Naciones y personas soberbias

Volúmenes inmensos podrían escribirse sobre la soberbia de mujeres y hombres de la tierra a través de la historia. Las mujeres, se ha dicho, son esencialmente envidiosas y fama tienen de ser objeto de envidia entre ellas mismas, quizá la condición de inferioridad y el sometimiento durante varios milenios hacen de las féminas seres especialmente proclives al repugnante y copioso pecado capital.  Pero si aceptamos como cierto que el pecado capital mayor es el de la soberbia y que él jalona e impulsa al cometimiento de los otros seis, hemos de admitir que también las mujeres son en extremo soberbias, vanidosas y arrogantes.  La lujuria, pecado capital masculino, también es propio del género femenino. Cleopatra, la poco atractiva pero sagaz emperatriz egipcia, utilizó como contrapoder del gran imperio romano sus atributos femeninos y su desmedida soberbia. Ataviada de lujos extremos y con un séquito de admiradores y secuaces cruzó el Nilo para hacerse amar, primero de Julio César y luego del apuesto y poderoso emperador romano Marco Antonio.  La historia cuenta que no solo enamoró al soberbio Marco Antonio, sino que pretendió unir los dos imperios.

 

No menos soberbia, malvada y lujuriosa fue la tristemente célebre Agripina, madre del psicópata emperador Nerón, de quien fue maquinadora para detentar el imperio, previo asesinato del legítimo sucesor imperial. Como los soberbios murió asesinada nada más y nada menos que por orden de su hijo. La extrema lujuria de Mesalina, la esposa del emperador Tiberio, no fue más que una forma enmascarada de su insaciable apetito de poder, de su notable soberbia.

 

De la insaciable Catalina de Rusia, en tiempos más próximos a los nuestros, y su desaforado apetito sexual, se ha escrito demasiado, la zarina rusa no era más que una insaciable soberbia.  No ha de extrañarnos pues que españoles e indoamericanos padezcamos el pecado capital de la soberbia.

 

Fernando Díaz Plaja, uno de los más excelentes estudiosos de la idiosincrasia de la España moderna, escribió un ensayo extraordinario titulado El español y los 7 pecados capitales.  Una tercera parte de su pequeño libro lo dedica a demostrar que la soberbia es el supremo pecado del español.  Históricamente, españoles y extranjeros han definido el carácter del español como extremadamente soberbio.  El moralista ibérico de hace 4 siglos,  Baltasar Gracián, en su obra El criticón, considera a España como el primer país de Europa con esta condición.  Así se expresaba:  “La soberbia, como primera en todo lo malo, cogió la delantera, topó con España, primera provincia de la Europa, pareciera tan de su genio que se perpetuó allí, allí vive y allí reina con todas sus aliadas:  la estimación propia, el desprecio ajeno, el querer mandarlo todo y servir a nadie …, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho y hueco, la gravedad, el brío con  todo género de presunción y todo esto desde el más nobel hasta el más vasallo”.

 

Hacia el siglo XIX el gran viajero y admirador de España, Washington Irving, comentó en su ameno libro, Cuentos de la Alhambra, que percibió en los españoles más pobres y harapientos un hálito de soberbia y sentenció que en ninguna parte del mundo, como en la península ibérica, se ejerce la mendicidad con más altura y arrogancia.

 

El gran humanista, don Miguel de Unamuno, vasco intelectual de grandes quilates y rector por mucho tiempo de la Universidad de Salamanca, escribió un ensayo también sobre la soberbia de sus paisanos, con ironía dijo: “Humildad rebuscada no es humilde y lo más verdaderamente humilde en quien se crea superior a otros es confesarlo, si por ello te motejan de soberbia, sobrellevadla tranquilamente”.  En España, todos se creen hidalgos, dice Díaz Plaja y dice que quizá sea ello herencia mora (árabe) o judía.   En México y Colombia pasa igual, no hay un nacionalismo en América Latina más soberbio que el mexicano; María Félix fue una gran exponente de la soberbia, y de  hidalgos, blasones, títulos y buena familia presumen muchos bogotanos.  No olvidemos que el poeta de clase media, José Asunción Silva, lo llamaron sus contemporáneos, José Presunción Silva.  Los Urrea, Urdaneta y demás personajes de la prosapia más refinada de la Bogotá de otras épocas, miraron siempre por encima del hombre a los ruanetas de la guacherna capitalina.  Los payaneses, manizalitas, sonsoneños y medellinenses de antaño fueron en sus familias élites, unos soberbios a ultranza. 

 

La soberbia y el orgullo del pueblo español lo heredamos en Colombia con especial énfasis, los soberbios hispánicos tienen en Colombia muchos adeptos. Como en España, también en Colombia el provinciano viaja de su comarca a la capital para progresar, una vez instalado adquiere ademanes y costumbres soberbias del capitalismo.  Muchas gentes del interior terminan en el país ocupando puestos y cargos de alto nivel, los títulos y las posiciones los vuelven jactanciosos.  Este fenómeno explica que sean preferentemente provincianos y comarcales los políticos y altos dignatarios de la justicia que son objeto estos últimos años en ser considerados corruptos, venales, prevaricadores.

 

No había nacido el que este artículo escribe, cuando el ilustre maestro e intelectual italiano, Giovanni Papini, incluyera en su libro negro una pequeña crónica titulada “La predicación de la soberbia”, alusiva a un predicador de una iglesia bogotana en la que el prelado se despacha a exhortar a sus feligreses acerca del mayúsculo pecado capital y demostraba que hombres y mujeres son dóciles y complacientes esclavos de la soberbia  y como complemento de los otros seis. Hoy sus palabras reflejan lo que es la soberbia de los poderosos de Colombia.

 

La soberbia iberoamericana, mala consejera

Mucho se ha dicho y escrito que de España los latinoamericanos heredamos la envidia, maligna y despreciable pasión de la que los españoles tienen fama de padecerla; lo que no se dice mucho es que más que la envidia los colombianos y conquistados habitantes de la América central y del sur somos herederos de la soberbia, pecado capital que torna a veces en seres con problemas para vivir bien a españoles e iberoamericanos. Soberbios, presumidos, arrogantes y jactanciosos existen en la península ibérica y en estas tierras tropicales.  Mujeres y hombres de la España ibérica y de las américas desde México hasta la Patagonia tenemos un alma demasiado soberbia.

 

Chistes, cuentos y leyendas hay de los argentinos, quienes afirman que Dios está en todas partes pero despacha en Buenos Aires. Maradona, un soberbio irredimible, tiene adeptos que lo tratan como una figura endiosada. Mi buen amigo argentino, Alberto Panicelli, en alguna ocasión en su casa de La Plata, reconoció ser soberbio supremo, pero puso por encima de él a un paisa, amigo y buen contertulio, quien dejaba asombrado al nativo del país austral son su soberbia y jactancia, pues contaba anécdotas de cuando según él era un destacado futbolista, haber convertido en una temporada más goles que Messi.   Y es que a no dudarlo la soberbia de nosotros los paisas con su hiperbólica forma de hablar y referirnos a nuestros seres queridos y a nosotros mismos, supera con creces a los famosos, petulantes, pedantes y soberbios ciudadanos de la bella y querida república argentina. 

