Jesús Antonio Yepes.

 

En mi modo de pensar me inclino por las personas de riqueza mental, intelectual, cultural y espiritual que por los multimillonarios que tanta importancia les dispensa la sociedad de hoy.

 

Lo pilares del buen vivir

Amor, trabajo y cultura son las bases de una vida feliz, quien tenga estos tres elementos puede ser un gran candidato a la felicidad humana.  Sin embargo, pocos los afortunados que en este convulsionado como alocado mundo pueden preciarse de tener satisfecho el trípode de la dicha existencial.  Unos carecen de un adecuado, apetecido  y bien remunerado trabajo; otros son afortunados en tener excelente empleo, pero carecen de la cualidad de gozar del amor por la vida, por la naturaleza, por sí mismos y por los demás; y los hay que teniendo las dos anteriores carecen por completo de cultura.  Así que no es fácil de satisfacer la tríada que hace la vida más alegre y feliz.

 

Nuestra educación tiende a imponernos la manera de adquirir un buen trabajo con descuido del arte de amar y el cultivo de una adecuada cultura.  Nos mutila la sociedad y nuestros padres alguno o algunos de los ingredientes necesarios para ejercer el arte del buen vivir.  Son millares de seres en el planeta los que se esfuerzan por conseguir los recursos básicos para su manutención y la de sus familias, otros cuantos miles se ocupan de sus negocios desde la mañana hasta altas horas de la noche sin dejar un espacio en sus vidas para ganarse a sí mismos, a sus seres queridos y desplegar los pasatimepos que hacen más amable la existencia.  La inmensa mayoría termina indefectiblemente siendo triste, aburrida y vacía a casusa de dar todo de sí para ganarse el pan de cada día o para aumentar su fortuna y para ella los goces de la cultura, el intelecto y el espíritu no existen o les resulta inaccesibles.  Cuántos ricos se privan de una feliz vida por miedo, codicia o ignorancia.  En mi experiencia de vida he conocido ganaderos millonarios que no se dan un viaje, no van a un buen restaurante o no adquieren un buen libro a causa de su ignorancia y codicia supremas.   Algunos ganaderos son millonarios rodeados de pillos, bandidos y criminales que al realizar erogaciones, que no son más que inversiones para ellos mismos, piensan en determinadas cabezas de ganado (con lo que cuesta un viaje me compro diez vacas o novillas), que acumulan dinero para que sus esposas e hijos lo despilfarren cuando ellos mueren ricos pero que vivieron unan vida de privaciones.   Mueren como vivieron:   desdichados.  No son pocos los industriales y comerciantes en el mundo que siguen la misma desafortunada senda de estos hombres del agro.

 

Antioquia, el siglo pasado, tuvo entre sus hijos a un zarrapastroso millonario que jamás conoció los goces de la cultura y el espíritu.  Nuestra cultura paisa ha estado fincada en el tener, en el acumular, en el ser rico y con excepción de algunos seres privilegiados, pertenecemos a un entorno de ávidos, avariciosos y codiciosos buscadores de fortuna.  El vacío interior y la pobreza espiritual de nuestros ricos contrastan con la abundancia cultural de hombres y mujeres como Fernando González, Gonzalo Arango, Débora Arango, para dar unos cuantos nombres.  La pobreza y vacuidad cultural y espiritual de nuestra comarca han sido objeto de múltiples críticas ácidas de plumas como la de los mencionados González, Arango y Fernando Vallejo.

 

Paisas hubo en la Antioquia de antaño con carrieles repletos de dinero pero carentes de sensualidad y sensibilidad por las artes y los goces mundanos.  Los hijos de los antioqueños colonizados en siglos pretéritos, los caldenses devenidos también quindianos y risaraldenses refinados y más cultos que sus ancestros, han dejado la llamada cultura grecoquimbaya en la que destacan figuras culturales como Silvio Villegas, Fernando Londoño y Londoño, Bernardo Arias Trujillo, Gilberto Alzate Avendaño y otros hijos ilustres de esa verde, bella y apreciada región central de Colombia.  Una fama de tal vale más que el rango de posesiones y riquezas materiales.

