Fundamentos del aprendizaje para la vida

No hago referencia aquí de lo que se aprende en las aulas para la adquisición de un cargo, lo que me interesa reseñar nuevamente es el conocimiento que sirve para vivir con arte, para hacer de la vida la mejor opción de autorrealización y consecución de lo que verdaderamente conlleva a la felicidad humana.  Los que saben de la vida, de sus vericuetos y de sus misterios, enseñan que los fundamentos del aprendizaje constituyen un trípode  compuesto por los ingredientes necesarios para tal fin:  mirar, sufrir y estudiar mucho. En estos temas la humanidad ha sufrido mucho para lo cual basta recordar que la historia del hombre sobre la tierra ha sido de guerras y del uso desmedido de la violencia.  En este punto no ha variado mucho, excepción hecha de algunos breves períodos de distensión y paz entre los asociados.

A nivel individual, las personas de antaño eran formadas en la vida cotidiana con sacrificio y muchas restricciones y el sufrimiento hacía parte de la pedagogía del vivir.  Las generaciones nuestras y las de nuestros antepasados aprendimos de la lucha, del sacrificio, de las dificultades, en suma, del sufrimiento. Los padres de las generaciones más recientes quisieran y quieren evitar a sus hijos el sufrimiento bajo el entendido que esa actitud y conducta le hacen un bien a sus descendientes.  Nada más equivocado, creer que por medio de la exigencia, la disciplina y la educación por la lucha diaria del vivir se perjudica o se destruye un proyecto de vida de los hijos. Por el contrario, en la vida hacen falta las dificultades y contrariedades para el aprendizaje del correcto vivir, como al marinero le forma el mar bravío y el sereno y exento de grandes oleajes. La mundanidad, la vida callejera, la vida contrariada con el prójimo hacen parte del difícil arte del buen vivir.  Los grandes hombres y las mujeres eximias del género humano han tenido vidas duras,  infancias difíciles y hogares en los que que nada sobra ni los lujos abundan.  Ello explica por qué la sordera en Beethoven fue una causa que lo llevó a ser un genio de la música, antes que un infeliz incapacitado; Edith Piaf y ‘madame’ Coco Chanel, fueron dos francesas con vidas difíciles en su infancia que aprendieron de la calle y supieron sacarle partido a las limitaciones y  precariedades de sus infancias.

Castrar la creatividad, limitar el hijo para que sea producto también de las condiciones externas ajenas a su hogar, sobreproteger a los descendientes, produce mujeres y hombres adultos poco aptos para futuras vidas de plenitud y felicidad personales.  Enseñarles a enfrentarse al hostil complicado mundo callejero, informarles e instruirles en lo bueno y malo que la sociedad representa para las personas, formarlos en el arte de saber enfrentar los problemas y las dificultades cotidianas, es más importante que arropar los hijos y protegerlos en demasía, salvo cuando son infantes y dependen de sus progenitores.  Mujeres y hombres que saben de la calle, que han vivido más allá de las fronteras de su hogar, que son mundanos, son aptos para ejercitar el bello y noble arte del buen vivir.  Los que se amparan y esconden en las enaguas de sus madres o bajo la tutela de su padre, son candidatos seguros para el fracaso personal y renegados del adecuado y correcto vivir.

En cuanto a mirar mucho, ese ejercicio poco lo hacen adultos y jóvenes, observamos un poco, pero mirar y contemplar lo exterior, lo que nos rodea es algo que no muchos ejercitan. Bien se ha dicho que miramos, pero pocas veces vemos. Concentrarse y focalizar plenamente lo que aparece ante nuestros ojos y observar lenta y conscientemente no ha sido la forma de captar el mundo por muchas personas y menos en el presente en el que andamos distraídos y alienados por la sofocante tecnología cibernética.  La humanidad está cada vez más distraída en cuanto a su interior, a su vida, a su cuerpo y la alienación en el vivir ha llegado a extremos en la muy dañina robotización a la que tantas veces he hecho referencia en esta columna.  Y lo de estudiar mucho también es una materia que cada día practicamos menos.