 

Y la soberbia de un expresidente de la Corte Suprema de Justicia, paisa nato, que cuando fungió de tal se reunía con el soberbio juez instructor y justiciero español, Baltasar Garzón, ingerían licor y cantaban a dúo la machista canción mexicana, Pero sigo siendo el rey.

 

Los reyezuelos y soberbios politiqueros criollos, hoy emulados por algunos magistrados de las cortes colombianos, cada día crecen de nuevo en nuestro medio y son cada día más prepotentes y altaneros. Leonidas Bustos, junto con su coterráneo; Eduardo Montealegre, organizaron un paro y movieron masas de jueces, magistrados y empleados judiciales para oponerse en auténtico acto de rebeldía y soberbia contra la ley, el Tribunal de aforados.  La esposa del primero, cual mujer de un encabritado político, se autodenominó sin pudor ni vergüenza, durante el período que su esposo tuvo el cargo de presidente de la Corte Suprema, primera dama de la justicia.  Uno y otro manejaron la justicia investigativa y la juzgadora, como capataces de una hacienda que para ellos fue eso, la rama judicial.  La revista Semana, en su edición 1845, hizo un perfil bastante severo de la parábola burocrática y profesional de Bustos y Francisco Ricaurte, hoy desprestigiados ex presidentes de la Suprema Corte, de cómo pasaron de ser mediocres abogados, expertos sí en el arte del clientelismo y manzanillismo puestero, a ostentar una dignidad que jamás merecieron.

 

En el capítulo quinto de la obra pequeña pero bien ilustrada de la italiana Laura Bazzicalupo, titulada La soberbia pasión por ser, se refiere la ilustre filósofa a la novísima soberbia, a la pasión moderna de este pecado capital superior en el país en el que Silvio Berlusconi encarna el modelo de soberbio moderno.  La autora relata con maestría aquellos que como los políticos,  magistrados y ex magistrados tienen los rasgos característicos modernos del hombre que se cree el súperhombre de Nietzsche.  Escribe la insigne intelectual:  “¡Mantiene unidas figuras temerarias y figuras banalmente presuntuosas, vanidosas; figuras jactanciosas y agresivas o refinadas e irónicas, orgullosas y pusilánimes, superficiales o delirantes   …..    Íconos titánicos, luciferinos!”  Sin duda, todas tienen en común un complejo de inferioridad que las hace mostrarse como superiores, el deseo insaciable de ser alguien.  Recordemos que un hijo de un expresidente de la corte, al igual que muchos políticos regionales, han hecho historia sobre la soberbia en nuestro país con la frase ya célebre “usted no sabe quién soy yo”.  Es que como nos lo enseña la profesora de Salerno, Italia: “En su historia, la soberbia ha revelado una pasión antológica, una pasión por ser, una pasión de la identidad.  El soberbio lo apuesta todo sobre quién es él mismo.  El hombre en su soberbia, manifiesta un delirante deseo de transformación radical de su propia condición de hombre, a hacerse igual a Dios”.  ¿No es acaso lo que sintieran varios de los magistrados que, cuando se enfrentaron con soberbia al expresidente Álvaro Uribe Vélez, para juzgar y condenar al sanedrín del también soberbio ex mandatario, se autoproclamaran paladines de una justicia que en el fondo tenía móviles y motivaciones egoístas y personalistas de los funcionarios jurisdiccionales que en su momento se sintieron intocables y pulquérrimos?

 

Recuérdese que con la altanería y soberbia con la que, a propósito de la malograda implementación del tribunal de aforados, respondió el entonces presidente de la corte, hoy subjudice, Leonidas Bustos Martínez: “Yo les pregunto, ¿es que acaso existe evidencia que los magistrados están cometiendo delitos? Yo sería el primero en denunciar esa conducta delictiva”.  Mucho antes de esta arrogante posición, hoy en el más triste ocaso de su vida profesional y personal, había escrito la señora Bazzicalupo: “El resultado siempre es la derrota.  El soberbio siempre pierde… Se filtra siempre en las historias megalómanas y furiosas de los soberbios: casi parece que les llame y atraiga un remolino de perdición…  Como Lucifer en la primigenia escena de la soberbia estaba enamorado de Dios y trataba de identificarse con él, quería ser él, pero no podía, de modo que esa derrota es el destino de todos”.

 

Edipo, rey tirano de Tebas, fue ejemplificado como arquetipo del soberbio por el gran Sófocles en la antigua Grecia. En el planeta hay muchos Edipos, entre nosotros los iberoamericanos crecen en cantidad y calidad en estos tiempos llamados modernos.

La vida es más que tener dinero

“El día que la muerte llame a tu puerta, ¿qué le ofrecerás?, yo depositaré delante de mi invitada la jarra llena de mi vida.  Yo jamás la dejaré partir con las manos vacías”.  Bienaventuradas son sin duda las palabras del gran místico y poeta oriental, Tagore, paradigma de espiritualidad y cultor insigne del arte de vivir armoniosa y sabiamente.  Palabras profundas acerca del saber vivir con plenitud que también las encontramos en un pasaje del gran William Shakespeare, quien en su cultísima pluma habló de saber saborear la belleza, los aromas como respuesta a un pueblo y a una época que centraba el éxito, y sigue pensando y actuando igual en el dinero.

 

Las personas desprovistas de recursos económicos desafortunadamente carecen de acceso a la cultura para aprender a vivir con intensidad y no dejarse deslumbrar por la plata, el poder y otras vanidades humanas.  Los ricos, casi siempre carecen del buen gusto, la sensibilidad y la inteligencia para convertir el dinero en su vasallo para que le sirva y no en el esclavista que subyuga su voluntad, su alma y su vida misma a conseguirlo, atesorarlo y no saberlo aprovechar como medio e instrumento para la autorrealización personal y el cumplimiento de la misión a la que vinimos al mundo, esto es, crecer, conocernos, conocer otros seres, y ayudar a quienes nos necesitan como guías o faros de sus existencias.  Los ha habido en la historia que jamás han claudicado ante la tentación suprema que la plata seduce y embriaga como la vanidad y el poder a casi todos a quienes conformamos el género humano.  Es muy notorio en el diario vivir darse cuenta quienes hacen cualquier cosa, ejecutan todo tipo de acciones y cometen las peores felonías y crímenes monstruosos impulsados por la codicia, la avaricia y el deseo compulsivo de hacer dinero.  Los sicarios hacen parte de una minoría para quienes el derecho sagrado a la vida está por debajo del lucro económico.

