La vida simplificada

La moderna como caótica sociedad de hoy, basada en el materialismo, el consumismo y la más profunda alienación, ha llegado a este extremo dañino para el alma humana y contraria en su espíritu a la alegría en el vivir bien, legado aportado por las enseñanzas trimilenarias de los indios, los egipcios, los griegos, los chinos y también las civilizaciones aztecas, incas y muiscas de la américa prehispánica.  

 

Acumularon cultura, experiencias y sabias enseñanzas estas civilizaciones insignes de la humanidad, pero fueron perdiendo vigencia y aplicación y en los últimos dos siglos fueron sustituidas por las doctrinas capitalistas promovidas y practicadas por los ingleses con su industrialización, sus descendientes, los norteamericanos, los japoneses, los alemanes, y en años recientes, por la China pos maoísta.  En contra de este vivir superficial, ansioso, vertiginoso y complicado, han surgido pensamientos ilustres y voces autorizadas que pregonan un retorno a la vida simple, armoniosa con la naturaleza y exenta de lujos o gustos innecesarios.  La propuesta de Diógenes el Griego, aquel personaje que vivía en un tonel y llevaba una vida totalmente austera y carente de los más mínimos lujos, es utópica y poco viable menos en estos tiempos que corren.  A él se le antepuso la vida codiciosa, materialista, guerrera y ególatra de Alejandro Magno.  Un término medio, un punto equidistante entre la vida lujosa y la menesterosa parece ser la fórmula ideal, aun cuando no perfecta para el buen vivir.

 

En 1854, David Thoreau, un filósofo inteligente y práctico, nacido en el mismo estado de la familia Kennedy, publicó un libro con el sencillo título de “Walden”, en el que presenta a sus conciudadanos una propuesta de vida sencilla, aldeana, rústica y en completa armonía con la naturaleza.   Quizá la vida retirada del mundanal ruido fuera una idea de Thoreau entresacada de un clásico español.  Por esta razón a este filósofo se le conoce con el remoquete del Diógenes estadounidense.  “Walden” es el nombre de una laguna aledaña a la cabaña donde se recogía a vivir durante 26 meses. 

 

Antonio Galla, otro ilustre y cultísimo escritor y poeta andaluz, escribió algún día que en España la mejor forma de dialogar era hacerlo con uno mismo o con un perro.  Gala es el autor del libro “Charlas con Troilo”, que es un diálogo simbólico con su perro Troilo.  Igual hizo Thoreau con su libro “Walden”, pues alejado del mundo imaginó unas sillas que representan a otros individuos y a la sociedad.

 

Sherry Turkle, una afamada psicóloga norteamericana, realizó una profunda investigación sobre el declive conmovedor de la conversación en los humanos en la era digital.  En el extenso como documentado texto, la autora toma como base de algunos de sus capítulos las tres illas que hacen parte del entramado de la obra genial de Thoreau.   La capacidad de vivir en soledad, tan venida a menos con la nueva tecnología digital, es pilar fundamental de una vida bienaventurada.  El solitario por elección es feliz; el nuevo robot, adicto a las redes sociales, en un enfermizo de ansiedad y propicio a la depresión.  Afortunados los colombianos que entre los nuestros tenemos un émulo, un auténtico seguidor de la sabiduría clásica para la buena vida, la bella y encantadora Manizales cuenta entre sus hijos ilustres con el llamado sabio de Manizales, cuyo nombre real es Jaime Bedoya Martínez.   Leer la extensa como enriquecedora obra de Bedoya es rememorar las enseñanzas de los hombres más ilustres del planeta en materia de humanismo.  Probablemente a él haré referencia en próximos capítulos.

 

Parece increíble que de las entrañas del país de la cultura del dinero, de los amantes del becerro de oro, de la patria del derroche, tierra de un materialismo grosero y rampante, de la cuna del más despiadado capitalismo financiero, haya surgido una voz culta, egregia y sabia como la de David Thoreau para contraponer al estilo vacío y superficial del vivir norteamericano.  A la vida mezquina gringa basada en los falsos valores del dinero, los honores, el poder, la riqueza, la apariencia y la reputación, Thoreau propone volver a los tradicionales valores contrarios a la codicia, al consumismo, la modernidad, la vida de oropel y fantasía propagada por Hollywood.  Percibe el filósofo en sus compatriotas que llevan vidas pobres, serviles, falsas, de apariencias y las llama vidas mezquinas como de máquinas automáticas.  Qué podría decir en el presente si reconociera la desaforada y caótica vida de sus compatriotas en el siglo XXI? Acertó al afirmar que se vive con tristeza y melancolía, aburrimiento, inquietud y angustia; cuándo se vive mal y no se vive bien; cuándo hombres y mujeres apetecen solo dinero, fama, riquezas, honores y otras vacuas pretensiones.  Recomienda leer buenos libros y no dejarse influenciar demasiado por las malas noticias que pregonan con insistencia los medios de comunicación.  En síntesis, invita el autor a simplificar la vida.


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La medicina del bienestar y la felicidad

En 2017 empecé mis columnas advirtiendo, o mejor, insistiendo en la locura en la que se encuentra el planeta a causa del uso desmedido de las llamadas redes sociales. Como una pandemia que afecta la mente de millones de personas, califiqué la adicción a las mismas. 2018 comienza con una advertencia de la Organización Mundial de la Salud, ente universal que va a incluir la adicción a los videojuegos como una enfermedad que trastorna la psiquis, la mente y el comportamiento de quienes abusan de las tecnologías virtual y digital modernas. Un S. O. S. de la O. M. S. a los adultos en el mundo que vienen haciendo un desmedido uso de las redes sociales dando un mal ejemplo a los niños y adolescentes, actitud intergeneracional que tiene enganchados a millones de mujeres y hombres a sus móviles, computadores, tabletas y demás aparatos electrónicos, que además de generar ansiedad y depresión, impiden que sus usuarios lleven una vida armoniosa, plena y placentera. La falta de control sobre la frecuencia e intensidad en el manejo de las redes afecta a una elevada tasa de ciberadictos en el planeta. Además, los grupos de WhatsApp se han convertido en una pesadilla y en un problema mayúsculo por el manejo desbordado del sistema generando conflictos sociales, rupturas de relaciones de pareja y otros fenómenos negativos de interactividad personal y social.