El joven y el adulto de hoy se informan, se entrenan superficialmente en el acontecer diario, preferiblemente violento, del negativo, del destructor.  Basta ver la noticias de CNN y de los canales de televisión latinoamericanos, que son copia vulgar del modelo informativo amarillista y apocalíptico noticiero, para concluir que el estudio profundo, serio y formativo está desapareciendo y en su lugar se está formando una juventud para oficios y labores eficientistas, tecnológicas y la cultura del saber para la vida y el buen vivir se desprecian olímpicamente.  La inteligencia al servicio de una vida estimulante y venturosa ya no se ejercita, se impone, contrariamente, la idiotización colectiva liderada por los formuladores de la opinión pública, que hoy ya no son los clásicos medios de comunicación, sino los youtubers en los que abundan más los charlatanes, payasos y arlequines que los sabios de otros tiempos.

 

La vida simplificada

La moderna como caótica sociedad de hoy, basada en el materialismo, el consumismo y la más profunda alienación, ha llegado a este extremo dañino para el alma humana y contraria en su espíritu a la alegría en el vivir bien, legado aportado por las enseñanzas trimilenarias de los indios, los egipcios, los griegos, los chinos y también las civilizaciones aztecas, incas y muiscas de la américa prehispánica.  

 

Acumularon cultura, experiencias y sabias enseñanzas estas civilizaciones insignes de la humanidad, pero fueron perdiendo vigencia y aplicación y en los últimos dos siglos fueron sustituidas por las doctrinas capitalistas promovidas y practicadas por los ingleses con su industrialización, sus descendientes, los norteamericanos, los japoneses, los alemanes, y en años recientes, por la China pos maoísta.  En contra de este vivir superficial, ansioso, vertiginoso y complicado, han surgido pensamientos ilustres y voces autorizadas que pregonan un retorno a la vida simple, armoniosa con la naturaleza y exenta de lujos o gustos innecesarios.  La propuesta de Diógenes el Griego, aquel personaje que vivía en un tonel y llevaba una vida totalmente austera y carente de los más mínimos lujos, es utópica y poco viable menos en estos tiempos que corren.  A él se le antepuso la vida codiciosa, materialista, guerrera y ególatra de Alejandro Magno.  Un término medio, un punto equidistante entre la vida lujosa y la menesterosa parece ser la fórmula ideal, aun cuando no perfecta para el buen vivir.

 

En 1854, David Thoreau, un filósofo inteligente y práctico, nacido en el mismo estado de la familia Kennedy, publicó un libro con el sencillo título de “Walden”, en el que presenta a sus conciudadanos una propuesta de vida sencilla, aldeana, rústica y en completa armonía con la naturaleza.   Quizá la vida retirada del mundanal ruido fuera una idea de Thoreau entresacada de un clásico español.  Por esta razón a este filósofo se le conoce con el remoquete del Diógenes estadounidense.  “Walden” es el nombre de una laguna aledaña a la cabaña donde se recogía a vivir durante 26 meses. 

 

Antonio Galla, otro ilustre y cultísimo escritor y poeta andaluz, escribió algún día que en España la mejor forma de dialogar era hacerlo con uno mismo o con un perro.  Gala es el autor del libro “Charlas con Troilo”, que es un diálogo simbólico con su perro Troilo.  Igual hizo Thoreau con su libro “Walden”, pues alejado del mundo imaginó unas sillas que representan a otros individuos y a la sociedad.

 

Sherry Turkle, una afamada psicóloga norteamericana, realizó una profunda investigación sobre el declive conmovedor de la conversación en los humanos en la era digital.  En el extenso como documentado texto, la autora toma como base de algunos de sus capítulos las tres illas que hacen parte del entramado de la obra genial de Thoreau.   La capacidad de vivir en soledad, tan venida a menos con la nueva tecnología digital, es pilar fundamental de una vida bienaventurada.  El solitario por elección es feliz; el nuevo robot, adicto a las redes sociales, en un enfermizo de ansiedad y propicio a la depresión.  Afortunados los colombianos que entre los nuestros tenemos un émulo, un auténtico seguidor de la sabiduría clásica para la buena vida, la bella y encantadora Manizales cuenta entre sus hijos ilustres con el llamado sabio de Manizales, cuyo nombre real es Jaime Bedoya Martínez.   Leer la extensa como enriquecedora obra de Bedoya es rememorar las enseñanzas de los hombres más ilustres del planeta en materia de humanismo.  Probablemente a él haré referencia en próximos capítulos.

