Autoestima: antídoto contra el mal vivir

No obstante ser la autoestima una necesidad básica del ser humano, un derecho natural de toda criatura racional viviente, ella fue despreciada en épocas pretéritas y actualmente no se le da la importancia y muchos escritores creen que se adquiere mirándose en un espejo y repitiendo frases mecánicas nos alentamos a nosotros diciéndonos que somos bellos, inteligentes o grandes seres humanos. La autoestima es un corroborante de la mente y del espíritu que nos mueve a sentirnos únicos e irrepetibles, capaces de vivir una vida alegre y con gran sentido y cuando nos trazamos metas confiamos en obtener buenos resultados. Creerse ganador, sentirse entusiasta, no desfallecer ante obstáculos normales es la conducta de quien tiene buena autoestima. Confiar en nuestra capacidad de emprendimiento y enfrentarnos a los desafíos normales de la vida es el sello que caracteriza al entusiasta, al que tiene buena estima de sí mismo y se tiene la valía que todos debemos tener.

 

Difícil sí resulta tener altos niveles de autoestima en una sociedad que ha sido construida sobre la base de sentimientos de inferioridad, especialmente para las mujeres, pero que también afecta los varones. La religión católica, que es la que en su mayoría rige las conductas de millones de personas, menosprecia a cada individuo hasta el punto de convertirlo en un mero juguete monitoreado por el Dios del cristianismo, desfiguración y tergiversación de la doctrina de Jesús bien distinta a la concebida en la biblia y predicada a los feligreses por los sacerdotes, obispos y papas en todo el mundo. Pecadores y aspirantes al fuego eterno nos consideran el cristianismo, manchados del pecado original y criaturas tentadas por el demonio, es el concepto que la iglesia católica tiene de sus adeptos, lo que evidencia un desprecio enorme por la autoestima de hombres y mujeres.

 

Débiles de mente es lo que forman las religiones y en especial la cristiana. Neuróticos, psicópatas y candidatos al suicidio es lo que fabrican las diferentes concepciones religiosas, dentro de las cuales la musulmana sobresale sobre las demás. El sentimiento de inferioridad al que ha sometido el catolicismo a sus feligreses mujeres, es innegable; se les ha prohibido ejercer el sacerdocio, se les tiene como demonios tentadores con su carne del hombre. Cultura anti femenina pregonada en los púlpitos y altares, hogares y otras instituciones sociales; en suma, un arsenal utilizado contra las mujeres y en menor grado contra los hombres. Las mujeres de 30 ó 35 años eran consideradas antaño indignas del amor y de conseguir pareja, millones languidecieron y murieron por causa de una cultura patriarcal, machista y radicalmente misógina o enemiga de la mujer. Todavía, sobre todo en las áreas rurales, quedan rezagos de este sentimiento de inferioridad alimentado en el género femenino. El elogio y la crítica son los elementos que potencian o menguan la autoestima de las personas.

 

En épocas pasadas no existían los elogios ni el reconocimiento expreso para los hijos, no se daba el comportamiento tan necesario para el niño de recibir afecto, reconocimiento y elogio de sus padres. En los tiempos que vivimos del siglo XXI se pasó al extremo y el elogio, el refuerzo de la conducta y la motivación personal hacia los hijos, se sobrevalora, se dimensiona en exceso las cualidades de los mismos.

 

Cualquiera de los dos extremos es dañino y vicioso dado que, como lo enseñan los griegos, el término medio es la fórmula adecuada. Los psicólogos aconsejan no devaluar al infante, como lo hacían los padres de antes, ignorarlos y considerarlos ineptos y brutos, prédica repetida por educadores y propenden, al contrario, por elogiar mesuradamente a los párvulos. El elogio exagerado es inadecuado, el que aplican muchos padres modernos de considerar a sus hijos más sabios, unos bellos ejemplares de la raza humana, unos superdotados. Los niños de antes, para ser considerados buenos y modélicos, debían permanecer inmóviles y en silencio; actualmente se evalúan mejor los avispados, alegres y dinámicos.

La obediencia irracional al maestro o a los padres, la aceptación mecánica hacia el mandato de los superiores, es cosa del pasado, el hijo y el niño en general merece respeto y libertad de mente. El problema radica en que los papeles o roles se invirtieron y ellos, los menores o infantes, son los reyezuelos, los dictadores, los impositores de ideas, conceptos y actitudes dentro de la familias. Replantear la forma de elogiar y criticar a los hijos es un imperativo para adecuar las conductas de autoestima de las mujeres y hombres de hoy y del mañana.

 

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La autoestima, pilar del buen vivir

La importancia de la autoestima ha sido y es, sobre todo en estos tiempos modernos de esta época que nos exige una individual salida, un fuerte yo, un sentido claro de la identidad por cuanto la competencia entre personas es desaforada. Se acababan los ídolos, se esfumaban los hombres y mujeres titanes, los preclaros varones de otras generaciones con valores humanos excepcionales y navegamos sin rumbo cual velero perdido. Ante el panorama se hace imperioso tener una gran autoestima, una valía personal fuerte, sin caer en el extremo de la sobradez y el desprecio por nuestros semejantes. Las generaciones antecedentes a la actual nos criamos con una débil estima personal; padres y profesores nos repetían a menudo: “usted no sirve para nada”, “usted es un fracaso”, “no va a llegar a ningún Pereira”, frases lacerantes que escuchaban nuestros infantiles oídos que nos hicieron vulnerables, timoratos, escasos de auto aprecio, carentes de seguridad y confianza en nosotros mismos. Cuántos niños frustrados, cuántos infantes traumatizados se convirtieron en adultos inseguros, neuróticos y tímidos. Basta ver los ojos poco refulgentes y alegres de seres humanos que se arrastran por la vida con un pesimismo enfermizo producto de la falta de autoestima con la que fuimos criados y maleducados. A las mujeres se les decía que si no se casaban a temprana edad serían beatas y amargadas solteronas, solo para parir hijos en cantidad y dedicarse a la cocina era el destino triste de las féminas de antes. Los hombres, serviríamos para las faenas agrícolas, oficios materiales, típicos de esclavos y pocos éramos aptos para ingresar a la universidad y abrazar profesiones con rango espiritual, intelectual.