 

Jericó, en Antioquia, y Salamina, en Caldas, son cunas de mujeres y hombres ilustres por su cultura y espiritualidad, más valiosos que los orondos millonarios paisas, que exceptuados los Echavarría y unos pocos, han sido generalmente unos burros de oro, carentes del conocimiento del arte del buen vivir.

 

Lo pilares del buen vivir

Amor, trabajo y cultura son las bases de una vida feliz, quien tenga estos tres elementos puede ser un gran candidato a la felicidad humana.  Sin embargo, pocos los afortunados que en este convulsionado como alocado mundo pueden preciarse de tener satisfecho el trípode de la dicha existencial.  Unos carecen de un adecuado, apetecido  y bien remunerado trabajo; otros son afortunados en tener excelente empleo, pero carecen de la cualidad de gozar del amor por la vida, por la naturaleza, por sí mismos y por los demás; y los hay que teniendo las dos anteriores carecen por completo de cultura.  Así que no es fácil de satisfacer la tríada que hace la vida más alegre y feliz.

 

Nuestra educación tiende a imponernos la manera de adquirir un buen trabajo con descuido del arte de amar y el cultivo de una adecuada cultura.  Nos mutila la sociedad y nuestros padres alguno o algunos de los ingredientes necesarios para ejercer el arte del buen vivir.  Son millares de seres en el planeta los que se esfuerzan por conseguir los recursos básicos para su manutención y la de sus familias, otros cuantos miles se ocupan de sus negocios desde la mañana hasta altas horas de la noche sin dejar un espacio en sus vidas para ganarse a sí mismos, a sus seres queridos y desplegar los pasatimepos que hacen más amable la existencia.  La inmensa mayoría termina indefectiblemente siendo triste, aburrida y vacía a casusa de dar todo de sí para ganarse el pan de cada día o para aumentar su fortuna y para ella los goces de la cultura, el intelecto y el espíritu no existen o les resulta inaccesibles.  Cuántos ricos se privan de una feliz vida por miedo, codicia o ignorancia.  En mi experiencia de vida he conocido ganaderos millonarios que no se dan un viaje, no van a un buen restaurante o no adquieren un buen libro a causa de su ignorancia y codicia supremas.   Algunos ganaderos son millonarios rodeados de pillos, bandidos y criminales que al realizar erogaciones, que no son más que inversiones para ellos mismos, piensan en determinadas cabezas de ganado (con lo que cuesta un viaje me compro diez vacas o novillas), que acumulan dinero para que sus esposas e hijos lo despilfarren cuando ellos mueren ricos pero que vivieron unan vida de privaciones.   Mueren como vivieron:   desdichados.  No son pocos los industriales y comerciantes en el mundo que siguen la misma desafortunada senda de estos hombres del agro.

 

Antioquia, el siglo pasado, tuvo entre sus hijos a un zarrapastroso millonario que jamás conoció los goces de la cultura y el espíritu.  Nuestra cultura paisa ha estado fincada en el tener, en el acumular, en el ser rico y con excepción de algunos seres privilegiados, pertenecemos a un entorno de ávidos, avariciosos y codiciosos buscadores de fortuna.  El vacío interior y la pobreza espiritual de nuestros ricos contrastan con la abundancia cultural de hombres y mujeres como Fernando González, Gonzalo Arango, Débora Arango, para dar unos cuantos nombres.  La pobreza y vacuidad cultural y espiritual de nuestra comarca han sido objeto de múltiples críticas ácidas de plumas como la de los mencionados González, Arango y Fernando Vallejo.

 

Paisas hubo en la Antioquia de antaño con carrieles repletos de dinero pero carentes de sensualidad y sensibilidad por las artes y los goces mundanos.  Los hijos de los antioqueños colonizados en siglos pretéritos, los caldenses devenidos también quindianos y risaraldenses refinados y más cultos que sus ancestros, han dejado la llamada cultura grecoquimbaya en la que destacan figuras culturales como Silvio Villegas, Fernando Londoño y Londoño, Bernardo Arias Trujillo, Gilberto Alzate Avendaño y otros hijos ilustres de esa verde, bella y apreciada región central de Colombia.  Una fama de tal vale más que el rango de posesiones y riquezas materiales.

