El banquete de la vida

La naturaleza, el mundo y los seres humanos nos brindan la oportunidad de encontrar belleza, alegría y sensualidad en el goce de vivir.  Servido está el festín vivencial, pero a menudo lo  malogramos con una educación equivocada, unos deseos desbordados, unas metas exageradas y otras concepciones erradas sobre lo que es vivir bien.

 

En este tiempo moderno las mujeres parecen en su mayoría no desear más que tener un cuerpo escultural, una figura exuberante y una belleza física espectacular, las modelos son sus paradigmas de vida y sus profesiones preferidas aquellas que exaltan y magnifican una existencia superficial, banal y frívola, no obstante que la belleza, ideal de las pasarelas, es un imposible de alcanzar por millones de mujeres; las féminas siguen patrones impuestos por modistas o los gurús de la moda.  La frustración de una gran masa de mujeres es el producto de creerse la falsa vida ideal, armónica supuestamente, de las profesionales del modelaje.  Quien conozca el modo de vida estresado y generante de permanente angustia de las maniquíes humanas podrá deducir que es una existencia aparente y carente de felicidad.

 

También los hombres jóvenes de estas generaciones recientes pretenden imitar las estrellas rutilantes del fútbol, los ejecutivos millonarios de las grandes empresas trasnacionales, los profesionales exitosos de la tecnología cibernética, como en otros tiempos emulábamos o teníamos como nuestros ídolos a los actores de cine y otros ganadores de las empresas privadas o de las distintas profesiones liberales.

 

Seguir estos modelos de vida constituye una oportunidad de enfrentarse al fracaso y dejar pasar las bellas oportunidades con fruición y gran alegría.  No es necesario vivir con mucho dinero si se tiene gran sensibilidad para gozar de nuestra compañía, la de otros especiales seres, la vida hogareña, ya que lo que se tiene únicamente como refugio ante las dificultades de la vida son un buen hogar, unos buenos hermanos, unos comprensibles padres y unos amigos de verdad.   

 

Disfrutar de la poesía, la buena música, la amistad sincera, la lectura instructiva, una buena conversación, la buena mesa, los viajes, es gozarse el festín de la vida.   Los placeres materiales, espirituales y culturales son los que se gozan en el banquete de nuestra existencia terrenal. No está de más recordar que eso nos enseña el gran maestro griego, Platón, en su famosa obra El banquete. El gran filósofo de Atenas dijo que el camino correcto para vivir bien es empezar por las cosas bellas de este mundo (un amanecer, un atardecer, contemplar las montañas, los mares, por ejemplo) y de allí escalonar a gozarnos nuestro cuerpo y el de otras personas e ir ascendiendo hacia las bellas normas de conducta y llegar a la cúspide del conocimiento, cuyo pináculo supremo es la sabiduría, que es el ideal máximo del hombre en la tierra.  

 

El ideal de belleza de esta gran civilización no consistió en el culto excesivo al cuerpo y a las formas voluptuosas de esta sociedad, tan excesivamente idealizada en la televisión, el cine y las redes sociales.  Los extremados adornos artificiales de las mujeres de estos tiempos nada tienen que ver con los dictados de la cultura griega representados en la máxima exponente de la belleza de los helenos:   Afrodita. La armonía del cuerpo, sus formas y la dulzura valían más para estos avanzados de la humanidad que un cuerpo escultural.

 

La romana,  por el contrario, fue amante del acicalamiento exagerado con el propósito de prolongar la juventud, patrón cultural que vuelve a imponerse en la sociedad de los siglos XX y XXI.  Muchos de los hombres y mujeres de esta época sufren con el concepto machista que relega y discrimina a la mujer que va perdiendo lozanía y belleza física y no faltan los que piensan que una mujer que pasa la edad del cuarto siglo es vieja, como si perdurara aun el concepto medieval de juventud y vejez.  Quienes se dejan imponer estas caducas y desvencijadas ideas malogran la oportunidad de disfrutar plenamente el manjar o festín de la vida.  La tiranía cultural que reduce la mujer a un objeto, cosificable, lujurioso y de exhibición y a los hombres en exitosos, ganadores y ricos, impiden a unos y otros tener una vida plena y gozosa en extremo.

 

Aspirar a vivir bien, sin trabajar demasiado, en paz con uno y con el prójimo, disfrutar del ocio, del placer a veces de no hacer nada, il dolce far niente, como dicen los italianos, de poder disfrutar de buenos momentos para la tertulia, la lectura, los viajes y paseos por la naturaleza, de un buen comer y beber y de una erótica sexualidad (que no debe confundirse con la pobre y limitada genitalidad), ha de ser el ideal que oriente y guíe nuestras existencias, no el modo vivencial que la sociedad, los maestros, los periodistas y otros creadores de la opinión pública nos impongan.  Esto se aprende desde temprana edad y quien sea privilegiado y pueda practicarlo en su juventud, madurez y la vejez, es un elegido de los dioses.

 

La vida serena y apacible

El mundo moderno es demasiado tenso y por tanto los habitantes que poblamos la tierra en este siglo XXI nos tomamos la vida de una manera distinta a cómo ha de vivirse.  La teología cristiana nos ha enseñado a ver la vida terrena como un castigo por el pecado cometido por Adán y Eva y los sacerdotes predicadores de la fe, dos veces milenaria, nos invitan añorar una buena vida de ultratumba, aquella que ha de suceder a la muerte y de la que no sabemos a ciencia cierta si existe, a cambio de sacrificar la única que poseemos en este tránsito temporal por la tierra. 

 

El concepto pagano de los griegos, más pragmático y menos rígido, particularmente el segundo por la filosofía hedonista y epicureista, parece más acorde a la débil y frágil condición humana.