 

Parece increíble que de las entrañas del país de la cultura del dinero, de los amantes del becerro de oro, de la patria del derroche, tierra de un materialismo grosero y rampante, de la cuna del más despiadado capitalismo financiero, haya surgido una voz culta, egregia y sabia como la de David Thoreau para contraponer al estilo vacío y superficial del vivir norteamericano.  A la vida mezquina gringa basada en los falsos valores del dinero, los honores, el poder, la riqueza, la apariencia y la reputación, Thoreau propone volver a los tradicionales valores contrarios a la codicia, al consumismo, la modernidad, la vida de oropel y fantasía propagada por Hollywood.  Percibe el filósofo en sus compatriotas que llevan vidas pobres, serviles, falsas, de apariencias y las llama vidas mezquinas como de máquinas automáticas.  Qué podría decir en el presente si reconociera la desaforada y caótica vida de sus compatriotas en el siglo XXI? Acertó al afirmar que se vive con tristeza y melancolía, aburrimiento, inquietud y angustia; cuándo se vive mal y no se vive bien; cuándo hombres y mujeres apetecen solo dinero, fama, riquezas, honores y otras vacuas pretensiones.  Recomienda leer buenos libros y no dejarse influenciar demasiado por las malas noticias que pregonan con insistencia los medios de comunicación.  En síntesis, invita el autor a simplificar la vida.


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La medicina del bienestar y la felicidad

En 2017 empecé mis columnas advirtiendo, o mejor, insistiendo en la locura en la que se encuentra el planeta a causa del uso desmedido de las llamadas redes sociales. Como una pandemia que afecta la mente de millones de personas, califiqué la adicción a las mismas. 2018 comienza con una advertencia de la Organización Mundial de la Salud, ente universal que va a incluir la adicción a los videojuegos como una enfermedad que trastorna la psiquis, la mente y el comportamiento de quienes abusan de las tecnologías virtual y digital modernas. Un S. O. S. de la O. M. S. a los adultos en el mundo que vienen haciendo un desmedido uso de las redes sociales dando un mal ejemplo a los niños y adolescentes, actitud intergeneracional que tiene enganchados a millones de mujeres y hombres a sus móviles, computadores, tabletas y demás aparatos electrónicos, que además de generar ansiedad y depresión, impiden que sus usuarios lleven una vida armoniosa, plena y placentera. La falta de control sobre la frecuencia e intensidad en el manejo de las redes afecta a una elevada tasa de ciberadictos en el planeta. Además, los grupos de WhatsApp se han convertido en una pesadilla y en un problema mayúsculo por el manejo desbordado del sistema generando conflictos sociales, rupturas de relaciones de pareja y otros fenómenos negativos de interactividad personal y social.

 

Las campañas electorales se convirtieron en guerras personalistas y en ofensas e insultos recíprocos de los candidatos; los colegios, con sus alumnos y padres de familia, han hecho de esta asombrosa y prodigiosa tecnología un escenario propicio para el llamado matoneo y ni qué decir del manejo de las relaciones de miles de parejas para destruir un nexo afectivo por un mensaje de texto o una pose con un tercero. No cesará este columnista de insistir en la parodia o farsa de vida de quienes creyéndose superiores y únicos se han desbocado exhibiendo egos supremos, publicando en estas redes aspectos y episodios de la vida de los que se creen estrellas posando ante las cámaras digitales e ingenuamente se auto engañan creyendo que sus miles de seguidores son sus admiradores reales, y peor aún, sus amigos. Fundamentalmente la alta tecnología de los computadores, celulares y tabletas provienen de los Estados Unidos, ya que en California, Seattle y otros estados tiene sus principales centros Apple. Los chinos han sido la competencia con la poderosa empresa Huawei, que ha tenido una gran fuerza en el mercado de la moderna tecnología digital. Irónica y paradójicamente las dos naciones que hoy son la mayor fuerza económica en el mundo, han producido al mismo tiempo los sabios y genios de la ciencia y la tecnología, pero también los más grandes pensadores del difícil arte del buen vivir. Ambas potencias, como es lógico, aprendieron de las insignes civilizaciones egipcia y griega. En la vieja China, emperadores, filósofos y artistas, pregonaron la vida sencilla, simple, aldeana, exenta del vértigo de la velocidad de la vida moderna. Hoy, la nueva China pos maoísta y excomunista, olvidó las enseñanzas de sus antepasados y se convirtió en feroz capitalista mundial. También la unión americana de hace cerca de dos siglos tenía entre los suyos a excelsos filósofos, sabios, pensadores y poetas pregoneros de la vida sosegada y simple, muy distintos a los ricos exhibicionistas y deshumanizados, entre los cuales su principal representante hoy es el primer mandatario, Donald Trump.

