Naciones con vocación de felicidad

Nos suelen confundir los medios de comunicación con sus ideas expresadas en artículos difundidos a nivel mundial, que existen naciones como las nórdicas, encabezadas por Noruega, como la cuna suprema de la felicidad; de nuevo se confunde confort, placer y bienestar con felicidad.  Desde mediados del siglo pasado, Enrico Altavilla, ilustre psiquiatra italiano, nos enseñó cómo Suecia, Noruega y Dinamarca, tienen altos niveles de bienestar de su población y cómo el socialismo de estado promueve la inclusión de la salud, la educación y los recursos para una vida exenta de necesidades; algún grado de libertad sexual también hace parte del paquete de necesidades que cubren los mencionados estados a sus súbditos; sin embargo, el culto escritor italiano no nos vende la sociedad de estos países como el paraíso terrenal, de hecho, uno de sus libros lleva por título sugestivo:  “Suecia, infierno o paraíso?”.

En estos tiempos modernos de hiperactividad cibernética nos vuelven a vender la idea que todavía no cala en millones de personas en el mundo, que basta tener un buen techo, un automóvil, la educación y la salud aseguradas para tener una nación como muy feliz.  El escenario de ignorancia y confusión nos lleva a pensar que solamente con bienes materiales se alcanza la dicha existencial.   Quien se pase o visite (con ojos más allá del turista convencional) por Puerto Rico, República Dominicana, Brasil y la costa caribeña colombiana, se dará cuenta que tal óptica de la felicidad basada en cosas materiales es una auténtica estafa.  Brasil está superpoblado y en él abundan las favelas y los barrios marginales, sin embargo, aceptado está universalmente que el brasileiro posee un plus, un capital, una riqueza personal erótica como pocos en el mundo, el derroche de sensualidad y erotismo por los febreros de cada año que se observan por las calles cariocas y epicentros de las escuelas de zamba, sugiere que la alegría no necesariamente depende del dinero que se tenga o de los bienes que se detenten.  Miles de heterosexuales, homosexuales, bisexuales acuden a la cita carnavalera anual a disfrutar de las gentes que tienen en sus cuerpos, sus miradas, sus piernas y sus caderas, la gran riqueza humana que otros no tienen o no explotan.  Los nórdicos podrán ser los que tengan los mejores salarios e inigualable seguridad social en el mundo, pero de felices, alegres y dichosos muy poco, los niveles altos de suicidios en estos exóticos países del norte europeo, se encargan de contradecir que la ecuación dinero más bienestar se traducen en felicidad.

Los cubanos, en sus cantos y bailes, demuestran que un bajo nivel percápita no es óbice para exudar alegría, dicha y felicidad.  Otro tanto puede decirse de los puertorriqueños y dominicanos.  El caribe colombiano también se asemeja en el modo de vida a los hermanos centroamericanos.  Saben más los centroamericanos de felicidad humana que los fríos y apáticos noruegos, canadienses y gringos.  El manejo del cuerpo y la expresión del alma, unidos a un buen erotismo y excelente sexualidad, son elementos que indican riqueza en muchos habitantes del trópico.  Porfirio Rubirosa no nació en cuna rica ni poseyó grandes riquezas, pero con su magia, encanto y atractivo erótico enloqueció de amor y de pasión a muchas mujeres y sedujo a la hija del dictador dominicano, Rafael Leonidas Trujillo.   Antonio Banderas, nacido en cuna pobre en la ciudad de Málaga (España), conquistó Hollywood y se convirtió en millonario por su gran capital erótico.  Rodolfo Valentino, nació en la atrasada y pobre Calabria italiana, pero su figura, inteligencia e imán erótico, lo convirtió en un Dios del cine mundial.

La Argentina del siglo XXI y su capital Buenos Aires distan mucho de ser la nación y metrópoli ricas que fueran hace unos cien años, sin embargo, la perla del Río de la Plata comparte con París el ser una de las más exquisitas ciudades sibaritas.  El estilo y herencia italianas hacen de Buenos Aires una de las más felices, alegres y dichosas urbes en el planeta.

Nápoles (Italia), carece en algunos barrios de los más elementales servicios públicos y todavía yacen allí pozos sépticos que sugieren atraso en el confort de la vida moderna y no obstante ello nada más agradable al alma humana que escuchar hablar y ver gesticular a estos alegres oriundos de la bahía napolitana.