 

Los obreros, empelados medios y trabajadores informales que inundan los centros de las ciudades latinoamericanas son hijos de las generaciones sin ningún grado de autoestima digno del ser humano. Semiesclavos y embrutecidos son los desdichados que a horas inhumanas se despiertan cada día para desplazarse a distancias largas para la labor diaria como operarios o trabajadores manuales, hambrientos y somnolientos que a fin de mes o de quincena reciben un miserable sueldo mínimo que no les alcanza para suplir la mínimas necesidades suyas y las de sus hijos y esposos y esposas, por lo que centenares de miles de varones no ven otra salida a su existencia insoportable que dedicarse a la ingesta desmedida de alcohol. Es la falta de autoestima incrustada en los espíritus abatidos de las clases sociales más bajas de la población la causa, más que el síntoma, de esa vida digna y merecedora de ser compadecida antes que criticada. Vergüenza es el sentimiento de estos infelices, complejo de inferioridad es el rasgo de su personalidad. A Dios le entregan su suerte y a creencias religiosas, en última instancia, quienes en su ignorancia creen que es el problema de otros y no de ellos y que la causa de su miseria personal y social es un sino o un destino marcado por un ser superior. Ansiedad y depresión son los síntomas de quienes carecen de una excelente o saludable autoestima, lo cual no es otra cosa que confiar en nuestra propia mente, en nuestro espíritu, en nuestro individuo y no dejar a Dios o a otros seres el resolver nuestros problemas. Tener autoestima es saber que nos podemos valer por nosotros mismos, que somos capaces de guiar y orientar nuestras vidas, haciendo de esta bella experiencia del tránsito por la tierra una oportunidad para ser alegres y felices, no meros autómatas que sobrevivimos antes que existir.

 

Es una opinión, un sentimiento, que somos criaturas importantes, que valemos mucho y que nada tenemos que envidiar a otros. La autoestima es la base, el soporte, la piedra angular de una vida digna y humana hasta la médula. Cuando en nuestros actos y vida personal dependemos de un Dios, de un papá o de una mamá, de un esposo o pareja, es porque tenemos deficiente autoestima e insuficiente valoración personal.

Reflexiones decembrinas

Para casi todo el mundo diciembre ha sido desde su niñez el mes de la alegría y de las celebraciones religiosas y laicas más importante. Los 31 días del último mes del año suelen ser los más intensos en todo sentido; es el mes de las primas, los aguinaldos, algunos grados, de matrimonios, de primeras comuniones. Es sabido, también por tradición es el mes de las reflexiones, de las novenas y del jolgorio frente al pesebre, esa bella institución creada hace más de siete siglos por el santo carismático, el buen San Francisco de Asís.

 

Para quien esto escribe es importante seguir la senda que me he propuesto hace algunos meses: polemizar y ofrecer ideas al lector a cerca de la esencia de la vida, del buen vivir como camino hacia la felicidad y la alegría existenciales. Es posible que en ocasiones me torne repetitivo cuando no machacón y demasiado reiterativo, lo hago porque a ello me impulsa la vida que es fugaz y efímera y que solo la valoramos cuando la vemos en peligro o nos diagnostican una enfermedad grave. ¡Qué poco sabemos vivir! La vida se nos pasa y a menudo nos quejamos de que ella es muy corta y que el tiempo no alcanza, qué rápido se fue este año, solemos decir con frecuencia.

 

Pensamos que la única vida que parecía eterna era la de la niñez, las razones son muchas para pensar así, la más importante es que matamos y asesinamos el tiempo en actividades muy poco productivas espiritual, intelectual y culturalmente. Quien lee temas interesantes vive muchas vidas y cada vez es menos la gente que se dedica a la lectura de elevación y contemplación. Nada más hace pocos días, en un reconocido restaurante de la ciudad que habito, la muy convulsionada y pretenciosa de moderna, Medellín, pude observar la típica familia modélica de lo que es la vida moderna. Un padre que a pesar de tener al frente su pedido para su almuerzo no se despega de su celular ejercitando una de las más imbéciles actividades del hombre y la mujer de estos tiempos, la mirada fija en el WhatsApp, presumiendo de hombre interesante cuando no pasa de ser un adicto más a la maldita droga de la tecnología virtual. Al frente, su hija con cara de adolescente y con ínfulas de hija típica de clase media, haciendo la mismo de su papá. La mamá por algunos momentos pasaba cariñosamente sus manos por la cabeza de su distraído marido, sin que este se diera por enterado, pues daba muestras de ser más importante el pequeño aparato rectangular y la basura que las redes arrojan a muchos de sus usuarios. A final los tres apenas si saborean los platos solicitados, pues absortos estaban en sus navegaciones de internet como tres idiotas irredimibles. Al lado de ellos una madre padecía la ausencia de sus hijos que muy ataviada de regalos y vestida a la última moda compartía una especie de video conferencia. Con algunos compañeros de trabajo, como sus vecinos, otra joven descuidó por muchos minutos su comida por andar dando y recibiendo tácticas laborales. Pero eso se ve por centenares cada día. Hace apenas unos días en el corazón del barrio más aristocrático de Medellín, divisé un grupo de al menos 10 jóvenes reunidos y ninguno compenetrado con el otro, por cuanto andaban haciendo lo que hacen ahora niños, jóvenes, adultos y hasta octogenarios con su infaltable celular. Entretanto su vidas se les va de las manos, sus existencias pasan, no se dan cuenta, no tienen conciencia cómo viven, son los candidatos futuros al suicidio, es más, ya se están suicidando y de esto tampoco se han enterado estas generaciones mudas que abandonan cada día la conversación, el diálogo, la charla y la tertulia, que son las actividades más humanas que hoy creen vivir, cuando apenas aparentan existir. Clamamos contra las drogas, los medios de comunicación insisten en que hay que combatir la adicción a la cocaína, a los ácidos, a la marihuana, en tanto hacen propaganda a la peor y más dañina droga, cual es el apego enfermizo y horrorizante a las redes sociales.

 

Aprender a vivir bien, como vivían los antepasados de culturas extraordinariamente avanzadas como la quechua que ama la tierra, para no nombrar la egipcia o la mesopotámica de las que debemos tomar muchas enseñanzas. Por eso el mundo anda mal. El Tiempo, en su edición dominical última de noviembre de 2017, nos reseñó que son los daneses quienes mejor viven en el mundo; si embargo de la nota periodística solo alcanza uno a vislumbrar un país confortable y satisfecho; los animales no son felices, solo viven satisfechos, una dehesa o manada de bovinos existe en la satisfacción, no en la felicidad, luego no es fenómeno de felicidad la comodidad y el tener cierta seguridad, empleo, educación y salud garantizados.

 

De los colombianos se he dicho lo mismo en varias ocasiones, es una farsa que seamos una nación de gentes felices, quienes viven en guerra y matándose, con desempleo e inequidad social no pueden ser felices.