 

Emperadores de las viejas dinastías chinas jamás imaginaron que más de dos mil años después, su bella, campesina y tranquila tierra se convertiría en el asiento de centenares de negociantes y mercaderes ávidos de dinero y que colonizarían al mundo para enriquecerse y competirle a su rival de siempre, la potencia gringa. Igualmente, hombres epónimos y de un humanismo excelso como Walt Whitman, Ralph Emerson y Henry David Thoreau, entre los principales, nunca pensaron que sus grandes ideas en favor de una vida bienaventurada y feliz, aldeana, frugal y carente de lujos exóticos, desaparecieron y en su lugar se impusieron las de los ricos de nuevo cuño, vastos, materialistas, egoístas y mezquinos que enfrentados a los chinos pretenden apoderarse del mundo y sumir en la pobreza y el hambre a la mayor parte del mundo.

 

Emerson y Thoreau sentaron las bases de una vida feliz y simple hace más de 150 años. Amor al conocimiento, a la naturaleza como máxima expresión de Dios, la vida solariega, la confianza en uno mismo (conocerse y amarse), la contemplación de todo lo que existe como fuente de gozo y disfrute de la vida son en esencia los pilares del bienestar y la felicidad del ser humano. Principalmente el último de los pensadores, concibió la palabra eupéptica o generante del bienestar y felicidad, que combate y aleja la maldad y el dolor, factores que arruinan el buen vivir.


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Educar para el buen vivir

Ha insistido, quizá demasiado, el cronista y articulista la importancia que ha de tener la educación en los niños especialmente adiestrados en el fomento del pensamiento independiente y autónomo, exento de la intromisión desmedida de los padres y docentes en sus decisiones y dejarlos que hagan lo que les venga en gana. Pasamos de una educación e instrucción autoritarias, represivas en las que no se tenían en cuenta las necesidades ni decisiones de los infantes a una permisividad extrema en la que son ellos los que exigen e imponen a sus padres lo que le plazca y dicte sus caprichos. La obediencia extrema, ovejuna y dócil de tiempos pasados hacía daño a la estructura y valoración personal de niños y niñas, pero también es contraproducente el que padres y maestros cedan a todas las exigencias de los menores o se les complazca en todo lo que demanden. La dignidad del niño no admite discusión alguna, pero que éste se convierta en el centro de atención de la familia pasa a ser una circunstancia negativa en la formación de la conciencia individual del niño.

 

La justicia, que en esencia es dar a cada cual lo suyo, debe ejercitarse en el hogar y en las aulas de clase y puede producir rechazo o aceptación en los menores según se ejerza en forma adecuada. No han de ser menospreciados, ni humillados, ni ridiculizados los aprendices y debe reconocérseles desde temprana edad sus cualidades y aptitudes sin caer en sobrevaloraciones desmedidas. La autoridad suprema es peligrosa porque se puede abusar de ella, afirmaba el buen rey Luis XIV de Francia, quien supo cómo se manejan correctamente los vasallos. Aconsejaba el hombre que acuñó la frase “el Estado soy yo”, no ser demasiado complaciente con los súbditos, lo que puede aplicarse a hijos y alumnos; tampoco recomendaba la excesiva severidad. Tratar bien a los demás sin caer en la concesión de demasiada familiaridad.
Sería de apreciar que los progenitores de hoy y los docentes actuales practicaran esta recomendación del célebre rey francés: “No os dejéis gobernar, sed siempre el señor”. Desde las edades más tiernas la familia y la sociedad crean las condiciones en los futuros adultos para triunfar como personas y profesionales o también son los que sientan las bases para el fracaso y el resentimiento de hombres y mujeres que no creen en las aptitudes de unos u otros o se van al extremo de considerarlos genios y demasiado sobrados en su formación personal. Hay que escuchar a madres en una conversación informal en un lugar público, las que en su mayoría les dan inmenso valor personal a sus hijos. Ellas creen haber parido nuevos Beethoven o Einstein aun cuando los varones se inclinan hoy en día por emular a las estrellas del fútbol y las mujeres a las divas del cine y la televisión. No podrán entender las ingenuas madres y los arrogantes padres que basta que sus descendientes hagan lo que les haga sentir bien o que estudien una disciplina en la que florezca su talento personal para acceder a la felicidad. No hace falta para vivir bien triunfar o sobresalir en un oficio, muchas personas de a pie ejercen actividades sencillas y nobles y son más alegres que los arrogantes ejecutivos modernos de las multinacionales bien remunerados.