Los andaluces en España comparten con los extremeños altos niveles de desempleo y la vida material de estos sureños no es alta en la península, pero pocos hombres y mujeres tienen la gracia y el salero de los de la raza calé o gitana.

La Dolce Vita tan italiana en sus orígenes se extiende por muchas naciones del orbe y no propiamente las que son consideradas pertenecientes al grupo de privilegiados empresariales, banqueros e industriales del planeta.

Pocos valoran el gran capital humano que representan la belleza, el donaire, el carisma, la gracia, el encanto y el atractivo sexual, elementos que abundan en pueblos no tenidos como ricos materialmente.

 

Desastres mentales de la cultura web

Los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial, la llamada generación ‘Baby Boomers’, criados en medio de conflictos y guerras, tanto en Europa como en Latinoamérica, no podemos predicar que vinimos al mundo en la mejor época, pero tampoco advertimos que haya sido la más convulsionada e inepta para el desarrollo personal y social. Acontece, a mi juicio, algo distinto, a los nacidos en las últimas décadas del siglo XX y la primera de este que avanza, los llamados millennials, mujeres y hombres atenazados bajo las fauces destructoras de la ultra desarrollada tecnología, que a través de la web, se apoderó de las vidas de adolescentes y jóvenes que a ella pertenecen.

Enfermedades hubo que en el pasado azotaron a la humanidad, en la sociedad moderna también las hay, pero nada tan extendido como la epidemia de ansiedad, estrés y enfermedades visuales graves que ponen en peligro la vida de millones de personas en el mundo, y lo que es peor, la salud mental, que es quizá mucho más delicada que las enfermedades que comprometen el cuerpo humano.   Desdichados hijos de la era tecnológica son los que hoy deambulan por el mundo y perdidos en la maraña social cada vez más confusa que hace pensar en la pérdida en la selva que eran fenómenos de otro tiempo; la selva de cemento es más peligrosa y poco apta para vivir una vida placentera, feliz y gozosa que la compuesta por la fauna y flora propias del trópico.  Creen incautamente los también llamados Peter Pan (por cuanto se niegan a crecer y madurar y se sienten eternamente adolescentes), que fue un prodigio el desarrollo de la alta tecnología cibernética en el momento de su nacimiento, adolescencia o juventud. Un verdadero monstruo es considerar la conexión digital como una prolongación del cuerpo, y lo que es más apocalíptico, la prolongación del alma y el espíritu.

La cultura del clip, que sucedió a la del zapping o manejo de la televisión por medio del control, vive encadenada a un momento de la historia en el que se cree que la ciencia lleva confort y bienestar, cuando lo que ha acontecido es que ha traído caos en el campo de la salud, de la mente, del cuerpo y del espíritu.

 

Cierto es que en un principio la televisión cumplió una función educativa y de entretención y hubo indudablemente adicción a ella, pero con consecuencias menos dañinas que las de la era web.  Las series de televisión sanas de nuestros años infantiles y de mocedad (Tarzán, Lassie y Superman), eran de verdad saludables para el alma, ya que sus contenidos eran aventuras y modos de vida que se identificaban con nuestros proyectos de vida y modo cotidiano de existir.    Llegaron luego programas estrellas del exterior que tampoco producían la adicción de lo que hoy ofrecen las redes sociales.  Recuerdo que Dallas, Dinastía, La ley de los Ángeles y Guardianes de la bahía, concitaban a toda la familia a seguir el desarrollo de ellas, en donde el glamour, el dinero y el poder eran los temas centrales, principalmente de la que Alexis Carrington representaba la típica mujer fatal del hombre de dinero y de poder.

Las películas de otras épocas de Hollywood, además de su buena factura y contenido, servían a hombres y mujeres para soñar con el ídolo masculino o la vedette que todos queríamos, consciente o inconscientemente, ser. Al menos Brigitte Bardot y Sofía Loren eran estrellas del cine con belleza y talento, distinto a las estrellas del pop, la televisión o las pasarelas de esta nueva época, anoréxicas, insípidas, sin ángel y desprovistas de talento.

Innegable que Paul Newman, Alain Delon, Dustin Hoffman, Marlon Brando, además de ser nuestros ídolos de infancia, juventud y adultez, tenían dones y talentos que hoy no aparecen en el decadente mundo de la colina de los ángeles fabricantes de sueños.

Las cifras no dejan mentir lo que constituye la generación de los millennials:  450 millones de depresivos, 25 millones de esquizofrénicos y 45 millones de bipolares.