 

Las campañas electorales se convirtieron en guerras personalistas y en ofensas e insultos recíprocos de los candidatos; los colegios, con sus alumnos y padres de familia, han hecho de esta asombrosa y prodigiosa tecnología un escenario propicio para el llamado matoneo y ni qué decir del manejo de las relaciones de miles de parejas para destruir un nexo afectivo por un mensaje de texto o una pose con un tercero. No cesará este columnista de insistir en la parodia o farsa de vida de quienes creyéndose superiores y únicos se han desbocado exhibiendo egos supremos, publicando en estas redes aspectos y episodios de la vida de los que se creen estrellas posando ante las cámaras digitales e ingenuamente se auto engañan creyendo que sus miles de seguidores son sus admiradores reales, y peor aún, sus amigos. Fundamentalmente la alta tecnología de los computadores, celulares y tabletas provienen de los Estados Unidos, ya que en California, Seattle y otros estados tiene sus principales centros Apple. Los chinos han sido la competencia con la poderosa empresa Huawei, que ha tenido una gran fuerza en el mercado de la moderna tecnología digital. Irónica y paradójicamente las dos naciones que hoy son la mayor fuerza económica en el mundo, han producido al mismo tiempo los sabios y genios de la ciencia y la tecnología, pero también los más grandes pensadores del difícil arte del buen vivir. Ambas potencias, como es lógico, aprendieron de las insignes civilizaciones egipcia y griega. En la vieja China, emperadores, filósofos y artistas, pregonaron la vida sencilla, simple, aldeana, exenta del vértigo de la velocidad de la vida moderna. Hoy, la nueva China pos maoísta y excomunista, olvidó las enseñanzas de sus antepasados y se convirtió en feroz capitalista mundial. También la unión americana de hace cerca de dos siglos tenía entre los suyos a excelsos filósofos, sabios, pensadores y poetas pregoneros de la vida sosegada y simple, muy distintos a los ricos exhibicionistas y deshumanizados, entre los cuales su principal representante hoy es el primer mandatario, Donald Trump.

 

Emperadores de las viejas dinastías chinas jamás imaginaron que más de dos mil años después, su bella, campesina y tranquila tierra se convertiría en el asiento de centenares de negociantes y mercaderes ávidos de dinero y que colonizarían al mundo para enriquecerse y competirle a su rival de siempre, la potencia gringa. Igualmente, hombres epónimos y de un humanismo excelso como Walt Whitman, Ralph Emerson y Henry David Thoreau, entre los principales, nunca pensaron que sus grandes ideas en favor de una vida bienaventurada y feliz, aldeana, frugal y carente de lujos exóticos, desaparecieron y en su lugar se impusieron las de los ricos de nuevo cuño, vastos, materialistas, egoístas y mezquinos que enfrentados a los chinos pretenden apoderarse del mundo y sumir en la pobreza y el hambre a la mayor parte del mundo.

 

Emerson y Thoreau sentaron las bases de una vida feliz y simple hace más de 150 años. Amor al conocimiento, a la naturaleza como máxima expresión de Dios, la vida solariega, la confianza en uno mismo (conocerse y amarse), la contemplación de todo lo que existe como fuente de gozo y disfrute de la vida son en esencia los pilares del bienestar y la felicidad del ser humano. Principalmente el último de los pensadores, concibió la palabra eupéptica o generante del bienestar y felicidad, que combate y aleja la maldad y el dolor, factores que arruinan el buen vivir.


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Educar para el buen vivir

Ha insistido, quizá demasiado, el cronista y articulista la importancia que ha de tener la educación en los niños especialmente adiestrados en el fomento del pensamiento independiente y autónomo, exento de la intromisión desmedida de los padres y docentes en sus decisiones y dejarlos que hagan lo que les venga en gana. Pasamos de una educación e instrucción autoritarias, represivas en las que no se tenían en cuenta las necesidades ni decisiones de los infantes a una permisividad extrema en la que son ellos los que exigen e imponen a sus padres lo que le plazca y dicte sus caprichos. La obediencia extrema, ovejuna y dócil de tiempos pasados hacía daño a la estructura y valoración personal de niños y niñas, pero también es contraproducente el que padres y maestros cedan a todas las exigencias de los menores o se les complazca en todo lo que demanden. La dignidad del niño no admite discusión alguna, pero que éste se convierta en el centro de atención de la familia pasa a ser una circunstancia negativa en la formación de la conciencia individual del niño.

 

La justicia, que en esencia es dar a cada cual lo suyo, debe ejercitarse en el hogar y en las aulas de clase y puede producir rechazo o aceptación en los menores según se ejerza en forma adecuada. No han de ser menospreciados, ni humillados, ni ridiculizados los aprendices y debe reconocérseles desde temprana edad sus cualidades y aptitudes sin caer en sobrevaloraciones desmedidas. La autoridad suprema es peligrosa porque se puede abusar de ella, afirmaba el buen rey Luis XIV de Francia, quien supo cómo se manejan correctamente los vasallos. Aconsejaba el hombre que acuñó la frase “el Estado soy yo”, no ser demasiado complaciente con los súbditos, lo que puede aplicarse a hijos y alumnos; tampoco recomendaba la excesiva severidad. Tratar bien a los demás sin caer en la concesión de demasiada familiaridad.
Sería de apreciar que los progenitores de hoy y los docentes actuales practicaran esta recomendación del célebre rey francés: “No os dejéis gobernar, sed siempre el señor”. Desde las edades más tiernas la familia y la sociedad crean las condiciones en los futuros adultos para triunfar como personas y profesionales o también son los que sientan las bases para el fracaso y el resentimiento de hombres y mujeres que no creen en las aptitudes de unos u otros o se van al extremo de considerarlos genios y demasiado sobrados en su formación personal. Hay que escuchar a madres en una conversación informal en un lugar público, las que en su mayoría les dan inmenso valor personal a sus hijos. Ellas creen haber parido nuevos Beethoven o Einstein aun cuando los varones se inclinan hoy en día por emular a las estrellas del fútbol y las mujeres a las divas del cine y la televisión. No podrán entender las ingenuas madres y los arrogantes padres que basta que sus descendientes hagan lo que les haga sentir bien o que estudien una disciplina en la que florezca su talento personal para acceder a la felicidad. No hace falta para vivir bien triunfar o sobresalir en un oficio, muchas personas de a pie ejercen actividades sencillas y nobles y son más alegres que los arrogantes ejecutivos modernos de las multinacionales bien remunerados.