 

No hace falta aquí recordar lo que la humanidad ha hecho durante miles de años por la propiedad privada, la tenencia de tierras, de objeto de lujos y bienes superfluos.  Miles de millones de personas han pasado por la tierra y hoy especialmente existen con la única finalidad de subsistir y muchos para morir ricos y vivir como pobres.  La educación imperante nos ha enseñado que se debe estudiar para conseguir un buen puesto que nos de dinero, pero olvida este modelo educacional que la misión de hombres y mujeres en la tierra y el ejercicio de una profesión están en segundo plano y que es más importante vivir y hacerlo como los dioses.  Esta es la razón por la cual cumplo la promesa de exponer en estas líneas algunas palabras de elogio y reconocimiento a ese hombre de origen costeño pero de alma antioqueña que enseñó a vivir como un auténtico emperador inteligente en la atrasada, pobre y aldeana Antioquia de finales del siglo XIX y principios del XX.  Si el espíritu y el alma del ya brevemente biografiado, Pepe Sierra, tuvieran como móvil y ansia de hacer dinero, atesorarlo y comprar con él tierras por cientos de miles de hectáreas, los de Coroliano Amador, se centraron en algo más que ser un rico con extraordinario poder adquisitivo.  Al igual que los cultos y refinados ganaderos y ricos de la próspera Argentina de principios del siglo XX, que aprovecharon la bonanza de exportación de carne y otros productos agropecuarios para disfrutar las maravillas del París de la etapa dorada y copiar la maravillosa arquitectura de la ciudad luz para hacerse construir palacios y preciosas mansiones en lo que es hoy el barrio Recoleta de la capital gaucha, nuestro compatriota Amador igualó al menos a los sibaritas y refinados ricos del bello país austral.

 

Las lenguas viperinas y los espíritus envidiosos que por estas tierras los ha habido en abundancia, en la Medellín de antaño lo llamaron despectiva y equivocadamente el ternero de oro, lo que está lejos de reflejar la vida culta y exquisita que llevó Amador y los suyos cual rey de Aragón, el famoso Fernando que unió su reino con la joven y astuta Isabel la Católica. Coroliano Amador, rico en dinero y en gusto, se casó también con una mujer rica y con tendencia al buen gusto, propietaria ella y su familia de la famosísima mina de oro El zancudo, conformando una familia respetada y respetable, aun cuando con el sino de los ricos, víctima de la tragedia de haber perdido en plena juventud al varón estimadísimo esta celebre pareja de Antioquia la Grande.  Del buen gusto, del refinado espíritu, del amor por lo bello y lo sublime de don Coroliano,  han quedado palacios, edificios y mansiones todavía existentes en la actualidad que se han salvado de la vulgar y rampante destrucción de la bella arquitectura medellinense de estilo colonial y corte Europeo. Supo Amador conseguir dinero pero también gastarlo excelsa y confortablemente; modelo de rico de verdad, invirtió en calidad de vida para sí y para su prole, trajo mármoles de Italia, muebles hermosos de Paris, alfombras elegantísimas de Oriente y se dió el lujo de haber importado el primer automóvil que transitó por las callejuelas empedradas y solitarias del Medellín del ayer; pasaba más de la mitad de los meses del año con una comitiva familiar extensa en el París de su mejor época; antípoda de don Pepe Sierra, Amador tuvo una excelente inteligencia existencial y utilizó como pocos magnates su abundante riqueza en beneficio de lo que más puede gustar a un hombre: las mujeres.  En el pacato, conservador y católico Medellín de hace casi un siglo, se gozó los placeres sensuales más que sexuales y eróticos con bellas féminas en su famoso palacio Miraflores, vieja construcción que subsiste al oriente de la capital Antioqueña.  La energía, los deseos y las necesidades sexuales y eróticas negados a casi toda la población Medellinense de entonces lo supo disfrutar plenamente el admirado magnate que amó a una ciudad en la que no nació construyéndole una plaza de mercado más por compartir su dinero que con ánimo de lucro.  Las autoridades de la época le recuerdan lo grande y altruista que fue llamando una de sus calles con su apellido.

 

Lujuria, lujo y buen vivir

Que los hombres, esencialmente, trabajamos para la lujuria, para el sexo y para el erotismo, parece ser una verdad que no admite discusión.   Freud basó su revolucionaria, por entonces, tesis de psicología, en la líbido como motor que impulsa la conducta humana, esencialmente la de los valores.

No es que no existan mujeres del nuevo y viejo mundo a quienes les encanta la lujuria, vida sibarita y placentera y hasta el más refinado erotismo; lo que acontece es que en la mujer los furores lujuriosos y los placeres carnales son el instrumento, el señuelo, el medio para satisfacer su enorme pasión de soberbia.

La envidia entre las mujeres constituye la más feroz y encarnizada disputa por conquistar al hombre, o mejor dicho, para acceder al poder económico social que ordinariamente ha sido detentado por el sexo masculino en la ya larga historia de la humanidad.  La hegemonía económica y el poder ejercidos por los hombres tienen como resultado inocultable la subordinación y la impotencia de las féminas, situación que las ubica como encarnizadas competidoras y enemigas entre sí, impulsando al ejército de mujeres que son mayoría del género humano a una guerra solapada, a veces, abierta, frentera y despiadada, en otras.

La historia de los mitos griegos se centra en redactar episodios de envidias, engaños, tramas y luchas entre hombres y mujeres en los que los celos, engaños y venganzas son por amores masculinos hacia bellas y apetecidas damas.   El argumento central de las más tiernas y bellas historias de amor es el de la bella apetecida por hombres que luchan para la conquista y el acceso al disfrute de la persona cortejada.

La reafirmación de la belleza de una mujer, de su atractivo físico, de su capital erótico frente a las relaciones con los hombres es el objetivo central de la lucha envidiosa competitiva, y a veces baja, de una mujer con otra u otras.  El complejo de Electra entre madre e hija es más común de lo que se puede pensar a primera vista.

Quien haya laborado en oficinas públicas o privadas y buena parte de su vida ha estado en puestos o cargos oficiales y en trabajos de empresas no estatales, sabe muy bien la despiadada rivalidad entre mujeres y la soberbia, altanería y arrogancia de una jefe sobre la subalterna de su mismo sexo. En la sociedad en general y en los lugares de trabajo en particular las mujeres demuestran su más grande deseo de sobresalir una por encima de la otra u otras.

La moda, los trucos del maquillaje y la utilización de decenas de artilugios para hacerse conquistable, apetecible y llamativa como el pavo real dentro de su especie, con la finalidad de obtener el éxito entre los hombres, que no es otro que hacerse al amor y cuidado de éstos, preferentemente por la vía del matrimonio, es el objetivo de muchas mujeres.

Es lo general que la mujer directamente no ame el poder. Es un tema tabú para las féminas el apetecer y ejercer el poder, casi siempre se resignan a ser poderosas a través de su hombre, de su protector, de su marido.

Son palabras de mujer, aplicables a sus congéneres, con las que remaba un interesante capítulo de la obra La envidia: pasión  triste, las que a continuación trascribo: “Mujeres con poder, desconfiamos de ellas, las padecemos, las envidiamos y para aplacar la turbación de nuestros sentimientos nos vemos con frecuencia empujadas y de buena gana a desprestigiarlas y destrozarlas”.