 

El budismo y el hinduismo, religiones aparentemente tristes, practicadas por millones en el mundo oriental, generan individuos al menos más resignados y menos exigentes que nosotros los habitantes de occidente, probablemente más felices y alegres dentro de su pobreza material, pero con una inmensa riqueza espiritual.

 

El cristiano ortodoxo quiere que seamos inocentes, tontos y poco educados, pues según sus enseñanzas extremas es la única manera de llegar al reino de los cielos sin habernos gastado la vida hasta el último segundo con mucha voracidad y alegría. Conocimiento y sabiduría son conceptos que para la religión judeo-cristiana no generan felicidad, cuando sabido es que una mujer y un hombre cultos, educados y sabios tienen mayor vocación de alcanzar una vida dichosa.  Algún pensador dijo con demasiado tino que quien leía tenía la posibilidad de vivir miles de vidas, en tanto que quien no lo hace vive una muy estrecha y deficiente.  

 

Desde la infancia ha de practicarse la afición por la lectura, no impuesta sino producto del deseo de superación y conquista del saber que hace de quienes adquieren tan noble y provechoso hábito una persona atractiva, singular y con carisma especial.  Si en la niñez los juegos han de ser el escenario primordial del infante, la tertulia, la charla compartida, de tienda, de plaza, lo ha de ser para el joven para quien se abre su vida a un futuro halagüeño y prometedor.  La gallada, la patota o la barra barrial y callejera de quienes vivimos la niñez hace algunos años han desaparecido.  Esa alegría bullanguera y esa amistad despreocupada y sana de otros tiempos no muy lejanos que no pueden vivir los jóvenes de ciudad de ahora, son propicios para formar adultos alegres y optimistas, tan escasos cada día más.

 

Cada vez que nos volvemos más viejos, adultos, más maduros, dejamos atrás una época aventurera que le da a la vida un sabor especial, pues como dijo alguien, un anónimo: “una juventud sin travesura es una vejez prematura”.  Si queremos llevar una vida bienaventurada y dichosa durante la adultez y la vejez, debemos practicar el rito humano más exquisito y rejuvenecedor del espíritu: la conversación. Nada hay más inhumano que crear lazos afectivos, amistosos y solidarios con otros de nuestra especie a través del diálogo, de la conversación, de la charla, todas estas hermosas acciones que ha desplazado, primero la televisión, luego internet y ahora los teléfonos móviles y las redes sociales.

 

Si la humanidad supiera darle valor al arte de la palabra, el más grande y precioso de todos, no estaría en el presente inmersa en esa fatídica manía de comunicarse virtualmente, ejercicio que está debilitando el habla y promocionando seres autistas y mecánicos.  Las pasiones, los deseos, los miedos, los temores y toda una gama de sentimientos que nos hace profundamente humanos los estamos evitando cuando cada vez nos comunicamos menos en forma personal, cara a cara y lo hacemos por medio de una vida gélida y pantallera.

 

Si la cultura comprende el vivir las pasiones, las ambiciones, los deseos como el hambre, los dolores, el enojo, etc., la subcultura de la informática practicada como se hace ahora por muchos millones de personas en el mundo, pueden ser consideradas incultas en el arte del buen vivir.

 

Muchas gentes se quejan, se duelen que la vida es corta, pero no hacen nada para aprovechar los años que perduran en esta tierra y desperdician horas, días y meses en practicar actividades inocuas e improductivas para el espíritu como jugar cartas, beber alcohol o pasar noches enteras en recintos oscuros y bullosos, exhibiéndose, creyendo que están intimando con otros y cuando están en soledad se sienten vacíos y quieren repetir su existencia rutinaria y monótona de rumba y diversión exagerada.

 

Quienes aprovechan sus horas libres para leer o realizar una actividad manual o de otro orden que los enriquezca y viven la vida a plenitud pueden irse de este mundo con edades relativamente juveniles, pero conscientes de haberle sacado el mayor jugo y provecho al paso por el mismo.  Quien así ha vivido puede expresar al morir:   vaya viejecito tan agradable he tenido o que buena estuvo la función o no perdí mi tiempo y mi vida que es el mayor pecado que existe.

 

Si nos comparamos con una fruta que sabe mejor cuando madura o con el vino, no hemos de tener temor a vivir una niñez feliz, una juventud alocada y una vejez serena, ella será una buena vida exenta de preocupaciones innecesarias.

 

La vida hedonista, juguetona y alegre

A partir de mi experiencia personal y mis observaciones desde mis años infantiles, recibo la vida como una oportunidad única e irrepetible en la que se conjugan aspectos esenciales hoy olvidados y no practicados por esta automatizada y alienada sociedad mega digital.

 

Nos soy original en lo que antes he escrito ni lo seré en los futuros artículos,  pero sí tengo la firme convicción que la humanidad necesita volver a los tiempos de las sociedades viejas, aldeanas y campesinas en la que niños y adultos tenían la oportunidad de vivir lenta y regocijadamente en familia y en sociedad y había más tiempo para disfrutarnos a nosotros mismos, jugar, pensar y compartir momentos tranquilos con nuestros semejantes. La humanidad vivía mejor, pensaba profundamente y disfrutaba la existencia en aquellos tiempos en que la tecnología, la industria y el desarrollo desmedido de la ciencia no tenían las dimensiones de hoy.

 

Las generaciones anteriores a las más recientes conocíamos el hermoso arte de los juegos infantiles y una serie de diversiones simples pero balsámicas para el alma.  Correteábamos por callejuelas, calles, plazas, veredas y campos; jugábamos a la pelota, al fútbol, a las escondidas y las niñas a ser esposas; disfrutábamos con cometas, bicicletas, bolas o canicas y múltiples juegos infantiles; desde temprana edad nos preparábamos para vivir la vida a plenitud.