 

Convencido estoy que se gozan más la vida ciertos individuos cultos, no necesariamente con cultura adquirida en las aulas, sino formados de manera autodidacta que los que buscan afanosamente acrecentar de manera desaforada sus posesiones y fortunas.

 

Felices fiestas a los lectores en esta navidad y año nuevo y hasta el 2018.

Autoestima: antídoto contra el mal vivir

No obstante ser la autoestima una necesidad básica del ser humano, un derecho natural de toda criatura racional viviente, ella fue despreciada en épocas pretéritas y actualmente no se le da la importancia y muchos escritores creen que se adquiere mirándose en un espejo y repitiendo frases mecánicas nos alentamos a nosotros diciéndonos que somos bellos, inteligentes o grandes seres humanos. La autoestima es un corroborante de la mente y del espíritu que nos mueve a sentirnos únicos e irrepetibles, capaces de vivir una vida alegre y con gran sentido y cuando nos trazamos metas confiamos en obtener buenos resultados. Creerse ganador, sentirse entusiasta, no desfallecer ante obstáculos normales es la conducta de quien tiene buena autoestima. Confiar en nuestra capacidad de emprendimiento y enfrentarnos a los desafíos normales de la vida es el sello que caracteriza al entusiasta, al que tiene buena estima de sí mismo y se tiene la valía que todos debemos tener.

 

Difícil sí resulta tener altos niveles de autoestima en una sociedad que ha sido construida sobre la base de sentimientos de inferioridad, especialmente para las mujeres, pero que también afecta los varones. La religión católica, que es la que en su mayoría rige las conductas de millones de personas, menosprecia a cada individuo hasta el punto de convertirlo en un mero juguete monitoreado por el Dios del cristianismo, desfiguración y tergiversación de la doctrina de Jesús bien distinta a la concebida en la biblia y predicada a los feligreses por los sacerdotes, obispos y papas en todo el mundo. Pecadores y aspirantes al fuego eterno nos consideran el cristianismo, manchados del pecado original y criaturas tentadas por el demonio, es el concepto que la iglesia católica tiene de sus adeptos, lo que evidencia un desprecio enorme por la autoestima de hombres y mujeres.

 

Débiles de mente es lo que forman las religiones y en especial la cristiana. Neuróticos, psicópatas y candidatos al suicidio es lo que fabrican las diferentes concepciones religiosas, dentro de las cuales la musulmana sobresale sobre las demás. El sentimiento de inferioridad al que ha sometido el catolicismo a sus feligreses mujeres, es innegable; se les ha prohibido ejercer el sacerdocio, se les tiene como demonios tentadores con su carne del hombre. Cultura anti femenina pregonada en los púlpitos y altares, hogares y otras instituciones sociales; en suma, un arsenal utilizado contra las mujeres y en menor grado contra los hombres. Las mujeres de 30 ó 35 años eran consideradas antaño indignas del amor y de conseguir pareja, millones languidecieron y murieron por causa de una cultura patriarcal, machista y radicalmente misógina o enemiga de la mujer. Todavía, sobre todo en las áreas rurales, quedan rezagos de este sentimiento de inferioridad alimentado en el género femenino. El elogio y la crítica son los elementos que potencian o menguan la autoestima de las personas.

 

En épocas pasadas no existían los elogios ni el reconocimiento expreso para los hijos, no se daba el comportamiento tan necesario para el niño de recibir afecto, reconocimiento y elogio de sus padres. En los tiempos que vivimos del siglo XXI se pasó al extremo y el elogio, el refuerzo de la conducta y la motivación personal hacia los hijos, se sobrevalora, se dimensiona en exceso las cualidades de los mismos.

 

Cualquiera de los dos extremos es dañino y vicioso dado que, como lo enseñan los griegos, el término medio es la fórmula adecuada. Los psicólogos aconsejan no devaluar al infante, como lo hacían los padres de antes, ignorarlos y considerarlos ineptos y brutos, prédica repetida por educadores y propenden, al contrario, por elogiar mesuradamente a los párvulos. El elogio exagerado es inadecuado, el que aplican muchos padres modernos de considerar a sus hijos más sabios, unos bellos ejemplares de la raza humana, unos superdotados. Los niños de antes, para ser considerados buenos y modélicos, debían permanecer inmóviles y en silencio; actualmente se evalúan mejor los avispados, alegres y dinámicos.

La obediencia irracional al maestro o a los padres, la aceptación mecánica hacia el mandato de los superiores, es cosa del pasado, el hijo y el niño en general merece respeto y libertad de mente. El problema radica en que los papeles o roles se invirtieron y ellos, los menores o infantes, son los reyezuelos, los dictadores, los impositores de ideas, conceptos y actitudes dentro de la familias. Replantear la forma de elogiar y criticar a los hijos es un imperativo para adecuar las conductas de autoestima de las mujeres y hombres de hoy y del mañana.