La envidia femenina tan evidente entre las mujeres, ocasionalmente por empatía o solidaridad suele disminuirse cuando existe una real amistad entre damas o surge una oportunidad en la una puede ayudar a otra con ferviente solidaridad.   Pero así como la envidia es la pasión por excelencia femenina y a veces masculina, la lujuria es el pecado capital que por vía de la soberbia practica el hombre y termina siendo en ocasiones un juguete de su desmedida ansia de concupiscencia y libido. El pecado supercapital del hombre es la soberbia, que no es más que en última instancia el impulso por conquistar y acceder a una mujer y lograr con ella satisfacer su instinto carnal desmedido, muchas veces su animalidad, pues nada hace más poderoso, soberbio y arrogante a un macho que conquistar mujeres y ponerlas al servicio de sus deseos carnales y caprichos placenteros.

Lo que sí parece cierto es que en algunas etapas del sexo masculino la lujuria y el apetito carnal de sus años mozos o juveniles puede elevarlos con disciplina, estudio y cultura a ser individuos de una especial condición humana, pongo de ejemplo las vidas licenciosas y libertinas y de arrebatos pasionales de cuatro santos ilustres y respetados del cristianismo:   San Pablo de Tarso, San Agustín de  Hipona, San Francisco de Asís y San Ignacio de Loyola.

Desde mi particular punto de vista lujuria es el exagerado ejercicio de la genitalidad, más que la sexualidad y el erotismo, en hombres y mujeres.  El exceso de un buen sexo, refinado, erótico y gratificante, debe y puede llamarse lujuria.   Lujuria y lujo son palabras casi sinónimas, empero el apetito desmedido y excesivo buscado neuróticamente es lo que debe entenderse por lujuria.  Es una avaricia del ansia exagerada de poseer un objeto sexual antes que una plena y doble satisfacción carnal espiritual.

El gran pensador de tendencia greco romana, Lucrecio, así lo entendió: “Sofocar la pasión de amar, sí; renunciar al placer erótico, no”.

Para vivir bien y llevar una vida de lujo hay que ser un buen erotista, no un lujurioso desmedido.  Los violadores de niños son adultos enfermos, presas del más repugnante delirio lujurioso, jamás erótico y juguetón de la satisfactoria sexualidad.

Cuando la lujuria es desbordante y exagerada conlleva a la disipación  y la perdición, cuando la animalidad y la carnalidad, propias de un instinto bestial humano, no logran ser sublimadas por el erotismo, el refinamiento, la cultura y los buenos modales, confluye en una dañina lujuria que es, supongo, a la que alude la religión cristiana en su catecismo y doctrina contenida en la biblia y otros libros santos.   El erotismo y el epicureísmo llevados con método y sin excesos es el que conduce al Edén de la felicidad humana.   Una mente caprichosa y enfermiza que busca poder a toda costa es lujuriosa y nociva.

El catedrático de la universidad de Milán, Giulio Giorello, afirma que los rasgos típicos del lujurioso son: poderoso, soberbio e inteligente, creo a mi modo, que los poderosos y soberbios son lujuriosos, pero cuando se es poderoso en cualquier sentido y no se es soberbio y se tiene inteligencia se puede cultivar el erotismo y el placer moderado y equilibrado.

Desde la civilización antigua de Mesopotamia, el concepto de lujuria como vida sometida y sojuzgada por el apetito carnal sin limitaciones, nos lleva a concluir que lujo, erotismo, vida refinada, placentera y equilibrada no es sinónimo de lo que piensan los padres del cristianismo y sus predicadores a cerca de la vida lujuriosa.

 

 

 

 

La buena vida de ricos y pobres

En un tema tan complejo como es el buen vivir, el arte de vivir a plenitud, el darse buena vida, el darse calidad de vida, que daría para grandes volúmenes, puede reducirse el planteamiento a exponer si es indispensable mucho dinero para hacer de la existencia una ocasión para alcanzar la felicidad en nuestro planeta.  Ei rico más connotado que tuvo el siglo XX supo distinguir muy bien entre tener dinero y usarlo para vivir bien, Aristóteles Onassis, buscó, recolectó y disfrutó el dinero como pocos en la historia de la humanidad; entendió el poder y el privilegio que el dinero otorgan; acuñó una frase para la historia: “Solo los estúpidos y los necios desprecian el dinero”. A su manera, comprendió también que un elemento de cambio y de adquisición da a quien lo ostenta mayor libertad y posibilidad de darse una vida lujosa, pero los lujos y el confort no deben sobrepasar más allá de lo necesario para vivir bien.  

 

Pobres hay con sabiduría imponderable que advierten que es mejor tomarse una agua de panela en la intimidad familiar que tener muchos millones y tener problemas en cantidad.  Muchos de los comprometidos en el tema trasnacional de Odebrecht deben pensarlo así desde sus lúgubres y frías celdas de prisión en Brasil, Colombia, Estados Unidos o Perú. Ni qué decir de los antes barones electorales del país que en 2014 permitieron la reelección de Juan Manuel Santos; uno que rumia sus penas y tristezas desde un inhóspito cuarto presidiario al sur de Bogotá, y el otro, acorralado por los escándalos judiciales que lo comprometen y lo tienen ad portas de la cárcel, dió la cara, no para declararse culpable de los delitos que se le enrostran, sino para reclamar auxilio a instancias jurídicas internacionales, porque se estima y se autodefine como una víctima de la concusión, el chantaje y la coacción de depredadores económicos disfrazados de magistrados o defensores del orden legal en el ministerio fiscal o ente acusador.

 

Millonarios modernos también existen que saben bien que pasados ciertos topes de dinero, la plata no sirve sino para crear problemas. La revista Diners de agosto de 2017, nos trae varios ejemplos de multimillonarios en dólares, que a pesar de tener sus arcas repletas de dinero llevan una vida simple y sin excentricidades. Destaca este columnista al considerado segundo magnate más grande del mundo en la actualidad, el industrial, financiero y sensible Warren Buffet, próximo a ser nonagenario y cuya fortuna es de 74.000 millones de dólares, quien dedica gran parte de su dinero a obras sociales y benéficas.  Este San Francisco de Asís moderno posee un excelente buen vivir sin que su descomunal fortuna lo lleve a ser un exhibicionista o desaforado consumidor.   Su apellido sugiere una comida apetitosa y variada, un gran festín para ser un pecador con gula, sin embargo, vive por debajo de su capacidad adquisitiva, no tiene celular, lo cual comparto plenamente, pues yo también vivo sin ese útil pero aditivo aparato electrónico. 