 

En esos pasados tiempos la máxima diversión tecnológica eran la radio y la televisión en sus primeros años de implementación y era común reunirse en familia a escuchar radionovelas, telenovelas o programas que entretenían o unían las familias.  Vino luego el atari, otros juegos electrónicos, aparición de internet y apareció para instalarse con una fuerza desmedida la nueva tecnología de los celulares. Con tal fenómeno se aceleró la desintegración familiar, la armonía y convivencia entre padres e hijos y se hizo trizas la comunicación, el afecto, las buenas relaciones parentales y muchos perdieron la alegría de vivir por andar anclados a sus apéndices electrónicos que como se ha dicho, los está destruyendo como seres humanos.

 

El estilo de vida de las sociedades anteriores a la nuestra puede haber sido lento, rutinario, monótono, pero en esencia fue profundamente humano, en el sentido que se vivía con mucha conciencia. Era una vida ociosa y productiva en muchos aspectos.  Filósofos, pintores, escultores y grandes hombres pensadores fueron los de otros tiempos; hoy apenas si existen unos cuantos que se salen del inmenso rebaño de seres que cada vez más se parecen clonados física, emocional e intelectualmente.

 

La vida mirada con amor y dulce ironía, con bondad, con dignidad y tolerancia como lo hicieron las viejas y sabias sociedades asiáticas, ha desaparecido para dar paso a una existencia globalizada, parecida cada vez más la una a la otra, en la que pueden percibirse miles, centenares, millones de personas  exhibiendo en sus manos en aparato electrónico al que se encuentran adictos, dependientes y que miran cada momento para enterarse de acontecimientos que nada aportan a sus existencias, a sus problemas, a su formación intelectual, cultural y menos emocional.

 

La vida de desapegos y desencantos que vivieron las viejas estructuras sociales china, india, europea y en menor medida latinoamericana, es hoy de enfermiza y obsesiva adicción a la tecnología digital, existencia en la que la noción juguetona y picaresca ha desaparecido, de allí que veamos a diario tantas desgracias personales y colectivas, tantos rostros y ojos tristes, desapacibles, tensos, que reflejan vidas estresadas, complicadas, neuróticas y hostiles.   La mente sensitiva, sensible, generosa del hombre de otras épocas está desapareciendo del entorno social y en su lugar se ha instalado una agresiva, competitiva, vanidosa, insensible y egoísta.  La cantidad de enfermedades coronarias que padecen millones de mujeres y de hombres en el mundo moderno y la tasa de infartos lo prueban.

 

Quien juega poco, quien ríe menos, quien se toma la vida en serio es un ser que se equivoca en su rumbo en el arte del saber vivir bien.

 

La vida jocosa, alocada, soñadora y curiosa, pilar del buen vivir

He comprendido desde mis primeros años de razonamiento que la vida sensatamente loca, soñadora, curiosa y matizada de buen humor conlleva a los máximos topes de alegría, dicha y felicidad. A mi juicio no se puede vivir una buena vida si no se tiene un sentido del humor que no raye en la payasada; una curiosidad por la naturaleza, las personas, los lugares, las ciudades, la ciencia y otras manifestaciones del pensamiento sin llegar a ser exagerado erudito o conocedor extremo de todo si no se vive un poco con pasión, con locura, con romanticismo y soñamos con proyectos y disfrutamos de ellos, sino andamos por la vida curioseando, escarbando, aventureando lo que vemos a nuestro alrededor. 

 

Quiere decir lo anterior que para vivir bien y adecuadamente nuestra existencia debemos hacer lo contrario que está haciendo el hombre y la mujer modernos, que están perdiendo progresivamente el sentido del humor, utilizando cada vez menos la curiosidad personal para descubrir el mundo, teniendo menos sueños y realizándolos en poca cantidad o existiendo de una manera alocada, díscola, desestresada, tranquila y relajada. Mala fama tienen las personas locas, aquellas que expelen alegría, rezuman vida y viven sueltas física y mentalmente; al contrario, gozan de buena reputación los serios, los encorsetados, los encopetados, los estirados. Siento simpatía y predilección por los primeros, me producen compasión los segundos.

 

No se puede vivir bien ni tener una vida bienaventurada sin una filosofía de vida alegre, moderadamente frívola, distendida y descomplicada.  Cuándo podrán entender ciertas gentes, especialmente algunos burócratas y empleados a sueldo que venden su destreza laboral, que ello implica ser amable, juguetón, soñador, díscolo y de buen humor y no un tipo déspota, frío, distante y poco generoso en trato con quien pide sus servicios. Los ejecutivos, disciplinados, obedientes, uniformados, extremadamente serios y poco risueños no es el ejemplar a mostrar del buen gozador de la vida.

 

Las pequeñas travesuras, las chanzas no extremas, la sencillez en el cotidiano vivir y una sana locura no extrema, hacen del ser que las practica un aprendiz del arte del buen vivir.  Lo dijo hace muchas décadas el escritor y pensador que supo combinar el estilo de vida chino con el norteamericano, Lin Yutang: “El mundo, creo, es demasiado serio y para ser demasiado serio tiene necesidad de una filosofía alegre y sagaz”. Buen consejo e inmensa receta para el arte de saber vivir para muchísimos ejecutivos, empleados de la burocracia estatal o empresarial y para millones de jóvenes y adultos que pueblan las grandes urbes modernas.  El sentido tragicómico de la vida como lo concibió Miguel de Unamuno o lo retrató Pedro Calderón de la Barca, pueden calmarse con una filosofía alegre, sabia y sencilla de los pensadores griegos, chinos e indios.