 

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La autoestima, pilar del buen vivir

La importancia de la autoestima ha sido y es, sobre todo en estos tiempos modernos de esta época que nos exige una individual salida, un fuerte yo, un sentido claro de la identidad por cuanto la competencia entre personas es desaforada. Se acababan los ídolos, se esfumaban los hombres y mujeres titanes, los preclaros varones de otras generaciones con valores humanos excepcionales y navegamos sin rumbo cual velero perdido. Ante el panorama se hace imperioso tener una gran autoestima, una valía personal fuerte, sin caer en el extremo de la sobradez y el desprecio por nuestros semejantes. Las generaciones antecedentes a la actual nos criamos con una débil estima personal; padres y profesores nos repetían a menudo: “usted no sirve para nada”, “usted es un fracaso”, “no va a llegar a ningún Pereira”, frases lacerantes que escuchaban nuestros infantiles oídos que nos hicieron vulnerables, timoratos, escasos de auto aprecio, carentes de seguridad y confianza en nosotros mismos. Cuántos niños frustrados, cuántos infantes traumatizados se convirtieron en adultos inseguros, neuróticos y tímidos. Basta ver los ojos poco refulgentes y alegres de seres humanos que se arrastran por la vida con un pesimismo enfermizo producto de la falta de autoestima con la que fuimos criados y maleducados. A las mujeres se les decía que si no se casaban a temprana edad serían beatas y amargadas solteronas, solo para parir hijos en cantidad y dedicarse a la cocina era el destino triste de las féminas de antes. Los hombres, serviríamos para las faenas agrícolas, oficios materiales, típicos de esclavos y pocos éramos aptos para ingresar a la universidad y abrazar profesiones con rango espiritual, intelectual.

 

Los obreros, empelados medios y trabajadores informales que inundan los centros de las ciudades latinoamericanas son hijos de las generaciones sin ningún grado de autoestima digno del ser humano. Semiesclavos y embrutecidos son los desdichados que a horas inhumanas se despiertan cada día para desplazarse a distancias largas para la labor diaria como operarios o trabajadores manuales, hambrientos y somnolientos que a fin de mes o de quincena reciben un miserable sueldo mínimo que no les alcanza para suplir la mínimas necesidades suyas y las de sus hijos y esposos y esposas, por lo que centenares de miles de varones no ven otra salida a su existencia insoportable que dedicarse a la ingesta desmedida de alcohol. Es la falta de autoestima incrustada en los espíritus abatidos de las clases sociales más bajas de la población la causa, más que el síntoma, de esa vida digna y merecedora de ser compadecida antes que criticada. Vergüenza es el sentimiento de estos infelices, complejo de inferioridad es el rasgo de su personalidad. A Dios le entregan su suerte y a creencias religiosas, en última instancia, quienes en su ignorancia creen que es el problema de otros y no de ellos y que la causa de su miseria personal y social es un sino o un destino marcado por un ser superior. Ansiedad y depresión son los síntomas de quienes carecen de una excelente o saludable autoestima, lo cual no es otra cosa que confiar en nuestra propia mente, en nuestro espíritu, en nuestro individuo y no dejar a Dios o a otros seres el resolver nuestros problemas. Tener autoestima es saber que nos podemos valer por nosotros mismos, que somos capaces de guiar y orientar nuestras vidas, haciendo de esta bella experiencia del tránsito por la tierra una oportunidad para ser alegres y felices, no meros autómatas que sobrevivimos antes que existir.

 

Es una opinión, un sentimiento, que somos criaturas importantes, que valemos mucho y que nada tenemos que envidiar a otros. La autoestima es la base, el soporte, la piedra angular de una vida digna y humana hasta la médula. Cuando en nuestros actos y vida personal dependemos de un Dios, de un papá o de una mamá, de un esposo o pareja, es porque tenemos deficiente autoestima e insuficiente valoración personal.

Reflexiones decembrinas

Para casi todo el mundo diciembre ha sido desde su niñez el mes de la alegría y de las celebraciones religiosas y laicas más importante. Los 31 días del último mes del año suelen ser los más intensos en todo sentido; es el mes de las primas, los aguinaldos, algunos grados, de matrimonios, de primeras comuniones. Es sabido, también por tradición es el mes de las reflexiones, de las novenas y del jolgorio frente al pesebre, esa bella institución creada hace más de siete siglos por el santo carismático, el buen San Francisco de Asís.

 

Para quien esto escribe es importante seguir la senda que me he propuesto hace algunos meses: polemizar y ofrecer ideas al lector a cerca de la esencia de la vida, del buen vivir como camino hacia la felicidad y la alegría existenciales. Es posible que en ocasiones me torne repetitivo cuando no machacón y demasiado reiterativo, lo hago porque a ello me impulsa la vida que es fugaz y efímera y que solo la valoramos cuando la vemos en peligro o nos diagnostican una enfermedad grave. ¡Qué poco sabemos vivir! La vida se nos pasa y a menudo nos quejamos de que ella es muy corta y que el tiempo no alcanza, qué rápido se fue este año, solemos decir con frecuencia.

 

Pensamos que la única vida que parecía eterna era la de la niñez, las razones son muchas para pensar así, la más importante es que matamos y asesinamos el tiempo en actividades muy poco productivas espiritual, intelectual y culturalmente. Quien lee temas interesantes vive muchas vidas y cada vez es menos la gente que se dedica a la lectura de elevación y contemplación. Nada más hace pocos días, en un reconocido restaurante de la ciudad que habito, la muy convulsionada y pretenciosa de moderna, Medellín, pude observar la típica familia modélica de lo que es la vida moderna. Un padre que a pesar de tener al frente su pedido para su almuerzo no se despega de su celular ejercitando una de las más imbéciles actividades del hombre y la mujer de estos tiempos, la mirada fija en el WhatsApp, presumiendo de hombre interesante cuando no pasa de ser un adicto más a la maldita droga de la tecnología virtual. Al frente, su hija con cara de adolescente y con ínfulas de hija típica de clase media, haciendo la mismo de su papá. La mamá por algunos momentos pasaba cariñosamente sus manos por la cabeza de su distraído marido, sin que este se diera por enterado, pues daba muestras de ser más importante el pequeño aparato rectangular y la basura que las redes arrojan a muchos de sus usuarios. A final los tres apenas si saborean los platos solicitados, pues absortos estaban en sus navegaciones de internet como tres idiotas irredimibles. Al lado de ellos una madre padecía la ausencia de sus hijos que muy ataviada de regalos y vestida a la última moda compartía una especie de video conferencia. Con algunos compañeros de trabajo, como sus vecinos, otra joven descuidó por muchos minutos su comida por andar dando y recibiendo tácticas laborales. Pero eso se ve por centenares cada día. Hace apenas unos días en el corazón del barrio más aristocrático de Medellín, divisé un grupo de al menos 10 jóvenes reunidos y ninguno compenetrado con el otro, por cuanto andaban haciendo lo que hacen ahora niños, jóvenes, adultos y hasta octogenarios con su infaltable celular. Entretanto su vidas se les va de las manos, sus existencias pasan, no se dan cuenta, no tienen conciencia cómo viven, son los candidatos futuros al suicidio, es más, ya se están suicidando y de esto tampoco se han enterado estas generaciones mudas que abandonan cada día la conversación, el diálogo, la charla y la tertulia, que son las actividades más humanas que hoy creen vivir, cuando apenas aparentan existir. Clamamos contra las drogas, los medios de comunicación insisten en que hay que combatir la adicción a la cocaína, a los ácidos, a la marihuana, en tanto hacen propaganda a la peor y más dañina droga, cual es el apego enfermizo y horrorizante a las redes sociales.