 

La universidad más elitista de Colombia, la de los Andes, ha reventado y sus alumnos se quejan de los costos elevados de las matrículas y algunas deficiencias académicas. Esto refrenda lo que he escrito varias veces: la humanidad sabe vivir menos en la medida que la tecnología avanza a estadios superiores.

 

La educación del mal vivir

Ha llegado noviembre, mes que además de lluvias y presagios de festividades navideñas, es el de los grados educativos que ingenuamente colman de felicidad y dicha a graduados y progenitores. Debería ser una treintena de días en la que dedicáramos al menos uno para dedicarnos a reflexionar sobre la educación infantil y universitaria como soporte de la sociedad del futuro en tiempos en los que la vida de los adultos discurre en un corral inmenso lleno de bestias rodeadas de las más exasperantes dificultades y la de los niños se ha convertido en un infierno que los horroriza y determina la sicología del adulto del mañana.

 

Creen estar actualizados aquellos que como el rector de un colegio atlanticense de Colombia, han creído revolucionar la educación de los párvulos concediéndoles el privilegio de no madrugar y extender el inicio de la jornada escolar a horas menos inhumanas de las que nos tienen acostumbrados las escuelas, colegios y universidades en detrimento de la psicología del aprendiz y de la calidad de la educación así impartida. En el mes de octubre se abrió el debate, nada nuevo por cierto, sobre el tipo de educación que se ha diseñado en el mundo y preferiblemente en América Latina. Apareció en el periódico El Tiempo, edición dominical, un artículo que califica de criminal la educación que se viene impartiendo en nuestro continente, en el que en síntesis se muestra cómo las escuelas y colegios se han convertido en insípidos, aburridos y escalofriantes claustros donde el estudiante se siente agobiado, encarcelado y desmotivado por el aprendizaje, centros tristes y deprimidos en los que se les confina desde horas en que el alba no ha aparecido sobre el firmamento. Lo indicado en el informe en el que se cuestiona el actual modelo educativo es apenas un sombrío, pero no panorama negativo, del sistema educacional moderno. Los males y achaques que el autor hace a la forma como se vienen mal educando niños, adolescentes y jóvenes, son los mismos que hace más de un siglo no logran convencernos que son los únicos y más importantes del esquema de enseñanza mundial. Quizá machacona y redundantemente ha venido este columnista sentando bases ideológicas y tejiendo alguna argumentación hilvanada del arte del buen vivir y su contrario, el mal vivir, que desafortunadamente viene imponiéndose sobre el primero en este siglo XXI.

 

Respecto de los adultos puede pregonarse el supuesto aprendizaje que aquí proponemos sobre el buen vivir a pesar de existir el añejo adagio según el cual loro viejo no aprende a hablar. En relación con los niños y jóvenes, si no se les enseña desde los primeros años y no se les prepara en el bello pero difícil arte de la buena vida, negros nubarrones aparecerán en sus vidas futuras cuando se conviertan en las mujeres y hombres del mañana. Nada nos ganamos con pregonar tesis alusivas a la vida bienaventurada para personas maduras sino empezamos a construir un mundo mejor para las nuevas generaciones tan desorientadas que andan en sus incipientes existencias. Se hace imperioso repensar un nuevo modelo educativo a todo nivel. La vida del estudiante precoz y estamos en mora de darle un vuelco que comprometa las estructuras de un modelo vetusto e inadecuado.

 

No soy original en el planteamiento que aquí propugna por cambiar el modelo educativo en todos sus niveles. Más de un siglo hace que Giovanni Papini, desde sus sabias y sesudas reflexiones, clamaba por abolir la escuela. En 1909 sugería con gran acierto, que la reforma a la enseñanza media debe ir a la par con la escolar y la superior. Se declaraba el ilustre hombre florentino, escéptico de las reformas porque deducía, muy razonablemente, que tenía poquísima fe en los programas y muchísima en los hombres. Con la educación acontece lo mismo que con la aplicación de las leyes: no es la abundancia lo que mejora la convivencia y la paz sociales, sino la existencia de hombres rectos, dignos y sabios. Apuntaba también Papini que para cambiar la educación no basta con remodelar los programas, porque si así se actúa se cae en el mismo error del médico, que para combatir las enfermedades, se esfuerza en suprimir los síntomas. Cinco años después, pidió cerrar las escuelas, las llamó siniestros almacenes llenos de esclavos condenados a la oscuridad del hambre y del suicidio.

 

Qué pensaría hoy Papini si supiera que en 2017 la tercera parte de los niños en Colombia van a la escuela a pasar hambre y cada día el presupuesto de la comida escolar es robado por politiqueros corruptos y desalmados.

 

Censuró el humanista italiano el encierro al que son sometidos los niños y jóvenes durante tantas horas al día entre paredes blancas, aulas que llamó prisiones en las que se flagelan sus cuerpos y se corromper sus cerebros. Concluye Papini, lo que avalamos quienes hemos profundizado en esta problemática, que las escuelas entristecen a los espíritus en lugar de elevarlos y que las investigaciones científicas surgen de la investigación solitaria y no de los centros de enseñanza.

 

Se atreve el egregio pensador a agregar que el modelo educativo que acerbamente critica es aceptado por los padres porque estos se benefician al sacar a sus hijos de sus casas, ya que estos los fastidian. Dirán algunos que esto es una herejía, pero parece tener razón al varias veces citado ensayista si caemos en cuenta que madres hay en este siglo XXI que prefieren dedicarle más tiempo a sus teléfonos celulares que a sus desvalidos infantes. Según el intelectual, la vida del niño y del infante no puede ser más infernal e insoportable: los primeros años el infante es prisionero de sus padres, niñeras, e institutrices; de los 6 a los 24 años, de padres y profesores; luego es rehén de sus jefes y superiores. Y agrego yo, de esposa e hijos, en muchos casos.

 

El vivir bien en tiempos modernos


Varias semanas ha dedicado el autor de esta columna a perfilar algunas reflexiones sobre la calidad de vida o el vivir bien.  Lo he escrito con la idea clara que el tema es muy relativo y tiene varias aristas, según sea hombre o mujer, rico o pobre, culto o iletrado. He repetido en varios de los artículos que para algunos el vivir bien va asociado al dinero; para otros a la cultura; los hay también que hacen descansar su felicidad y calidad de vida en la moral y la religión; no faltan los que se sienten bien y confortables con un buen empleo; tampoco son pocos para los que la familia en general y en especial los hijos dan a sus vidas alegría y felicidad; no faltan, menos en estas tierras, los que gozan y disfrutan placenteramente el poder, así sea en un cubículo estrecho y en un espacio lúgubre de la administración pública donde se sienten reyezuelos indestronables a los que hay necesidad de rendirles culto y si es posible, batirles incienso.   