 

Tomarnos la vida con más ligereza y sencillez, pensar que no somos el centro de la vida, que apenas representamos una millonésima parte de una partícula del universo, nos hace aptos para el arte del buen vivir, filosofía que no practican ciertos hombres de negocio, algunas mujeres de la farándula o conocidos actores, estrellas del balompié u otras actividades deportivas.   

 

El planeta se ha vuelto cada vez más bélico y poco apto para vivir en razón de los cínicos y vanidosos que nos gobiernan y algunos orientadores de la opinión pública que nos imponen sus puntos de vista personales y superficiales a cerca del arte de vivir.

 

El mundo está repleto de vidas tensas, de individuos preocupados, perturbados psicológicamente y por ello se ríe menos y se riñe más. En estos tiempos por doquier existen guerras, conflictos y disputas. La paz mundial es un anhelo grande que parece está lejos de ser un estado conquistable. Un temperamento razonable y pacífico, un carácter dulce y apacible hacen de la mujer una hermosa criatura o del hombre un encantador individuo. Los modos de ver la vida humana de los griegos, los chinos y los egipcios son mis favoritos. Los ingleses, los japoneses y los norteamericanos me producen desazón y poca admiración. Respeto a los que como muchísimos de los jóvenes de hoy, siguen los modelos vivenciales de los segundos, tan expandidos en el planeta y copiados por millones en el mundo.

 

El aprendizaje de la buena vida

La felicidad humana como esencia de la aspiración nuestra en el planeta la han concebido los estadistas, los filósofos, los psicólogos y otros pensadores de diversas maneras.  La mayor estupidez es pensar que ella se logra por sí misma, sin esfuerzo, o que a ella se accede a través de simples enunciados. Los creadores e inspiradores de la constitución norteamericana, encabezados por Tomas Jefferson, declararon que la felicidad es un derecho.  Semejante desfachatez nos impulsa a pensar que un simple mandato hace a los hombres felices.

 

La tensión, ansiedad, preocupación y velocidad con las que vive el hombre o la mujer de los Estados Unidos en las grandes ciudades, demuestran que los padres de la causa política de la federación americana se equivocaron al estimar la dicha, la alegría o felicidad como un derecho. Parece más acertado concebirla como una aspiración que se logra mediante una lucha cotidiana y múltiples esfuerzos, no se es feliz solo por pensar que lo seremos, ni se alcanza la tranquilidad del ánimo solamente por medio de un pensamiento.

 

El gran pensador y escritor inglés, Bertrand Russell, en su excelente  ensayo La conquista de la felicidad, concluye lo que aquí se viene de afirmar.  Este pequeño tratado es uno de los más celebres pensamientos modernos de lo que significa el buen vivir y al mismo tiempo constituye una biblia respecto de las causas que llevan a mujeres y hombres a la amargura, la desdicha y otros factores  que impiden conquistar  el estado ideal por el que vale la pena vivir plenamente la existencia.

 

Muchos llaman buena vida, buen vivir, a la mera satisfacción de los placeres que representan la simple subsistencia (comer, dormir, poseer una vivienda confortable, etc.), pero quien vive así se equipara a los animales, para quienes estar satisfechos, más no felices, que es un estado del ser humano, requieren los elementos mínimos de su hábitat, buena salud y estar exentos  de maltratos. La felicidad es otra cosa, aun cuando muchos individuos se sientan felices o crean sentirse felices cuando sus vidas apenas representan una supervivencia precaria y superficial.  No en vano insignes psicólogos insisten a  menudo acerca de lo poco o nada que sabemos vivir y la necesidad imperiosa de ser permanentes y atentos aprendices en el más bello y difícil arte de hacer de nuestra  existencia una autentica obra de arte. Seguimos cometiendo errores imperdonables nosotros los mortales y todo parece indicar que en materia de saber vivir vamos en dirección contraria y en un triste proceso de retroceso.  

 

No hace falta ser un mago para adivinar que en esta era digital nos hallamos sumidos  en una cultura avasalladoramente destructiva, deshumanizante y alienante. La adicción virtual exagerada y desbordante nos está destruyendo la familia, las relaciones personales y las relaciones laborales, hasta el punto que, sin darnos cuenta, hemos olvidado la ternura, la interacción con otras personas, la atención hacia nosotros mismos y reímos poco y conversamos menos, cualidades estas últimas  que nos hace profundamente  humanos y nos diferencia de los animales.

 

Las desastrosas y apocalípticas consecuencias que en los últimos quince años ha producido en mujeres y hombres la exagerada y malsana adicción a internet y los teléfonos móviles es el fenómeno resaltado con maestría  por la científica de la conducta humana, Sherry Turkle, en su más reciente obra, En defensa de la conversación, libro que calca la vida cotidiana de la sociedad norteamericana en estos tiempos del poder avasallador y destructor de la ciencia digital, magnifica conquista científica malograda por el uso desmedido de ella.

 

Lejos de estar despojándonos de las viejas y malignas dependencias  y dañinos apegos de otros tiempos, nos hemos entregado frenéticamente a las redes sociales que nos están matando el alma  y no nos dejan vivir con consciencia y alegría.

 

De seres inteligentes, conscientes, atentos y sensibles, estamos pasando a ser  meras máquinas que nos comunicamos con otras máquinas y olvidamos con frecuencia la naturaleza, las cosas y nuestros semejantes por andar enquistados  a un silencioso pero dañinísimo aparato cibernético.  De nada nos sirvió la admonición o el llamado que nos hiciera hace unos siglos el gran padre del ensayismo, Michel de Montaigne: “Que la primera ocupación de tu vida, a partir de hoy consista en vivir lo mejor posible”.