 

Jericó, en Antioquia, y Salamina, en Caldas, son cunas de mujeres y hombres ilustres por su cultura y espiritualidad, más valiosos que los orondos millonarios paisas, que exceptuados los Echavarría y unos pocos, han sido generalmente unos burros de oro, carentes del conocimiento del arte del buen vivir.

 

Aprendices de la vida

Comparto opinión con muchos pensadores ilustres y no tan conocidos que cada día que nos hacemos mayores vamos percibiendo en nuestras mentes y conciencias un hecho irrefutable: los seres humanos no sabemos vivir, somos eternos alumnos en el bello pero difícil arte del saber vivir.  Cometemos errores en los principales y básicos conceptos de vivir, a todo pulmón, nuestras vidas.  Los problemas, insatisfacciones, desgracias, frustraciones y resentimientos emergen del no saber vivir y en ello somos campeones eternos hombres y mujeres. La soberbia y altanería de muchos individuos y su absoluta carencia de humildad nos impide aceptar que somos unos neófitos aprendices del arte de vivir. Ilustres pensadores han dicho que cuando comenzamos a comprender el arte de vivir bien, serenos, satisfechos y felices, ya estamos próximos a la muerte, esto respecto de los que son afortunados en tan difícil aprendizaje, ya que muchos mueren sin haber conocido los misterios hermosos del buen vivir.

 

La sabiduría como último logro del ser humano es muy difícil adquirirla, pues tiene contenidos sustanciales que son cualidades muy poco comunes en esta moderna sociedad: inteligencia, prudencia, sosiego, moderación, experiencia y sentido común.  Bien nos cae en estos tiempos la brillante sentencia del gran pensador francés, Michel de Montaigne: “Que la principal ocupación de la vida, a partir de hoy, consista en vivir lo mejor posible”.  Tan grande ideal parece ser cada día menos alcanzable si nos atenemos a la notable desatención de millones de personas respecto de sus vidas y su total concentración alienante frente a los medios modernos tecnológicos de comunicación (debería decirse mejor de incomunicación) y la enfermiza de todo lo exterior con olvido de nuestro interior.

 

Resulta contradictorio que un filósofo tenido por cínico, negativo y ácido como Arthur Schopenhauer, tenga entre sus obras más amenas y provechosas el texto titulado “Aforismos sobre el arte de saber vivir”.  Mayor es nuestro asombro el provenir las enseñanzas claras y sabias sobre el arte del buen vivir de un pensador alemán, tan cuadriculados y racionales como son, comparables apenas con los japoneses, ingleses y norteamericanos.

 

El arte de vivir o la búsqueda de la felicidad fue esbozado y desarrollado hace dos milenios por el pensador español afincado en Roma, el ilustre Séneca, en su pequeña obra sobre la vida feliz.  Aristóteles, Sócrates, Platón, Epicuro, entre otros en la antigua Grecia, no hicieron otra cosa que vivir para filosofar,  sus pensamientos tenían como tema central la obtención de la felicidad. 

 

Todos sabemos por experiencia que los humanos somos esencialmente iguales, que nos mueven los mismos motivos para vivir, nos gustan las mismas cosas, tenemos los mismos deseos y queremos los mismos logros, especialmente, vivir placentera y dichosamente, el cómo hacerlo es la dificultad que se nos ha presentado en toda la historia de la humanidad. 

 

En otros tiempos mujeres y hombres se complacían de llevar una vida intelectual, culta y lujosa en el plano del conocimiento.  Hubo aristócratas intelectuales por decenas que ya pocos podemos tener en esta frenética sociedad de hoy.  El disfrute de goces y placeres en esta época, mal llamada moderna, ha disminuido mucho y más parece que padecemos un agobio y un estrés en nuestro objetivo de vivir.

 

El anhelo de Aristóteles de que nuestro destino no sea simplemente vivir, sino vivir bien, está cada día más lejano.  Mi admirado filósofo Epicuro, gestor de la vida sibarita, gozosa y placentera, dijo con mucho tino:   “Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre, porque así como no es útil la medicina si no suprime enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía sino suprime los sufrimientos del alma”.