 

En nuestras costas atlántica y pacífica habitan centenares de miles de hombres y mujeres que con solo tener un pescado, yuca y otros tubérculos y agua con panela para él y los suyos, se sienten no solo cómodos sino dichosos.  De hecho, el pescador que tiene un carácter apacible y temperamento tranquilo, tiene además entre sus valores el de la paciencia, por lo que está a gusto con la mínima provisión para manutención suya y la de su prole.  Otros disfrutamos profundamente adquiriendo libros viejos y de aquellos considerados clásicos, ilustrativos, sabios y orientadores de nuestras vidas.

 

Los envidiosos gastan sus vidas poniendo zancadillas y desprestigiando a otros para ascender en posición económica y social, para ellos la sentencia del florentino, Nicolás Maquiavelo, es su faro a seguir:  “El fin justicia los medios”.  Más que la capacidad intelectual para esta ralea de oportunistas y desaforados avariciosos lo que cuenta y vale es la lambonería, el hincar sus rodillas a los poderosos y exaltar el ego del gobernante mayor.   Otra mayoría inmensa se resigna a sobrevivir en cargos en los que saben han de gastar la mayor parte de sus vidas y el único triunfo es la espera de una pensión de jubilación que cada día se alarga más en el tiempo y puede que en el futuro apenas puedan pensionarse los decrépitos en antesala de su muerte. 

 

Muchos ricos, una vez satisfechas sus necesidades básicas,  se aburren con el dinero o sus posesiones o se dedican a la actividad política para inflar más su notoria y ridícula megalomanía.  Acuden estos a las mentiras para hacerle creer a sus electores y presuntos seguidores de sus huecas ideas que lo suyo es un acto generoso de servicio a la patria y a sus conciudadanos.   En su intimidad sueñan con superar y emular a Napoleón, Alejandro Magno, Simón Bolívar u otros famosos e importantes hombres públicos.   Juegan estos caciques de pueblo o líderes de ciudad con las necesidades de las masas y la ignorancia extrema delas multitudes irracionales.

 

Los tiempos han cambiado y el concepto de felicidad para muchos ha variado en lo sustancial.  Los jóvenes de hoy creen ser felices andar por el mundo con su teléfono celular usándolo sin darse cuenta de lo que a su alrededor sucede, pues ello les confiere, desde su estrechísima óptica, poder, sensualidad y elegancia.  Estos suicidas cotidianos y renegados de la vida buena y solitaria no adivinan que muy pronto llegarán a la saciedad personal y al más tenebroso vacío existencial.  Las mujeres jóvenes de estos tiempos entregan su alma al diablo por una buena apariencia física y se juegan todo en sus vidas por aparentar ser lo que no son.  Frágiles e incautas criaturas esclavas del modelo de vida dictado por Hollywood y por los gurúes de la moda y las pasarelas.  Creen ser felices solamente desde su imagen y apariencia física, pero sus ojos, rostros y gestos delatan una vida desorientada, huera y sin sentido. También crece el número de hombres que dedica más tiempo al gimnasio, al atletismo y otros deportes con el fin de abultar sus músculos y atrofiar su cerebro.  Generaciones hubo, casi todas, que nunca conocieron la manera de vivir de lo que ha venido a llamarse metrosexualismo o exhibición masculina de la virilidad y musculatura artificiales. 

 

Los suicidios, cada vez más frecuentes de conocidos hombres y mujeres de la farándula, el modelaje y la vida falsa de los amantes de clubes, discotecas y centros de diversión, indican los niveles de adicción a esta vida, aparentemente, fantástica de los famosos. 

 

El tema parece no agotarse con las múltiples columnas aparecidas en este espacio, posiblemente y abusando de la buena paciencia del lector virtual, continuaré opinando sobe tan cotidiano fenómeno. 


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La dolce vita

Declaro públicamente mi admiración y devoción por la película del gran director de cine italiano, el genial Federico Fellini, dibujante aficionado en su ciudad natal, Rímini, Italia, y posterior genio del cine mundial. Aun cuando le fue negada aceptación dentro de los más afamados círculos cineastas del mundo, la película La dolce vita, pasó a ser la más famosa del siglo XX. Retrata la aparente vida de lujo y de felicidad de los ricos, especialmente de aquellos provenientes de familias prestigiosas y con títulos nobiliarios, casi todos en el exilio en la Roma festiva, sensual y atrayente de mediados del siglo pasado. Los papeles protagónicos de la ya mítica y legendaria película los realizaría Marcelo Mastroianni y la rubia sueca, Anita Ekberg. De su sensual y erótico baño en la hermosa fontana de la Roma turística y del nacimiento del fenómeno de los fotógrafos y periodistas llamados paparazzi, suelen los críticos concluir que es una película difícil de superar en la historia del cine mundial. Quien se recree viendo este clásico de la filmografía puede percibir una aparente y dichosa vida de los personajes centrales del rodaje, ese fue el mérito de Fellini, burlarse del modelo de vida de aquellos que rodeados de títulos, posesiones y herencias de una dinastía en decadencia y hacerlos ver como unos seres desgraciados o al menos insatisfechos en su vida diaria. Nosotros, los hijos de hombres sencillos y otros del proletariado, disfrazados de empleados y oficinistas, muchas veces hemos caído en la tentación y el sueño de tener una vida de ese círculo invisible pero poderoso y fascinante de mujeres y hombres de las clases encumbradas. Quizá para parecerse a ellos no han faltado los ricos de Iberoamérica que envían sus hijos a Inglaterra, Francia o Suiza para aprender de ellos y codearse, añorando pertenecer a tan supuesto grupo de dichosos, gozosos y respetados especímenes que nos parecen cercanos a los dioses de la antigua Grecia.

 

El aprendizaje cultural, literario, musical y de idiomas refinados, símbolos de la cultura, como el francés y el italiano, a precios elevadísimos para los presupuestos de quienes ganan sueldos miserables, agregado a la práctica de golf, equitación, clases de cocina y otras actividades, constituye el andamiaje en el que se aspira a construir una vida elitista, una vida de ensueño y de felicidad, según el criterio generalizado de quienes no tienen la oportunidad de mirar de cerca estos impostores y mentirosos sociales.