 

Aprender a vivir bien, como vivían los antepasados de culturas extraordinariamente avanzadas como la quechua que ama la tierra, para no nombrar la egipcia o la mesopotámica de las que debemos tomar muchas enseñanzas. Por eso el mundo anda mal. El Tiempo, en su edición dominical última de noviembre de 2017, nos reseñó que son los daneses quienes mejor viven en el mundo; si embargo de la nota periodística solo alcanza uno a vislumbrar un país confortable y satisfecho; los animales no son felices, solo viven satisfechos, una dehesa o manada de bovinos existe en la satisfacción, no en la felicidad, luego no es fenómeno de felicidad la comodidad y el tener cierta seguridad, empleo, educación y salud garantizados.

 

De los colombianos se he dicho lo mismo en varias ocasiones, es una farsa que seamos una nación de gentes felices, quienes viven en guerra y matándose, con desempleo e inequidad social no pueden ser felices.

 

La universidad más elitista de Colombia, la de los Andes, ha reventado y sus alumnos se quejan de los costos elevados de las matrículas y algunas deficiencias académicas. Esto refrenda lo que he escrito varias veces: la humanidad sabe vivir menos en la medida que la tecnología avanza a estadios superiores.

 

La educación del mal vivir

Ha llegado noviembre, mes que además de lluvias y presagios de festividades navideñas, es el de los grados educativos que ingenuamente colman de felicidad y dicha a graduados y progenitores. Debería ser una treintena de días en la que dedicáramos al menos uno para dedicarnos a reflexionar sobre la educación infantil y universitaria como soporte de la sociedad del futuro en tiempos en los que la vida de los adultos discurre en un corral inmenso lleno de bestias rodeadas de las más exasperantes dificultades y la de los niños se ha convertido en un infierno que los horroriza y determina la sicología del adulto del mañana.

 

Creen estar actualizados aquellos que como el rector de un colegio atlanticense de Colombia, han creído revolucionar la educación de los párvulos concediéndoles el privilegio de no madrugar y extender el inicio de la jornada escolar a horas menos inhumanas de las que nos tienen acostumbrados las escuelas, colegios y universidades en detrimento de la psicología del aprendiz y de la calidad de la educación así impartida. En el mes de octubre se abrió el debate, nada nuevo por cierto, sobre el tipo de educación que se ha diseñado en el mundo y preferiblemente en América Latina. Apareció en el periódico El Tiempo, edición dominical, un artículo que califica de criminal la educación que se viene impartiendo en nuestro continente, en el que en síntesis se muestra cómo las escuelas y colegios se han convertido en insípidos, aburridos y escalofriantes claustros donde el estudiante se siente agobiado, encarcelado y desmotivado por el aprendizaje, centros tristes y deprimidos en los que se les confina desde horas en que el alba no ha aparecido sobre el firmamento. Lo indicado en el informe en el que se cuestiona el actual modelo educativo es apenas un sombrío, pero no panorama negativo, del sistema educacional moderno. Los males y achaques que el autor hace a la forma como se vienen mal educando niños, adolescentes y jóvenes, son los mismos que hace más de un siglo no logran convencernos que son los únicos y más importantes del esquema de enseñanza mundial. Quizá machacona y redundantemente ha venido este columnista sentando bases ideológicas y tejiendo alguna argumentación hilvanada del arte del buen vivir y su contrario, el mal vivir, que desafortunadamente viene imponiéndose sobre el primero en este siglo XXI.

 

Respecto de los adultos puede pregonarse el supuesto aprendizaje que aquí proponemos sobre el buen vivir a pesar de existir el añejo adagio según el cual loro viejo no aprende a hablar. En relación con los niños y jóvenes, si no se les enseña desde los primeros años y no se les prepara en el bello pero difícil arte de la buena vida, negros nubarrones aparecerán en sus vidas futuras cuando se conviertan en las mujeres y hombres del mañana. Nada nos ganamos con pregonar tesis alusivas a la vida bienaventurada para personas maduras sino empezamos a construir un mundo mejor para las nuevas generaciones tan desorientadas que andan en sus incipientes existencias. Se hace imperioso repensar un nuevo modelo educativo a todo nivel. La vida del estudiante precoz y estamos en mora de darle un vuelco que comprometa las estructuras de un modelo vetusto e inadecuado.