 

Los siete sabios de la Grecia antigua dejaron para la posteridad los mínimos requisitos que todo individuo debe tener si aspira a ser un buen viviente, un excelente gozador de la vida a la que le extrae lo mejor de ella.  “Conócete a ti mismo”, fue el letrero que colocó uno de los sabios antiguos en el templo de Delfos.  “Hazte tú mismo”, fue otra sentencia esculpida en lugares públicos como enseñanza básica del arte del buen vivir.   Ahora lo que hacemos es querer imitar a otros, dejar de ser nosotros mismos y pretender vivir copiando modelos o estilos de la vida de los llamados famosos.   Los placeres de la vida sencilla, aldeana y retirada, tan aclamados en tiempos anteriores, ya no parecen hacer parte de la vorágine que son las urbes y ciudades de nuestro tiempo.

 

En la Edad Media, el reconocimiento interior, la contemplación y la tranquilidad del alma, era no solo atributo de santos, monjes o eremitas.  Schopenhauer, que era un hombre muy ilustrado, aprovechó las enseñanzas del filósofo griego, Epícteto, de Montaigne, de Voltaire, entre otros, para enseñarnos el complicado arte del buen vivir.  Tres fueron los pilares donde edificó el filósofo alemán la teoría del buen vivir, las tres clases de bienes de la vida humana:   la personalidad del individuo, los bienes y posesiones materiales y el honor o concepto que de uno tienen los demás.  En ese orden coloca el buen camino para una existencia feliz, alegre y fructífera. 

 

Aprendices de la vida

Comparto opinión con muchos pensadores ilustres y no tan conocidos que cada día que nos hacemos mayores vamos percibiendo en nuestras mentes y conciencias un hecho irrefutable: los seres humanos no sabemos vivir, somos eternos alumnos en el bello pero difícil arte del saber vivir.  Cometemos errores en los principales y básicos conceptos de vivir, a todo pulmón, nuestras vidas.  Los problemas, insatisfacciones, desgracias, frustraciones y resentimientos emergen del no saber vivir y en ello somos campeones eternos hombres y mujeres. La soberbia y altanería de muchos individuos y su absoluta carencia de humildad nos impide aceptar que somos unos neófitos aprendices del arte de vivir. Ilustres pensadores han dicho que cuando comenzamos a comprender el arte de vivir bien, serenos, satisfechos y felices, ya estamos próximos a la muerte, esto respecto de los que son afortunados en tan difícil aprendizaje, ya que muchos mueren sin haber conocido los misterios hermosos del buen vivir.

 

La sabiduría como último logro del ser humano es muy difícil adquirirla, pues tiene contenidos sustanciales que son cualidades muy poco comunes en esta moderna sociedad: inteligencia, prudencia, sosiego, moderación, experiencia y sentido común.  Bien nos cae en estos tiempos la brillante sentencia del gran pensador francés, Michel de Montaigne: “Que la principal ocupación de la vida, a partir de hoy, consista en vivir lo mejor posible”.  Tan grande ideal parece ser cada día menos alcanzable si nos atenemos a la notable desatención de millones de personas respecto de sus vidas y su total concentración alienante frente a los medios modernos tecnológicos de comunicación (debería decirse mejor de incomunicación) y la enfermiza de todo lo exterior con olvido de nuestro interior.

 

Resulta contradictorio que un filósofo tenido por cínico, negativo y ácido como Arthur Schopenhauer, tenga entre sus obras más amenas y provechosas el texto titulado “Aforismos sobre el arte de saber vivir”.  Mayor es nuestro asombro el provenir las enseñanzas claras y sabias sobre el arte del buen vivir de un pensador alemán, tan cuadriculados y racionales como son, comparables apenas con los japoneses, ingleses y norteamericanos.

 

El arte de vivir o la búsqueda de la felicidad fue esbozado y desarrollado hace dos milenios por el pensador español afincado en Roma, el ilustre Séneca, en su pequeña obra sobre la vida feliz.  Aristóteles, Sócrates, Platón, Epicuro, entre otros en la antigua Grecia, no hicieron otra cosa que vivir para filosofar,  sus pensamientos tenían como tema central la obtención de la felicidad. 