 

Parece que reyes, magnates y poderosos hombres de estado delegan en sus súbditos de la comunicación y que sujetos de clase media creen ser poderosos por hacerse a móviles y celulares con última tecnología, u obreros o empleados bajos, colman sus frustraciones y ausencia de recursos haciéndose importantes con sus apéndices de comunicación en todo lado. “Tengo lo que necesito y no preciso nada más”, es el modo de vida sencillo que define Buffet para él y que acorde son las enseñanzas de los sabios antiguos y modernos es todo lo que se necesita para vivir bien.  El joven neoyorquino, Mark Zuckerberg, que se embolsilló en su treintena de años una multimillonaria suma de suma de dólares por fundar y vender Facebook, vive discretamente, maneja su automóvil gama media y viste como un universitario con precario presupuesto. Carlos Slim, perteneciente a la élite de multimillonarios modernos, ubicado dentro de los 10 más ricos del mundo en el siglo XXI, viaja en su viejo automóvil Mercedes Benz, no le gustan los jets privados ni los yates que parecen lujos de nuevos ricos o individuos que exceptuando jeques árabes y otros ricos, pretenden vivir de la apariencia.  Su casa, cuenta la revista Forbes, es la misma que tiene desde que era un ciudadano sin la posición económica y social de ahora.

 

De tacaña ha sido calificada la millonaria australiana Gina Rinehart, única mujer entre la decena de millonarios, quien se autoproclama víctima de la envidia de pobres y otras personas que la critican a los que invita a envidiar y charlar menos y trabajar más. Dos multimillonarios nos trae como ejemplo el órgano mensual de comunicación aludido para ilustrar cómo existen formas distintas de disfrutar las fortunas: Luis Carlos Sarmiento, un trabajador incansable y poco dado al despilfarro, y Arturo Calle, comerciante prudente y buen inversor, ambos dedicados más a conseguir dinero que a darse una buena vida con su colosal capital.

 

El más grande de los literatos antioqueños, don Tomás Carrasquilla, fustigó a los ricos antioqueños por su desmedida avaricia y su precaria calidad de vida.  El ilustre hombre de letras de la Antioquia grande, Emiro Kastos, en obra Julia, de mediados del siglo XIX, definió la sociedad de Medellín como monótona, avara, clasista, resentida y viciosa, es decir con muy bajo perfil de lo que representa el buen vivir.   El filósofo envigadeño, el inmenso y excelso escritor más valorado en Europa que en su tierra, Fernando González, no se quedó atrás al perfilar el rico antioqueño como un tosco y robusto pastor aldeano sin cultura, conciencia, gusto o distinción.  Del buen y mal vivir de los multimillonarios colombianos tenemos dos ejemplos paradigmáticos: Coroliano Amador y don Pepe Sierra.

 

La soberbia, la envidia y la avaricia; enemigos del buen vivir

Desde hace muchos años vengo cavilando sobre los principales factores que dan al traste con la felicidad humana y ahondando en textos y ensayos he podido advertir que en general la mayoría de los pecados capitales, pero especialmente los indicados en el título de este artículo, son los que de manera más notoria dan al traste con el arte del buen vivir; mujeres y hombres son víctimas de ellos y con especial énfasis algunas posiciones son más atenazantes entre los hombres, aun cuando en estos tiempos ellas atacan a unos y otras en condiciones similares.  La soberbia, pecado capital supremo conocido desde los albores del cristianismo por la postura arrogante de satanás que se reveló contra el Dios bíblico judío, ha sido el talón de Aquiles de miles de hombres que han gobernado el mundo.

 

El control social, el consumismo y la comodidad o vivir con lujos, son en palabras del autor John Izzo, los enemigos de la felicidad que a juicio de quien este artículo escribe, aquejan más a las mujeres que a los hombres.  Para poder entender el desbarajuste social que aqueja a la sociedad moderna, debemos adentrarnos en el estudio de estas maléficas pasiones, que a decir verdad no son invento de las últimas generaciones. 

 

Hasta en la culta Grecia antigua hasta los Dioses eran presa favorita de la envidia, la soberbia y la codicia; las obras maestras de La Ilíada y La Odisea no son más que episodios producidos por estas malsanas pasiones humanas y divinas.  No es de extrañar que la avaricia, la altanería y la envidia de millones de personas de las capas medias y bajas padezcan tan tristes y monstruosas pasiones ruines y bajas; pero con igual rigor estas también atacan a mujeres y hombres poderosos y ello explica por qué un Hitler, un Mussolini, un Sadam Hussein, un Leonidas Trujillo, un Miguel Antonio Noriega y otros sátrapas fueran víctimas de sus ambiciones desmedidas, su excesiva arrogancia o su insana envidia por el poder y el dinero.

 

También podemos concluir que tales fenómenos psíquicos, profundamente de la condición humana, fueron las razones por las que banqueros multimillonarios, en otras épocas considerados ejecutivos exitosos, como Mario Conde en España y Jaime Michelsen en Colombia, fueron objeto de enjuiciamiento y condena por parte de las respectivas justicias.

 

En los últimos años dinastías políticas como los Kirchner en Argentina, han sufrido declive político y social a causa de su desmedida codicia económica y política.  En Latinoamérica, más  de la mitad de exmandatarios y presidentes en ejercicio están siendo enjuiciados y algunos se encuentran en prisión por las mismas razones.  Brasil, Perú, Honduras, Guatemala y Venezuela son apenas un muestrario de poderosos caídos en desgracia, debido a su voraz apetito de enriquecimiento rápido e injustificado. Y en Colombia, lo que era una conducta propia de los políticos, pasó a ser un vicio de altos dignatarios de la justicia, nunca antes se había judicializado y puestos en calidad de subjudice a jueces, magistrados y otros funcionarios del poder judicial como en el par de años últimos.  Lo que era un secreto a voces entre el círculo de la justicia penal colombiana y en los pasillos de algunos tribunales y cortes del país, se desdibujó definitivamente entre 2016 y 2017. 

 

La contratación indebida y remunerada a múltiples empleados de la burocracia estatal, que fue disimulada y hasta justificada por varias décadas, devino en la causa de persecución penal más desaforada en estos años, impulsada y puesta en evidencia por la justicia norteamericana.  Empero la venta ilícita de algunas sentencias de las altas cortes, existente de hace un cuarto de siglo, pero destapada apenas en los últimos meses, es la mayor causa de desestabilización del país, por cuanto la venalidad hizo su entrada en los templos sagrados de la justicia, que es lo peor que puede pasarle a una nación.

 

La pretendida igualdad de las democracias modernas lleva implícito el sello de la corrupción, fenómeno denominado por la filósofa italiana Elena Pulcini, las patologías de la democracia.  En una monarquía el pueblo raso y los ricos y los gobernantes no se igualan con los reyes y por ello es difícil que la envidia entre a las clases altas y la aristocracia monárquica, en tanto que dentro de la supuesta igualdad democrática moderna, tiende a confundirse la jerarquía clasista y quienes provienen de estratos bajos se igualan o tratan de superar a los antes poderosos y privilegiados detentadores del poder económico político y social.  Eso fue lo que ocurrió con algunos sectores del poder judicial colombiano, que desde que la carta política del 91 les entrego la función burocrática de elegir altos dignatarios, se igualaron con los políticos exigiéndoles canjes burocráticos a cambio de nombramientos de alta alcurnia. 