 

La vida de casa para ella y la atareada y estresante vida para él, conforman el presunto idilio matrimonial en el que el automóvil de alta gama es el símbolo masculino y los abrigos de pieles finas en conjunto con los perfumes de las casa más famosas del mundo, zapatos elegantes, bolsos, relojes y pulseras que adornan un cuerpo trabajado en el gimnasio y pasado por el quirófano, enmarcan del modo de vida de estos aparentes privilegiados por la vida. Compartir tardes de juegos o tertulias en elegantes lugares para hablar de sus penas e inquietudes y paliar su vida falsa y vacía es la costumbre de las mujeres esposas de quienes pertenecen a esos círculos cerrados y antipáticos del jet set mundial.

 

Pasar vacaciones en lugares de moda, preferiblemente en islas distantes del ruido citadino, con hijos incluidos y lugar de encuentro de sus pares, es el ocio practicado por quienes además de fortuna poseen o creen posees status, carisma y prestigio sociales. Se ufanan de llevar una vida superior a la de la realeza y en realidad más mundana que la de princesas y reinas. Se muestran en revistas de chismes o en programas de televisión mientras que otros de más bajo linaje han de contentarse con practicar narcisismo social o través de las redes sociales. Pero ni la vida del ejecutivo es color de rosas, ni la de mujeres y hombres de alta clase son dignas de envidiar. A ellos quieren parecerse y sus vidas imitar centenares de miles de personas de hoy, arrastrados y embrujados por esa burbuja de felicidad falsa que pretenden vendernos los apologistas de los ricos, bellos y famosos, aglutinados en periodistas de farándula, modistas, programas de radio y televisión de chismes y cotilleos, que además de agradarles les resulta un negocio próspero. El trato dado por estos ventiladores de vanidades, superficialidades y vida ociosa a sus íconos los endiosa a la vez que sirve de delimitación de clase con otros que no pasan de ser vulgares imitadores. La jerarquización que le permite al de alta clase creerse y sentirse respetado, admirado, y servido, pero también odiado y envidiado, juega un papel en esa lucha de egos, posiciones y distinciones que es la vida de quienes se presumen individuos exóticos, aves raras, singulares, únicos e inimitables. La categoría y estilo que se ufanan tener no es más que un papel en la comedia de la vida que en la historia de la humanidad siempre ha existido.

 

¡Pobres de aquellos que deslumbran por esta vida frívola, hueca, huera, vacía y patética!

 

El buen vivir de las mujeres

El masculinismo, que ha caracterizado la historia de la humanidad, ha reducido a la mujer a una sirvienta, en otros tiempos condenada a vivir solitaria y despreciada dentro en un núcleo familiar en el que el padre era el poderoso y omnímodo amo y sus hijos, meros vasallos. En el medio siglo último las condiciones materiales, sociales y personales de las mujeres ha mejorado pero lejos está de haber alcanzado esta mayoría de población del mundo una vida de alta calidad.  El servilismo, la esclavitud y discriminación cambiaron de ropaje, más no han desaparecido del mundo de las mujeres que siguen siendo discriminadas y caprichosamente manejadas por otras tiranas que no por aparentemente inofensivas continúan siendo un obstáculo para que la felicidad, el bienestar y la buena vida sean el sello de la existencia de millones de mujeres que sueñan con ellos pero sin que les sean fácilmente accesibles.

 

En otras épocas la iglesia, los padres y la sociedad en general condenaban a las mujeres a una vida poco atractiva y confortable.  En la actualidad están ellas bajo el control de la moda, los mitos, el poder avasallador de los medios de comunicación, y últimamente, juguetes robóticos de instagram, facebook y las innumerables aplicaciones que se apoderaron del mundo y sus habitantes.  Las ilusiones, sueños y proyectos de las mujeres las hace ver que pueden fácilmente alcanzar el paraíso existencial, empero muchas sucumben a una pesadilla que las lleva a tener una vida triste y una vejez horrible e inhumana.  En el amor, en el trabajo y en muchas otras facetas de la vida de las damas se viene imponiendo la tecnología y las  pobres no pueden ser ellas mismas pues el aparato electrónico les regula sus vidas sin que se conozcan a ellas mismas ni que tengan la oportunidad de acceder a una vida auténtica, personal e individual, sin una programada por quienes manejan y crean toda la parafernalia cotidiana de ellas. La inteligencia personal, emocional y de otro tipo ha desaparecido progresivamente de la humanidad de estos tiempos, pero especialmente de muchas mujeres que se contentaron con la artificial, la virtual, la de esos adminículos rectangulares sin los cuales ni pueden vivir, ni amar, ni relacionarse con el mundo exterior.

 

Ya no se les diseña solamente vestidos, zapatos, bolsos, relojes y accesorios de todo tipo a las mujeres del siglo XXI, sino su intelecto, su emocionalidad, su capacidad laboral por medio de diseños supuestamente virtuales inteligentes.  Las neuronas de hombres y mujeres, pero más las de ellas, se están muriendo no por uso o paso del tiempo, sino por la incapacidad asombrosa de pensar, de crear, de investigar y estudiar, todo lo están dejando en el apéndice cibernético en el que se convirtieron los móviles, tabletas y demás aparatos electrónicos que invaden el planeta.  No estamos los humanos evolucionando, sino involucionando; marchamos a pasos agigantados hacia la autodestrucción emocional, espiritual e intelectual.

 

Las mujeres han sido objeto de posesión de los hombres, víctimas de un modelo exagerado de belleza corporal, de la maternidad como vehículo de autorrealización personal. Nada hay más mentiroso, nocivo y dañino para las mujeres que las consideren, valoren y estimen solo por su apariencia física y por la bobalicona idea que todas han de ser reinas.  No existe halago mayor para una dama que la traten de bella y le den el título o rótulo de reina.  Veneno encierra este trono creado por el hombre como señuelo de buena vida, pero que no pasa de ser más que la engañifa y estafa superior del sexo masculino que les crea esa falsa expectativa de acceder a un buen vivir si son o se comportan como reinas.  Veremos en artículos futuros como las mujeres que mejor se lo han pasado en este tránsito por la tierra son las rebeldes, las inconformes, las salidas del patrón cultural de belleza física y atractivo personal como señuelo para conquistar al hombre de su vida.

 

Los pecados capitales también atenazan el espíritu y el alma de las mujeres, pero ninguno como la soberbia, enmarcada en lo que el Eclesiastés bíblico llama vanitas, vanitatum, omnia vanita (vanidad de vanidades, todo es vanidad) el pecado supremo, capital y demoníaco del género femenino.  La soberbia, el orgullo y la vanidad llevan casi siempre a la mujer al abismo.  Lo reafirma la historia:   la caprichosa, vanidosa y despilfarradora hija de los reyes austríacos, Francisco I y María Teresa, tuvo una vida corta y la perdió en sus desvaríos por el poder y el malgasto excesivo hace más de dos siglos. 