 

Todos sabemos por experiencia que los humanos somos esencialmente iguales, que nos mueven los mismos motivos para vivir, nos gustan las mismas cosas, tenemos los mismos deseos y queremos los mismos logros, especialmente, vivir placentera y dichosamente, el cómo hacerlo es la dificultad que se nos ha presentado en toda la historia de la humanidad. 

 

En otros tiempos mujeres y hombres se complacían de llevar una vida intelectual, culta y lujosa en el plano del conocimiento.  Hubo aristócratas intelectuales por decenas que ya pocos podemos tener en esta frenética sociedad de hoy.  El disfrute de goces y placeres en esta época, mal llamada moderna, ha disminuido mucho y más parece que padecemos un agobio y un estrés en nuestro objetivo de vivir.

 

El anhelo de Aristóteles de que nuestro destino no sea simplemente vivir, sino vivir bien, está cada día más lejano.  Mi admirado filósofo Epicuro, gestor de la vida sibarita, gozosa y placentera, dijo con mucho tino:   “Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre, porque así como no es útil la medicina si no suprime enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía sino suprime los sufrimientos del alma”.

 

Los siete sabios de la Grecia antigua dejaron para la posteridad los mínimos requisitos que todo individuo debe tener si aspira a ser un buen viviente, un excelente gozador de la vida a la que le extrae lo mejor de ella.  “Conócete a ti mismo”, fue el letrero que colocó uno de los sabios antiguos en el templo de Delfos.  “Hazte tú mismo”, fue otra sentencia esculpida en lugares públicos como enseñanza básica del arte del buen vivir.   Ahora lo que hacemos es querer imitar a otros, dejar de ser nosotros mismos y pretender vivir copiando modelos o estilos de la vida de los llamados famosos.   Los placeres de la vida sencilla, aldeana y retirada, tan aclamados en tiempos anteriores, ya no parecen hacer parte de la vorágine que son las urbes y ciudades de nuestro tiempo.

 

En la Edad Media, el reconocimiento interior, la contemplación y la tranquilidad del alma, era no solo atributo de santos, monjes o eremitas.  Schopenhauer, que era un hombre muy ilustrado, aprovechó las enseñanzas del filósofo griego, Epícteto, de Montaigne, de Voltaire, entre otros, para enseñarnos el complicado arte del buen vivir.  Tres fueron los pilares donde edificó el filósofo alemán la teoría del buen vivir, las tres clases de bienes de la vida humana:   la personalidad del individuo, los bienes y posesiones materiales y el honor o concepto que de uno tienen los demás.  En ese orden coloca el buen camino para una existencia feliz, alegre y fructífera. 

 

Los placeres del buen vivir

Consciente he sido desde muy temprana edad que la importancia suprema que en el ser humano tiene valorar los sencillos pero grandes placeres, que además de hacernos felices, nos proporcionan la posibilidad de extraer lo mejor que la existencia nos brinda.

 

Probablemente algunos lectores den por sabido cuáles son las cosas, ideas, logros y metas que conducen a un buen vivir, y determinantes, en última instancia, de la felicidad humana.  También los puede haber que les parezca demasiado obvio exponer qué es lo que nos gusta en el diario luchar por la conquista del bienestar personal; y no faltan los que consideran demasiado obvio lo que pretendo exponer en esta columna.  Sin embargo, en mi concepto no es tan fácil concebir acertadamente cuáles son los temas neurálgicos de nuestras vidas que nos hacen felices y plenos en el arduo camino de la vida.  Si así no fuera no encontraríamos explicación a lo desbarajustado y caótico que andan el hombre y la mujer del tercer milenio, ni el   por qué se dan tantas guerras, ni millones de seres viven en la infelicidad y otros desesperados con sus existencias recurren al suicidio como único remedio de su tediosa forma de vivir.