 

La conexión digital, la navegación intensa por internet, la penetración desmedida en la zona facebook y la utilización exorbitante de WhatsApp y otras aplicaciones de los móviles o celulares, están acabando la empatía, la conexión  con otras personas, la conversación, la utilización y sumergimiento en una sana soledad, el poder apreciar el ocio y el aburrimiento como factores que potencian y alientan la creatividad, indican claramente que en el arte de vivir bien andamos como el cangrejo, en dirección hacia atrás y no hacia adelante como debe ser la vida de un ser humano.

 

En el arte de saber vivir con sabiduría estamos desaprendiendo cada día más.

El buen vivir y el dinero

Quizá suene machacón lo que voy a decir: aparentemente para hacer la vida un festín se necesita mucho dinero, pero lo cierto es lo contrario, que los ricos por regla general olvidan el arte de saber vivir por andar inmersos en sus negocios y en la rentabilidad que puedan arrojar los mismos.

 

Aprovecho la oportunidad que por coincidencia nos ha dado el buen cronista del periódico El Colombiano, José Guillermo Palacio, quien nos recordara el 5 de junio de 2017, en una amena, documentada y aleccionadora crónica a cerca de la parábola de los ricos y millonarios santuarianos, marinillos y chinos, comerciantes de estirpe mundial, atesoradores de enormes capitales, pero que en definitiva se valen y sirven muy poco de los capitales adquiridos. Parece increíble que personas tan aptas y hábiles para hacer grandes fortunas, no tengan la más mínima capacidad para disfrutarlas y convertir sus vidas en una auténtica fiesta. Parecido fenómeno ha acontecido con los varones de las drogas, malgastan sus vidas y las exponen, su tranquilidad y sus libertades para atiborrarse de dinero y cuando sus arcas están repletas de dólares no saben qué hacer con tan enormes fortunas y casando peleas con el estado, entre ellos mismos y sus bienes incautados por los Estados Unidos o el país de su orígen.  Colombianos y mexicanos han dado este triste espectáculo durante varias décadas.

 

Es inexplicable que un mafioso diga poseer o ser propietario de un caballo fino de paso cuyo valor es de varios millones de dólares y casi nunca puede montarlo porque tal actividad le está encomendada solamente a un adiestrador profesional.  En su ego el rico ostentoso no hace otra cosa que disfrutar el título de dueño de un ejemplar equino fuera de serie.  Lo contrario de un auténtico disfrutador de la vida, que lo poco que posee lo hace en beneficio propio, sin importar lo que otros piensen.   Las apropiadas palabras con las que cierra la crónica el excelente profesional de la comunicación social, Palacio, reflejan en esencia lo que son los ricos del mundo, que en un alto porcentaje no tienen la capacidad, goce y disfrute del dinero que es lo que hace apetecible la búsqueda del mismo. Sarcásticas líneas que sirven tanto para retratar los santuarianos, los chinos y otros nuevos ricos que olvidan que la plata es un medio para vivir bien y no un fin en sí mismo, pero por más centros comerciales que construyan, por más almacenes de dos metros de 400 millones que cada uno posea y por más mercados y países que conquisten para hacer dinero, el santuariano, en esencia, sigue siendo el mismo:  arracacho, con voz y dicho montañero a la espera que lleguen las fiestas del Retorno para volver a su pueblo para emborracharse con aguardiente en sus caballos de paso fino en los que invierte grandes fortunas en nombre del sagrado corazón de Jesús…

 

Su mundo en el comercio es tan breve que si bien los primeros regresaron para morir en el pueblo, la segunda generación morirá en algún gran pueblo o ciudad colombiana y la última, la que está en curso, convencida como muchos de sus ancestros que la plata es un fin y no un medio para vivir mejor, dejará sus huesos o cenizas en algún cementerio asiático, “donde  quien les lleve flores no sabrá siquiera cómo se pronuncian sus nombres”.

 

Pobres ricos del mundo actual, a cuya cabeza está el presidente de los Estados Unidos, emblemático hombre egocéntrico que no tiene nada más para dar que su abultada chequera y para mostrar sus poderosas empresas, que no tienen ni idea que hace miles de años el gran filósofo griego Diógenes de Sinope, en su inmensa sabiduría y sencillez increpara a Alejandro Magno, quien creíase un dios por haber conquistado medio mundo, cuando no se había conocido a sí mismo, necio e ignorante lo llamó aquel hombre del tonel y puso como ejemplo de buena vida a su perro que para ser feliz  no requería siquiera de un recipiente para beber con alegría agua.

 

Muchos humanos carentes de dinero son tan felices, al menos, como el gran sabio de Grecia.

 

Escenarios propicios para el buen vivir

Recomendables para una buena vida, para el desarrollo de la existencia plena y feliz, se tornan algunos lugares según se esté en edad infantil, juvenil o senil. Para quienes tuvimos el inmenso privilegio de haber disfrutado nuestra edad infantil en una aldea tranquila no es caro y amable el recordar aquellos polvorientos, tranquilos y sosegados poblachos de la Antioquia semirrural de la segunda mitad del pasado siglo. Afirmar que el niño que vivió su infancia en un ámbito rural, de adulto está mejor preparado para vivir una vida bienaventurada, no parece exagerado, en comparación con los desafortunados infantes que han nacido, crecido y desarrollado en las complicadas, ruidosas y peligrosas urbes de la modernidad. 