 

El antiguo manzanillo politiquero de pueblo que accedía al poder y a puestos a base de componendas de directorios políticos, se convirtió en el togado que de igual manera utilizó la capacidad nominadora en las cortes para hacer el erario público el botín burocrático de esposas, amigos y familiares.  Tal como lo pide el ilustre ex fiscal, ex procurador y ex ministro de justicia, Alfonso Gómez Méndez, hacen falta unidades investigativas del periodismo colombiano, como existían décadas atrás, para probar el grado de politización y clientelismo judicial de la rama jurisdiccional en las dos últimas décadas. El problema endémico que aqueja en el presente a la justicia colombiana, además de personal (que no puede reducirse a tres o cuatro nombres de altos dignatarios de la justicia), es Institucional, pues a la manera del escorpión, la Suprema Corte se inoculo el veneno de la codicia, la soberbia y la envidia, así existan togados probos y exentos de macula antiética, lo que supone un cambio sustancial del régimen de elección y nombramiento de los altos jerarcas de la Administración de Justicia y no meras reformas coyunturales y superficiales que no erradican el flagelo que azota a la antes respetabilísima tercera rama del poder público.

 

El mal vivir de los nuevos ricos

Caben es esa ya extensa logia de nuevos ricos que originariamente provienen en su mayoría de aldeas y ciudades medias emergentes de la economía precaria de la sociedad feudal decadente.  Venida a más en materia de dinero porque son sagaces y hasta inteligentes para hacerse a grandes fortunas o porque escogieran el camino rápido, pero sinuoso y peligroso, del enriquecimiento súbito; son sin embargo propensos a exhibir sus pertenencias o hacer gala del poder que tienen. Lucen altivos, altaneros, patanes y se empecinan en que su vecino conozca su automóvil último modelo, su suntuosa casa y otros haberes que le otorgan una aparente superioridad. 

 

Se hacen construir las moradas más vistosas en los barrios clasistas de las ciudades o en las provincias donde fueron conocidos como personas de escasos recursos; algunos gastan por cantidades millones en fiestas pueblerinas y dan la mano a los pobres y regalos a quienes tratan o conocen; pueden ser políticos mediocres que a base de artimañas se hacen al botín del erario público; también suelen dedicarse al negocio ilícito de las drogas, aun cuando ya parece que se alejan de esta actividad por cuanto aprendieron de un político de raza negra que una alcaldía da más que el narcotráfico; también se les puede encontrar en los puestos burocráticos de rango medio y no faltan los que se enquistan en los puestos de la élite del poder judicial. De poca cultura y de excesiva superficialidad los nuevos ricos desconocen por completo el hermoso arte del buen vivir, no tienen ni idea de lo que dijo Gandhi sobre los factores que destruyen al ser humano: “La plata sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, la creencia sin humanidad y la oración sin caridad”.

 

El nuevorriquismo como fenómeno social nuevo es el producto de una mala educación, de un modelo de enseñanza en el que se prepara al individuo para trabajar, para ser eficiente, para la supervivencia, no para ser, para autorrealizarse, ser cada día mejor persona y ciudadano ejemplar.

 

Detrás de todas las guerras, incluidas las electorales a las que se dedican los nuevos detentadores del poder judicial, desnudan el ansia de sobresalir, de acumular fortuna, la ambición desmedida, aun cuando estos personajes suelen disfrazar sus voraces apetitos dinerarios y soberbios deseos de acceder a las cumbres de los puestos burocráticos bajo doctrinas de patriotismo, servicio al país, ayuda de los necesitados o amor a la justicia.   Tal como lo escribiera el periodista ilustre antioqueño, Juan José Hoyos, a propósito de los 30 años del vil asesinato del humanista Héctor Abada Gómez y las cartas que legara a sus  hijos:   “Si los políticos amaran no serían tan corrompidos”.

 

Políticos hubo en la Colombia de otras épocas que con sus elocuentes discursos y sus cultas arengas semejaban a los oradores de las cultas Grecia y Roma.  Me acuerdo de los llamados Leopardos y los egregios caldenses Silvio Villegas, Fernando Londoño y Gilberto Alzate Avendaño, auténticos artistas de la palabra. Hoy, en el capitolio nacional, no quedan vestigios de aquella culta y aristocrática clase política, sino que abundan mediocres representantes y deslucidos senadores que en su mayoría tienen sus curules como una inversión millonaria de las que buscan obtener un provecho igual o superior a la inversión económica de la campaña electoral. Sin que en sus cabezas haya un cúmulo de ideas para exponer en el antes Salón Elíptico del Capitolio Nacional; en suma, mercaderes y mercachifles de la actividad política y nuevos ricos sin gracia, sin cultura y sin identidad, pues son meros apéndices del presidente de turno, quien suele comprarles sus conciencias, o lo queda de ellas, con cuotas millonarias del presupuesto.

 

El fenómeno de los Ñoños, caídos en desgracia en estos tiempos, es apenas botón de muestra del poder político nuestro y de otras naciones, incluidas España, Italia y muchas republiquetas centro y suramericanas.  Situación similar se ha vivido en el otrora respetado y amado Palacio de Justicia, hoy convertido en una guarida en la que se han escondido un puñado de vendedores de fallos judiciales, tal vez amparados en otros que sin ser venales, son al menos mercaderes de puestos, privilegios y puestos ostentosos.   Unas décadas atrás hombres eruditos, sabios y silenciosos ocuparon sus altas dignidades en la suprema corte, creando jurisprudencia que alumbraba el camino recto de la justicia y jamás se les vió en espectáculos tan degradantes como dedicarse por varios meses hasta por años a pelear por quién preside la corporación o a quién eligen fiscal u otros cargos llamados a proveer, como lo hemos visto en los últimos tiempos.

 

Jamás se conoció de un acto de indelicadeza de estas luminarias del derecho y un bonachón magistrado fue investigado hace algunos años por solo haber hecho una llamada inocente para recomendar a un pupilo suyo. Hoy existe la más descarada, abierta y desvergonzada práctica del cabildeo, clientelismo, intriga y demás formas repugnantes de hacerse elegir. Magistrados que han presidido la corte han sido políticos frustrados y empobrecidos abogados de mediocre trayectoria y auténticos malabaristas parecidos a políticos en campaña. De los actualmente cuestionados nuevos ricos, al juzgar por las millonarias sumas que presuntamente exigían por su actividad cohechadora, uno suele verse cual filósofo pensante, otro como un recién graduado que exhibe con orgullo su toga y otro con una falsa apariencia de solemnidad y respeto; los togados subjudice parecen más nuevos ricos que admirables juzgadores.

 

El buen vivir y los 7 pecados capitales

En mis reflexiones acerca del arte del buen vivir, de la buena vida y de la existencia opaca, gris, triste y monótona de millones de personas en este mundo presuntamente civilizado del siglo XXI y en competencia con la calidad de vida tranquila, serena y feliz, aun exenta la gente de lujos, confort y comodidades de las anteriores generaciones, he podido, con la ayuda de excelentes ensayistas, concluir que niños y niñas, hombres y mujeres adultos pueden tener un buen pasar de la vida a condición de manejar con prudencia y desistan de aplicar a sus existencias los temibles y famosos 7 pecados capitales. 