 

Pertenecemos a una sociedad materialista, hedonista al extremo, egoísta, cuya meta principal es la consecución de dinero, la acumulación de bienes y en tiempos recientes la admiración de otros, lo que se ha dado en llamar fama o reconocimiento de nuestros congéneres.  Hastag, facebook y otras formas cibernéticas de exhibición, demuestran el hambre de presentarnos ante los demás como únicos, singulares, exitosos y dignos de tener una buena reputación social. En tiempos pasados casi nadie se interesaba por las vidas ajenas y pocos exhibían y mostraban su intimidad ante otros. En la actualidad, lo que pretenden los adictos a las redes sociales, es ser el centro de atracción a costa de feriar, ridículamente a veces, nuestra cotidianidad. Mostrar a otros que viajamos, que asistimos a los mejores eventos musicales, que cenamos en restaurantes de alta calidad y nos relacionamos con la gente más bella y famosa de nuestro entorno, es la tendencia moderna de comunicarnos con otros igualmente ávidos de contar lo mismo.

 

En síntesis, poco nos importa el ser interior, nuestro espíritu, lo que somos en esencia humanamente hablando; lo que interesa al hombre moderno, entendido también el género femenino, es la apariencia, el qué dirán, la imagen, con abandono total de nuestra verdadera individualidad e identidad. Todo ello constituye lo contrario del arte del buen vivir. De allí que muchos de nuestros políticos no se interesen por vendernos ideas buenas para mejorar nuestras vidas, sino que pretenden, por medio de publicistas y directores de imagen, mostrarnos una falsa simpatía alambicada con una mueca o sonrisa impostada; también muchos vanos y pretenciosos ejecutivos y burócratas de alto nivel pueden ser simpáticos en su intimidad, pero déspotas y superficiales en el ejercicio de su oficio profesional. También engloban tales conductas una forma incorrecta de ejercitar el buen vivir.

 

Que el arte del buen vivir esté en decadencia lo prueba el hecho que cada vez conocemos menos hombres y mujeres joviales, simpáticos y tengan lo que en el idioma castellano se llama bonhomía. El hermoso vocablo que utilizara el poeta español, Antonio Machado, que representa al muy buen ciudadano y a una excelente persona.

 

A este columnista no le cabe duda alguna que la vieja China rural y la India menos tecnológica que la de hoy, de ambiente campestre y sin populosas como desiguales ciudades como Nueva Delhi, Bombay y otras, representan las sociedades más cercanas al ideal de la buena vida y pioneras en el arte del buen vivir. En contraste con nuestra cultura occidental, dentro de la cual cabe incluir nuestra sociedad iberoamericana.  Desde la educación infantil y hogareña nos enseñan a enfrentarnos a la vida para la subsistencia y la manutención propia y de la familia, con abandono total de todos los aspectos que conllevan al ser humano a ser una persona feliz y realizada. No nos enseñan a cambiar los temores, ansiedades, celos y envidias, sino que nos potencian para ser egoístamente competitivos.

 

Los placeres duraderos y dignos de ser tenidos como fuente de felicidad (la buena comida, el buen sexo, los viajes, la amistad, la buena convivencia, etc.), poco importa ya, lo que nos interesa es tener y no ser, atesorar no disfrutar, todo ello enemigo del buen vivir.

 

Los placeres del buen vivir

Consciente he sido desde muy temprana edad que la importancia suprema que en el ser humano tiene valorar los sencillos pero grandes placeres, que además de hacernos felices, nos proporcionan la posibilidad de extraer lo mejor que la existencia nos brinda.

 

Probablemente algunos lectores den por sabido cuáles son las cosas, ideas, logros y metas que conducen a un buen vivir, y determinantes, en última instancia, de la felicidad humana.  También los puede haber que les parezca demasiado obvio exponer qué es lo que nos gusta en el diario luchar por la conquista del bienestar personal; y no faltan los que consideran demasiado obvio lo que pretendo exponer en esta columna.  Sin embargo, en mi concepto no es tan fácil concebir acertadamente cuáles son los temas neurálgicos de nuestras vidas que nos hacen felices y plenos en el arduo camino de la vida.  Si así no fuera no encontraríamos explicación a lo desbarajustado y caótico que andan el hombre y la mujer del tercer milenio, ni el   por qué se dan tantas guerras, ni millones de seres viven en la infelicidad y otros desesperados con sus existencias recurren al suicidio como único remedio de su tediosa forma de vivir.