 

Convencido estoy que se gozan más la vida ciertos individuos cultos, no necesariamente con cultura adquirida en las aulas, sino formados de manera autodidacta que los que buscan afanosamente acrecentar de manera desaforada sus posesiones y fortunas.

 

Felices fiestas a los lectores en esta navidad y año nuevo y hasta el 2018.

Autoestima: antídoto contra el mal vivir

No obstante ser la autoestima una necesidad básica del ser humano, un derecho natural de toda criatura racional viviente, ella fue despreciada en épocas pretéritas y actualmente no se le da la importancia y muchos escritores creen que se adquiere mirándose en un espejo y repitiendo frases mecánicas nos alentamos a nosotros diciéndonos que somos bellos, inteligentes o grandes seres humanos. La autoestima es un corroborante de la mente y del espíritu que nos mueve a sentirnos únicos e irrepetibles, capaces de vivir una vida alegre y con gran sentido y cuando nos trazamos metas confiamos en obtener buenos resultados. Creerse ganador, sentirse entusiasta, no desfallecer ante obstáculos normales es la conducta de quien tiene buena autoestima. Confiar en nuestra capacidad de emprendimiento y enfrentarnos a los desafíos normales de la vida es el sello que caracteriza al entusiasta, al que tiene buena estima de sí mismo y se tiene la valía que todos debemos tener.

 

Difícil sí resulta tener altos niveles de autoestima en una sociedad que ha sido construida sobre la base de sentimientos de inferioridad, especialmente para las mujeres, pero que también afecta los varones. La religión católica, que es la que en su mayoría rige las conductas de millones de personas, menosprecia a cada individuo hasta el punto de convertirlo en un mero juguete monitoreado por el Dios del cristianismo, desfiguración y tergiversación de la doctrina de Jesús bien distinta a la concebida en la biblia y predicada a los feligreses por los sacerdotes, obispos y papas en todo el mundo. Pecadores y aspirantes al fuego eterno nos consideran el cristianismo, manchados del pecado original y criaturas tentadas por el demonio, es el concepto que la iglesia católica tiene de sus adeptos, lo que evidencia un desprecio enorme por la autoestima de hombres y mujeres.

 

Débiles de mente es lo que forman las religiones y en especial la cristiana. Neuróticos, psicópatas y candidatos al suicidio es lo que fabrican las diferentes concepciones religiosas, dentro de las cuales la musulmana sobresale sobre las demás. El sentimiento de inferioridad al que ha sometido el catolicismo a sus feligreses mujeres, es innegable; se les ha prohibido ejercer el sacerdocio, se les tiene como demonios tentadores con su carne del hombre. Cultura anti femenina pregonada en los púlpitos y altares, hogares y otras instituciones sociales; en suma, un arsenal utilizado contra las mujeres y en menor grado contra los hombres. Las mujeres de 30 ó 35 años eran consideradas antaño indignas del amor y de conseguir pareja, millones languidecieron y murieron por causa de una cultura patriarcal, machista y radicalmente misógina o enemiga de la mujer. Todavía, sobre todo en las áreas rurales, quedan rezagos de este sentimiento de inferioridad alimentado en el género femenino. El elogio y la crítica son los elementos que potencian o menguan la autoestima de las personas.

 

En épocas pasadas no existían los elogios ni el reconocimiento expreso para los hijos, no se daba el comportamiento tan necesario para el niño de recibir afecto, reconocimiento y elogio de sus padres. En los tiempos que vivimos del siglo XXI se pasó al extremo y el elogio, el refuerzo de la conducta y la motivación personal hacia los hijos, se sobrevalora, se dimensiona en exceso las cualidades de los mismos.

 

Cualquiera de los dos extremos es dañino y vicioso dado que, como lo enseñan los griegos, el término medio es la fórmula adecuada. Los psicólogos aconsejan no devaluar al infante, como lo hacían los padres de antes, ignorarlos y considerarlos ineptos y brutos, prédica repetida por educadores y propenden, al contrario, por elogiar mesuradamente a los párvulos. El elogio exagerado es inadecuado, el que aplican muchos padres modernos de considerar a sus hijos más sabios, unos bellos ejemplares de la raza humana, unos superdotados. Los niños de antes, para ser considerados buenos y modélicos, debían permanecer inmóviles y en silencio; actualmente se evalúan mejor los avispados, alegres y dinámicos.