 

Obsérvese con detenimiento a los niños y adolescentes crecidos y criados en la aldea y podrá uno deducir que saben más de la vida y sus ojos destellan miradas de alegría y vivacidad; contrario a los taciturnos, tímidos y tristes que lucen muchos de los hijos cuya vida ha transcurrido en esos estrechos e incómodos apartamentos en los que se han convertido los habitáculos de las ciudades de estos tiempos.  Otro tanto puede decirse de la vida para el ser humano en su etapa de vejez.  Conviene a no dudar al adulto en edad avanzada un espacio rural, el campo es el mejor escenario para vivir los últimos años de la vejez o en su defecto un pueblo cercano a la montaña o al mar.  Y como término medio, puede pregonarse que una vida productiva y juvenil puede ser inmejorable en una ciudad, como quiera que por regla general los pueblos o las aldeas no ofrecen al joven y al adulto las oportunidades profesionales y personales que proporcionan las ciudades.

 

Diríase también, que el ideal de vida feliz y alegre es aquella en la que se alterna el trabajo citadino con el trabajo campestre, pero son pocos los que tienen el privilegio de acceder a tan apetecible modo de vivir. Son muchos los literatos y escritores que recomiendan el retorno a la naturaleza como remedio de los achaques y males de la vejez y que pregonan el encanto de la vida campestre y retirada. Sabios, poetas y filósofos durante cientos de años han expuesto las bondades y dulzuras de la vida contemplativa, durante la vejez de mujeres y hombres en edad de retiro laboral y en disfrute de su pensión de jubilación.

 

La inmersión en la naturaleza (sea montaña, valle o lugar ribereño de mar o río) renueva y fortifica el espíritu y llevan a quien disfruta de tan ambles lugares a tener un nivel de vida de alta calidad.  Senectudes sanas y lozanas al decir del gran médico y humanista español, Santiago Ramón y Cajal, se ven más a menudo en los sectores rurales y aldeanos que en las contaminadas y bulliciosas metrópolis del siglo XXI. El gran orador romano, Nerón, en su tratado sobre la senectud, alabó la vida campesina.

 

Ernesto Sábato, nacido en el pueblo bonaerense de Rojas, fue un gran defensor de la vida rural para la educación de los niños. Autores hubo en la Edad Media que hicieron apología de la vida aldeana y repudiaron el estilo vivencial de aquellos que preferían la cotidianidad en los palacios y cortes medievales.  El citado Ramón y Cajal, afirmó que la crisis de la ciudad y el ansia de naturaleza ataca a los intelectuales entre los sesenta y los setenta y cinco años, aun cuando agrega en el juicio que realiza, que no faltan los jóvenes o viejos idólatras de la urbe o aborrecedores del ruralismo.

 

La neurastenia, el cansancio  mental y la apatía personal, fenómenos propios de la vida agitada urbana, se curan con la vida contemplativa rural y campesina. Aconsejan los grandes pensadores vivir en lugares apartados de los centros urbanos para la edad madura y hacerse rodear de buenos amigos, leños y libros, lo que constituye una botica, curativa espiritual, al decir del médico citado.

 

He de recordar al gran rey español, Alonso de Aragón, quien solo pedía en su vejez leña vieja para quemar, vino viejo para beber, viejos libros que leer y viejos amigos para hablar.

 

Bienaventurada y dichosísima vida la del que después de haber vivido una vida campesina en su niñez, una buena vida urbana en su madurez, retorna a la salutífera vida aldeana en su vejez como la imaginaba el rey aragonés.

 

La vida placentera y lúdica

Cierto es que necesitamos hacer algo para sobrevivir, pero hacer del trabajo o la labor que se haga algo placentero y satisfactorio es el principio básico del buen vivir.  El trabajo como tal tiene la connotación de una tortura, de un sacrificio ajeno a la satisfacción. Trabajo es un vocablo que viene del latín que significa tripalium, que era en otros tiempos un instrumento de tortura. En el antiguo testamento  el trabajo es considerado una maldición divina.  En Grecia fue tenido como una actividad de esclavos.

 

El francés Charles Fourier fue uno de los precursores de la idea de tener un oficio poco penoso para el alma, concibió inteligentemente un modelo rotativo y poco rutinario del trabajo a fin de evitar el desagrado que conlleva realizar tareas mecánicas dentro de las industrias. No ha sido posible, sin embargo, ejecutar los nobles ideales laborales expuestos por Fourier y por el contrario las máquinas y los elementos cibernéticos lejos de haber aliviado la dura carga laboral de millones de obreros, lo que ha hecho es incrementar desmesuradamente el desempleo o el paro laboral.  Lo triste es que muchos obreros y empleados llevan el vacío existencial trabajando excesivamente durante muchas horas diarias.  Sigue siendo un karma que la humanidad luche a través de un oficio, tarea o labor por la mera subsistencia. Debería ser el lema de hombres y mujeres gozar, vivir y existir plenamente. Los políticos han preferido legarnos frases y sentencias inhumanas: trabajar, trabajar y trabajar, fue el ideal de un expresidente colombiano.  El inglés Winston Churchill no pensaba diferente y pidió a los trabajadores de su país durante la postguerra, sudor y lágrimas, no alegría. De nada sirvió al dirigente británico que sus paisanos del Reino Unido, especialmente ilustres irlandeses como Bernard Shaw y Oscar Wild, pregonaran una vida más serena en la que la amistad, el juego, el amor, el humor, la conversación y la lectura, y en general la diversión, sean el epicentro de ella.

 

Muchas de estas humanísimas, agradables y balsámicas actividades han desaparecido de la vida de millones de personas de este atareado siglo XXI. No olvidemos que muchas de estas ideas que hacen la vida mucho más agradable han sido las bases filosóficas de los sabios griegos, egipcios e indios durante varios milenios. Otro gran pensador, Blas Pascal, dijo en su momento lo que hoy día es una verdad incontrastable: “Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saben estar inactivos dentro de una habitación”.  