 

No soy original en el planteamiento que aquí propugna por cambiar el modelo educativo en todos sus niveles. Más de un siglo hace que Giovanni Papini, desde sus sabias y sesudas reflexiones, clamaba por abolir la escuela. En 1909 sugería con gran acierto, que la reforma a la enseñanza media debe ir a la par con la escolar y la superior. Se declaraba el ilustre hombre florentino, escéptico de las reformas porque deducía, muy razonablemente, que tenía poquísima fe en los programas y muchísima en los hombres. Con la educación acontece lo mismo que con la aplicación de las leyes: no es la abundancia lo que mejora la convivencia y la paz sociales, sino la existencia de hombres rectos, dignos y sabios. Apuntaba también Papini que para cambiar la educación no basta con remodelar los programas, porque si así se actúa se cae en el mismo error del médico, que para combatir las enfermedades, se esfuerza en suprimir los síntomas. Cinco años después, pidió cerrar las escuelas, las llamó siniestros almacenes llenos de esclavos condenados a la oscuridad del hambre y del suicidio.

 

Qué pensaría hoy Papini si supiera que en 2017 la tercera parte de los niños en Colombia van a la escuela a pasar hambre y cada día el presupuesto de la comida escolar es robado por politiqueros corruptos y desalmados.

 

Censuró el humanista italiano el encierro al que son sometidos los niños y jóvenes durante tantas horas al día entre paredes blancas, aulas que llamó prisiones en las que se flagelan sus cuerpos y se corromper sus cerebros. Concluye Papini, lo que avalamos quienes hemos profundizado en esta problemática, que las escuelas entristecen a los espíritus en lugar de elevarlos y que las investigaciones científicas surgen de la investigación solitaria y no de los centros de enseñanza.

 

Se atreve el egregio pensador a agregar que el modelo educativo que acerbamente critica es aceptado por los padres porque estos se benefician al sacar a sus hijos de sus casas, ya que estos los fastidian. Dirán algunos que esto es una herejía, pero parece tener razón al varias veces citado ensayista si caemos en cuenta que madres hay en este siglo XXI que prefieren dedicarle más tiempo a sus teléfonos celulares que a sus desvalidos infantes. Según el intelectual, la vida del niño y del infante no puede ser más infernal e insoportable: los primeros años el infante es prisionero de sus padres, niñeras, e institutrices; de los 6 a los 24 años, de padres y profesores; luego es rehén de sus jefes y superiores. Y agrego yo, de esposa e hijos, en muchos casos.

 

El vivir bien en tiempos modernos


Varias semanas ha dedicado el autor de esta columna a perfilar algunas reflexiones sobre la calidad de vida o el vivir bien.  Lo he escrito con la idea clara que el tema es muy relativo y tiene varias aristas, según sea hombre o mujer, rico o pobre, culto o iletrado. He repetido en varios de los artículos que para algunos el vivir bien va asociado al dinero; para otros a la cultura; los hay también que hacen descansar su felicidad y calidad de vida en la moral y la religión; no faltan los que se sienten bien y confortables con un buen empleo; tampoco son pocos para los que la familia en general y en especial los hijos dan a sus vidas alegría y felicidad; no faltan, menos en estas tierras, los que gozan y disfrutan placenteramente el poder, así sea en un cubículo estrecho y en un espacio lúgubre de la administración pública donde se sienten reyezuelos indestronables a los que hay necesidad de rendirles culto y si es posible, batirles incienso.   

 

En nuestras costas atlántica y pacífica habitan centenares de miles de hombres y mujeres que con solo tener un pescado, yuca y otros tubérculos y agua con panela para él y los suyos, se sienten no solo cómodos sino dichosos.  De hecho, el pescador que tiene un carácter apacible y temperamento tranquilo, tiene además entre sus valores el de la paciencia, por lo que está a gusto con la mínima provisión para manutención suya y la de su prole.  Otros disfrutamos profundamente adquiriendo libros viejos y de aquellos considerados clásicos, ilustrativos, sabios y orientadores de nuestras vidas.

 

Los envidiosos gastan sus vidas poniendo zancadillas y desprestigiando a otros para ascender en posición económica y social, para ellos la sentencia del florentino, Nicolás Maquiavelo, es su faro a seguir:  “El fin justicia los medios”.  Más que la capacidad intelectual para esta ralea de oportunistas y desaforados avariciosos lo que cuenta y vale es la lambonería, el hincar sus rodillas a los poderosos y exaltar el ego del gobernante mayor.   Otra mayoría inmensa se resigna a sobrevivir en cargos en los que saben han de gastar la mayor parte de sus vidas y el único triunfo es la espera de una pensión de jubilación que cada día se alarga más en el tiempo y puede que en el futuro apenas puedan pensionarse los decrépitos en antesala de su muerte. 

 

Muchos ricos, una vez satisfechas sus necesidades básicas,  se aburren con el dinero o sus posesiones o se dedican a la actividad política para inflar más su notoria y ridícula megalomanía.  Acuden estos a las mentiras para hacerle creer a sus electores y presuntos seguidores de sus huecas ideas que lo suyo es un acto generoso de servicio a la patria y a sus conciudadanos.   En su intimidad sueñan con superar y emular a Napoleón, Alejandro Magno, Simón Bolívar u otros famosos e importantes hombres públicos.   Juegan estos caciques de pueblo o líderes de ciudad con las necesidades de las masas y la ignorancia extrema delas multitudes irracionales.

 

Los tiempos han cambiado y el concepto de felicidad para muchos ha variado en lo sustancial.  Los jóvenes de hoy creen ser felices andar por el mundo con su teléfono celular usándolo sin darse cuenta de lo que a su alrededor sucede, pues ello les confiere, desde su estrechísima óptica, poder, sensualidad y elegancia.  Estos suicidas cotidianos y renegados de la vida buena y solitaria no adivinan que muy pronto llegarán a la saciedad personal y al más tenebroso vacío existencial.  Las mujeres jóvenes de estos tiempos entregan su alma al diablo por una buena apariencia física y se juegan todo en sus vidas por aparentar ser lo que no son.  Frágiles e incautas criaturas esclavas del modelo de vida dictado por Hollywood y por los gurúes de la moda y las pasarelas.  Creen ser felices solamente desde su imagen y apariencia física, pero sus ojos, rostros y gestos delatan una vida desorientada, huera y sin sentido. También crece el número de hombres que dedica más tiempo al gimnasio, al atletismo y otros deportes con el fin de abultar sus músculos y atrofiar su cerebro.  Generaciones hubo, casi todas, que nunca conocieron la manera de vivir de lo que ha venido a llamarse metrosexualismo o exhibición masculina de la virilidad y musculatura artificiales. 