La obediencia irracional al maestro o a los padres, la aceptación mecánica hacia el mandato de los superiores, es cosa del pasado, el hijo y el niño en general merece respeto y libertad de mente. El problema radica en que los papeles o roles se invirtieron y ellos, los menores o infantes, son los reyezuelos, los dictadores, los impositores de ideas, conceptos y actitudes dentro de la familias. Replantear la forma de elogiar y criticar a los hijos es un imperativo para adecuar las conductas de autoestima de las mujeres y hombres de hoy y del mañana.

 

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La autoestima, pilar del buen vivir

La importancia de la autoestima ha sido y es, sobre todo en estos tiempos modernos de esta época que nos exige una individual salida, un fuerte yo, un sentido claro de la identidad por cuanto la competencia entre personas es desaforada. Se acababan los ídolos, se esfumaban los hombres y mujeres titanes, los preclaros varones de otras generaciones con valores humanos excepcionales y navegamos sin rumbo cual velero perdido. Ante el panorama se hace imperioso tener una gran autoestima, una valía personal fuerte, sin caer en el extremo de la sobradez y el desprecio por nuestros semejantes. Las generaciones antecedentes a la actual nos criamos con una débil estima personal; padres y profesores nos repetían a menudo: “usted no sirve para nada”, “usted es un fracaso”, “no va a llegar a ningún Pereira”, frases lacerantes que escuchaban nuestros infantiles oídos que nos hicieron vulnerables, timoratos, escasos de auto aprecio, carentes de seguridad y confianza en nosotros mismos. Cuántos niños frustrados, cuántos infantes traumatizados se convirtieron en adultos inseguros, neuróticos y tímidos. Basta ver los ojos poco refulgentes y alegres de seres humanos que se arrastran por la vida con un pesimismo enfermizo producto de la falta de autoestima con la que fuimos criados y maleducados. A las mujeres se les decía que si no se casaban a temprana edad serían beatas y amargadas solteronas, solo para parir hijos en cantidad y dedicarse a la cocina era el destino triste de las féminas de antes. Los hombres, serviríamos para las faenas agrícolas, oficios materiales, típicos de esclavos y pocos éramos aptos para ingresar a la universidad y abrazar profesiones con rango espiritual, intelectual.

 

Los obreros, empelados medios y trabajadores informales que inundan los centros de las ciudades latinoamericanas son hijos de las generaciones sin ningún grado de autoestima digno del ser humano. Semiesclavos y embrutecidos son los desdichados que a horas inhumanas se despiertan cada día para desplazarse a distancias largas para la labor diaria como operarios o trabajadores manuales, hambrientos y somnolientos que a fin de mes o de quincena reciben un miserable sueldo mínimo que no les alcanza para suplir la mínimas necesidades suyas y las de sus hijos y esposos y esposas, por lo que centenares de miles de varones no ven otra salida a su existencia insoportable que dedicarse a la ingesta desmedida de alcohol. Es la falta de autoestima incrustada en los espíritus abatidos de las clases sociales más bajas de la población la causa, más que el síntoma, de esa vida digna y merecedora de ser compadecida antes que criticada. Vergüenza es el sentimiento de estos infelices, complejo de inferioridad es el rasgo de su personalidad. A Dios le entregan su suerte y a creencias religiosas, en última instancia, quienes en su ignorancia creen que es el problema de otros y no de ellos y que la causa de su miseria personal y social es un sino o un destino marcado por un ser superior. Ansiedad y depresión son los síntomas de quienes carecen de una excelente o saludable autoestima, lo cual no es otra cosa que confiar en nuestra propia mente, en nuestro espíritu, en nuestro individuo y no dejar a Dios o a otros seres el resolver nuestros problemas. Tener autoestima es saber que nos podemos valer por nosotros mismos, que somos capaces de guiar y orientar nuestras vidas, haciendo de esta bella experiencia del tránsito por la tierra una oportunidad para ser alegres y felices, no meros autómatas que sobrevivimos antes que existir.

 

Es una opinión, un sentimiento, que somos criaturas importantes, que valemos mucho y que nada tenemos que envidiar a otros. La autoestima es la base, el soporte, la piedra angular de una vida digna y humana hasta la médula. Cuando en nuestros actos y vida personal dependemos de un Dios, de un papá o de una mamá, de un esposo o pareja, es porque tenemos deficiente autoestima e insuficiente valoración personal.