 

Que ser reina es una desquicia antes que un privilegio lo prueba también la parábola de vida de la emperatriz austríaca, Elizabeth o Isabel de Baviera, conocida también como la Sisi, tuvo una vida de lujo descomunal, poseyó palacios, castillos, joyas, viajó incansablemente, se dió innumerables caprichos y sin embargo era triste y desgraciada en su vida matrimonial con su esposo Francisco José, emperador de una de los imperios más grandes del siglo XVIII, quien gastó su vida trabajando y sin gozar la vida como debe hacerse. 

 

Las ingenuas e incautas mujeres de este siglo que se sientan halagadas y se creen el cuento de hadas del príncipe azul y que aspiran a tener el título pseudonobiliario de reinas, desconocen un proverbio antiguo:   “Los príncipes y las princesas son simplemente esclavos de su posición”.  Tampoco probablemente desconocen lo que sentenció otra famosa de la realeza francesa: “No tengo por muy feliz la condición de reina, se padece la mayor de las coacciones y no se disfruta de ningún poder, una es como un ídolo, debe aguantarlo todo y encima sentirse contenta”. Se dice que mejor se la pasan las condesas.  La cantante Madona, que ha utilizado su cuerpo y su sensualidad sin ser un espectáculo de belleza, se ha proclamado la “reina del mundo”, aun cuando agregó que nadie ha dejado su trono por ella.

 

Hace poco falleció la duquesa de Alba, mujer que a pesar de tener muchos títulos, fue rebelde, irreverente y desafiante; supo vivir sin importarle el qué dirán, ese enemigo supremo del buen vivir femenino.

 

Chavela Vargas, la exitosa cantante costarricense que se hizo en México, fue la típica mujer indómita, auténtica, que le importó poco los corsetes y las creencias que la sociedad impone; se bebió la vida hasta una edad avanzada; supo sacarle provecho a su talante musical y sus ansias de enfrentar rabiosamente el machismo del país azteca.  Un gran ejemplar del buen vivir.

 

Naciones y personas soberbias

Volúmenes inmensos podrían escribirse sobre la soberbia de mujeres y hombres de la tierra a través de la historia. Las mujeres, se ha dicho, son esencialmente envidiosas y fama tienen de ser objeto de envidia entre ellas mismas, quizá la condición de inferioridad y el sometimiento durante varios milenios hacen de las féminas seres especialmente proclives al repugnante y copioso pecado capital.  Pero si aceptamos como cierto que el pecado capital mayor es el de la soberbia y que él jalona e impulsa al cometimiento de los otros seis, hemos de admitir que también las mujeres son en extremo soberbias, vanidosas y arrogantes.  La lujuria, pecado capital masculino, también es propio del género femenino. Cleopatra, la poco atractiva pero sagaz emperatriz egipcia, utilizó como contrapoder del gran imperio romano sus atributos femeninos y su desmedida soberbia. Ataviada de lujos extremos y con un séquito de admiradores y secuaces cruzó el Nilo para hacerse amar, primero de Julio César y luego del apuesto y poderoso emperador romano Marco Antonio.  La historia cuenta que no solo enamoró al soberbio Marco Antonio, sino que pretendió unir los dos imperios.

 

No menos soberbia, malvada y lujuriosa fue la tristemente célebre Agripina, madre del psicópata emperador Nerón, de quien fue maquinadora para detentar el imperio, previo asesinato del legítimo sucesor imperial. Como los soberbios murió asesinada nada más y nada menos que por orden de su hijo. La extrema lujuria de Mesalina, la esposa del emperador Tiberio, no fue más que una forma enmascarada de su insaciable apetito de poder, de su notable soberbia.

 

De la insaciable Catalina de Rusia, en tiempos más próximos a los nuestros, y su desaforado apetito sexual, se ha escrito demasiado, la zarina rusa no era más que una insaciable soberbia.  No ha de extrañarnos pues que españoles e indoamericanos padezcamos el pecado capital de la soberbia.

 

Fernando Díaz Plaja, uno de los más excelentes estudiosos de la idiosincrasia de la España moderna, escribió un ensayo extraordinario titulado El español y los 7 pecados capitales.  Una tercera parte de su pequeño libro lo dedica a demostrar que la soberbia es el supremo pecado del español.  Históricamente, españoles y extranjeros han definido el carácter del español como extremadamente soberbio.  El moralista ibérico de hace 4 siglos,  Baltasar Gracián, en su obra El criticón, considera a España como el primer país de Europa con esta condición.  Así se expresaba:  “La soberbia, como primera en todo lo malo, cogió la delantera, topó con España, primera provincia de la Europa, pareciera tan de su genio que se perpetuó allí, allí vive y allí reina con todas sus aliadas:  la estimación propia, el desprecio ajeno, el querer mandarlo todo y servir a nadie …, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho y hueco, la gravedad, el brío con  todo género de presunción y todo esto desde el más nobel hasta el más vasallo”.

 

Hacia el siglo XIX el gran viajero y admirador de España, Washington Irving, comentó en su ameno libro, Cuentos de la Alhambra, que percibió en los españoles más pobres y harapientos un hálito de soberbia y sentenció que en ninguna parte del mundo, como en la península ibérica, se ejerce la mendicidad con más altura y arrogancia.

 

El gran humanista, don Miguel de Unamuno, vasco intelectual de grandes quilates y rector por mucho tiempo de la Universidad de Salamanca, escribió un ensayo también sobre la soberbia de sus paisanos, con ironía dijo: “Humildad rebuscada no es humilde y lo más verdaderamente humilde en quien se crea superior a otros es confesarlo, si por ello te motejan de soberbia, sobrellevadla tranquilamente”.  En España, todos se creen hidalgos, dice Díaz Plaja y dice que quizá sea ello herencia mora (árabe) o judía.   En México y Colombia pasa igual, no hay un nacionalismo en América Latina más soberbio que el mexicano; María Félix fue una gran exponente de la soberbia, y de  hidalgos, blasones, títulos y buena familia presumen muchos bogotanos.  No olvidemos que el poeta de clase media, José Asunción Silva, lo llamaron sus contemporáneos, José Presunción Silva.  Los Urrea, Urdaneta y demás personajes de la prosapia más refinada de la Bogotá de otras épocas, miraron siempre por encima del hombre a los ruanetas de la guacherna capitalina.  Los payaneses, manizalitas, sonsoneños y medellinenses de antaño fueron en sus familias élites, unos soberbios a ultranza. 