 

Sería una bendición para mucha gente no tener que trabajar solamente para satisfacer las mínimas necesidades de manutención y realización personal. Miro con aprecio a quienes ejercen profesiones liberales y principalmente aquellos que ejercen actividades que desarrollan a través del llamado free lance, esto es, quienes trabajan desde sus casas, sin horarios impuestos y no sometidos al implacable rigor de un jefe, el tedio de una oficina o la dictadura de un malgeniado gerente. Saben quienes trabajan en oficinas públicas, puestos oficiales o empresas privadas lo amargas que son las horas en esos fríos y sombríos lugares donde un capataz impone su disciplina. Existen compañeros de trabajo que se alían con éste y reina  muy a menudo un ambiente de envidia y competitividad feroces. El trabajo así llevado constituye un germen de desdicha y un abrevadero de enfermedades físicas y mentales.   La arrogancia y prepotencia de quienes ejercen como jefes, carentes a menudo de la hermosa virtud de la humildad, hacen de quienes allí trabajan lo hagan bajo la tiranía y ajenos a una satisfactoria actividad laboral. 

 

Sabios eran nuestros abuelos y padres que nos educaron en ideales laborales en los que no se tuviera la necesidad de depender de un patrón y no mendigar puestos otorgados por los politiqueros de turno. “El puesto de hoy es hambre de mañana”, y “la felicidad consiste en ser patrón”, fueron y son adagios de  la sabiduría popular que deben ser aplicados y practicados por quien aspira al buen vivir.

 

Gozar sin autodestruirse, no comprar placeres al precio del dolor o trabajar con desgano y por un mísero salario, fueron prédicas filosóficas de eximios pensadores como como Montaigne, Epicuro y Séneca, actualmente difundidas por el excelente pensador español Fernando Savater.  Atendamos a sus enseñanzas.

 

Condiciones para una vida bienaventurada

Hombres y mujeres que aspiran a un buen vivir deben aprender desde niños que nada más apropiado ha de haber en sus vidas que toparse con dificultades, desavenencias o sucesos negativos. Lo dijo hace dos milenios el gran sabio Séneca: “Las cosas prósperas suceden a la plebe y a los ingenios viles y al contrario, las calamidades, terrores y la esclavitud de los mortales son propios del varón grande. El vivir siempre en felicidad y el pasar de la vida sin algún remordimiento, es ignorar una parte de la naturaleza”. Un ejemplo ilustra y patentiza lo dicho por el preceptor del malvado Nerón: en diciembre de 2016 un joven de clase alta cometió un horrendo crimen contra una indefensa niña, a la que violó y cegó la vida en la capital colombiana; el diagnóstico del psiquiatra forense fue contundente: el procesado tuvo una niñez y una pubertad en la que sus padres le colmaron todos sus caprichos y nada le fue negado.

 

Por el contrario, hubo un infante que nacido y criado en un populoso barrio de Medellín, en pleno auge del narcotráfico y rodeado de contemporáneos suyos convertidos en sicarios del cartel de Medellín, es hoy un excelente músico de fama internacional. Las vidas fascinantes son aquellas surcadas por tristezas, aventuras, derrotas e incertidumbres. Nadie exhibe mejor su personalidad y sus cualidades que en los eventos de la derrota; el éxito no es un gran maestro, lo es el fracaso. La calamidad da ocasión a la virtud y prepara el espíritu para enfrentar otros avatares de la vida. Los seres humanos, como los árboles, crecen fuertes cuando son vapuleados por los fuertes vientos. Condición especial para el buen vivir es llevar una vida singular sin importar el qué dirán o el concepto o juicio de los demás. Nada hay más dañino para la felicidad humana que depender de la evolución de la sociedad y aceptar las condiciones impuestas por el grupo social mediante costumbres restrictivas.

 

En días pasados tuve la oportunidad de ver una película de principio de los años sesenta en la España franquista, titulada El buen amor, en la que una joven pareja desea pasar un día alejada de la dictadura de sus conservadoras familias en la idílica ciudad de Toledo.  En tan edénico escenario se entrega a algunos escarceos, besuqueos y otras prácticas prohibidas en la rígida sociedad española de la dictadura del franquismo.

 

Epícteto, para quienes no lo sepan, fue un esclavo que liberado por su amo, decidió dedicarse a la filosofía, dejando a la humanidad el más grande legado fuente de felicidad: una vida dichosa ha de tener como condición que cada uno sea autónomo, único, singular y se aparte de los dictados de una sociedad gazmoña y represiva.

 

El control social ejercido por las autoridades civiles, eclesiásticas y otros sectores sociales fue en décadas pasadas la causa de infelicidad y desgracia de mujeres y no pocos hombres. Cuántos hubo en el pasado que marchitaron sus vidas al aceptar todas las prohibiciones e imposiciones que nuestros padres y sacerdotes dictaban como dogmas a seguir. 

 

La tiranía social ha variado pero no ha desaparecido, ahora los dictadores que imponen a mujeres y hombres cómo vivir, están enquistados en medios de comunicación o hacen parte de los gurúes de la moda que imponen caprichosa y arbitrariamente el modo de vida moderno. Estos torpes espíritus que en la actualidad enseñan cómo ha de vivirse y especialmente que venden falsas ideas acerca de la obtención del bienestar personal y la felicidad, al darle primacía al cuerpo (los llamados metrosexuales son una legión víctima de estos impostores del culto a la belleza corporal), sobre el espíritu.

 

Esto explica que cada vez abundan los gimnasios y se cierran librerías o centros dedicados al intelecto o la vida espiritual (en España en las últimas décadas se han cerrado múltiples monasterios y seminarios y se han convertido en hoteles de lujo).  No nos ha de asombrar, pues, que en estos tiempos modernos del tercer milenio abunden los insolentes, arrogantes, envidiosos, superficiales y altaneros y se extingan los benevolentes, gratos, serenos, gozosos, buenos conversadores y cultos que en tiempos pasados abundaban.