 

Los suicidios, cada vez más frecuentes de conocidos hombres y mujeres de la farándula, el modelaje y la vida falsa de los amantes de clubes, discotecas y centros de diversión, indican los niveles de adicción a esta vida, aparentemente, fantástica de los famosos. 

 

El tema parece no agotarse con las múltiples columnas aparecidas en este espacio, posiblemente y abusando de la buena paciencia del lector virtual, continuaré opinando sobe tan cotidiano fenómeno. 


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La dolce vita

Declaro públicamente mi admiración y devoción por la película del gran director de cine italiano, el genial Federico Fellini, dibujante aficionado en su ciudad natal, Rímini, Italia, y posterior genio del cine mundial. Aun cuando le fue negada aceptación dentro de los más afamados círculos cineastas del mundo, la película La dolce vita, pasó a ser la más famosa del siglo XX. Retrata la aparente vida de lujo y de felicidad de los ricos, especialmente de aquellos provenientes de familias prestigiosas y con títulos nobiliarios, casi todos en el exilio en la Roma festiva, sensual y atrayente de mediados del siglo pasado. Los papeles protagónicos de la ya mítica y legendaria película los realizaría Marcelo Mastroianni y la rubia sueca, Anita Ekberg. De su sensual y erótico baño en la hermosa fontana de la Roma turística y del nacimiento del fenómeno de los fotógrafos y periodistas llamados paparazzi, suelen los críticos concluir que es una película difícil de superar en la historia del cine mundial. Quien se recree viendo este clásico de la filmografía puede percibir una aparente y dichosa vida de los personajes centrales del rodaje, ese fue el mérito de Fellini, burlarse del modelo de vida de aquellos que rodeados de títulos, posesiones y herencias de una dinastía en decadencia y hacerlos ver como unos seres desgraciados o al menos insatisfechos en su vida diaria. Nosotros, los hijos de hombres sencillos y otros del proletariado, disfrazados de empleados y oficinistas, muchas veces hemos caído en la tentación y el sueño de tener una vida de ese círculo invisible pero poderoso y fascinante de mujeres y hombres de las clases encumbradas. Quizá para parecerse a ellos no han faltado los ricos de Iberoamérica que envían sus hijos a Inglaterra, Francia o Suiza para aprender de ellos y codearse, añorando pertenecer a tan supuesto grupo de dichosos, gozosos y respetados especímenes que nos parecen cercanos a los dioses de la antigua Grecia.

 

El aprendizaje cultural, literario, musical y de idiomas refinados, símbolos de la cultura, como el francés y el italiano, a precios elevadísimos para los presupuestos de quienes ganan sueldos miserables, agregado a la práctica de golf, equitación, clases de cocina y otras actividades, constituye el andamiaje en el que se aspira a construir una vida elitista, una vida de ensueño y de felicidad, según el criterio generalizado de quienes no tienen la oportunidad de mirar de cerca estos impostores y mentirosos sociales.

 

La vida de casa para ella y la atareada y estresante vida para él, conforman el presunto idilio matrimonial en el que el automóvil de alta gama es el símbolo masculino y los abrigos de pieles finas en conjunto con los perfumes de las casa más famosas del mundo, zapatos elegantes, bolsos, relojes y pulseras que adornan un cuerpo trabajado en el gimnasio y pasado por el quirófano, enmarcan del modo de vida de estos aparentes privilegiados por la vida. Compartir tardes de juegos o tertulias en elegantes lugares para hablar de sus penas e inquietudes y paliar su vida falsa y vacía es la costumbre de las mujeres esposas de quienes pertenecen a esos círculos cerrados y antipáticos del jet set mundial.

 

Pasar vacaciones en lugares de moda, preferiblemente en islas distantes del ruido citadino, con hijos incluidos y lugar de encuentro de sus pares, es el ocio practicado por quienes además de fortuna poseen o creen posees status, carisma y prestigio sociales. Se ufanan de llevar una vida superior a la de la realeza y en realidad más mundana que la de princesas y reinas. Se muestran en revistas de chismes o en programas de televisión mientras que otros de más bajo linaje han de contentarse con practicar narcisismo social o través de las redes sociales. Pero ni la vida del ejecutivo es color de rosas, ni la de mujeres y hombres de alta clase son dignas de envidiar. A ellos quieren parecerse y sus vidas imitar centenares de miles de personas de hoy, arrastrados y embrujados por esa burbuja de felicidad falsa que pretenden vendernos los apologistas de los ricos, bellos y famosos, aglutinados en periodistas de farándula, modistas, programas de radio y televisión de chismes y cotilleos, que además de agradarles les resulta un negocio próspero. El trato dado por estos ventiladores de vanidades, superficialidades y vida ociosa a sus íconos los endiosa a la vez que sirve de delimitación de clase con otros que no pasan de ser vulgares imitadores. La jerarquización que le permite al de alta clase creerse y sentirse respetado, admirado, y servido, pero también odiado y envidiado, juega un papel en esa lucha de egos, posiciones y distinciones que es la vida de quienes se presumen individuos exóticos, aves raras, singulares, únicos e inimitables. La categoría y estilo que se ufanan tener no es más que un papel en la comedia de la vida que en la historia de la humanidad siempre ha existido.

 

¡Pobres de aquellos que deslumbran por esta vida frívola, hueca, huera, vacía y patética!

 

El buen vivir de las mujeres

El masculinismo, que ha caracterizado la historia de la humanidad, ha reducido a la mujer a una sirvienta, en otros tiempos condenada a vivir solitaria y despreciada dentro en un núcleo familiar en el que el padre era el poderoso y omnímodo amo y sus hijos, meros vasallos. En el medio siglo último las condiciones materiales, sociales y personales de las mujeres ha mejorado pero lejos está de haber alcanzado esta mayoría de población del mundo una vida de alta calidad.  El servilismo, la esclavitud y discriminación cambiaron de ropaje, más no han desaparecido del mundo de las mujeres que siguen siendo discriminadas y caprichosamente manejadas por otras tiranas que no por aparentemente inofensivas continúan siendo un obstáculo para que la felicidad, el bienestar y la buena vida sean el sello de la existencia de millones de mujeres que sueñan con ellos pero sin que les sean fácilmente accesibles.