 

Las naciones judeocristianas han demostrado que no sirve ya para una buena convivencia entre connaturales y llevar vidas individuales felices el Código de Moisés, la famosa tabla del profeta que se condensa en los Diez Mandamientos.  Presuntos católicos fervientes los practican cada día menos y los no creyentes y supuestos ateos pueden llevar una buena vida sin tener en cuenta esta decena de preceptos religiosos, las obras de misericordia o las virtudes cardinales.  

 

Nadie ha podido pintar el alma, los más eximios poetas apenas si vislumbran aspectos esenciales de la belleza, la naturaleza, el espíritu y otras categorías psíquicas humanas.   Los más excelsos pintores de todos los tiempos no han podido jamás reflejar en el lienzo lo que es la anodina e inefable alma del hombre.   En un afán por tratar de conocer el enigma del alma del hombre, cuenta la leyenda que un rey, al parecer esloveno, llamó a su más reconocido sabio para que antes de morir le satisficiera su inquietud.   La misma leyenda se encarga de hacernos saber que pidió el sabio reunir ante Su Majestad a los hombres de su reinado más avariciosos y envidiosos; una vez en presencia de la máxima autoridad, ambos son advertidos que pueden pedir lo que deseen a condición que quien pida último obtendrá el doble del primero.   En su afán de codicia el ambicioso se rehúsa a pedir primero un número de acres de tierra, que es el premio ofrecido por el rey.   Su pasión de la avaricia lo lleva a pensar en el doble de acres que tendrá si pide primero.   El envidioso tampoco se decide a pedir en primer lugar porque lo atormenta que el otro pueda acceder un número duplicado de acres de tierra.  Cuenta el relator de la leyenda que el envidioso le espetó al supremo gobernante:   “Está bien Su Majestad, sacadme un ojo”.   Esa es la condición humana y podría decirse sin temor a equívocos que el mundo lo han movido los 7 pecados capitales y especialmente la envidia, la avaricia, la soberbia y la ira, cuatro elementos pasionales que han hecho de la humanidad un conjunto de belicosos, presumidos, prepotentes, ambiciosos, envidiosos e iracundos hombres y mujeres, que se han ocupado más en el decurso de la historia a pelear, avasallar al vecino, envidiarlo, acumular riquezas para ostentarlas, combatir en 5000 guerras, inventar títulos nobiliarios para humillar y menospreciar a otros y otras bellaquerías, necedades y perversidades inimaginables, tan propias de los humanos y tan ajenas en los animales. 

 

Las naciones no hacen más que reflejar la condición humana de personas que pueblan el planeta.   La soberbia, arrogancia y prepotencia de los ingleses, su frialdad glacial para el trato diario en las familias aristócratas, su posición económica y supuestamente cultural, hace que el Reino Unido esté dividido entre Lores y comunes del pueblo, lo que se refleja en el sistema bicameral parlamentario británico.    La soberbia y la gula también se ha dicho son propias el pueblo francés, en especial de los parisinos.   De los españoles, uno de ellos, el escritor Fernando Sánchez Plaja, define y describe a la nación ibérica como envidiosa y soberbia.  De los latinoamericanos se ha dicho que mucho del retraso económico, cultural y social de estas tierras tropicales se deben a la desmedida avaricia de sus élites y la patológica envidia de las otras capas sociales.   En cualquier caso ni los poderosos magnates y terratenientes de las naciones nórdicas de Europa y Norteamérica ni las masas de otras naciones tienen un buen vivir.

 

Es apenas una excelsa minoría, una culta estirpe aristócrata no de títulos nobiliarios y posesiones materiales, sino de un vasto nivel cultural, la que puede llevar una vida de lujos sin tener mucho dinero y de gran satisfacción por cuanto posee el gusto para acceder a una buena existencia sin tener que gastar enormes cantidades de dinero.   Esto explica por qué cultos hombres como Goethe gozaron sus vidas en el sur de Italia, compartiendo el buen arte y las bellezas históricas y culturales de la  bota itálica.   Bairon, Shelley, Mann, aristócratas cultos y refinados ingleses, agregaron a su educación británica lo que les enseño la mediterránea.   Un inteligente pensador del Reino Unido, el doctor Johnson, reconoció hace casi tres siglos:   “Todo lo que nos distingue de los salvajes viene del mediterráneo”.

 

Los gentleman ingleses constituyen apenas una minoría de la ramplona sociedad del Reino Unido, que no tienen nunca la calidad de vida de un nativo de la costa mediterránea, especialmente, de la región andaluza, si se tiene en cuenta que hace varios siglos Córdoba era el segundo califato del mundo después del de Bagdad.  Si aprendemos a manejar los siete demonios llamados pecados capitales, podremos darnos una excelente vida feliz y serena, exenta de pasiones turbulentas y dañinas, de esto me propongo escribir en futuras columnas. 

 

Progreso material vs felicidad personal

Durante los días de agosto de 2017 que la Medellín primaveral celebraba su fiesta anual de la Feria de  las Flores y miles de paisas y de extraños se entregaban a la ingesta de nuestra bebida alcohólica, el aguardiente, me fui en compañía de unos seres entrañables a la sala de cine independiente, Las Américas, para disfrutar una película curiosamente producida en Canadá, que lleva por título un nombre que sugiere una temática bastante sugestiva ya que apunta a la ilusión de vivir algo parecido al poema del gran poeta español, Calderón de la Barca, La vida es un sueño.  La trama central hace referencia al típico hombre de clase media con esposa y dos hijos; ella, gran consumista para llenar su aburrida vida matrimonial, y él, entregado frenéticamente a hacer dinero para tener una bella casa y confortable en la que concurre la tediosa existencia de la pareja, conformista con su rutina sexual y poco placentera.   El escenario en el que se rodó la película es extraordinariamente atractivo, pues nos muestra la hermosa y elegante Quebec, urbe por excelencia del Canadá franco parlante.   Cualquiera imaginaría viendo parajes, calles, monumentos y casas tan atractivos al ojo humano, que es el lugar ideal idílico para vivir a plenitud la felicidad personal y familiar.  Sin embargo, el gran mérito de la cinta consiste en tratar con maestría el tema fundamental en que se debate la sociedad moderna:   la tecnología como supuesto progreso material y el concepto de civilización.

 

Para muchos vivir en este doblemente frío país (en clima y en relaciones apáticas personales) presupone una condición de la cual derivan la felicidad sus habitantes; no obstante, al final la enseñanza y el mensaje que se extrae es que puede vivir mejor un campesino de la Antioquia rural o de la Andalucía española que los nativos de América del norte.

 

Con una vida frenética, colmada de gastos y facturas y una infelicidad conyugal manifiesta, en la que la sexualidad genital de los esposos es tan pobre y escasa de satisfacción, que el sexo solitario es la única forma de desfogue del atribulado cónyuge y padre de familia que termina arruinado y por supuesto, aplicando la frase de Máximo Gorki, según la cual cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana, que la antes supuestamente cariñosa y sumisa esposa termina mandándolo a dormir en lo que por estas tierras llamamos el cuarto de San Alejo.  La película es de una gran riqueza argumental, pues muestra crudamente la forma de vida del típico hombre de clase  media que vive de la apariencia y que a cambio de una casa confortable y unos muebles y enseres aparentemente bellos, renuncia a una satisfacción individual en el plano emocional, intelectual, cultural y sexual. 