 

Pertenecemos a una sociedad materialista, hedonista al extremo, egoísta, cuya meta principal es la consecución de dinero, la acumulación de bienes y en tiempos recientes la admiración de otros, lo que se ha dado en llamar fama o reconocimiento de nuestros congéneres.  Hastag, facebook y otras formas cibernéticas de exhibición, demuestran el hambre de presentarnos ante los demás como únicos, singulares, exitosos y dignos de tener una buena reputación social. En tiempos pasados casi nadie se interesaba por las vidas ajenas y pocos exhibían y mostraban su intimidad ante otros. En la actualidad, lo que pretenden los adictos a las redes sociales, es ser el centro de atracción a costa de feriar, ridículamente a veces, nuestra cotidianidad. Mostrar a otros que viajamos, que asistimos a los mejores eventos musicales, que cenamos en restaurantes de alta calidad y nos relacionamos con la gente más bella y famosa de nuestro entorno, es la tendencia moderna de comunicarnos con otros igualmente ávidos de contar lo mismo.

 

En síntesis, poco nos importa el ser interior, nuestro espíritu, lo que somos en esencia humanamente hablando; lo que interesa al hombre moderno, entendido también el género femenino, es la apariencia, el qué dirán, la imagen, con abandono total de nuestra verdadera individualidad e identidad. Todo ello constituye lo contrario del arte del buen vivir. De allí que muchos de nuestros políticos no se interesen por vendernos ideas buenas para mejorar nuestras vidas, sino que pretenden, por medio de publicistas y directores de imagen, mostrarnos una falsa simpatía alambicada con una mueca o sonrisa impostada; también muchos vanos y pretenciosos ejecutivos y burócratas de alto nivel pueden ser simpáticos en su intimidad, pero déspotas y superficiales en el ejercicio de su oficio profesional. También engloban tales conductas una forma incorrecta de ejercitar el buen vivir.

 

Que el arte del buen vivir esté en decadencia lo prueba el hecho que cada vez conocemos menos hombres y mujeres joviales, simpáticos y tengan lo que en el idioma castellano se llama bonhomía. El hermoso vocablo que utilizara el poeta español, Antonio Machado, que representa al muy buen ciudadano y a una excelente persona.

 

A este columnista no le cabe duda alguna que la vieja China rural y la India menos tecnológica que la de hoy, de ambiente campestre y sin populosas como desiguales ciudades como Nueva Delhi, Bombay y otras, representan las sociedades más cercanas al ideal de la buena vida y pioneras en el arte del buen vivir. En contraste con nuestra cultura occidental, dentro de la cual cabe incluir nuestra sociedad iberoamericana.  Desde la educación infantil y hogareña nos enseñan a enfrentarnos a la vida para la subsistencia y la manutención propia y de la familia, con abandono total de todos los aspectos que conllevan al ser humano a ser una persona feliz y realizada. No nos enseñan a cambiar los temores, ansiedades, celos y envidias, sino que nos potencian para ser egoístamente competitivos.

 

Los placeres duraderos y dignos de ser tenidos como fuente de felicidad (la buena comida, el buen sexo, los viajes, la amistad, la buena convivencia, etc.), poco importa ya, lo que nos interesa es tener y no ser, atesorar no disfrutar, todo ello enemigo del buen vivir.

 

Educar a los educadores

Si como viene de demostrarse por medio de varias columnas, que padres de familia, profesores, sacerdotes, orientadores en general de la sociedad, dentro de los cuales juegan en la actualidad un papel importante los poderosos medios de comunicación, con la televisión a la cabeza y en grado primordial algunos youtubers que utilizan las redes sociales para anunciar, vender o difundir ideas, se hace imperioso que estos privilegiados educadores tomen conciencia y adquieran conocimientos tendientes a tener una excelente formación humanística, que es lo que finalmente le hace falta a esta alocada, materialista y consumista agrupación social del siglo XXI.

 

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