 

Una buena individualidad, fragua del buen vivir

No se vive mejor porque se tenga mucho dinero. Un dicho popular se repite a menudo: hay muchos ricos pobres y muchos pobres ricos; y otro agrega: es tan pobre que solo tiene plata.  Quien anda por el mundo prestando atención y con plena conciencia de su vida, sabe que las anteriores máximas producto de la sabiduría popular, son incuestionables.  Una vida feliz y placentera no depende de una cuenta corriente, ni de las muchas propiedades que se tengan. Hace menos de diez años fue asesinado en una céntrica calle de Medellín un millonario comerciante y empresario del oriente antioqueño, y habiendo conocido un poco su vida y oficiado como su abogado, puedo afirmar que murió sin saber lo que tenía, y lo peor, sin haber disfrutado de su descomunal fortuna. La falta de una riqueza individual, de una excelente personalidad y de una cultura media, le impidió a este sagaz mercader disfrutar de los miles de millones de pesos que ahora gastan sus herederos, e incluso, personas ajenas a su familia.

 

Otro millonario natal del frío pueblo de Santa Rosa de Osos (Antioquia), también del cultísimo y bonachón hombre conocedor de música, Bernardo Hoyos,  amasó en vida mucho dinero y fue tenido como primero en el mundo de las finanzas y los negocios internacionales en dólares, acabó sus días recluido en una solitaria casa del altiplano oriental medellinense sin haber degustado sus abundantes cuentas bancarias.

 

Ejemplo antípoda de vida fue Álvaro Castaño Castillo, tolimense de nacimiento, pero bogotanísimo de costumbres y estilo de vida, quien con su esposa, Gloria Valencia, fueron ricos en cultura y calidad de vida. Quiero significar lo anterior siguiendo las enseñanzas de Schopenhauer, que contribuye más al buen vivir y a la felicidad, lo que uno es, que lo que uno tiene.   Los goces materiales, culturales y espirituales van ligados, indiscutiblemente, a una excelente individualidad, a una forma de ser que se aparta de la personalidad masificada, autómata y aparentarista de quienes viven para ser vistos y admirados, no para ser felices.  Una personalidad arrogante, altanera, egoísta y pretenciosa no saborea las mieles de la dicha, sino que percibe el amargo sabor de la hiel. 

 

El bienestar personal es el fruto de una carismática y jovial forma de ser y de comportarse, jamás de una superficial e impostada personalidad.  Eso bien lo saben hombres y mujeres enquistados en la burocracia estatal y lo padecen sus abnegados subalternos o usuarios de sus oficios.  Nada más encantador que una mujer sencilla y noble o que un hombre espontáneo y jovial, estas últimas cualidades es la mejor riqueza de un varón o de una hembra.  De modo que lo que más contribuye al buen vivir es el encanto personal antes que la adquisición de bienes.  Se goza de la belleza del mundo a través de una mente abierta, receptiva y grata. La buena salud no es consecuencia de una abundante alimentación o de la ingesta de medicamentos, sino de la predisposición de ánimo fiestero y mente abierta a todo lo que percibimos.

 

Disfrutar de los placeres sin exceso y conservar un ánimo sereno y tranquilo proporcionan salud, alegría y felicidad, sin que sea necesario tener mucho dinero.  Mentes agresivas y exacerbadas llevan a que el individuo perciba deterioro en su salud, que es la causa principal de la infelicidad. Espíritus alegres, fiesteros y amables son propios de aquellos que rezuman salud.  No se equivocan quienes dicen que los gordos son simpáticos.  Los argentinos nos legaron en los años sesenta un tema musical que alude al gordito alegre y simpaticón, como lo son muchos de esa nación suramericana.  

 

Bien lo advirtió Schopenhauer: “Es una locura sacrificar salud por dinero”. Recuerdo haber compartido con los lectores un bello soneto español que retrata a Romero, el caballero que gastó su vida buscando dinero y gastó éste en busca de salud, sin haberlo logrado. Si Schopenhauer viviera en estos tiempos se sorprendería con las caras vinagres y tristes de jóvenes y adultos en esta deshumanizada sociedad del siglo XXI.  El dolor, el aburrimiento y la tristeza parece ser la faz del hombre y la mujer modernos, enquistados en los altos puestos burocráticos. El mejor antídoto contra estas enfermedades del alma son la riqueza espiritual, la cultura y la buena disposición de ánimo. 

 

Una sensibilidad humana es el signo de los seres superiores; la insensibilidad lo es de los seres mezquinos y bajos. La vida retirada de la sociedad, tranquila y serena era el ideal de los grandes hombres del pasado; la de la algarabía y el ruido es la de muchísimos jóvenes de las nuevas generaciones. Muchos hombres y mujeres de tiempos actuales esconden sus miserias y mediocridades purpurados y brillantes, son seres de apariencia, pero carentes de esencia y contenido humanos. Nadie ha superado a Aristóteles en el pensamiento según el cual “la felicidad es de quienes se bastan a sí mismos”. Una vejez alegre solo puede serlo de quien ha cultivado durante su vida el crecimiento individual en los planos cultural, espiritual e intelectual. De ahí que en el ocaso de sus vidas muchos políticos, deportistas y hombres de la farándula luzcan abatidos y sus muertes son relativamente prematuras debido a que no fueron cultores de una riqueza individual.

 

En Colombia hubo un hombre dedicado a la música, cuya vida  fue de excesos y poco crecimiento personal, lo triste es que un canal nos vendió su existencia como si fuera digna de imitar. El mundo al revés.