 

En otras épocas la iglesia, los padres y la sociedad en general condenaban a las mujeres a una vida poco atractiva y confortable.  En la actualidad están ellas bajo el control de la moda, los mitos, el poder avasallador de los medios de comunicación, y últimamente, juguetes robóticos de instagram, facebook y las innumerables aplicaciones que se apoderaron del mundo y sus habitantes.  Las ilusiones, sueños y proyectos de las mujeres las hace ver que pueden fácilmente alcanzar el paraíso existencial, empero muchas sucumben a una pesadilla que las lleva a tener una vida triste y una vejez horrible e inhumana.  En el amor, en el trabajo y en muchas otras facetas de la vida de las damas se viene imponiendo la tecnología y las  pobres no pueden ser ellas mismas pues el aparato electrónico les regula sus vidas sin que se conozcan a ellas mismas ni que tengan la oportunidad de acceder a una vida auténtica, personal e individual, sin una programada por quienes manejan y crean toda la parafernalia cotidiana de ellas. La inteligencia personal, emocional y de otro tipo ha desaparecido progresivamente de la humanidad de estos tiempos, pero especialmente de muchas mujeres que se contentaron con la artificial, la virtual, la de esos adminículos rectangulares sin los cuales ni pueden vivir, ni amar, ni relacionarse con el mundo exterior.

 

Ya no se les diseña solamente vestidos, zapatos, bolsos, relojes y accesorios de todo tipo a las mujeres del siglo XXI, sino su intelecto, su emocionalidad, su capacidad laboral por medio de diseños supuestamente virtuales inteligentes.  Las neuronas de hombres y mujeres, pero más las de ellas, se están muriendo no por uso o paso del tiempo, sino por la incapacidad asombrosa de pensar, de crear, de investigar y estudiar, todo lo están dejando en el apéndice cibernético en el que se convirtieron los móviles, tabletas y demás aparatos electrónicos que invaden el planeta.  No estamos los humanos evolucionando, sino involucionando; marchamos a pasos agigantados hacia la autodestrucción emocional, espiritual e intelectual.

 

Las mujeres han sido objeto de posesión de los hombres, víctimas de un modelo exagerado de belleza corporal, de la maternidad como vehículo de autorrealización personal. Nada hay más mentiroso, nocivo y dañino para las mujeres que las consideren, valoren y estimen solo por su apariencia física y por la bobalicona idea que todas han de ser reinas.  No existe halago mayor para una dama que la traten de bella y le den el título o rótulo de reina.  Veneno encierra este trono creado por el hombre como señuelo de buena vida, pero que no pasa de ser más que la engañifa y estafa superior del sexo masculino que les crea esa falsa expectativa de acceder a un buen vivir si son o se comportan como reinas.  Veremos en artículos futuros como las mujeres que mejor se lo han pasado en este tránsito por la tierra son las rebeldes, las inconformes, las salidas del patrón cultural de belleza física y atractivo personal como señuelo para conquistar al hombre de su vida.

 

Los pecados capitales también atenazan el espíritu y el alma de las mujeres, pero ninguno como la soberbia, enmarcada en lo que el Eclesiastés bíblico llama vanitas, vanitatum, omnia vanita (vanidad de vanidades, todo es vanidad) el pecado supremo, capital y demoníaco del género femenino.  La soberbia, el orgullo y la vanidad llevan casi siempre a la mujer al abismo.  Lo reafirma la historia:   la caprichosa, vanidosa y despilfarradora hija de los reyes austríacos, Francisco I y María Teresa, tuvo una vida corta y la perdió en sus desvaríos por el poder y el malgasto excesivo hace más de dos siglos. 

 

Que ser reina es una desquicia antes que un privilegio lo prueba también la parábola de vida de la emperatriz austríaca, Elizabeth o Isabel de Baviera, conocida también como la Sisi, tuvo una vida de lujo descomunal, poseyó palacios, castillos, joyas, viajó incansablemente, se dió innumerables caprichos y sin embargo era triste y desgraciada en su vida matrimonial con su esposo Francisco José, emperador de una de los imperios más grandes del siglo XVIII, quien gastó su vida trabajando y sin gozar la vida como debe hacerse. 

 

Las ingenuas e incautas mujeres de este siglo que se sientan halagadas y se creen el cuento de hadas del príncipe azul y que aspiran a tener el título pseudonobiliario de reinas, desconocen un proverbio antiguo:   “Los príncipes y las princesas son simplemente esclavos de su posición”.  Tampoco probablemente desconocen lo que sentenció otra famosa de la realeza francesa: “No tengo por muy feliz la condición de reina, se padece la mayor de las coacciones y no se disfruta de ningún poder, una es como un ídolo, debe aguantarlo todo y encima sentirse contenta”. Se dice que mejor se la pasan las condesas.  La cantante Madona, que ha utilizado su cuerpo y su sensualidad sin ser un espectáculo de belleza, se ha proclamado la “reina del mundo”, aun cuando agregó que nadie ha dejado su trono por ella.

 

Hace poco falleció la duquesa de Alba, mujer que a pesar de tener muchos títulos, fue rebelde, irreverente y desafiante; supo vivir sin importarle el qué dirán, ese enemigo supremo del buen vivir femenino.

 

Chavela Vargas, la exitosa cantante costarricense que se hizo en México, fue la típica mujer indómita, auténtica, que le importó poco los corsetes y las creencias que la sociedad impone; se bebió la vida hasta una edad avanzada; supo sacarle provecho a su talante musical y sus ansias de enfrentar rabiosamente el machismo del país azteca.  Un gran ejemplar del buen vivir.