 

La soberbia y el orgullo del pueblo español lo heredamos en Colombia con especial énfasis, los soberbios hispánicos tienen en Colombia muchos adeptos. Como en España, también en Colombia el provinciano viaja de su comarca a la capital para progresar, una vez instalado adquiere ademanes y costumbres soberbias del capitalismo.  Muchas gentes del interior terminan en el país ocupando puestos y cargos de alto nivel, los títulos y las posiciones los vuelven jactanciosos.  Este fenómeno explica que sean preferentemente provincianos y comarcales los políticos y altos dignatarios de la justicia que son objeto estos últimos años en ser considerados corruptos, venales, prevaricadores.

 

No había nacido el que este artículo escribe, cuando el ilustre maestro e intelectual italiano, Giovanni Papini, incluyera en su libro negro una pequeña crónica titulada “La predicación de la soberbia”, alusiva a un predicador de una iglesia bogotana en la que el prelado se despacha a exhortar a sus feligreses acerca del mayúsculo pecado capital y demostraba que hombres y mujeres son dóciles y complacientes esclavos de la soberbia  y como complemento de los otros seis. Hoy sus palabras reflejan lo que es la soberbia de los poderosos de Colombia.

 

La soberbia iberoamericana, mala consejera

Mucho se ha dicho y escrito que de España los latinoamericanos heredamos la envidia, maligna y despreciable pasión de la que los españoles tienen fama de padecerla; lo que no se dice mucho es que más que la envidia los colombianos y conquistados habitantes de la América central y del sur somos herederos de la soberbia, pecado capital que torna a veces en seres con problemas para vivir bien a españoles e iberoamericanos. Soberbios, presumidos, arrogantes y jactanciosos existen en la península ibérica y en estas tierras tropicales.  Mujeres y hombres de la España ibérica y de las américas desde México hasta la Patagonia tenemos un alma demasiado soberbia.

 

Chistes, cuentos y leyendas hay de los argentinos, quienes afirman que Dios está en todas partes pero despacha en Buenos Aires. Maradona, un soberbio irredimible, tiene adeptos que lo tratan como una figura endiosada. Mi buen amigo argentino, Alberto Panicelli, en alguna ocasión en su casa de La Plata, reconoció ser soberbio supremo, pero puso por encima de él a un paisa, amigo y buen contertulio, quien dejaba asombrado al nativo del país austral son su soberbia y jactancia, pues contaba anécdotas de cuando según él era un destacado futbolista, haber convertido en una temporada más goles que Messi.   Y es que a no dudarlo la soberbia de nosotros los paisas con su hiperbólica forma de hablar y referirnos a nuestros seres queridos y a nosotros mismos, supera con creces a los famosos, petulantes, pedantes y soberbios ciudadanos de la bella y querida república argentina. 

 

Y la soberbia de un expresidente de la Corte Suprema de Justicia, paisa nato, que cuando fungió de tal se reunía con el soberbio juez instructor y justiciero español, Baltasar Garzón, ingerían licor y cantaban a dúo la machista canción mexicana, Pero sigo siendo el rey.

 

Los reyezuelos y soberbios politiqueros criollos, hoy emulados por algunos magistrados de las cortes colombianos, cada día crecen de nuevo en nuestro medio y son cada día más prepotentes y altaneros. Leonidas Bustos, junto con su coterráneo; Eduardo Montealegre, organizaron un paro y movieron masas de jueces, magistrados y empleados judiciales para oponerse en auténtico acto de rebeldía y soberbia contra la ley, el Tribunal de aforados.  La esposa del primero, cual mujer de un encabritado político, se autodenominó sin pudor ni vergüenza, durante el período que su esposo tuvo el cargo de presidente de la Corte Suprema, primera dama de la justicia.  Uno y otro manejaron la justicia investigativa y la juzgadora, como capataces de una hacienda que para ellos fue eso, la rama judicial.  La revista Semana, en su edición 1845, hizo un perfil bastante severo de la parábola burocrática y profesional de Bustos y Francisco Ricaurte, hoy desprestigiados ex presidentes de la Suprema Corte, de cómo pasaron de ser mediocres abogados, expertos sí en el arte del clientelismo y manzanillismo puestero, a ostentar una dignidad que jamás merecieron.

 

En el capítulo quinto de la obra pequeña pero bien ilustrada de la italiana Laura Bazzicalupo, titulada La soberbia pasión por ser, se refiere la ilustre filósofa a la novísima soberbia, a la pasión moderna de este pecado capital superior en el país en el que Silvio Berlusconi encarna el modelo de soberbio moderno.  La autora relata con maestría aquellos que como los políticos,  magistrados y ex magistrados tienen los rasgos característicos modernos del hombre que se cree el súperhombre de Nietzsche.  Escribe la insigne intelectual:  “¡Mantiene unidas figuras temerarias y figuras banalmente presuntuosas, vanidosas; figuras jactanciosas y agresivas o refinadas e irónicas, orgullosas y pusilánimes, superficiales o delirantes   …..    Íconos titánicos, luciferinos!”  Sin duda, todas tienen en común un complejo de inferioridad que las hace mostrarse como superiores, el deseo insaciable de ser alguien.  Recordemos que un hijo de un expresidente de la corte, al igual que muchos políticos regionales, han hecho historia sobre la soberbia en nuestro país con la frase ya célebre “usted no sabe quién soy yo”.  Es que como nos lo enseña la profesora de Salerno, Italia: “En su historia, la soberbia ha revelado una pasión antológica, una pasión por ser, una pasión de la identidad.  El soberbio lo apuesta todo sobre quién es él mismo.  El hombre en su soberbia, manifiesta un delirante deseo de transformación radical de su propia condición de hombre, a hacerse igual a Dios”.  ¿No es acaso lo que sintieran varios de los magistrados que, cuando se enfrentaron con soberbia al expresidente Álvaro Uribe Vélez, para juzgar y condenar al sanedrín del también soberbio ex mandatario, se autoproclamaran paladines de una justicia que en el fondo tenía móviles y motivaciones egoístas y personalistas de los funcionarios jurisdiccionales que en su momento se sintieron intocables y pulquérrimos?

 

Recuérdese que con la altanería y soberbia con la que, a propósito de la malograda implementación del tribunal de aforados, respondió el entonces presidente de la corte, hoy subjudice, Leonidas Bustos Martínez: “Yo les pregunto, ¿es que acaso existe evidencia que los magistrados están cometiendo delitos? Yo sería el primero en denunciar esa conducta delictiva”.  Mucho antes de esta arrogante posición, hoy en el más triste ocaso de su vida profesional y personal, había escrito la señora Bazzicalupo: “El resultado siempre es la derrota.  El soberbio siempre pierde… Se filtra siempre en las historias megalómanas y furiosas de los soberbios: casi parece que les llame y atraiga un remolino de perdición…  Como Lucifer en la primigenia escena de la soberbia estaba enamorado de Dios y trataba de identificarse con él, quería ser él, pero no podía, de modo que esa derrota es el destino de todos”.