 

El drama urbano cotidiano del hombre norteamericano que vende su alma al diablo del consumismo es magistralmente retratado en esta excelente cinta producida en un país que no tiene tradición en el arte cinematográfico.   Que los valores humanos es países como Canadá, Estados Unidos y otros nórdicos europeos están más retrasados que la tecnología, queda demostrado en el guion que dura casi dos horas.   Escenas y diálogos cargados de realismo y dramatismo conyugales hacen de la mencionada cinta una de las mejores que he visto en los últimos días.

 

La falta de civilización de América del norte y Europa nórdica se patentiza en este culebrón conmovedor que como el buen cine, se proyecta en pequeñas salas donde se degusta este bello arte y no en las grandes en las que la ficción exagerada aburre hasta el hartazgo.   Como niños confundidos padres e hijos juegan en los roles conocidos de la pareja típica pequeñoburguesa como un supuesto marco idílico de confort habitacional, pero con una pobreza emocional extrema.  Los juguetes de unos y otros son los mismos de nuestra familia clase media latinoamericana, que juegan a ir a otros planetas mientras olvidan disfrutar su única vida terrenal que tienen.

 

El deleite y goce de vivir grecorromano de la Europa y África mediterráneas no aparecen en el paradigma de existencia de la América y Europa Nórdicas.

 

Ejecutivos agresivos, competitivos e infelices abundan en los países llamados desarrollados, pero sus vidas son desconcertadas e insatisfechas, lo que demuestra que las mencionadas naciones  conocieran primero la tecnología pero no han podido aun conocer un grado de civilización que les permita a sus nativos vivir alegre y placenteramente.  Este último modo de vida es el que los griegos llamaban bárbaro y es el que impera en nuestras Colombia y España de estos tiempos así muchos crean vivir civilizadamente.

 

El negocio de vivir bien

En esta sociedad postindustrial, financiera y altamente virtual, muchos son los que desean hacer buenos negocios.  A la escuela, a la universidad, a los colegios se va a aprender, que se supone nos han de servir para la edad adulta tener un buen empleo y darnos una vida digna y si se puede, lujosa, de alta calidad.  En este frenesí diario por la conquista del pan nuestro y de nuestros seres amados, olvidamos que la única empresa que vale la pena cuidar, la que ha de ser objeto de atención y mimo, es nuestra existencia.  Nada más importante que nuestro cuerpo, nuestro espíritu, nuestra alma, y el mejor negocio es invertir en ella y hacer de nuestra existencia el objetivo principal y primordial de nuestro paso transitorio por la tierra. 

 

Quien invierte a sí mismo, quien se mima con buena comida, buenos vestidos, un hogar bien constituido, una vivienda cómoda y regocijante, con buenas lecturas, buenas compañías, buenos viajes, hace el mejor negocio de su vida, es un bon vivanti, un gran vividor, un auténtico existencialista pleno y gozón. Malgastar nuestra preciosa vida en trabajar incansablemente, atesorar dinero y no dejar tiempo para la holganza, el descanso y la relajación, constituye un gran pecado, un atentado contra nuestra dignidad humana; de hecho, el hombre es el único animal que trabaja para sobrevivir, los  animales y las plantas no se preocupan por trabajar para la manutención y sin embargo viven con alegría y se exhiben bellamente ante nuestros ojos.

 

En nombre de la mal llamada civilización nos volvemos cada día más trabajadores, más tensos, más preocupados y menos relajados.  Las responsabilidades laborales, domésticas y académicas, roban la mayor parte de nuestro tiempo, sin dejarnos la oportunidad de vivir exentos de temores, preocupaciones y ambiciones que al final de la vida vamos aprendiendo que son auténticos enemigos de la felicidad y la buena vida.

 

En ese afán de aprender a vivir sin prisas y en forma relajada, adoptamos mascotas, especialmente perros y/o gatos, pero poco es lo que aprendemos de estas criaturas que enseñan a vivir despreocupadamente.  Nada hay más independiente y autónomo que un gato, animal que vive juguetona y animadamente y para quien el tiempo no cuenta.  Un gato puede jugar a capturar un animal de su predilección, un ratón, varios días y cuando lo apresa juega con él algún tiempo; si observáramos su modo de vida, viviríamos más distendidamente.

 

Un perro, además de compañía, es un guardián hogareño, pero no le impide jugar casi todo el tiempo; solo el amo vive con preocupaciones reales o imaginarias sin aprender de tan noble animal.  Al contrario, nosotros los humanos gastamos y mal empleamos el 90% de nuestro tiempo y energías en adquirir los medios de subsistencia, el otro 10% lo utilizamos mal, casi siempre en ver televisión, entretenernos en las redes sociales y muy poco es lo que dedicamos a gozar la vida con alegría y plena consciencia.  Nos creemos civilizados porque utilizamos aparatos electrónicos para una supuesta comunicación con el prójimo o porque creemos que ellos nos harán más inteligentes, creativos y mejores productores, cuando ocurre algo diferente: nos perdemos de vivir a plenitud por andar inmersos en esta tecno adicción.

 

Las preocupaciones financieras, las complicaciones emocionales, personales, familiares y sociales se encargan de arrebatarnos la paz interior, de allí que enfermedades graves, como las del corazón aumenten vertiginosamente en esta sociedad autómata, conflictiva y neurótica.  Las enfermedades intestinales, cerebrales y coronarias, el cansancio, la neurosis, están al orden del día en una etapa del género humano que debiera padecer menos y gozar más.  Tenemos más bellos espacios para vivir, pero en nuestras almas y espíritus hay menos tranquilidad, más agobio, más penas.  En palabras del gran pensador y ensayista chino, Lin Yutang:   “Tenemos esta laboriosa humanidad sola, enjaulada, domesticada”.  Vivimos cotidianamente con menos optimismo y entusiasmo y nuestros rostros reflejan tensión, angustia, insatisfacción, pesadez de vivir.  La vitalidad y energía que destilaban nuestros antepasados hasta hace apenas dos generaciones han desaparecido para dar paso a personas apáticas, cansinas, tristes y lúgubres, todo en nombre de una falsa y dañina civilización.  La alegría y el sentido del humor, la creatividad, la vida holgana, juguetona y alegre  están desapareciendo de la faz de la tierra, nos está avasallando una vida sin entusiasmo, sin alegría, gris, monótona y tediosa.

 

A manera de plegaria, hago mías las palabras del sabio chino, Lin Yutang:   “¡Oh, sabia humanidad, terriblemente sabia humanidad, a ti canto, cuán inescrutable es la civilización en que los hombres laboran y trabajan y se preocupan hasta encanecer por conseguir el sustento y se olvidan de jugar!”.