 

Edipo, rey tirano de Tebas, fue ejemplificado como arquetipo del soberbio por el gran Sófocles en la antigua Grecia. En el planeta hay muchos Edipos, entre nosotros los iberoamericanos crecen en cantidad y calidad en estos tiempos llamados modernos.

La vida es más que tener dinero

“El día que la muerte llame a tu puerta, ¿qué le ofrecerás?, yo depositaré delante de mi invitada la jarra llena de mi vida.  Yo jamás la dejaré partir con las manos vacías”.  Bienaventuradas son sin duda las palabras del gran místico y poeta oriental, Tagore, paradigma de espiritualidad y cultor insigne del arte de vivir armoniosa y sabiamente.  Palabras profundas acerca del saber vivir con plenitud que también las encontramos en un pasaje del gran William Shakespeare, quien en su cultísima pluma habló de saber saborear la belleza, los aromas como respuesta a un pueblo y a una época que centraba el éxito, y sigue pensando y actuando igual en el dinero.

 

Las personas desprovistas de recursos económicos desafortunadamente carecen de acceso a la cultura para aprender a vivir con intensidad y no dejarse deslumbrar por la plata, el poder y otras vanidades humanas.  Los ricos, casi siempre carecen del buen gusto, la sensibilidad y la inteligencia para convertir el dinero en su vasallo para que le sirva y no en el esclavista que subyuga su voluntad, su alma y su vida misma a conseguirlo, atesorarlo y no saberlo aprovechar como medio e instrumento para la autorrealización personal y el cumplimiento de la misión a la que vinimos al mundo, esto es, crecer, conocernos, conocer otros seres, y ayudar a quienes nos necesitan como guías o faros de sus existencias.  Los ha habido en la historia que jamás han claudicado ante la tentación suprema que la plata seduce y embriaga como la vanidad y el poder a casi todos a quienes conformamos el género humano.  Es muy notorio en el diario vivir darse cuenta quienes hacen cualquier cosa, ejecutan todo tipo de acciones y cometen las peores felonías y crímenes monstruosos impulsados por la codicia, la avaricia y el deseo compulsivo de hacer dinero.  Los sicarios hacen parte de una minoría para quienes el derecho sagrado a la vida está por debajo del lucro económico.

 

No hace falta aquí recordar lo que la humanidad ha hecho durante miles de años por la propiedad privada, la tenencia de tierras, de objeto de lujos y bienes superfluos.  Miles de millones de personas han pasado por la tierra y hoy especialmente existen con la única finalidad de subsistir y muchos para morir ricos y vivir como pobres.  La educación imperante nos ha enseñado que se debe estudiar para conseguir un buen puesto que nos de dinero, pero olvida este modelo educacional que la misión de hombres y mujeres en la tierra y el ejercicio de una profesión están en segundo plano y que es más importante vivir y hacerlo como los dioses.  Esta es la razón por la cual cumplo la promesa de exponer en estas líneas algunas palabras de elogio y reconocimiento a ese hombre de origen costeño pero de alma antioqueña que enseñó a vivir como un auténtico emperador inteligente en la atrasada, pobre y aldeana Antioquia de finales del siglo XIX y principios del XX.  Si el espíritu y el alma del ya brevemente biografiado, Pepe Sierra, tuvieran como móvil y ansia de hacer dinero, atesorarlo y comprar con él tierras por cientos de miles de hectáreas, los de Coroliano Amador, se centraron en algo más que ser un rico con extraordinario poder adquisitivo.  Al igual que los cultos y refinados ganaderos y ricos de la próspera Argentina de principios del siglo XX, que aprovecharon la bonanza de exportación de carne y otros productos agropecuarios para disfrutar las maravillas del París de la etapa dorada y copiar la maravillosa arquitectura de la ciudad luz para hacerse construir palacios y preciosas mansiones en lo que es hoy el barrio Recoleta de la capital gaucha, nuestro compatriota Amador igualó al menos a los sibaritas y refinados ricos del bello país austral.

 

Las lenguas viperinas y los espíritus envidiosos que por estas tierras los ha habido en abundancia, en la Medellín de antaño lo llamaron despectiva y equivocadamente el ternero de oro, lo que está lejos de reflejar la vida culta y exquisita que llevó Amador y los suyos cual rey de Aragón, el famoso Fernando que unió su reino con la joven y astuta Isabel la Católica. Coroliano Amador, rico en dinero y en gusto, se casó también con una mujer rica y con tendencia al buen gusto, propietaria ella y su familia de la famosísima mina de oro El zancudo, conformando una familia respetada y respetable, aun cuando con el sino de los ricos, víctima de la tragedia de haber perdido en plena juventud al varón estimadísimo esta celebre pareja de Antioquia la Grande.  Del buen gusto, del refinado espíritu, del amor por lo bello y lo sublime de don Coroliano,  han quedado palacios, edificios y mansiones todavía existentes en la actualidad que se han salvado de la vulgar y rampante destrucción de la bella arquitectura medellinense de estilo colonial y corte Europeo. Supo Amador conseguir dinero pero también gastarlo excelsa y confortablemente; modelo de rico de verdad, invirtió en calidad de vida para sí y para su prole, trajo mármoles de Italia, muebles hermosos de Paris, alfombras elegantísimas de Oriente y se dió el lujo de haber importado el primer automóvil que transitó por las callejuelas empedradas y solitarias del Medellín del ayer; pasaba más de la mitad de los meses del año con una comitiva familiar extensa en el París de su mejor época; antípoda de don Pepe Sierra, Amador tuvo una excelente inteligencia existencial y utilizó como pocos magnates su abundante riqueza en beneficio de lo que más puede gustar a un hombre: las mujeres.  En el pacato, conservador y católico Medellín de hace casi un siglo, se gozó los placeres sensuales más que sexuales y eróticos con bellas féminas en su famoso palacio Miraflores, vieja construcción que subsiste al oriente de la capital Antioqueña.  La energía, los deseos y las necesidades sexuales y eróticas negados a casi toda la población Medellinense de entonces lo supo disfrutar plenamente el admirado magnate que amó a una ciudad en la que no nació construyéndole una plaza de mercado más por compartir su dinero que con ánimo de lucro.  Las autoridades de la época le recuerdan lo grande y altruista que fue llamando una de sus calles con su apellido.